Casi todo está mejor fuera que dentro. Aquí escribo cosas, achico el agua para no hundirme tan deprisa. Todo depende del día y de las ganas.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
VIAJE EN EL TIEMPO (microrrelato)
Había telarañas por todas partes. El niño rubio de los ojos castaños odiaba las telarañas y aquella escalera de mano estaba plagada, como toda la habitación. Oscura y con telarañas.
Pero tenía un objetivo. Sin pensar en el polvo, ni en los fantasmas y monstruos del trastero, escaló varios peldaños hasta llegar al altillo. Abrió el armario, buscó entre las sombras, y a tientas encontró el libro. El viejo tacto de sus tapas gastadas ensanchó la sonrisa en su rostro. Lo estrechó contra su pecho e inició el camino de regreso.
Al llegar al suelo volvió a tener veintinueve años.
R.A.V.
jueves, 16 de junio de 2016
Historias de bares
En las botellas de ginebra de la estantería brillaba candente el reflejo de las miradas de los parroquianos. Sedientos y sonrientes, pensando en su próxima elección. Tras la barra sonaban, de viva voz, los grandes éxitos del viejo bartender, aficionado a versionar letras y ritmos. Por la puerta entreabierta empezaba a colarse una agradable brisa nocturna. Era martes, pero el calendario del ánimo marcaba viernes.
Cuando entró, tan silencioso y cortés como siempre, no esperaba que nadie aguardase su llegada, mucho menos para felicitarle por su cumpleaños. Esa fecha que algunos ansiamos como agua de mayo, e incluso estudiamos el calendario para saber cuándo caerá en sábado, a otros casi se les olvida y le dan la misma importancia que a un veintinueve de febrero. Pero esta vez nos propusimos que fuera distinto.
Aquel cuaderno envuelto en papel de regalo causó desconcierto al principio. Fue aceptado después con una mezcla de alegría y azoramiento. Abrumado en su timidez sonreía y repartía abrazos por doquier sin saber siquiera de qué se trataba. Lo abrió con tiento y cariño, mientras le seguía danzando en los labios la curva de un momento de felicidad. Nervioso aún volvió a darnos las gracias varias veces más mientras acariciaba el cosido del lomo y las duras tapas de cartón.
¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que alguien lo había sorprendido con un regalo por su cumpleaños? O simplemente con un detalle sin más. Pensé en los demonios de la soledad y se me encogió alguna fibra por dentro. Me enterneció la mirada humilde y limpia, su emoción era sincera.
La velada fue tan agradable como de costumbre cuando la compañía es inmejorable y las copas aderezan el ambiente con su esencia bohemia. Quizás esa noche mi gintonic llevaba un toque de serotonina, quién sabe. Al calor del bar se estaba bien. Se estaba genial.
R.A.V.
viernes, 29 de enero de 2016
THE PYOMETRA
Cada vez que hago una entrevista de
trabajo y me preguntan qué tal me manejo con los gatos se me viene a la mente
una escena de tragicomedia muda en blanco y negro con la musiquita al uso de
fondo, me muerdo la lengua y me aguanto la risa. Entonces suelto algo así como
que me declaro muy fan de los felinos y leo en la cara de mi interlocutor esa
interrogante maravillosa que puede traducirse como “¿Pero qué me estás
contando?”, ahí afino diciendo que no les tengo miedo si es esa su
preocupación, y más o menos salgo airosa
del trance sin que se note que a mí, en consulta, se me endemonia un dulce
gatito y me sale el Kung Fu Panda que llevo dentro pero para encaramarme de un
salto al techo, haya lámpara o no.
Está muy feo mentir en el currículum,
estoy de acuerdo. Más feo queda contarle a tu posible jefe potencial que en
cierta ocasión te acojonó una pobre minina rellena de piometra, que para más
inri tenía un nombre tan tierno como el algodón de azúcar. Nube, la llamaban
Nube (perdón por el lapsus friki, pero esta frase hay que leerla con la voz de
Gimli cuando entra con la comunidad del anillo en las minas de Moria). Puede
que fuera adoptada y los pobres dueños no alcanzasen a intuir que su anterior y
verdadero nombre era Chuki, averigua tú. Sea como fuere ese animal procedía
claramente del averno (no hay que fiarse del encanto gatuno, adorables formas
para jodernos puede adoptar el inframundo).
Todo transcurría con normalidad aquel
día en la clínica, nada hacía sospechar la aventura que nos deparaba la tarde.
Sólo sabíamos que había una cirugía relativamente rutinaria, y no por ello
menos delicada, para la cual se hacía indispensable nuestra colaboración más
entregada. Por lo visto los clientes habían llamado para avisar que estaban
teniendo problemas para meter a la gata en el trasportín, de ahí que se
estuvieran retrasando. Nos fue encomendada la misión de acercarnos a su casa y
poner en práctica nuestras habilidades y sobrada experiencia en manejo de fauna
salvaje con el objeto de conseguir trasladar a la enferma al quirófano. Tarea
sencilla, pensé yo, un animal con un saco enorme de bacterias devorándole el
útero sólo podía estar pidiendo a gritos que se lo arrancaran a golpe de
harakiri si hacía falta, debilitado y sumiso no opondría resistencia alguna,
sería pan comido. ¿Qué podía salir mal?
Todo.
Tres jóvenes veterinarias con el ánimo
firme y el espíritu de amazona nos presentamos en el lugar con tres poderosas
armas: un cazamariposas gigante, un guante de cetrería y una jeringa cargada de
rico sedante. El escenario, aparentemente en calma, lo conformaban un pequeño
salón recargado de muebles a su vez recargados de objetos (apetitosos para
cualquier gato normal, imaginaos para uno satánico –“y de Carabanchel”-), una imponente
y no menos frágil tele de plasma, sofás y algún sillón (eso cuenta como muebles
¿no?). Rincones y alturas varias, en resumen, adonde escabullirse a la
velocidad de las cagaleras en caso de necesidad. También había un ventanal
central, cerrado por supuesto, y dos puertas, una que daba al resto de
habitaciones y tras la cual se escondía la familia (salvo el padre,
supuestamente el único humano ante el que la gata doblegaba su indómito ser) y
otra, precedida por el pasillo de entrada, por la que accedimos las tres
valientes (este adjetivo en mi caso estaría por verse, pero no adelantemos
acontecimientos). El trasportín estaba en el suelo a medio armar; la pequeña
gran Nube, con su piometra rebosante danzándole por dentro, perfectamente
posicionada en una esquina, mirándonos desafiante mientras planeaba su
siguiente movimiento; el dueño con semblante tranquilo, esperando nuestras
indicaciones; la mujer y las hijas expectantes tras los cristales de la puerta,
asegurándose inteligentemente la salud. El tiempo corría en nuestra contra. Debíamos
elaborar una estrategia y actuar con precisión, porque lo que estaba claro es
que… la gata tenía un plan.
Al principio hasta me pareció
divertido. Los primeros intentos de acercamiento pacífico fueron un absoluto
fracaso, Lucifer sabía que habíamos ido a expulsarlo de aquel cuerpo angelical
y achuchable, y no estaba dispuesto a ceder el fuerte tan fácilmente. Saltaba
de una punta a otra de la habitación como si no llevara tres kilos de pus en
las entrañas, con la agilidad de un elfo de los bosques y dejando pequeños
charquitos infectos y malolientes allí por donde pasaba. Aquello debía dolerle
horrores, empezó a darme pena…de mí misma, claro, se estaba poniendo fea la
cosa y yo sin seguro de vida ni de accidentes. Lo del Álamo comparado con esto
se iba a quedar en nada, no iba a sobrevivir ni el tato. Entre bufidos y
vocalizaciones se le estaban acabando los sitios a los que escapar y hasta
Frank de la jungla habría empezado ya a sudar azufre. Varias veces le echamos
la red encima, pero con una fuerza titánica volvía a liberarse y a burlar
nuestras ofensivas. Incluso tuvimos que volver a por munición porque en un
confiado movimiento creímos haberle inyectado la dosis y no fue más que una
cruel ilusión. Más que Nube era Tormenta, pero la de los X-Men. Echaba chispas
por los ojos y rayos por el culo. Cual viejo soldado de los Tercios de Flandes,
estaba dispuesta a morir matando.
Empezaba a agotar sus posibilidades
aéreas y yo la veía ya por encima de mi cabeza, en el último vértice de la
última balda de la última estantería. Calculé cuántos milisegundos podría
tardar en abalanzarse sobre mi cabeza y engancharse a mi cara como un Kraken enfurecido
(como es el Kraken normalmente, vaya), y temí por mi integridad física. Era demasiado
joven para morir, todavía tenía que viajar a mil sitios, leer mil libros y ver
la última temporada de Sherlock, ni siquiera me había dado tiempo de sacarme el
B1 de inglés, y me quedaban tantas cervezas por probar… ¡Cerveza! Casi había
asumido mi fatal destino cuando ese recuerdo dorado me espoleó el instinto de
supervivencia y pensé en salir de allí a como diese lugar. Sólo si huía de
Rohan podría luchar en Gondor (a quién quiero engañar, me habría vuelto a La
Comarca a por unas ricas pintas).
La cuestión es que lo vi claro. Yo sí,
pero mi cerebro no. En una de las fintas demoníacas que nos brindaba el animal,
precedida por nuestro avance y seguida del complejo
retroceso-bufido-avance-zarpazo y vuelta a empezar, decidí que era en ese
momento o nunca. Sutilmente, aunque sin ningún esfuerzo por ocultar mi
trayectoria, dirigí mis pasos hacia la puerta y una vez allí, pensando en salir
flechada sin darle una nueva vía de escape a la gata, tiré suavemente pero con
firmeza del pomo. Una vez. Y otra… ¡¡Y otra, y otra, y otra!! El ansia se
apoderó de mi persona. ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! Creía
que lo estaba pensando pero no, lo estaba diciendo en voz alta como Timón en la
famosa escena del Rey León. Mis pobres compañeras sintieron vergüenza ajena.
Para pobre yo, que no tenía claro que pudiese salir de allí con vida. Sólo diré
una cosa más, antes de soltar las risas enlatadas: la puerta era corrediza.
Aplausos, por favor.
Podría seguir describiendo en un
vórtice de hipérboles con alusiones frikis el resto de matices de la empresa. Baste
decir que, contra todo pronóstico, finalmente lo conseguimos. En un movimiento
coordinado con táctica militar caímos sobre ella con la red del cazamariposas y
toda la fuerza física que pudimos reunir, pisando los bordes y el mango en un
intento de fundirlos con el suelo, y
mientras una controlaba con los pies la otra lo hacía con el guante de béisbol
y una tercera clavaba la inyección como un dardo de cricket en el bíceps
femoral.
No iba a terminar ahí la cosa. Nada hay
que azuce más el espíritu como el instinto de supervivencia, y esta gata a lo
que pudimos comprobar necesitaba una dosis para caballo. Incluso después de
haberle pinchado el sedante y de mantenerla en calma y silencio reduciendo al
mínimo los posibles estímulos durante un largo rato, boicoteó hasta cuatro
intentos de meterla en el trasportín. ¡¡Menuda fiera!! Y menos mal que le hacía
caso al dueño…que si lo llega a querer mal le hace un cuadro de Picasso con el
salón.
Con el trasportín inestablemente cerrado
y el séquito familiar cubriendo la retaguardia salimos a calle, y a los Dioses
gracias que la clínica estaba cerca, porque la caja de Pandora no tenía pinta
de aguantar mucho. Se movía más que un garbanzo en la boca de un viejo, y no
quiero ni pensar qué podría haber pasado de habérsenos escapado Sauron en la
vía pública y con el mondongo saliéndose por momentos de su cuerpo. ¡Qué
locura!
La operación se llevó a cabo y tuvo
final feliz. Pero eso ya que os lo cuenten mis compañeras, que yo después de
entregar el paquete me fui de cervezas.
¡Salud!
R.A.V.
sábado, 21 de noviembre de 2015
Volver a ti
Escribir siempre me ha salvado.
Escribir es mi constante.
En los agujeros negros,
en los años malos,
durante la barbarie
de los inviernos largos.
Las letras, simplemente, estaban ahí.
La tinta casi corría
sola,
sin esfuerzo, impetuosa,
movida por lo más devastador
que hasta entonces conocía.
El desamor.
Me río ahora yo,
y sin darme cuenta
melancolía,
de otro tiempo más sencillo,
de emociones caras
por personas baratas provocadas,
de la vuelta al punto de partida,
a la pluma desgastada
de las frases olvidadas,
al recuerdo que me salva,
a la locura del poeta,
a las palabras sagradas.
Tengo miedo de perderme
y no saber por qué estoy aquí.
Pánico atroz de borrarme
en esencia,
y no volver a escribir.
Átame a la vida una vez más.
Cuando las brumas me ahoguen
déjame volver a ti.
Aunque me repita y me destroce,
y redunde en la misma piedra.
Quédate a mi lado,
cuando me hunda en el barro,
cuando me asfixie la hiedra
enredándose como una serpiente
por mi cordura.
Libérame la diestra,
y con un rayito de luz
enciéndeme la frente.
Déjame volver siempre
a ti,
déjame siempre volver a escribir.
Raquel Alcaide
jueves, 16 de abril de 2015
Palabras para un amigo
cuando no
dices nada.
Pareces tan
entero,
tan seguro y
embustero,
apenas
desvías la mirada.
Llegas y te
viertes,
sonrisa,
trabajo y modales.
Eres todo lo
que se espera de ti
sin dejar
indiferente a nadie.
A veces
rompes a reír
como si te
fuera la vida en ello,
como si te
fueras a partir el pecho.
Otras te
quedas ahí,
como tierra
en barbecho,
rumiando
para tus adentros.
Y me
pregunto yo
qué hilos te
moverán las manos
y qué
engranajes el corazón,
cuando
tienes un día de esos
en los que
tanto te odio
para
quererte luego con más razón.
¿Saber lo
que llevas dentro?
Capaz no
sería
de tanto
atrevimiento.
Con un guiñe
cómplice,
con ser tu
amiga
me
conformaría.
Tantos
demonios arrastramos
que nos
faltan copas de vino,
y a mí
alguna de whisky,
para decirte
mientras la miro
que, no sé
si lo sabes,
pero puedes
contar conmigo.
Raquel Alcaide
lunes, 13 de abril de 2015
Hasta siempre, Galeano
La memoria selectiva nos permite seguir adelante, y también la utopía que diría Galeano. Que sirve para eso, para caminar. Hoy quiero recordarle y homenajearle, aunque para eso tenga que volver atrás en el tiempo, y destapar viejas historias y viejas heridas, y recordar a quien alguna vez y antes de todo me mostró su corazón y con él las venas abiertas de América Latina. Del dolor sólo se puede aprender, y del olvido, sobrevivir. Si algo bueno me quedó de ti fue "El libro de los abrazos". Gracias a ti por él y, por todo lo demás, gracias, Eduardo Galeano, a ti también.
LA PEQUEÑA MUERTE
No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.
(El libro de los abrazos. Eduardo Galeano)
viernes, 10 de abril de 2015
447
Ayer,
a estas horas,
aún me quemaba la piel
cada roce de tu boca.
Sin querer mirarte a los ojos
porque no me abrieras el alma,
me aferraba a tu cuerpo
como a la última esperanza.
Atravesado a quemarropa
llevaba un nudo en la garganta,
que infeliz quise disimular
con una sonrisa falsa.
Qué difícil soltarme de tu mano,
dejarte atrás y seguir caminando.
Triste batalla librándose en el pecho
donde siempre lucha un sólo bando.
Resoplan enfrente los trenes
y murmulla el gentío.
Yo arrastro mi maleta
con tu recuerdo en las sienes
y mi corazón en el bolsillo.
Con billete y sin destino,
y una última mirada,
con la marca de tus labios
a fuego en los míos grabada.
Otra vez me voy.
Otra vez te dejo y me
parto en dos,
y me golpea el vacío sin compasión.
Otra vez
cuatrocientos cuarenta y siete kilómetros
entre tú y yo.
RAV
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
