lunes, 11 de septiembre de 2017

PRESENTE (microrrelato)


Estaba cansado, pero se sentía vivo.

El viejo profesor apoyó la frente en su hombro en señal de sincero agradecimiento, y de alguna manera ella supo que también buscaba su propia redención. Correspondió a su gesto con un abrazo, y sintió la paz intranquila que transmitía su pecho. La sonrisa serena, y en los ojos un brillo fugaz que parecía quedarse con las ganas de decir algo más. Sobre la barra del bar una copa, un tercio de mahou a medias y un pequeño paquete envuelto en papel de periódico, aún sin abrir.

Arrancó la hoja del calendario con su recuerdo en las sienes y se hizo un año más viejo.



R.A.V.

lunes, 7 de agosto de 2017

Una estrella en el faro (o historia de un rescate pulgoso)


Opíparo almuerzo habíamos despachado aquel día. Aún tenía el sabroso recuerdo de las navajas en la lengua, y el aroma abrumador de aquel filete de un kilo de carne de wagyu se había quedado a vivir en mi nariz. Todo estaba saliendo redondo (sobre todo mi barriga), ¡qué difícil es sentirse mal en tierras gallegas! Siguiendo con nuestra ruta turística por los faros de Costa da Morte, fuimos a bajar la comilona al siguiente punto de nuestro mapa: cabo Touriñán

Una pequeña mueca de contrariedad nos torció el gesto al ver que el faro estaba en obras, pero eso iba a fastidiarnos algunas fotos, no disfrutar del relajante paseo y las vistas impresionantes. Volví un momento al coche para coger prestada una sudadera, el viento soplaba bien por allí arriba y a mí me encanta creer que es invierno, fue entonces cuando lo escuché. No fui la única ni fui la primera en oírlo, me pareció claramente un gato, un maullido chillón e intenso, pensé que podrían ser una o varias crías, o alguno más mayor. Alguien dijo que sólo eran pájaros, debatimos en el aire y decidimos seguir nuestro camino. Encontramos las ya familiares huellas de unos piececitos verdes* en unas rocas, al principio del camino circundante al faro, y nos pusimos en marcha. Tardamos una media hora o cuarenta minutos en volver al punto de partida, el camino seguía y se perdía de la vista al doblar un recodo del paisaje, pero empezaba a dolerme la cabeza por el vendaval y no me quedaba mucha sangre en el cerebro para emprender grandes gestas ese día (no sospechaba por entonces que me esperaban digestiones mucho más duras antes de terminar la semana). Al pie del faro aquel maullido/graznido seguía sonando con fuerza. Fuera gato o gaviota no podía irme de allí sin averiguarlo.

Había una casita con unos escalones y un pequeño porche a unos metros del faro. Tenía un coche aparcado en la puerta, por lo que supuse que estaría habitada, pero lo que a mí me parecía un maullido interminable provenía de esa zona, así que con una mezcla de fatiga y vergüenza me acerqué hasta allí, subí los escalones y rodeé el porche esperando alguna sorpresa (buena o mala) para mi curiosidad. Tenía unas orejas enormes y el pelo tricolor, gritaba más que maullaba levantada sobre las cuatro patas, con insistencia y desesperación. A veces hay un cable suelto en la cabeza que te hace contacto y no te das ni cuenta. Sin pensarlo ni medio segundo me fui hacia la gatita ofreciéndole mis brazos de loca insensata de los gatos (tantos estudios ¿para qué?). Me quedé atónita cuando se me subió encima, se acurrucó y se calló. Tal vez atónita no sea la palabra que mejor podía definir mi cara en se momento, a lo mejor se me caía la baba literalmente y era visible para los demás. Tampoco lo pregunté, me di la vuelta por donde había venido y aparecí frente a mis acompañantes con el regalito y una frase en plural que automática y adorablemente los metía a todos en el ajo: ¿Y ahora qué hacemos?

Sinceramente, en el acto de cogerla pasó como un rayo por mi mente poco lúcida la idea de estar acogiendo en mi ser a algunos invitados extra a la fiesta, llámalos tiña, pulgas o garrapatas, en cantidades industriales. Por el motivo que sea se conoce que ese pensamiento quedó relegado a un segundo plano, imagino que una estrategia del subconsciente para garantizar el éxito de nuestra empresa, que desde ese momento se convertía en encontrarle un hogar a la minúscula orejuda. ¡Comenzaba la verdadera aventura! No hace falta conocerme mucho para saber que desde el minuto primero yo quería quedarme aquel bichejo despeluchado, pero el sentido común se impone en mi vida más de lo que me gustaría y no me quedó más remedio que jugar a ser Frank de la jungla. Empezamos por la casa del porche, llamamos a las dos puertas y en el acto mismo nos dimos cuenta de que no tenían cerradura, sonaba a hueco profundo en el interior, no sé de quién sería el coche de fuera pero por allí hacía tiempo que no aparecía ni el apuntador. Buscamos por los alrededores pensando que pudiera haber alguna camada de mininos, una madre, un primo o un familiar lejano. Nada. Un poquito de desesperación y nerviosismo (al menos por mi parte), ideas peregrinas: “¿Y si preguntamos a esa familia de ahí antes de que se vaya?”, total, no teníamos nada que perder. Una pareja con un niño pequeño estaba subiéndose a su coche para emprender la vuelta, ni corta ni perezosa me arrimé a la ventanilla del conductor e intenté endosarles a la pobre Estrellita (por supuesto yo ya la había bautizado a los dos segundos de cogerla, ¿alguien lo dudaba?). Que muy bonita y todo eso, pero que ya tenían uno en casa y que venían de Toledo, que también estaban de vacaciones y no habían previsto paquetes extra, que muchas gracias y mucha suerte. Recuerdo que el marido, haciendo un gran alarde de agudeza mental con objeto indudable de ayudarnos a esclarecer las ideas, nos soltó “hombre, ese animal ha tenido que salir de otro animal, quiero decir, que no habrá aparecido aquí de la nada”. Claro que sí, lumbreras, un pin para ti y para tu doctorado en lógica aplastante, aplausos y todo eso. Ya habíamos buscado en primera instancia a esa gata progenitora que hubiera hecho las veces de matrioshka, pero allí sólo faltaba que apareciese un estepicursor de las pelis del lejano oeste y nos hiciera un corte de manga. Además, por la facilidad con que me hice con la gatita era más que evidente que de salvaje tenía poco, estoy convencida de que algún imbécil (perdón por el eufemismo) fue y la dejó allí a su suerte. Pues su suerte fuimos nosotros, y estaba claro que ni para Toledo ni para Madrid iba a marcharse, así que mientras barruntábamos un necesario plan B, el paquete se vino con nosotros al coche. Carretera y manta.



Tres mentes piensan más que una y más que dos (“¡Opciones, Kowalski!”). Lo primero que se nos ocurrió fue buscar una protectora de animales, móvil en ristre valoramos rápidamente las alternativas que teníamos en la zona que, a decir verdad, no eran muchas. Llamamos a varios sitios, algunos sólo admitían perros, en otro nos dieron el teléfono de una clínica a la que recurrimos buscando ayuda y en respuesta nos dieron el número de una asociación protectora que al marcarlo nos decía que no existía. Volvimos a llamar a la clínica para ver si tenían otro contacto y nos dijeron que lo intentáramos por Facebook (¡¡grandes!!). También hablamos con algún amigo autóctono pero no pudo ayudarnos demasiado, y adoptar un nuevo animal así por las bravas no es cuestión baladí. Pudo pasar tranquilamente una hora o algo más mientras decidíamos qué hacer, yo rezaba para mis adentros para que las pulgas de mi amiga encontraran más mullido su tiernecito cuerpo que los asientos del coche. Al final nos salimos por una tangente muy rara, una idea cogida con muchas pinzas, escepticismo y humor, pero nuevamente, no teníamos nada que perder (o quizás sí). Buscamos en el mapa el puesto de la Guardia Civil más cercano con la intención de que allí nos dieran algún teléfono o dirección que sí existiese. Pusimos rumbo a Corcubión y cruzamos los dedos.

Y aquí es cuando entran en escena los azares del destino, ¿o casualidad?, quién sabe. De camino a Corcubión pasamos por otro pueblecito llamado Cee, desde la carretera vi la fachada de una clínica veterinaria, “¡para el coche!”, tenía que intentarlo (o como poco, desparasitar a nuestro saco de inquilinos non gratos). Saludé al chaval que estaba en recepción y empecé a contarle nuestra historia, no había dicho ni media frase cuando me cortó con un “¡Hostia! ¡Tú eres de mi tierra!”. Bien, pensé, entonces nos vamos a entender perfectamente. Lo primero era lo primero, pastilla, pipeta y comida, que la pobre Estrella debía tener más hambre que aquel que se perdió en la isla. A la pastilla no puso reparos, y a la latita para cachorros mucho menos, lo de la pipeta decidimos dejarlo para después. Ronroneaba mientras zampaba que daba gusto oírla, tan preciosísima y tierna ella que estuvimos muy cerca de conseguir que se la quedara una clienta que estaba allí con su perrito. Casi hecho lo teníamos, pero la señora al final hizo un mohín de reticencia y dijo que lo sentía mucho pero que no se animaba. El cartucho de “¿pero por qué no os la quedáis vosotros?” tenían que quemarlo, lo sé, soy compañera de profesión, dato que aproveché para desvelar esperando un poquito de comprensión. Fue más que bienvenido, me presentaron al resto del personal y me enseñaron gustosos las instalaciones, y el ambiente, que ya era bueno, lo fue aún más por aquello del paisanaje y del “colegueo”. Nos comentaron que conocían a una vecina del pueblo que acogía a los animales que podía hasta que les encontraba una familia definitiva, que podían llamarla e intentarlo. Ahí sí que cruzamos los dedos. En principio la respuesta fue negativa, pero pidió una foto de la gatita, y vimos un rayito de esperanza. Segundos después del envío de imágenes el compañero nos confirmaba que la mujer venía a por Estrellita, que si no nos importaba esperar tardaría unas dos horas. Dos horas si conseguíamos dejarla en buenas manos no me parecía mucho tiempo, al contrario, superaba todas nuestras expectativas, así que esperaríamos con mucho gusto. Ahora lo duro iba a ser despedirse de ella, yo ya me había encariñado, qué duda cabía. Aunque quizás se hizo menos duro cuando pasadas casi las dos horas decidí ponerle la pipeta para que la buena mujer se llevará al animal ya desparasitado…¡¡Otra idea brillante aquel día!!

No habían pasado ni cinco minutos desde la aplicación cuando me vi la primera pulga en la manga de la sudadera. Me la fui a quitar con la mano que tenía libre pero ya no era una, eran dos…tres, cuatro, cinco…¡¡fiesta!! No pasa nada, si caen ya medio muertas, me dije. En ese “medio” estriba el vuelo de la mariposa que cambia el curso de los acontecimientos. O dicho de otra forma, sin tanta poesía ni parafernalia: ¡Mierda! Pedí corriendo una caja para meter a la gata, y raudo y veloz el chaval que me había atendido al entrar me sacó una caja y una bolsa, la primera para la gatita y la segunda para mi sudadera. A Estrella la engañamos con su latita de comida y a las pulgas no las dejamos ni pensar. Psicológicamente me empezó a picar hasta el alma. Bueno, a mí y a todos los presentes. Un puntito de aventura para cerrar aquella anécdota que ya creíamos que terminaba. Como la señora tardaba en llegar, los chicos de la clínica nos dijeron que se hacían cargo de la pulgosa hasta que vinieran a recogerla, que nos fuéramos tranquilos. Un detalle más por su parte, dimos las gracias unas tropecientas veces e intercambiamos los teléfonos para seguir en contacto y conocer el destino y suerte de Estrellita.

La historia iba llegando a su fin, los picores no. Al llegar al piso y meternos de cabeza en la ducha, mándandolo todo a la lavadora por supuesto, me vi una picadura en la pierna. La paranoia buena comenzaba, pero no voy a escribir otras seis páginas con ese tema (¡qué noche de psicosis pulguil pasé!). Lo resumiré diciendo que no pudimos tener más suerte aquel día, pues a la mañana siguiente no había indicios de nuevas picaduras, ni al montarnos de nuevo en el coche sufrimos el ataque masivo de las chupasangres campestres. Los chicos de Cee nos escribieron al móvil para decirnos que la gatita no sólo había sido recogida la noche anterior por la vecina solidaria, sino que ya tenía una nueva familia. ¡Marchando una remesa de cerveza artesana gallega! Que es de bien nacidos ser agradecidos. Unos días después nos pasamos a verlos para agradecerles de nuevo la gran ayuda que nos habían prestado y lo bien que se habían portado con nosotros y la enana, les llevamos unas birritas lucenses bien ricas y de paso les dimos recuerdos de una amiga mía que al contarle yo la anécdota reconoció el nombre de la clínica y, sorprendida y entusiasmada, me contó que habían sido compañeros de trabajo hacía poco más de un año en tierras pacenses. ¿Más azares del destino? Nunca fue más cierto aquello de que el mundo es un pañuelo.

Final feliz después de todo. Una anécdota bonita y picante que no olvidaremos, con dosis ingentes de suerte y pulgas, gente muy buena y casualidades geniales, en un marco espectacular como es la maravillosa costa gallega. Nuestra gatita ya tiene su sitio en el mundo y yo me bebo una Estrella Galicia a su salud mientras la recuerdo escribiendo estas líneas.


*Las huellas de piececitos verdes dan para escribir unas cuantas páginas más. Investigando descubrimos que marcan una ruta: O Camiño dos Faros. Pero las encontramos varias veces antes de saberlo y empezó a convertirse en una aventura, pues llegábamos a todos los sitios que teníamos previsto visitar buscando directamente las huellas verdes. Sea como sea disfrutamos como niños chicos. Esto no es una crítica en tripadvisor, pero aprovecho para decir que Galicia es una experiencia increíble que repetiría siempre. Como cantaba Siniestro Total: “¡Miña terra galega, donde el cielo es siempre gris! ¡Miña terra galega, es duro estar lejos de ti!”.




R.A.V.

domingo, 26 de marzo de 2017

Sobre "El pintor de batallas"







Anoche pude deleitarme por fin en los Teatros del Canal.

Soberbia representación, tan realista, cruel y emocionante como la novela de Pérez-Reverte. Mi novela favorita, con la que siempre tendré una historia especial...

El efecto mariposa. Cómo un pequeño detalle insignificante puede cambiarlo todo. Desencadenar sucesos que de otra forma no ocurrirían, decidir una vida o una muerte. Y nosotros somos meros espectadores...¿Lo somos?

Cargas, conciencias, excusas. La memoria del dolor, la condena de seguir vivo o la tragedia de la muerte.

No encuentro palabras para describirla, es una historia tan brutal, fascinante y abrasadora, que te taladra la carne y el alma.

Os recomiendo tanto el libro como su puesta en escena. No saldréis indemnes ni de lo uno ni de la otra.




R.A.V.

viernes, 24 de marzo de 2017

Sobre libros y leer


" -¿Son esos libros tan valiosos como para morir por ellos?- pregunta.
El otro lo piensa un instante, o parece hacerlo.
-No es por ellos, sino por lo que tienen dentro- responde, al cabo.
-Vaya...¿Y de qué se trata?
-De la Razón. Lo que hará que un día no existan hombres como usted. "

Fragmento de Hombres buenos, de Pérez-Reverte.

Acabo de cerrar este libro por última vez y aún siento el cosquilleo en el estómago, mezcla de emoción y tristeza, que me produce siempre despedirme de los personajes de una historia. Y ésta especialmente me ha gustado bastante.

No es lo mío la crítica literaria ni nada que se le acerque, pero es una gran novela que creo que todos deberíamos leer, a poco que nos interese la Historia y la Cultura.

El año pasado me fijé un objetivo (ahora tengo claro que absurdo) que consistía en una lista de títulos por leer elegidos prácticamente al azar (un libro escrito en otro siglo, un libro ambientando en otro país, un libro navideño...bla bla bla). Eran doce y recuerdo que pude cumplir con tres o cuatro de ellos. Y no por falta de tiempo precisamente. El "problema" fue que entre unos y otros intercalaba libros que verdaderamente me apetecía leer. Así que poco más tengo que añadir.

"Reto literario" creo que se llamaba la historia esta que os cuento. Me hace gracia. Supongo que es para otro tipo de gente, yo ya sólo leo por placer. 



Buenas noches.



R.A.V.

lunes, 30 de enero de 2017

El viejo Tommy



Tiene los ojos acuosos. No son azules, ni dejan de serlo, tan espesos a veces que te pierdes en su tinta buscando el matiz cromático.

Yo lo hago, cuando me atrevo. Me acerco y me freno en seco, me confundo, me acelero, acecho en la distancia un destello que me hable, que me cuente de qué están hechas las historias que han forjado sus pupilas.

La mirada humilde oculta temores (¿quién no?) y cierta ternura que subleva. Son sus iris un bálsamo extraño que transmite paz y agonía, recuerdos dulces, palabras amargas, aciagos días, desenfreno y melancolía.

No necesito preguntarle nada. Leo en cada pestañeo las frases que nunca dice, adivino palabras, intuyo pesadas maletas con las que carga.

De repente sonríe, y pienso qué tontería se me habrá escapado.

Yo, como siempre, en mi mundo. Imaginando otros y escribiéndolo para que sigan existiendo.



RAV

domingo, 30 de octubre de 2016

SOBRE LAS BIBLIOTECAS








Una gran parte de mí nació en una biblioteca.

No puedo imaginar otra infancia distinta a la que tuve entre sus libros, largos ratos trasteando de estantería en estantería, casi nunca buscando nada concreto y, desde luego, encontrando siempre algo muy especial. Mi madre medía mi crecimiento con una regla desplegable, muy al uso, de dibujitos Disney que teníamos en casa, yo contaba mis progresos por cada nueva balda de libros que mis recién estrenados centímetros me permitían alcanzar. Aquello era un estímulo constante para mí, una jungla de letras, dibujos, texturas y olores por descubrir.

Recuerdo una portada tan divertida como escatológica cuyo título era igual de ilustrativo: El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza. Me encantaba ese libro y, como hacía con todos los que corrían la misma suerte, lo sacaba una y otra vez para que me lo leyeran. No me llega la memoria para saber cuál fue el primero, pero podría nombrar títulos hasta aburrir, y todos y cada uno de ellos marcaron y moldearon mi pequeña existencia. Entonces no lo sabía, pero era todo lo feliz que se puede ser con cuatro años, el Micho 1 y mi carnet de la biblioteca.

Durante muchos años fue mi lugar de culto, mi segunda casa. Luego, en la facultad, frecuentaba otras mucho más grandes, con enormes salas frías y sin historias, abarrotadas de estudiantes, hormonas y pintadas en los baños. Aquello no tenía nada que ver con mi ideal romántico de siempre. Me imaginaba cómo serían esos lugares de noche, cuando todas las luces se hubieran apagado y todos los libros, con su ciencia y sus tecnicismos, estuvieran de nuevo perfectamente colocados en las estanterías, quizás tersos e impolutos, o tal vez con alguna esquina doblada, varias hojas subrayadas a lápiz y asqueados de un maltrato y manoseo excesivos. No saldrían personajes de sus páginas saltando por las escalerillas de mano, ni movería algún viento fantástico las hojas crujientes de los cuentos más viejos. Necesitaba encontrar la magia de esos sitios, volver sólo para estudiar no era suficiente aliciente. Yo quería volver por lo que siempre he vuelto, porque los libros me llaman.

No pocas incursiones hice sobre el terreno hasta que encontré la sección de "Narrativa", entre calles y calles de ciencia sociales, médicas, veterinarias, matemáticas y humanidades. Mi pequeño rincón a partir de entonces, un estrecho pasillo flanqueado por dos estantes que serían mi mayor estímulo en las largas horas que habría de pasar desollando codos. Nunca sacaba los libros, mi particular ritual era ir a visitarlos, pasar un rato con ellos y desconectar el cable que me ataba al mundo real. Y funcionaba de maravilla. Siempre lo recomendaré.

Ahora que vivo lejos de la biblioteca que me vio nacer intento conocer otras, algunas se dejan más y otras menos. Admiro la belleza de las que sólo se pueden ver pero no tocar, y disfruto las que se pueden palpar e investigar. A veces tengo suerte y me topo con pequeños renacuajos paticortos que emprenden sus primeras aventuras sentados a las mesitas tamaño pinypon que les ponen en un rinconcito, con los ojos bien abiertos, ávidos de un dragón en relieve o un buzón con un sobre dentro que salgan de cualquier página al tirar de una lengüeta, sonrientes, expectantes, divertidos, como esponjas voraces atentos al más mínimo detalle. Y en ese momento siento ternura, nostalgia y sana envidia. De la mejor época de mi vida, donde lo único que importaba era cada nueva historia que me ofrecían los libros.

No se puede ser niño eternamente, pero sí se puede volver cada vez que quieras a esos grandes templos de la felicidad, las bibliotecas.

Feliz día internacional de las bibliotecas (y feliz San Rafael a todos los cordobeses).


R.A.V.



Nota: Mi intención era subir este texto el día 24 de octubre, pero el copia y pega no quiere funcionar por estos sitios. He tenido que volver a teclearlo, y de ahí el retraso (que no suele afectar al mundo real pero sí a uno de mis tantos TOC, de cualquier forma si te has perdido por internet y estás leyendo esto de casualidad espero que te guste).

miércoles, 21 de septiembre de 2016

VIAJE EN EL TIEMPO (microrrelato)




Había telarañas por todas partes. El niño rubio de los ojos castaños odiaba las telarañas y aquella escalera de mano estaba plagada, como toda la habitación. Oscura y con telarañas.

Pero tenía un objetivo. Sin pensar en el polvo, ni en los fantasmas y monstruos del trastero, escaló varios peldaños hasta llegar al altillo. Abrió el armario, buscó entre las sombras, y a tientas encontró el libro. El viejo tacto de sus tapas gastadas ensanchó la sonrisa en su rostro. Lo estrechó contra su pecho e inició el camino de regreso.

Al llegar al suelo volvió a tener veintinueve años.






R.A.V.