jueves, 8 de octubre de 2020

Historias del pueblo (I)

 

La llamaban Malasangre, y ya no queda nadie vivo que pueda contarnos por qué. Vivía en la acera de enfrente, tres casas más arriba de la nuestra, y su historia es triste y oscura como la España de la posguerra.

Tenía una hija, y esta hija tenía un novio, y este novio tenía otra novia (y quién sabe si alguna más), y a las dos chavalas dejó preñadas. En otras culturas, o en otra familia, o en otra época, quizás habría caído cercenado algún miembro en nombre del honor y el decoro. En esta ocasión, a la pobre Malasangre no se le ocurrió otra cosa que planear su propia muerte para inspirar la lástima del buen mozo por su inocente hija al quedar ésta huérfana.

El final de la historia lo desconozco, pero mi abuela contaba que, antes de suicidarse, la Malasangre le dijo a su hermano Manuel: Me voy a ahorcar para que mi hija pueda casarse, y tú serás el que me venga a descolgar. Mi chacho Manuel tampoco vive ya para contarnos si la tuvo que bajar él o no, pero esa casa estuvo abandonada y maldita durante años.

Recuerdo la puerta oscura y el ventanuco del piso de arriba, tenía un pequeño balcón por donde se colaban los balones que embarcábamos de niños y que nadie se atrevía a subir a buscar, y un trozo de cortina raída que se movía con el viento por las noches y daba escalofríos mirar. En algún momento las ruinas se convirtieron en solar, y el solar en un cocherón. Nadie ha vuelto a habitar ese lugar.

 

Nota: “Embarcar” es un término que, al menos en mi pueblo, se utilizaba cuando éramos pequeños para referirnos a esa pelota que lanzábamos y se nos colaba por alguna ventana alta o balcón difícilmente accesible. ¡Ea! ¡Ya has embarcao la pelota!

 

RAV


lunes, 5 de octubre de 2020

Sonidos de fase para inviernos de interior

 


De todos los sonidos de fase que conozco, el de secador de pelo es mi segundo favorito. El primero es el ruido que hace el calefactor, al menos el que tengo yo ahora mismo bajo la mesa, calentándome los pies. Me acuna y me arrulla como a un bebé, podría quedarme dormida encima del teclado y no me daría cuenta, es acogedor como el abrazo de mama osa debe serlo para los oseznos. Esta cosa tan tonta es un símbolo para mí, una señal a todas luces que marca un regreso, una vuelta, un reinicio a esa época del año, a ese momento del espacio y del tiempo. Llega el otoño y, –entreverado de aires, lluvias, constipados y humedad en las paredes– casi indistinguible y del todo inseparable, pronto también el invierno. Y eso me encanta.

Aquí ando pues, al suave y mantenido ronronear de la máquina, entornando ciertamente los ojos por el efecto sedante que me produce, y porque así enfoco mejor los recuerdos y anhelos que su cálido susurro me evoca. Una chimenea, dentro de una habitación llena de libros con un sofá o un sillón enorme y mullidito, y con un gato –no  puede faltar un gato– o varios, quizás en una ventana, vigilando la calle, o en un cojín, muy digno y enroscado, en una de sus dieciocho horas de sueño reparador. No importa si es de día o de noche, pero hay estanterías, y árboles en las inmediaciones, árboles con gorriones y petirrojos, y un escritorio de madera desordenado con los cajones llenos de cartas, y una mesita, una vieja mesita con un tapete de ganchillo y una bandeja para el té. Y el té –por  supuesto y siempre el té– negro con aroma a canela y a naranja, y con un toque de avellana tostada. También podría ser un chocolate –no  hay porqué ser tan exquisita– humeante en su tazón sin asa de color amarillo, con un par de galletas de jengibre por si acaso. Sin música, ni siquiera un jazz oportuno ni la banda sonora de El señor de los anillos, sin música, porque para leer sólo necesito un buen libro.

Éstas son las escenas que dibuja mi mente al crujir del último equinoccio del año, pero también me acuerdo de las tardes de noviembre –por  mencionar un mes ocre y anaranjado por el calendario–, sentada al brasero con mi madre, haciendo punto del derecho, o manualidades, o mirando revistas de punto de cruz, o repasando fotos antiguas guardadas en latas de carne de membrillo de una Virgen de Puente Genil. O algún domingo de diciembre, jugando al parchís con mi hermana, las tres preguntándole a mi padre que si quiere jugar, y él diciendo que no pero controlando la partida desde su esquina del sofá haciendo el comentario oportuno cuando ya no te puedes comer esa ficha porque ha pasado tu turno y escogiste sacar una nueva de casa en lugar de contarte cinco con la otra. Ahora pondríamos el aire calentito y cerraríamos la puerta del comedor, pero en aquellos tiempos –para nada lejanos– nos habríamos peleado por el mejor hueco bajo las enagüillas de aterciopelado verde del bombo (una mesa camilla que lo llaman), eso sí, siempre pendientes de no pisar a mi Sodoma que, como tonta no es, estaría la primera sentadita en la tarima, chamuscándose los pelillos del plumero que tiene por cola. Un nesquik templadito, algún café con leche y unas tortas de Inés Rosales cerrarían el bodegón.

El otoño es miel –me  encanta la miel, y más si lleva almendras ahora que lo pienso–. Cuanta fantasía, en fin. Y todo esto por un calefactor.


RAV

sábado, 23 de mayo de 2020

David, mira que la luna se va, acuéstate ya...





Tocar cualquier tema se ha convertido en los últimos tiempos en meterte en un jardín. Hables de lo que hables, escribas sobre lo que escribas, la ira y la ofensa campan por doquier, brotan y crecen en todas direcciones, contaminándolo todo a su paso, sin freno, sin filtro, sin más cortafuegos que volverte, voluntariamente, sordo y ciego. Estoy un poco cansada de tanta tontería, así que aquí va mi ración de locura y de insensatez. Me cojo los aperos de labranza y me tiro al monte, mantened la distancia de seguridad por si acaso se me escapa algún escardillazo. El que avisa no es traidor.

¡Qué de vídeos se están moviendo estos días por las redes! Osos por la carretera, lobos en las calles, marranos hozando en la puerta de casa… El ser humano se ha visto obligado a quitarse de en medio y los animales inundan las aceras aprovechando su ausencia. Parafraseando al Dr. Ian Malcolm: la vida se abre camino. Es una realidad, un escenario previsible en la situación actual, no hay más. Que esto nos lleve a ciertas reflexiones está bien, es inevitable, se deja fluir y ya está, y se sigue viviendo y sobreviviendo. Pero no, no es tan fácil, no podemos parar ahí, tenemos que fliparlo y pintarlo todo de color Disney, porque somos así, nos puede el romanticismo, el siglo XXI, el enfermizo primermundismo que llevamos mamando desde que nacimos y el musical de El Rey León. “Este virus le está haciendo un favor a la naturaleza, deberíamos extinguirnos como especie”; oye, mira, pues extínguete tú si quieres, majo (o maja, cuidao), los voluntarios para el suicidio colectivo que levanten la mano, y luego que se tiren todos por donde les parezca, pero a mí que me dejen tranquilita, que yo ya he nacido, y yo me quedo aquí hasta que me piquen billete en el tren de la bruja.

El conejo excava sus madrigueras en terraplenes y cunetas, el oso se procura buen cobijo dentro una cueva, el guarro retoza y hoza y bien que soba por el monte, y nosotros tenemos nuestras casas desde que sabemos construirlas. Respeto máximo a la naturaleza, pero naturaleza somos todos. Si nos olvidamos de ese pequeño detalle nos olvidamos de lo esencial. Quedan muchas cosas por cambiar, mucho camino que recorrer, vaya eso por delante; no hay conciencia medioambiental, estamos llenos de recursos y vacíos de intención, y vamos tarde, muy tarde, pero eso es una cosa y otra muy distinta es que nos condenemos a la estupidez eterna como especie.

El telón de fondo de este brutal problema que tenemos como sociedad es la carencia más absoluta de una sólida educación ambiental desde los cimientos, desde la raíz del sistema educativo. Que yo también me he criado con el puñetero trauma de la muerte de la madre de Bambi (¡cabrones!), pero por si acaso no te empiezas a coscar tú solito de las cosas al crecer, qué menos que tener una asignatura en el colegio que te vaya orientando en ciertas cosas, que te enseñe a respetar el campo y los animales desde la comprensión de sus mecanismos, desde una visión de conjunto, que no somos unos asesinos ni unos invasores, que hay una cadena alimentaria, que todos tenemos nuestro papel, nuestro sitio y nuestra función. Y una vez que tengas los conocimientos elige tu propio camino, eres libre, faltaría más, pero ya tendrás una base para juzgar mucho más estable y realista que una fiesta de osos amorosos que comen gominolas y cagan purpurina.

No nos ha faltado nada nunca, nos hemos criado entre algodones, somos esa generación, y eso, como todo, tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. Y uno de los reversos oscuros es éste, el daño que hacemos con nuestra ignorancia, con nuestra soberbia, con el exacerbado despotismo con el que afirmamos y condenamos cualquier cosa. Creo que nunca es tarde para abrir la mente, sólo hace falta un pequeño esfuerzo y la compensación es grande. Todo este jardín es mucho más denso de lo que yo he expuesto aquí, se ramifica hasta el infinito, podría añadir datos, anécdotas propias y ajenas, bibliografía, historias varias, pero las tesis ya las escriben otros, yo sólo doy mi humilde opinión cuando me entran los picores, los que me conocéis ya lo sabéis. Y ya llevaba tiempo deseando rascarme. Quizás es que me he criado en el pueblo, quizás es que soy de genética rústica, pero el daño a la tierra me duele y hay muchos frentes abiertos, algunos de ellos por la inconsciencia de los que más sabios y nobles con el medio se creen.

Igual otro día estoy más inspirada. Ahí lo dejo por hoy.



RAV

jueves, 23 de abril de 2020

23 LIBROS PARA EL 23 DE ABRIL




1.    El primer libro que recuerdo: El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, de Werner Holzwarth. Uno de mis favoritos de la biblioteca, templo en el que me inició mi madre.

2.    El último libro que he leído: Memorias de África, de Isak Dinesen. Tengo curiosidad por ver la película.

3.    Aquel libro que me regalaron que fue todo un acierto: El pintor de batallas, de Pérez-Reverte. Digamos que fue un accidente, querían regalarme otro título pero al final fue éste, y tengo verdadera devoción por sus páginas.

4.    Un libro que me leí por cabezonería: La carretera, de Cormac McCarthy. Me lo regaló mi madre porque en la portada salía Viggo Mortensen… ¡Otra infumable historia post-apocalíptica!

5.    Un libro que dejé a medias: Rayuela, de Julio Cortázar. Volveré a intentarlo, ya por el romanticismo, pero es más trabajoso de lo que yo esperaba.

6.    Un libro que no podría volver a leer: Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. No por el espesor, que a mí los retos me motivan, pero demasiadas maldades muy bien descritas, acabé un poco hasta el flequillo.

7.    Un libro que leería mil veces: Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Me transporta la épica de la época, la espada y el honor, la lealtad, la amistad…Me flipa.

8.    Un libro que aún no he leído y que estoy deseando: La Historiadora, de Elizabeth Kostova. Uno de mi larga lista de pendientes. Mmmm, vampiros.

9.    Un libro que parecía que no y al final me encantó: Don Pelayo, de José Luis Olaizola. Me dio un viaje en tren maravilloso hasta Gijón.

10. Un libro que parecía que sí y al final fue un chasco: Tokio Blues, de Haruki Murakami. Este hombre escribe estupendamente, pero no es mi rollo, no va conmigo, me hace polvo la cabeza, igual es que yo no estoy a la altura, pero este título no me gustó nada.

11. Un libro de mi escritor/a favorito: El club Dumas, de Pérez-Reverte. Y aquí no tengo más remedio que repetirme, aunque tengo más escritores favoritos eh, pero este libro es una absoluta pasada. Me cagaba de miedo cuando me lo leía por las noches.

12. Un libro que me transporte a mi infancia: Elmer, de David McKee. Me reblandezco como galletas María en una leche con nesquik.

13. Un libro que encontré en el trastero o en el altillo: El techo de lona, de Mariano Tudela. Tapa blanda, edición de bolsillo, viejas páginas de color amarillo rancio, olor a polvo, creo que era una de las novelas que leía mi abuelo. Una historia de gente de circo, lo recuerdo con mucho cariño.

14. Un libro que me recomendaron y aún no he leído: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Y el motivo es porque como dijo Porthos en su momento “pesa demasiado”…Hago bíceps con ese tochezno en la cama, tendré que encontrar la manera.

15. Un libro que me leí en otro idioma: Ésta no la voy a poder responder…de momento. Aún no se ha dado el caso, pero imagino que algún día será en italiano o en inglés.

16. Un libro que marcó alguna etapa de mi vida: El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Mi biblia desde “los albores de la tempestad”. En mi casa es religión.

17. Un libro que presté y nunca volvió: Esto ha estado a punto de pasarme varias veces, pero soy una perseguidora incansable, no lo consiento, remuevo Roma con Santiago, me granjeo enemigos y salgo en los  periódicos, pero si cometo el error de prestar un libro, siempre vuelve a casa, es una cuestión de principios.

18. Un libro que me hizo soltar alguna lagrimita: Un pingüino en el desierto, de Carlos Puerto. Era de la colección “Barco de Vapor”, de esos con el fondo naranja, algo pasaba al final de la historia que me dio mucha mucha pena (con animalitos de por medio es muy fácil).

19. Un libro con el que me reí a carcajadas: California 83 y Chorromoco 91, de Pepe Colubi. Pepe Colubi es Dios. Amo profundamente a ese hombre.

20. Un libro que siempre recomiendo: El camino, de Miguel Delibes. Me parece un básico necesario en cualquier estantería. Es una experiencia deliciosa leerlo.

21. Un libro que devoré en menos de una semana: El código Da Vinci, de Dan Brown. He ido a lo fácil, pero es que lo recuerdo con nitidez. Me lo recomendó mi profe de matemáticas de primero de bachillerato, le llamábamos “tito Rai”, nos caía genial.

22. Un libro que me leí cuando ya tenía empezado otro: Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman. Aunque reconozco que he puesto los cuernos en este sentido muchas veces… ¡El ansia viva!

23. Un libro que guarda en su interior una dedicatoria especial: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Me lo regaló un amigo por el que siempre he tenido verdadera pasión y del que ahora hace demasiado tiempo que no sé nada. Cosas de la vida.

¡         ¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

viernes, 10 de abril de 2020

La ensaladilla de mi madre




Con quince años eres una volátil. Con treinta y pico ya te vas dando cuenta de que hay gama de grises, luces y sombras, y contradicciones con patas. Hoy es Viernes Santo y echo de menos mi casa. Siempre he dicho que la Semana Santa de mi pueblo no es nada especial, pero desde luego que distinta sí, poco protocolaria diría yo; si nunca te has dejado caer por allí te puedo asegurar que no la ves venir. Y eso ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Lo puedes criticar o lo puedes disfrutar, o ambas cosas, como una servidora.

A cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros no me llega el olor de las torrijas de mi madre, así que anoche estuve preparando la ensaladilla de rigor para el día de hoy en honor a las costumbres de mi familia y a la densa morriña que me acompaña. La líe bastante porque en el último momento me di cuenta de que no tenía mayonesa. Busqué recetas en internet, miré tutoriales en youtube, llamé a mi madre por teléfono –que se había acostado ya, la buena mujer, porque eran horas intempestivas– (“pero qué chocho más gordo tienes”, dime algo que no sepa, mama) e inasequible al desaliento intenté la faena con aceite de oliva virgen extra de una cooperativa de Montalbán de Córdoba (a ver qué le hago yo si sólo tengo en la cocina material de calidad). Un fracaso total y absoluto, el mundo se desmoronaba bajo mis pies ¡Qué deshonra para mi casta! En fin, dramas primermundistas. Esta mañana he comprado aceite de girasol en la panadería y asunto arreglado. Otro recuerdo pintoresco más para asociar a esta época en años venideros.

El caso es que para darle salida al picorcito de la melancolía tengo que remontarme a mis diarios de pre-adolescente. Yo qué sé, pongamos que hablo del 97 o del 98, por ejemplo. Por aquel entonces, ensaladillas aparte, tengo en la memoria que estuve escribiendo mi estrategia para aquel año: mi estrategia para sobrevivir a la Semana Santa ¡Ojo! Que no, que no había ningún campo de minas, que no era un videojuego de nazarenos zombies que mataban a la gente ni alrevés, que no soltaban al demogorgon en la Salida de Jesús. Si es que para el grueso de la gente no era ni es para tanto; pero aquí una, que es delicadita de oído de toda la vida de Dios, incomprendida por sistema, y de tímpano sensible, por desgracia. Mi gran problema con este evento ha venido siempre por la intensa afición a la pirotecnia que gastan mis convecinos desde tiempos inmemoriales. Cohetes, petardos, tracas, zambombazos a diestro y siniestro, sin tregua, ríete tú de la mascletá valenciana. Y ya, si mencionamos que mi barrio está en todo el meollo del asunto, igual así es más fácil de entender que cuando era la pequeña Sheldon Cooper elaborara estrategias personales para aislarme de esa maravillosa sensación del corazón en la boca y la cabeza explotando en miles de trocitos con cada inesperado traquido en las inmediaciones. Porque no se solucionaban las cosas quedándote en casa, como ahora. Yo necesitaba un puñetero búnker. ¡Eso sí que habría estado bien!

Y aun así, ese pequeño –grande para mí– detalle no puede echar por tierra otras muchas cosas. Si pudiese quitar toda esa pólvora de enmedio, no me perdería la Semana Santa de mi pueblo ni un año. Porque me gusta, desde siempre, todo lo que conlleva, todo lo que representa, al margen de creencias y de religiones, todo lo que es. No puedo ser tan simplista, ya no, será que me hago vieja y me la traen al pairo las etiquetas y los manuales, y lo que piensen los demás. Para mí el Viernes Santo, desde que tengo recuerdos, ha sido un día de alegría, de risas, de cachondeo, de reencontrarse con amigos y con primos. También de cansancio, porque al vivir en El Perchel o te vas de vacaciones o te quedas al pie del cañón sabiendo que vas a ser anfitrión de mucha gente durante toda una densa y larga jornada, pero es un día al año. Un día que se espera con ganas por muchos. Un día que deja regustillo en los labios a bacalao fresco, a cervecita rica, a picadillo de naranja o a la ensaladilla de mi casa, a magdalenas y torrijas, a los bocatas de atún y tomate de los grupos, a un Montilla-Moriles decantado directamente en el gañote desde el porrón del nazareno más cercano que te lo pasa sin preguntarte siquiera. Hazme el favor de sujetarme un momento el palo; ¡Cucha, que te dejo aquí el capirote, vigílamelo una chispa!; ¡Mama, las primas de La Montiela, asómate! ¡Coño, que entren! ¡No quedarse ahí!; Niña, alavé al patio y saca la garrafa de vino; ¿Sin alcohol? Sin alcohol me parece que no tengo… ¡Madreeeee! ¿Tenemos cerveza sin alcohol?; ¡Espérate un momento, que van a tocar el San Juan, San Juan! ¡Ara vengo!  Y te vas, y sales a pegar botes y a cantar el “San Juan, San Juan”. Vayas de paisano o de hermano, al final te unes a los lagartos en su danza ancestral y el ritmo embriagador de su canto te atrapa vengas de donde vengas. Unos se emborrachan más, otros menos; unos desfasan y se pasan tres pueblos, otros controlan y se divierten sin volverse majaretas; unos reniegan y otros resoplan; mi padre se sale a fumar, socializa un rato, luego se mete pa’ dentro y se pone a ver Quo Vadis y que no hable ni Dios, que se quiere enterar; mi madre, mi hermana y yo nos vamos a ver encerrar a Jesús Nazareno, o no, depende, que me he puesto púa de ensaladilla y boquerones en vinagre, pero yo creo que otra torrija de postre no me sentará mal.

Qué párrafo más intenso, eh. Todo eso ahí, apelotonado en el lóbulo temporal de mi cerebro. No es ni más ni menos que echar de menos tu casa, tus raíces, tus buenas o malas costumbres, tu memoria, tus recuerdos, tu gente. Tus cosas.

Siempre quise vestirme de San Juan, alguna vez. De momento me conformo con seguir haciendo la ensaladilla de mi madre cada Viernes Santo, esté o no esté en el punto de partida, mi tierra bonita y chica. Voy a meterle mano, que ya va siendo hora. Sólo espero que no esté sosa.

¡Feliz día desde el exilio!


RAV

Madrid, 10 de abril de 2020. Viernes Santo.

domingo, 9 de febrero de 2020

Chica dura



Te gusta ir de chica dura. Muñequeras de cuero, tachuelas y vaqueros rotos, una camiseta de Punisher, una bala hueca colgando del cuello. Te maquillas para parecer más guapa, te disfrazas para parecer más fuerte.

Al final eres sólo una mujer, sin más. Sin armas, sin escudos, sin superpoderes. Eres vulnerable, eres débil, eres carne de cañón. Eres un blanco perfecto, eres cobarde y tienes miedo, de lo oscuro, de la calle, de la vida. Eres impotencia y rabia contenida. Eres una huida hacia delante, una carrera sin salida, tu propio talón de Aquiles, tu cruz y tu mentira. Eres la que siempre está en el punto de mira.

Sábado por la mañana, temprano, de camino al trabajo, en un autobús con cuatro gatos. Enhorabuena, te ha tocado, es tu día. Un desgraciado se te sienta al lado, un yonqui de mierda –aunque la profesión te importa bastante poco–, y te empieza a increpar, a invadir tu espacio vital, a preguntarte que tú dónde te bajas, guapa, y todo eso. Que si te da con la pierna, que si te da con el brazo, que si te toca los cojones alto y claro y le va a importar a cualquiera de los que están cerca una mierda tan gorda como la que te sientes tú en ese momento.

Te pones borde, te pones seca, te pones seria. Pero que no se note que estás temblando, porque la situación te violenta. Intentas calcular tus opciones, las posibles reacciones, las consecuencias. Pero… que no se note que estás temblando. Al final te escabulles, consigues cambiarte de sitio, poner distancia, mirar desde fuera, como el resto –si es que alguien ha mirado–. Tú sigues tensa, tú sigues alerta, tú sigues pensando y tú sigues temblando.

Si lo estás escribiendo ahora, a fin de cuentas, no habrá sido para tanto. Ni te han robado, ni te han sacado un pincho, ni te han forzado. Una anécdota más en la vida de una mujer sin más, sin armas, sin escudos y sin superpoderes.


RAV

martes, 31 de diciembre de 2019

El último que cierre...



Anoche, en el autobús de vuelta de una escapadita navideña a mi Córdoba la Llana, me vino una de esas reflexiones tontas típicas de los trayectos en transporte público. Me pasé dos rotondas y media, y me retrotraje hasta las excursiones del instituto pensando en cómo hemos cambiado y todo eso (al menos yo, claro). Una de las mayores preocupaciones que me comían la cabeza por aquel entonces era averiguar, cuando iba de viaje con toda la chupipandi hormonada y los pobres profes de turno, con quién me iba a sentar en el autobús. ¡Tela de importante, oiga! Pues un mundo que se me hacía a mí la tontería aquella. Menudo drama.

Para empezar era vital tener compañero de asiento, lo contrario ya te aseguraba aislamiento, ridículo y oscuros rumores que perdurarían para la eternidad mancillando impunemente cualquier reputación que tuvieras o no. Luego, lo normal era que si tenías amigos fuese uno de estos el que ocupara dicho sitio, pero ¡ojito con la reciprocidad!, que a veces tú pensabas sentarte con fulanito pero fulanito no pensaba lo mismo de ti. Y cuando ya por fin tenías bien apalabrado al copiloto, tocaba rezar para que todo saliese según el protocolo y no te fallase por algún imprevisto o no te cambiase por alguien más molón a la ida o a la vuelta. A nivel social, en esa época, estas mierdas podían convertirse en verdaderos problemas de Estado.

Estado de gilipollez soberana, rumiaba yo en mis entresijos cuando volví al tiempo presente y me relamí pensando en lo que disfruta ahora mi menda de que no se me siente al lado ni Perry, ni en el metro, ni en el bus, ni en el tren, ni en la sala de espera del dentista. Con mis cascos o sin ellos, con mi libro o mi cuaderno, a mi rollo, con mis movidas, con mis fantasías o mis conversaciones imaginarias en las que tengo respuestas grandiosas para todo y callo bocas al mas pintao, gano concursos, discusiones y un pisito de protección oficial para entrar en seis meses. En plan, si yo soy un caramelo, pero si no es estrictamente necesario, no me hables. Gracias.

Lo que son los años. De imberbe necesitas ser aceptado por la masa, y cuando se te empiezan a acumular las pelambreras en partes varias te mueres de gusto cada vez que plantas los del caballo del Espartero y te sales de uno de esos puñeteros grupos de Whatsapp, ahí, a lo loco, desafiando a la vida y a la mafia, poniendo en riesgo la estabilidad del sistema, meando contra el viento. Pues eso, lo que decía, los años. Que ya uno aprende a aceptarse, a quererse (o no), a aguantarse, sin pedir la bendición del resto del rebaño.

Me estoy percatando de cómo me voy enranciando salerosamente a medida que sigo amasando párrafos. El caso es que al final unos por otros y la casa sin barrer, y yo no iba a enrollarme mucho más, pero veo que me acabo liando y hago un balance de esos de fin de año en los que, por puro postureo, me uno a la purria general y hago públicas unas reflexiones que a nadie le interesan un pepino holandés y que, en otro recoveco del espacio tiempo, simplemente escribiría o no en mi diario de siempre.

Creo que lo he clavao.

Se mueve por las redes una frase típica de estas fechas que no es novedad pero que a mí me sigue haciendo gracia: "Estoy deseando saber cuál será la primera decisión de mierda que tomaré en 2020". Oye, pues sí. Yo tengo curiosidad. Este año he tomado algunas, para no perder la costumbre, aunque también es verdad que no me arrepiento de ninguna, por lo que sea. Me he liado la manta a la cabeza y no ha salido del todo bien; tampoco ha sido un fracaso absoluto, creo que tenía que intentarlo, de otra manera no habría sido yo. Es posible que no haya acortado distancias con el punto al que quiero llegar, pero alguna que otra piedra he ido quitando de en medio. ¡Más se perdió en Cuba! El que no se consuela es porque no quiere. Lo esencial lo sigo teniendo, y algunos extras también. Tengo a mi constante como Desmond tenía a Penny, que no es decir poco. Ya tendré gatos cuando se pueda.

Una de las metas que nos marcamos en 2019 fue invertir en viajes y visitar a todos los amigos que pudiéramos, y debo decir que, aunque nos han faltado algunos, lo hemos conseguido con muchos y ha sido genial. Tenerife, Lugo, La Mancha... Mi cuaderno de cuadernos de viaje está a rebosar de anécdotas, rutas, bares y fotos. Recuerdos a porrillos para clasificar, hacer inventario y no perder nunca. Por supuesto, la aventura continúa el año que viene (a partir de mañana, vaya).

No sé si he hecho nuevos amigos (quizás eso habría que preguntárselo también a ellos), pero desde luego he conocido a personas muy de puta madre con las que espero seguir cultivando y fermentando más esas buenas migas. Aquí reconozco que, entre la edad y mi propia intensidad, he perdido ya fuelle en esto de estrechar nuevos lazos y muchas veces no hago más por conocer mejor a gente que me cae fenomenal por miedo a parecer intensita o jartible.

Por contra, he visto este año cómo se alejaban otros que tenía en verdadera estima, sin entender ni por asomo de qué iba la vaina. Yo no soy de perseguir a nadie -todos tenemos derecho a volar por donde nos dé la gana-; es verdad que me gusta escribir cartas y felicitar cumpleaños, pero no acostumbro a poner pistolas en las sienes. A veces pregunto y otras, simplemente, echo de menos. La edad de las preocupaciones de autobús ya pasó, ahora hay cosas más urgentes, y aun así valoro mucho a los amigos que tengo. No es fácil aguantarme (risas varias).

Al final se me está quedando densito de narices esto, y mira que no quería mermelada con tropezones en la rebanada de pan. Voy a tener que cambiar de registro un rato para -como decía un buen mentor, maese y amigo mío- bajar un poco la intensidad. En cuanto a los propósitos de año nuevo tengo que decir que lo de perder peso ya no me preocupa, de eso se encarga ahora mi maravilloso colon irritable, y lo del deporte y el inglés sí, eso va a quedar como bonita meta inalcanzable per saecula saeculorum, para qué nos vamos a engañar. Es un alivio no tener que dejar de fumar, lo de reducir la ingesta de alcohol también me lo han solucionado ya mis tripas y, si acaso, estoy pensando que... sí, ¿por qué no? Este 2020 mi súper propósito de año nuevo que pienso cumplir sin excusa es salirme de chorrocientos grupos de whatsapp. En serio, me la juego, el todo por el todo. ¡Más se perdió en Cuba! ¿No?

Sí, he repetido refrán, es que me venía demasiado al pelo. Y haberlo dejado ahí habría sido un cierre digno también, pero yo qué sé, me lío, me enrollo, me atoro. No ha estado del todo mal, creo que ése sería un buen resumen. Al año, me refiero, que de esto a fin de cuentas estábamos hablando hoy -mañana ya será otro día-. Qué mal me despido.

Un trabajo digno, un sueldo decente...no pido tanto, lo normal de cualquier esclavo del sistema. Ya, fuera de parches, pegos y chominás, esa parte me la tendré que currar, pero si hay que pedir algo, yo con que no me falte mi gente unos cien años más me conformo. Que no dejemos de escribirnos, de llamarnos, de quedar. Que nos veamos mucho, que nos miremos más. Que no dejemos de vivir mientras estemos vivos. Que no se nos olvide respirar.

Salud, cerveza (con o sin alcohol) y mucho rock and roll.
¡Próspero y friki 2020!


RAV