Anoche, en el autobús de vuelta de una escapadita navideña a mi Córdoba la Llana, me vino una de esas reflexiones tontas típicas de los trayectos en transporte público. Me pasé dos rotondas y media, y me retrotraje hasta las excursiones del instituto pensando en cómo hemos cambiado y todo eso (al menos yo, claro). Una de las mayores preocupaciones que me comían la cabeza por aquel entonces era averiguar, cuando iba de viaje con toda la chupipandi hormonada y los pobres profes de turno, con quién me iba a sentar en el autobús. ¡Tela de importante, oiga! Pues un mundo que se me hacía a mí la tontería aquella. Menudo drama.
Para empezar era vital tener compañero de asiento, lo contrario ya te aseguraba aislamiento, ridículo y oscuros rumores que perdurarían para la eternidad mancillando impunemente cualquier reputación que tuvieras o no. Luego, lo normal era que si tenías amigos fuese uno de estos el que ocupara dicho sitio, pero ¡ojito con la reciprocidad!, que a veces tú pensabas sentarte con fulanito pero fulanito no pensaba lo mismo de ti. Y cuando ya por fin tenías bien apalabrado al copiloto, tocaba rezar para que todo saliese según el protocolo y no te fallase por algún imprevisto o no te cambiase por alguien más molón a la ida o a la vuelta. A nivel social, en esa época, estas mierdas podían convertirse en verdaderos problemas de Estado.
Estado de gilipollez soberana, rumiaba yo en mis entresijos cuando volví al tiempo presente y me relamí pensando en lo que disfruta ahora mi menda de que no se me siente al lado ni Perry, ni en el metro, ni en el bus, ni en el tren, ni en la sala de espera del dentista. Con mis cascos o sin ellos, con mi libro o mi cuaderno, a mi rollo, con mis movidas, con mis fantasías o mis conversaciones imaginarias en las que tengo respuestas grandiosas para todo y callo bocas al mas pintao, gano concursos, discusiones y un pisito de protección oficial para entrar en seis meses. En plan, si yo soy un caramelo, pero si no es estrictamente necesario, no me hables. Gracias.
Lo que son los años. De imberbe necesitas ser aceptado por la masa, y cuando se te empiezan a acumular las pelambreras en partes varias te mueres de gusto cada vez que plantas los del caballo del Espartero y te sales de uno de esos puñeteros grupos de Whatsapp, ahí, a lo loco, desafiando a la vida y a la mafia, poniendo en riesgo la estabilidad del sistema, meando contra el viento. Pues eso, lo que decía, los años. Que ya uno aprende a aceptarse, a quererse (o no), a aguantarse, sin pedir la bendición del resto del rebaño.
Me estoy percatando de cómo me voy enranciando salerosamente a medida que sigo amasando párrafos. El caso es que al final unos por otros y la casa sin barrer, y yo no iba a enrollarme mucho más, pero veo que me acabo liando y hago un balance de esos de fin de año en los que, por puro postureo, me uno a la purria general y hago públicas unas reflexiones que a nadie le interesan un pepino holandés y que, en otro recoveco del espacio tiempo, simplemente escribiría o no en mi diario de siempre.
Creo que lo he clavao.
Se mueve por las redes una frase típica de estas fechas que no es novedad pero que a mí me sigue haciendo gracia: "Estoy deseando saber cuál será la primera decisión de mierda que tomaré en 2020". Oye, pues sí. Yo tengo curiosidad. Este año he tomado algunas, para no perder la costumbre, aunque también es verdad que no me arrepiento de ninguna, por lo que sea. Me he liado la manta a la cabeza y no ha salido del todo bien; tampoco ha sido un fracaso absoluto, creo que tenía que intentarlo, de otra manera no habría sido yo. Es posible que no haya acortado distancias con el punto al que quiero llegar, pero alguna que otra piedra he ido quitando de en medio. ¡Más se perdió en Cuba! El que no se consuela es porque no quiere. Lo esencial lo sigo teniendo, y algunos extras también. Tengo a mi constante como Desmond tenía a Penny, que no es decir poco. Ya tendré gatos cuando se pueda.
Una de las metas que nos marcamos en 2019 fue invertir en viajes y visitar a todos los amigos que pudiéramos, y debo decir que, aunque nos han faltado algunos, lo hemos conseguido con muchos y ha sido genial. Tenerife, Lugo, La Mancha... Mi cuaderno de cuadernos de viaje está a rebosar de anécdotas, rutas, bares y fotos. Recuerdos a porrillos para clasificar, hacer inventario y no perder nunca. Por supuesto, la aventura continúa el año que viene (a partir de mañana, vaya).
No sé si he hecho nuevos amigos (quizás eso habría que preguntárselo también a ellos), pero desde luego he conocido a personas muy de puta madre con las que espero seguir cultivando y fermentando más esas buenas migas. Aquí reconozco que, entre la edad y mi propia intensidad, he perdido ya fuelle en esto de estrechar nuevos lazos y muchas veces no hago más por conocer mejor a gente que me cae fenomenal por miedo a parecer intensita o jartible.
Por contra, he visto este año cómo se alejaban otros que tenía en verdadera estima, sin entender ni por asomo de qué iba la vaina. Yo no soy de perseguir a nadie -todos tenemos derecho a volar por donde nos dé la gana-; es verdad que me gusta escribir cartas y felicitar cumpleaños, pero no acostumbro a poner pistolas en las sienes. A veces pregunto y otras, simplemente, echo de menos. La edad de las preocupaciones de autobús ya pasó, ahora hay cosas más urgentes, y aun así valoro mucho a los amigos que tengo. No es fácil aguantarme (risas varias).
Al final se me está quedando densito de narices esto, y mira que no quería mermelada con tropezones en la rebanada de pan. Voy a tener que cambiar de registro un rato para -como decía un buen mentor, maese y amigo mío- bajar un poco la intensidad. En cuanto a los propósitos de año nuevo tengo que decir que lo de perder peso ya no me preocupa, de eso se encarga ahora mi maravilloso colon irritable, y lo del deporte y el inglés sí, eso va a quedar como bonita meta inalcanzable per saecula saeculorum, para qué nos vamos a engañar. Es un alivio no tener que dejar de fumar, lo de reducir la ingesta de alcohol también me lo han solucionado ya mis tripas y, si acaso, estoy pensando que... sí, ¿por qué no? Este 2020 mi súper propósito de año nuevo que pienso cumplir sin excusa es salirme de chorrocientos grupos de whatsapp. En serio, me la juego, el todo por el todo. ¡Más se perdió en Cuba! ¿No?
Sí, he repetido refrán, es que me venía demasiado al pelo. Y haberlo dejado ahí habría sido un cierre digno también, pero yo qué sé, me lío, me enrollo, me atoro. No ha estado del todo mal, creo que ése sería un buen resumen. Al año, me refiero, que de esto a fin de cuentas estábamos hablando hoy -mañana ya será otro día-. Qué mal me despido.
Un trabajo digno, un sueldo decente...no pido tanto, lo normal de cualquier esclavo del sistema. Ya, fuera de parches, pegos y chominás, esa parte me la tendré que currar, pero si hay que pedir algo, yo con que no me falte mi gente unos cien años más me conformo. Que no dejemos de escribirnos, de llamarnos, de quedar. Que nos veamos mucho, que nos miremos más. Que no dejemos de vivir mientras estemos vivos. Que no se nos olvide respirar.
Salud, cerveza (con o sin alcohol) y mucho rock and roll.
¡Próspero y friki 2020!
RAV