Empezar algo siempre da un poco
de vértigo. Terminarlo puede generar alivio, o también miedo. Y a veces es el
avance intermedio la parte que más acongoja del proceso. Puede que me esté
liando, me pasa siempre cuando se me acumula en la cabeza lo que quiero
expresar y se me solapan las palabras con las que intento hacerlo. Una de esas
dos cosas va necesariamente más rápido que la otra, y ahí empieza el caos.
Para ser más gráfica y
desahogarme de una vez diré que tengo sobre la mesa las tapas de un futuro cuaderno
listas para coser (no pensaba que fuera a rimar, pero ahí lo dejo). Va a ser
una encuadernación secreta belga, y le guardo tanto amor como respeto y pánico.
Forrar las tapas y el lomo siempre me inquieta. Quiero que la cola empape todo,
que seque bien, que no haya arrugas, burbujas, ni algún borde manchado y
brillante, que no se combe el cartón, que quede impecable, pero, una vez sudada
la gota gorda para cortar recto y parejo todas las partes con el cúter, el
proceso de forrar es fácil y asumible después de todo. Coloco peso encima y
respiro por unas horas, hasta que la gravedad haga su magia y termine de pulir
mi trabajo.
Si puedo me pongo con otro
proyecto para no saturarme mucho con la misma cosa. Y si no, me dedico a
cavilar y esbozar mentalmente cómo van a ser los siguientes pasos que voy a
dar. Ahora toca hacer una plantilla, coger el punzón y marcar los agujeros,
pero antes de eso tengo una decoración pendiente. Esta vez me han pedido que un
logo particular sea el protagonista de la portada, me he permitido además la
licencia de añadir un pequeño detalle a juego en la contraportada (por más
carta blanca que te den para que imagines y crees, siempre atenaza el riesgo de
meter la pata hasta el corvejón). Y nada de esto ha sido liviano, muy al contrario.
Ha sido un peso con el que he cargado varios días mientras me dedicaba a hacer
pruebas con papeles, pegamentos y barnices. Un poco de intoxicación pulmonar
(cada uno se droga con lo que quiere o con lo que puede) y a probar resistencia
de materiales y calidad de productos. Parece que esto funciona, vale, genial,
lo haré. Lo hago. Un pellizquito en el estómago hasta que ves que no has
reventado todo lo que tenías hecho hasta ahora. ¡Seguimos!
Agujeros marcados. Sin darme
cuenta aguanto la respiración mientras sujeto la plantilla sobre las tapas, no
es cuestión de acabar con un síncope, pero cada mínimo elemento que forma parte
del conjunto me tiene in albis hasta
que veo que ya está y que está bien. Cualquiera diría, con lo que sufro, que me
gusta lo que hago. Pues, aunque parezca mentira, así es. Ya casi acabo.
Tengo las tapas y el lomo sobre
la base de corte, las hojas interiores preparadas y agujereadas, y la aguja
curva lista y enhebrada. Todo a punto para coser y rematar la faena. Pero aquí estoy, sin atacar. Observo ese
panorama desde la esquinita en la que me evado, escribiendo estas líneas sobre
mis agobios, haciendo tiempo para acometer la última tarea, imaginando que un
duendecillo invisible y nocturno me hace el trabajo sucio y me deja un cosido
perfecto y reluciente evitándome el miedo y la tensión de tener que hacerlo yo
sabiendo que en el último escalón todo puede resbalar y precipitarse al
vacío. Sí, ¿por qué no?. El melodrama se me puede dar tan bien o mejor que la
encuadernación belga.
Creo que ya es hora de soltar la
tecla y de intentarlo. ¡Deseadme suerte!
Nota: Sobre el proyecto que tengo
ahora entre manos no puedo subir fotos, así que os enseño este otro que hice
hace algún tiempo y que, por los papeles de las tapas, es uno de mis favoritos.
RAV