Con quince años eres una volátil. Con
treinta y pico ya te vas dando cuenta de que hay gama de grises, luces y
sombras, y contradicciones con patas. Hoy es Viernes Santo y echo de menos mi
casa. Siempre he dicho que la Semana Santa de mi pueblo no es nada especial,
pero desde luego que distinta sí, poco protocolaria diría yo; si nunca te has
dejado caer por allí te puedo asegurar que no la ves venir. Y eso ni es bueno,
ni es malo, simplemente es. Lo puedes criticar o lo puedes disfrutar, o ambas
cosas, como una servidora.
A cuatrocientos cuarenta y cinco
kilómetros no me llega el olor de las torrijas de mi madre, así que anoche
estuve preparando la ensaladilla de rigor para el día de hoy en honor a las
costumbres de mi familia y a la densa morriña que me acompaña. La líe bastante
porque en el último momento me di cuenta de que no tenía mayonesa. Busqué recetas
en internet, miré tutoriales en youtube, llamé a mi madre por teléfono –que se
había acostado ya, la buena mujer, porque eran horas intempestivas– (“pero qué
chocho más gordo tienes”, dime algo que no sepa, mama) e inasequible al
desaliento intenté la faena con aceite de oliva virgen extra de una cooperativa
de Montalbán de Córdoba (a ver qué le hago yo si sólo tengo en la cocina material
de calidad). Un fracaso total y absoluto, el mundo se desmoronaba bajo mis pies
¡Qué deshonra para mi casta! En fin, dramas primermundistas. Esta mañana he
comprado aceite de girasol en la panadería y asunto arreglado. Otro recuerdo
pintoresco más para asociar a esta época en años venideros.
El caso es que para darle salida al
picorcito de la melancolía tengo que remontarme a mis diarios de
pre-adolescente. Yo qué sé, pongamos que hablo del 97 o del 98, por ejemplo. Por
aquel entonces, ensaladillas aparte, tengo en la memoria que estuve escribiendo
mi estrategia para aquel año: mi estrategia para sobrevivir a la Semana Santa ¡Ojo!
Que no, que no había ningún campo de minas, que no era un videojuego de
nazarenos zombies que mataban a la gente ni alrevés, que no soltaban al demogorgon
en la Salida de Jesús. Si es que para el grueso de la gente no era ni es para
tanto; pero aquí una, que es delicadita de oído de toda la vida de Dios,
incomprendida por sistema, y de tímpano sensible, por desgracia. Mi gran
problema con este evento ha venido siempre por la intensa afición a la
pirotecnia que gastan mis convecinos desde tiempos inmemoriales. Cohetes,
petardos, tracas, zambombazos a diestro y siniestro, sin tregua, ríete tú de la
mascletá valenciana. Y ya, si mencionamos que mi barrio está en todo el meollo
del asunto, igual así es más fácil de entender que cuando era la pequeña
Sheldon Cooper elaborara estrategias personales para aislarme de esa
maravillosa sensación del corazón en la boca y la cabeza explotando en miles de
trocitos con cada inesperado traquido en las inmediaciones. Porque no se
solucionaban las cosas quedándote en casa, como ahora. Yo necesitaba un
puñetero búnker. ¡Eso sí que habría estado bien!
Y aun así, ese pequeño –grande para
mí– detalle no puede echar por tierra otras muchas cosas. Si pudiese quitar
toda esa pólvora de enmedio, no me perdería la Semana Santa de mi pueblo ni un
año. Porque me gusta, desde siempre, todo lo que conlleva, todo lo que
representa, al margen de creencias y de religiones, todo lo que es. No puedo
ser tan simplista, ya no, será que me hago vieja y me la traen al pairo las
etiquetas y los manuales, y lo que piensen los demás. Para mí el Viernes Santo,
desde que tengo recuerdos, ha sido un día de alegría, de risas, de cachondeo,
de reencontrarse con amigos y con primos. También de cansancio, porque al vivir
en El Perchel o te vas de vacaciones o te quedas al pie del cañón sabiendo que
vas a ser anfitrión de mucha gente durante toda una densa y larga jornada, pero
es un día al año. Un día que se espera con ganas por muchos. Un día que deja
regustillo en los labios a bacalao fresco, a cervecita rica, a picadillo de
naranja o a la ensaladilla de mi casa, a magdalenas y torrijas, a los bocatas
de atún y tomate de los grupos, a un Montilla-Moriles decantado directamente en
el gañote desde el porrón del nazareno más cercano que te lo pasa sin
preguntarte siquiera. Hazme el favor de sujetarme
un momento el palo; ¡Cucha, que te dejo aquí el capirote, vigílamelo una chispa!;
¡Mama, las primas de La Montiela, asómate! ¡Coño, que entren! ¡No quedarse ahí!;
Niña, alavé al patio y saca la garrafa de vino; ¿Sin alcohol? Sin alcohol me
parece que no tengo… ¡Madreeeee! ¿Tenemos cerveza sin alcohol?; ¡Espérate un
momento, que van a tocar el San Juan, San Juan! ¡Ara vengo! Y te vas, y sales a pegar botes y a cantar
el “San Juan, San Juan”. Vayas de paisano o de hermano, al final te unes a los
lagartos en su danza ancestral y el ritmo embriagador de su canto te atrapa
vengas de donde vengas. Unos se emborrachan más, otros menos; unos desfasan y
se pasan tres pueblos, otros controlan y se divierten sin volverse majaretas;
unos reniegan y otros resoplan; mi padre se sale a fumar, socializa un rato,
luego se mete pa’ dentro y se pone a ver Quo Vadis y que no hable ni Dios, que
se quiere enterar; mi madre, mi hermana y yo nos vamos a ver encerrar a Jesús
Nazareno, o no, depende, que me he puesto púa de ensaladilla y boquerones en
vinagre, pero yo creo que otra torrija de postre no me sentará mal.
Qué párrafo más intenso, eh. Todo eso
ahí, apelotonado en el lóbulo temporal de mi cerebro. No es ni más ni menos que
echar de menos tu casa, tus raíces, tus buenas o malas costumbres, tu memoria,
tus recuerdos, tu gente. Tus cosas.
Siempre quise vestirme de San Juan,
alguna vez. De momento me conformo con seguir haciendo la ensaladilla de mi
madre cada Viernes Santo, esté o no esté en el punto de partida, mi tierra
bonita y chica. Voy a meterle mano, que ya va siendo hora. Sólo espero que no esté
sosa.
¡Feliz día desde el exilio!
RAV
Madrid, 10 de abril de 2020. Viernes
Santo.







