viernes, 10 de abril de 2020

La ensaladilla de mi madre




Con quince años eres una volátil. Con treinta y pico ya te vas dando cuenta de que hay gama de grises, luces y sombras, y contradicciones con patas. Hoy es Viernes Santo y echo de menos mi casa. Siempre he dicho que la Semana Santa de mi pueblo no es nada especial, pero desde luego que distinta sí, poco protocolaria diría yo; si nunca te has dejado caer por allí te puedo asegurar que no la ves venir. Y eso ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Lo puedes criticar o lo puedes disfrutar, o ambas cosas, como una servidora.

A cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros no me llega el olor de las torrijas de mi madre, así que anoche estuve preparando la ensaladilla de rigor para el día de hoy en honor a las costumbres de mi familia y a la densa morriña que me acompaña. La líe bastante porque en el último momento me di cuenta de que no tenía mayonesa. Busqué recetas en internet, miré tutoriales en youtube, llamé a mi madre por teléfono –que se había acostado ya, la buena mujer, porque eran horas intempestivas– (“pero qué chocho más gordo tienes”, dime algo que no sepa, mama) e inasequible al desaliento intenté la faena con aceite de oliva virgen extra de una cooperativa de Montalbán de Córdoba (a ver qué le hago yo si sólo tengo en la cocina material de calidad). Un fracaso total y absoluto, el mundo se desmoronaba bajo mis pies ¡Qué deshonra para mi casta! En fin, dramas primermundistas. Esta mañana he comprado aceite de girasol en la panadería y asunto arreglado. Otro recuerdo pintoresco más para asociar a esta época en años venideros.

El caso es que para darle salida al picorcito de la melancolía tengo que remontarme a mis diarios de pre-adolescente. Yo qué sé, pongamos que hablo del 97 o del 98, por ejemplo. Por aquel entonces, ensaladillas aparte, tengo en la memoria que estuve escribiendo mi estrategia para aquel año: mi estrategia para sobrevivir a la Semana Santa ¡Ojo! Que no, que no había ningún campo de minas, que no era un videojuego de nazarenos zombies que mataban a la gente ni alrevés, que no soltaban al demogorgon en la Salida de Jesús. Si es que para el grueso de la gente no era ni es para tanto; pero aquí una, que es delicadita de oído de toda la vida de Dios, incomprendida por sistema, y de tímpano sensible, por desgracia. Mi gran problema con este evento ha venido siempre por la intensa afición a la pirotecnia que gastan mis convecinos desde tiempos inmemoriales. Cohetes, petardos, tracas, zambombazos a diestro y siniestro, sin tregua, ríete tú de la mascletá valenciana. Y ya, si mencionamos que mi barrio está en todo el meollo del asunto, igual así es más fácil de entender que cuando era la pequeña Sheldon Cooper elaborara estrategias personales para aislarme de esa maravillosa sensación del corazón en la boca y la cabeza explotando en miles de trocitos con cada inesperado traquido en las inmediaciones. Porque no se solucionaban las cosas quedándote en casa, como ahora. Yo necesitaba un puñetero búnker. ¡Eso sí que habría estado bien!

Y aun así, ese pequeño –grande para mí– detalle no puede echar por tierra otras muchas cosas. Si pudiese quitar toda esa pólvora de enmedio, no me perdería la Semana Santa de mi pueblo ni un año. Porque me gusta, desde siempre, todo lo que conlleva, todo lo que representa, al margen de creencias y de religiones, todo lo que es. No puedo ser tan simplista, ya no, será que me hago vieja y me la traen al pairo las etiquetas y los manuales, y lo que piensen los demás. Para mí el Viernes Santo, desde que tengo recuerdos, ha sido un día de alegría, de risas, de cachondeo, de reencontrarse con amigos y con primos. También de cansancio, porque al vivir en El Perchel o te vas de vacaciones o te quedas al pie del cañón sabiendo que vas a ser anfitrión de mucha gente durante toda una densa y larga jornada, pero es un día al año. Un día que se espera con ganas por muchos. Un día que deja regustillo en los labios a bacalao fresco, a cervecita rica, a picadillo de naranja o a la ensaladilla de mi casa, a magdalenas y torrijas, a los bocatas de atún y tomate de los grupos, a un Montilla-Moriles decantado directamente en el gañote desde el porrón del nazareno más cercano que te lo pasa sin preguntarte siquiera. Hazme el favor de sujetarme un momento el palo; ¡Cucha, que te dejo aquí el capirote, vigílamelo una chispa!; ¡Mama, las primas de La Montiela, asómate! ¡Coño, que entren! ¡No quedarse ahí!; Niña, alavé al patio y saca la garrafa de vino; ¿Sin alcohol? Sin alcohol me parece que no tengo… ¡Madreeeee! ¿Tenemos cerveza sin alcohol?; ¡Espérate un momento, que van a tocar el San Juan, San Juan! ¡Ara vengo!  Y te vas, y sales a pegar botes y a cantar el “San Juan, San Juan”. Vayas de paisano o de hermano, al final te unes a los lagartos en su danza ancestral y el ritmo embriagador de su canto te atrapa vengas de donde vengas. Unos se emborrachan más, otros menos; unos desfasan y se pasan tres pueblos, otros controlan y se divierten sin volverse majaretas; unos reniegan y otros resoplan; mi padre se sale a fumar, socializa un rato, luego se mete pa’ dentro y se pone a ver Quo Vadis y que no hable ni Dios, que se quiere enterar; mi madre, mi hermana y yo nos vamos a ver encerrar a Jesús Nazareno, o no, depende, que me he puesto púa de ensaladilla y boquerones en vinagre, pero yo creo que otra torrija de postre no me sentará mal.

Qué párrafo más intenso, eh. Todo eso ahí, apelotonado en el lóbulo temporal de mi cerebro. No es ni más ni menos que echar de menos tu casa, tus raíces, tus buenas o malas costumbres, tu memoria, tus recuerdos, tu gente. Tus cosas.

Siempre quise vestirme de San Juan, alguna vez. De momento me conformo con seguir haciendo la ensaladilla de mi madre cada Viernes Santo, esté o no esté en el punto de partida, mi tierra bonita y chica. Voy a meterle mano, que ya va siendo hora. Sólo espero que no esté sosa.

¡Feliz día desde el exilio!


RAV

Madrid, 10 de abril de 2020. Viernes Santo.

domingo, 9 de febrero de 2020

Chica dura



Te gusta ir de chica dura. Muñequeras de cuero, tachuelas y vaqueros rotos, una camiseta de Punisher, una bala hueca colgando del cuello. Te maquillas para parecer más guapa, te disfrazas para parecer más fuerte.

Al final eres sólo una mujer, sin más. Sin armas, sin escudos, sin superpoderes. Eres vulnerable, eres débil, eres carne de cañón. Eres un blanco perfecto, eres cobarde y tienes miedo, de lo oscuro, de la calle, de la vida. Eres impotencia y rabia contenida. Eres una huida hacia delante, una carrera sin salida, tu propio talón de Aquiles, tu cruz y tu mentira. Eres la que siempre está en el punto de mira.

Sábado por la mañana, temprano, de camino al trabajo, en un autobús con cuatro gatos. Enhorabuena, te ha tocado, es tu día. Un desgraciado se te sienta al lado, un yonqui de mierda –aunque la profesión te importa bastante poco–, y te empieza a increpar, a invadir tu espacio vital, a preguntarte que tú dónde te bajas, guapa, y todo eso. Que si te da con la pierna, que si te da con el brazo, que si te toca los cojones alto y claro y le va a importar a cualquiera de los que están cerca una mierda tan gorda como la que te sientes tú en ese momento.

Te pones borde, te pones seca, te pones seria. Pero que no se note que estás temblando, porque la situación te violenta. Intentas calcular tus opciones, las posibles reacciones, las consecuencias. Pero… que no se note que estás temblando. Al final te escabulles, consigues cambiarte de sitio, poner distancia, mirar desde fuera, como el resto –si es que alguien ha mirado–. Tú sigues tensa, tú sigues alerta, tú sigues pensando y tú sigues temblando.

Si lo estás escribiendo ahora, a fin de cuentas, no habrá sido para tanto. Ni te han robado, ni te han sacado un pincho, ni te han forzado. Una anécdota más en la vida de una mujer sin más, sin armas, sin escudos y sin superpoderes.


RAV

martes, 31 de diciembre de 2019

El último que cierre...



Anoche, en el autobús de vuelta de una escapadita navideña a mi Córdoba la Llana, me vino una de esas reflexiones tontas típicas de los trayectos en transporte público. Me pasé dos rotondas y media, y me retrotraje hasta las excursiones del instituto pensando en cómo hemos cambiado y todo eso (al menos yo, claro). Una de las mayores preocupaciones que me comían la cabeza por aquel entonces era averiguar, cuando iba de viaje con toda la chupipandi hormonada y los pobres profes de turno, con quién me iba a sentar en el autobús. ¡Tela de importante, oiga! Pues un mundo que se me hacía a mí la tontería aquella. Menudo drama.

Para empezar era vital tener compañero de asiento, lo contrario ya te aseguraba aislamiento, ridículo y oscuros rumores que perdurarían para la eternidad mancillando impunemente cualquier reputación que tuvieras o no. Luego, lo normal era que si tenías amigos fuese uno de estos el que ocupara dicho sitio, pero ¡ojito con la reciprocidad!, que a veces tú pensabas sentarte con fulanito pero fulanito no pensaba lo mismo de ti. Y cuando ya por fin tenías bien apalabrado al copiloto, tocaba rezar para que todo saliese según el protocolo y no te fallase por algún imprevisto o no te cambiase por alguien más molón a la ida o a la vuelta. A nivel social, en esa época, estas mierdas podían convertirse en verdaderos problemas de Estado.

Estado de gilipollez soberana, rumiaba yo en mis entresijos cuando volví al tiempo presente y me relamí pensando en lo que disfruta ahora mi menda de que no se me siente al lado ni Perry, ni en el metro, ni en el bus, ni en el tren, ni en la sala de espera del dentista. Con mis cascos o sin ellos, con mi libro o mi cuaderno, a mi rollo, con mis movidas, con mis fantasías o mis conversaciones imaginarias en las que tengo respuestas grandiosas para todo y callo bocas al mas pintao, gano concursos, discusiones y un pisito de protección oficial para entrar en seis meses. En plan, si yo soy un caramelo, pero si no es estrictamente necesario, no me hables. Gracias.

Lo que son los años. De imberbe necesitas ser aceptado por la masa, y cuando se te empiezan a acumular las pelambreras en partes varias te mueres de gusto cada vez que plantas los del caballo del Espartero y te sales de uno de esos puñeteros grupos de Whatsapp, ahí, a lo loco, desafiando a la vida y a la mafia, poniendo en riesgo la estabilidad del sistema, meando contra el viento. Pues eso, lo que decía, los años. Que ya uno aprende a aceptarse, a quererse (o no), a aguantarse, sin pedir la bendición del resto del rebaño.

Me estoy percatando de cómo me voy enranciando salerosamente a medida que sigo amasando párrafos. El caso es que al final unos por otros y la casa sin barrer, y yo no iba a enrollarme mucho más, pero veo que me acabo liando y hago un balance de esos de fin de año en los que, por puro postureo, me uno a la purria general y hago públicas unas reflexiones que a nadie le interesan un pepino holandés y que, en otro recoveco del espacio tiempo, simplemente escribiría o no en mi diario de siempre.

Creo que lo he clavao.

Se mueve por las redes una frase típica de estas fechas que no es novedad pero que a mí me sigue haciendo gracia: "Estoy deseando saber cuál será la primera decisión de mierda que tomaré en 2020". Oye, pues sí. Yo tengo curiosidad. Este año he tomado algunas, para no perder la costumbre, aunque también es verdad que no me arrepiento de ninguna, por lo que sea. Me he liado la manta a la cabeza y no ha salido del todo bien; tampoco ha sido un fracaso absoluto, creo que tenía que intentarlo, de otra manera no habría sido yo. Es posible que no haya acortado distancias con el punto al que quiero llegar, pero alguna que otra piedra he ido quitando de en medio. ¡Más se perdió en Cuba! El que no se consuela es porque no quiere. Lo esencial lo sigo teniendo, y algunos extras también. Tengo a mi constante como Desmond tenía a Penny, que no es decir poco. Ya tendré gatos cuando se pueda.

Una de las metas que nos marcamos en 2019 fue invertir en viajes y visitar a todos los amigos que pudiéramos, y debo decir que, aunque nos han faltado algunos, lo hemos conseguido con muchos y ha sido genial. Tenerife, Lugo, La Mancha... Mi cuaderno de cuadernos de viaje está a rebosar de anécdotas, rutas, bares y fotos. Recuerdos a porrillos para clasificar, hacer inventario y no perder nunca. Por supuesto, la aventura continúa el año que viene (a partir de mañana, vaya).

No sé si he hecho nuevos amigos (quizás eso habría que preguntárselo también a ellos), pero desde luego he conocido a personas muy de puta madre con las que espero seguir cultivando y fermentando más esas buenas migas. Aquí reconozco que, entre la edad y mi propia intensidad, he perdido ya fuelle en esto de estrechar nuevos lazos y muchas veces no hago más por conocer mejor a gente que me cae fenomenal por miedo a parecer intensita o jartible.

Por contra, he visto este año cómo se alejaban otros que tenía en verdadera estima, sin entender ni por asomo de qué iba la vaina. Yo no soy de perseguir a nadie -todos tenemos derecho a volar por donde nos dé la gana-; es verdad que me gusta escribir cartas y felicitar cumpleaños, pero no acostumbro a poner pistolas en las sienes. A veces pregunto y otras, simplemente, echo de menos. La edad de las preocupaciones de autobús ya pasó, ahora hay cosas más urgentes, y aun así valoro mucho a los amigos que tengo. No es fácil aguantarme (risas varias).

Al final se me está quedando densito de narices esto, y mira que no quería mermelada con tropezones en la rebanada de pan. Voy a tener que cambiar de registro un rato para -como decía un buen mentor, maese y amigo mío- bajar un poco la intensidad. En cuanto a los propósitos de año nuevo tengo que decir que lo de perder peso ya no me preocupa, de eso se encarga ahora mi maravilloso colon irritable, y lo del deporte y el inglés sí, eso va a quedar como bonita meta inalcanzable per saecula saeculorum, para qué nos vamos a engañar. Es un alivio no tener que dejar de fumar, lo de reducir la ingesta de alcohol también me lo han solucionado ya mis tripas y, si acaso, estoy pensando que... sí, ¿por qué no? Este 2020 mi súper propósito de año nuevo que pienso cumplir sin excusa es salirme de chorrocientos grupos de whatsapp. En serio, me la juego, el todo por el todo. ¡Más se perdió en Cuba! ¿No?

Sí, he repetido refrán, es que me venía demasiado al pelo. Y haberlo dejado ahí habría sido un cierre digno también, pero yo qué sé, me lío, me enrollo, me atoro. No ha estado del todo mal, creo que ése sería un buen resumen. Al año, me refiero, que de esto a fin de cuentas estábamos hablando hoy -mañana ya será otro día-. Qué mal me despido.

Un trabajo digno, un sueldo decente...no pido tanto, lo normal de cualquier esclavo del sistema. Ya, fuera de parches, pegos y chominás, esa parte me la tendré que currar, pero si hay que pedir algo, yo con que no me falte mi gente unos cien años más me conformo. Que no dejemos de escribirnos, de llamarnos, de quedar. Que nos veamos mucho, que nos miremos más. Que no dejemos de vivir mientras estemos vivos. Que no se nos olvide respirar.

Salud, cerveza (con o sin alcohol) y mucho rock and roll.
¡Próspero y friki 2020!


RAV

miércoles, 9 de octubre de 2019

Las historias que se pierden






¿Te has enamorado de verdad al menos una vez en tu vida? ¿No te pasa que, si te paras a pensarlo, has perdido la cuenta de tantas veces y que, al echar la vista atrás, a menudo te sonríes pensando que ésta es la definitiva y verdadera? ¿Y qué eran las otras? ¿No eran tan sinceras? ¿Eras una persona inmadura y volátil? ¿O quizás más tonta y confiada? ¿Eran otros tiempos? Quién sabe. Yo me he enamorado miles de veces, de personas, de cosas, de momentos. A diario. Y es apasionante, embriagador y adictivo. Al menos mientras dura, ¿no? ¡Carpe diem! ¡Tempus fugit! Ya sabes…

Ahora mismo estás pensando –y con razón– que voy a soltar una parrafada de padre y muy señor mío sobre el amor, las relaciones de pareja y todo eso. ¡Qué pereza! Algo de poesía me puede salir si necesito desahogarme, pero no tengo yo el cuerpo hoy para novela rosa. Lo que me araña las mientes con denuedo es la intensidad. El devorar la tarta de queso con los ojos antes que con la cuchara –en  unos segundos quizás te arrepientas (o quizás no), pero ¡cómo han disfrutado todos tus sentidos!–. El arrancar con nervios y premura el envoltorio de un regalo –qué más da que pueda no gustarte, ¡es un misterio!– o la ropa a tu contrario, o unos versos a un extraño. El primer trago de la primera cerveza; el abrazo que das a un amigo borracho –o sobrio, u olvidado, al que tal vez llevas sin ver años–; el, de puro gusto, morderte los labios. El vivir, el resbalar, el arriesgarse a respirar. El crudo y desnudo sentir. La pintura fresca en la pared, los montones de hojas secas, la brisa del bar –sí, ¿por qué no?– y el acuciante aroma de la libertad.

¿Has sentido eso? Es como una vibración fugaz. Escribir da un gusto insospechado, leer también. Tuve un amante alemán (¿alguien sigue usando esa palabra?) que solía decirme que leyera despacio, que paladeara cada palabra, cada coma y cada verso sin prisa, que así encontraría incluso un significado distinto al de la primera lectura. Siempre supe que estaba como un cencerro, pero siguiendo su consejo descubrí una nueva gama de sensaciones nada desdeñable. Podía notar el chispazo al leer, al acariciar las letras en mi mente… podía notar la electricidad. Es algo maravilloso, mágico, y nada fácil de conseguir. Yo no sé si transmito tanto, pero intentarlo es verdaderamente delicioso. Y llega a convertirse en un círculo vicioso, una espiral que se retroalimenta constantemente y de la que no te cansas, porque te mantiene vivo. ¿Estoy hablando sola? ¿Me he ido por los cerros? Tal vez. Pero esto es lo que te digo. Si lo siento lo escribo, la intensidad es gloria, y vuelve a ti y a mí y a cada pieza del tablero a través del oxígeno y de los momentos, y si está en el papel no morirá nunca. Será imperecedera, imperturbable, inmarcesible. ¿No te parece alucinante? Es como ese mosquito conservado en ámbar, mirando pasar las nubes y los milenios sin pestañear. Un pequeño tesoro resguardado del avance inexorable del tiempo, que ni siente ni padece y que, sin embargo, ahí está.

Por eso escribo cartas. ¡Clic! ¡Clac! A golpe de tecla las historias se dispersan, la tecnología lo invade todo y un agujero negro de absurdo caos traga y escupe prosa barata en redes sociales y pantanosos rincones que nadie visita. Pero hay una manera de sobrevivir al deshielo y a las plagas, a la caída de la bolsa y a la estupidez humana, hay una manera de seguir viajando aun cuando tus piernas son ya raíces secas que ni insuflan vida ni agarran la tierra, hay una manera de vivir cien vidas y contar cuentos a los niños que nunca conocerás. Escribir una carta. O mejor aún, muchas. Papel testigo y confidente, que viene y va y vuelve a ti con renglones de tinta cargados de paisajes, de nostalgias, de llantos y de risas, de intrigas, de alegrías, de paz y de nervios, de letanías. Cartas de amigos, o de familia, o de un amor… de un amor. ¿Has recibido alguna vez una de esas? Y aun así eso no significa que no puedas escribirla tú. Lo sabes, ¿verdad? Por qué negarse tal dicha. Eso pienso.

¡Ay, la vieja correspondencia escrita a mano! Qué fantástica me pareció siempre. El suave crujir de las hojas al desdoblarlas, su tacto de aventura y celulosa, el ufano latir del corazón desde que encuentras el sobre en el buzón hasta que devoras la última línea. Nadie debería pasar por la vida sin haber experimentado eso. Yo escribo cartas desde que tengo uso de bolígrafo, y me fascina tanto enviarlas como recibirlas. En serio, deberías probarlo, anímate, es algo genial. ¿Qué puede salir mal? ¿Que no llegue? ¿Que se pierda por el camino? ¡Vaya! Pues, ahora que lo dices, sí. Sólo se me ocurre un desagradable riesgo y es ése. ¿Te imaginas que después de todo el tiempo, cariño y esfuerzo empleados, esa misiva nunca llegue a su destino? Da sensación de abismo ¿verdad? Un poquito de vértigo, puede. La de vueltas que vengo dando para llegar a esto. Al pecho del volcán. A las historias perdidas.

Hace años mandaba cartas a Argentina. La primera no llegó jamás –a las manos correspondientes, me refiero, al país imagino que sí–, ni la segunda, ni la tercera. Empecé a mandarlas certificadas y urgentes y, aun así, para conseguir que se hiciera la magia tenía que ponerme en contacto con el destinatario y darle el número de seguimiento para que él mismo fuera a la oficina más cercana y, con su documentación y ese número, preguntara por su correspondencia (y a veces ni por esas). Ciertamente irritante e inexplicable, ¿verdad? En territorio nacional no me había pasado todavía, hasta que me pasó, claro. Y, ya sabes, sólo tienes que darme una excusa para…seguir escribiendo.

¿Te has parado a pensar en todo lo que conlleva? ¿Es una carta que se pierde y ya está? ¿Como papel mojado? Te olvidas y punto, supongo, si tienes esa facilidad. Pues no me ha tocado a mí esa suerte. Muy al contrario, me desazona pensar qué habrá pasado, quién la tendrá o dónde estará, si arrugada y olvidada en un almacén polvoriento o sucia y pisoteada en un charco en cualquier acera. O rota, o raída, o abierta. O ajada, leída y revuelta por retinas y manos ajenas. ¡No hay manera de saberlo! Una incertidumbre malsana me sube por el cardias, me indigno, me da pena y rabia, de las letras huérfanas, de las anécdotas perdidas, de la parte de ti que has puesto en ese papel y que vagará para siempre en la nada, como si nunca hubiera existido…como si nunca se hubiera escrito.

Me pongo intensita, lo sé. De eso vengo hablando todo este rato, sólo por una carta, por unos cuantos versos, por todo lo que para mí significa. Ya ves que no es poco lo que hay detrás. Y te diré que esta última al final apareció –profanada, por supuesto–, y que no hay dinero que pueda pagar eso ni certificados que valgan. Quizás estaría bien poner un poco más de cariño y empatía cuando se llevan trozos de vidas en la mochila –a  lo mejor algún día me toca hacerlo a mí y me echo a los hombros esa bonita responsabilidad–, pero para la crítica y los sarcasmos me dejo otros párrafos y otro momento, hoy me quedo a gusto con esta reflexión. Si algún día te aburres, escribe una carta. Si algún día te enamoras, escribe una carta. Si algún día te echas de menos, escribe una carta.

Y si se pierde, no dejes de hacerlo hasta saturar los buzones.



RAV

martes, 27 de agosto de 2019

Crónicas de viaje: "Asturies, ye lo qu'hai".







‘Tengo los pies fríos desde que pasamos León. El paisaje ha cambiado por completo y no se ve nada que no sea montañas y verde a borbotones, y bancos de niebla derramándose hasta mojar el reflejo de mis gafas en la ventanilla del tren. Había olvidado estas estampas (no sé cómo) y es curiosa la manera en que, con sólo cuatro gotas de lluvia y las primeras elevaciones del terreno, esos parajes con los que me maravillé por primera vez hace cinco años han vuelto a mi cabeza con toda la nitidez de ese momento. Acabamos de parar en Oviedo, llevo a Bowie en los cascos y a Don Pelayo en el e-book. ¡Ya no queda nada, amigo Gijón!’

Así empieza el cuaderno de viaje de nuestra última escapada. Hace unos días que volvimos de tierras astures y aún ando flotando en esa suerte de melancolía que te deja en los párpados la caricia del norte. ¡Aviso! Esta crónica podría convertirse en un empacho de bosque, nostalgia y sidra; intentaré no aburrir demasiado con lo que –según mis intenciones– debería ser la narración amena de otra bonita experiencia.

Tuve la suerte de conocer Gijón hace unos cuantos años (un regalo de aniversario difícil de olvidar) y, por aquello de la sorpresa y la inmediatez, aunque lo disfruté igualmente no me dio tiempo de organizar el viaje como corresponde a mi TOC sheldoniano y ancestral. Esta vez tenía claro que ese aspecto iba a ser distinto y, ya de vuelta y haciendo memoria de todo lo visto y vivido, creo que puedo decir que lo hemos conseguido. No penséis que lo planeo y calculo todo escrupulosamente –la esencia de estas cosas es también desconectar y dejarse llevar– pero me gusta controlar algunos detalles antes de salir, lo básico, estudiar un poco la zona, mirar mapas, revisar recomendaciones, apuntar ideas, lugares, opciones, etc. Y no se me da mal, eh. Manejo tan bien estos preparativos que hasta clavé exactamente la fecha en la que me iba a venir la regla. Sí, correcto, los mismos cuatro días que duraba el viaje. Como dicen en Asturias: ¡Ye lo qu’hai!

Ironías aparte, lo hemos pasado tan estupendamente que la pena de volver ha sido grande y gorda. Si habéis estado por allí sabéis de lo que hablo. Cierto es que para gustos los colores,  y habrá opiniones de todo tipo. Quizás otros pensarán que no es para tanto, pero tengo que decir que, entre otras cosas, yo soy una motivada de la vida, y antes de cada aventura en mi cabeza ya es la repanocha. Cuando vas con esa predisposición natural a que todo te flipe es complicado que no sea así, y a mí el norte de España me flipa. Eso también facilita que los pequeños baches que puedan presentarse en el transcurso de los días no te fastidien más de lo imprescindible; en otras palabras: ‘cuerpo de vacaciones, mente de vacaciones’. Tranquilidad, brisa marina, sidras y, en mi caso y por eventualidades, ibuprofeno de 600 mg.

El caso es que llegamos una tarde nubosa, con chubascos esporádicos y viento bendito, que nos supo a gloria, soltamos las maletas en el hotel y nos fuimos a dar el paseíto de rigor por San Lorenzo. Bajar a la playa a esas horas era ya imposible, estaba la marea bien arriba y llegaba el agua hasta casi derramarse sobre el muro del paseo –imagen que es siempre un espectáculo sensacional para mis ojos de secano–; había tres veteranos autóctonos, flotando distendidos junto a una de las escaleras de bajada, que me dieron mucha envidia. Después de un ratito respirando ese aire tan salubre decidimos seguir disfrutando de las vistas pero con una copa en la mano y tras los ventanales del Varsovia. ¡Qué calma más abrumadora! Qué felicidad.

La única visita guiada que concertamos fue la de la Universidad Laboral, un conjunto arquitectónico verdaderamente impresionante emplazado a unos 3 km del centro de la ciudad, por la zona de Cabueñes (el autobús L1 te deja en la misma puerta, una maravilla si vas por la vida tirando de piececitos). Por lo que nos contaron se empezó a construir a finales de los años cuarenta con idea de ser orfanato y centro de aprendizaje para los hijos de los mineros fallecidos, pero luego fue pasando por varias manos y etapas hasta que el Principado de Asturias comenzó las tareas de rehabilitación y recuperación en 2001. La historia es bastante más larga e interesante, y tiene datos tan jugosos como los 130 metros de altura de la torre (a la que, por supuesto, subimos, 17 pisos, ¡ojo con el vértigo!), la cúpula elíptica de la iglesia, que es la más grande de Europa, o la extensión del edificio que, con sus 270.000 m2 es el más grande de España. Si os pica la curiosidad hay alguna que otra página, además de Wikipedia, que ilustra bastante bien el tema. En resumen: una delicia para la vista. A mí me recordaba, salvando las distancias, al entorno de El Club de los Poetas Muertos, incluso al castillo de Hogwarts (sí, ya os dije que me flipo mucho, pero es que es para verlo, impresiona tela marinera). Me hinché de hacer fotos, huelga decirlo.



Donde verdaderamente fundí la batería y casi la memoria del teléfono fue en el Jardín Botánico Atlántico –abro inciso aquí para decir que compramos la entrada conjunta a la universidad y al botánico, que esta última puede realizarse a lo largo de un año y que el precio es insultantemente barato–, que está justo enfrente, cruzando la carretera. Nos dieron un mapa, una previsión de dos horas de recorrido y una sonrisa. ¡Y a la aventura! Me cuesta mucho hilar frases llegados a este punto –ya sabéis, trombo de verde–, sería más fácil ilustraros directamente con fotos, pero esto intenta ser una crónica, no un catálogo de plantas (aunque ya os digo yo que con todas las que hice tengo para confeccionar mi propio herbario).

Creo que lo más acertado que puedo decir es: fantasía pura. Había una parte de huerto con árboles frutales y otros arbustos de menor talla, estanques, riachuelos, pasarelas de madera y carteles identificativos en todos los rincones, lagartijas, caracoles, pececillos, insectos varios y aves del norte. En algún momento, sin saber cómo, nos dimos cuenta de que nos había tragado el bosque cantábrico. Las copas de los árboles tejían su propio techo sobre nuestras cabezas; una lucecilla tenue y neblinosa se colaba de vez en cuando entre las hojas de hayas y carbayos recordándonos que, aunque lo pareciera, no era de noche; ignorábamos las flechas del camino porque las xanas nos tentaban con sus juegos misteriosos para perdernos por rincones poblados de viejos troncos y enormes raíces; flotaba magia en la atmósfera y nenúfares bajo el puente. Era como perderte en un cuento, un cuento de los bonitos. De verdad. Y cuando llevas mundos paralelos en la azotea y en la mochila, como yo, no te hace falta nada más.

Lo pasamos genial. Disfruté como una enana y casi tienen que sacarme a rastras de la tiendecita de recuerdos, donde todos los souvenirs tenían que ver con la flora y fauna autóctonas (¡qué raro!) y hacían que decidirse fuera una auténtica odisea. Pero ya empezaba a haber hambre y no había discusión posible. ¡Qué comida la de aquel día! Me estoy acordando ahora. Fuimos a un sitio que se llama La Bolera y todavía me relamo al pensar en el platazo de bacalao con pisto que me metí entre pecho y espalda. Y en el arroz con leche, y en los frixuelos rellenos de arroz con leche también. Sí, esa comida fue de las mejores (si es que hubo alguna mala). Y sí, hubo cachopo y sidra –la duda ofende–, todo tuvo su momento. El pulpo, el pastel de cabracho, el bonito, los cachopines, el cabrales, un tataki de atún rojo con garantía de origen y código QR de trazabilidad (no me digáis que esto último no es para fliparlo con fundamento)… Y lo de las sidras lo he dicho ya ¿no? ¡Ay, las sidras! Qué bien entran a cualquier hora del día. Tienes que tener un cuidado… ¡Sobre todo si vas conmigo!

¡Si es que no hay recuerdo malo (quitando los estertores ováricos que combatía a fuerza de voluntad y antiinflamatorios)!. Fuimos otro día al Acuario de Gijón –una chulada en la que también hubo reportaje fotográfico y donde nos divertimos bastante huyendo de las familias con niños e intentando buscar una explicación científica al reventón espontáneo que pegó el cristal de la esfera de mi reloj cuando teníamos la cara pegada al cristal de las mantarrayas–; y otro al Museo del Pueblo Asturiano –varias plantas con exposiciones, antiguos hórreos en los que se detenía el tiempo al entrar y una charca perfecta con su bioma y sus adorables patos (me vuelvo loca con los patos, ya lo sabéis).

No nos dejamos atrás la subida al Cerro de Santa Catalina con su Elogio del Horizonte –al que muchos llaman, muy juiciosamente, el váter de King Kong– y sus imponentes vistas. Gustosa me habría quedado tumbada en la hierba hasta que un rayito perdido de sol me hubiera frito a las tres de la tarde. ¡Qué paz se respira en las alturas!. Es tan distinto de toda mi vida que me llena los pulmones hasta quemarlos de serotonina y sal. ¡Claro que se me va con las metáforas! Como para no. ¡Ay, Asturias! ¡Ay, Gijón!

Iba yo penando por las calles de Cimavilla a escasas horas de la irremediable vuelta al epicentro ibérico, cuando nos topamos con una calle corta pero amplia que sin saberlo contendría una triada maravillosa que pondría la guinda a cuatro días increíbles: una papelería creativa, una librería antigua y una acogedora tiendecita de té. Por el rabillo del ojo intuí una gota de sudor frío resbalar por la frente de mi contrario a la vez que miraba disimuladamente el reloj, buen sabedor de lo que se avecinaba. Yo, por mi parte, parecía que me había tragado una percha, feliz como una perdiz, dichosa y frenética como un niño con sobredosis de azúcar, nerviosa y todo como la buena enferma de los libros y los papeles –y desde hace un tiempo también las yerbas y las teteras– que soy. ¡Qué ilusión más grande! Bueno, ahorro detalles, si subís por la zona ya os daré direcciones y más datos. Pero permitidme al menos que diga que me fui de allí con un canuto de papeles para encuadernar, una caja metálica de postales vintage, un saquito de té irish breakfast, un libro sobre Don Pelayo y otro de Eduardo Galeano. Y casi perdemos el tren, claro. Pero a mí que me quiten lo bailao (y lo comprao).

Al teclear estos párrafos rememoro cada momento hasta casi poder tocarlo de nuevo. Es una sensación tan intensa como fugaz y me encanta saborearla sólo con evocarla en un pensamiento. Ahora tengo la tentación urgente de dejarme llevar por nostalgias, olores y calles estrechas con fachadas azules sobre las que se escribe la historia de un pueblo. Me pasó exactamente lo mismo cuando, sentada en el vagón de turno, me negaba a asumir que ya se había acabado todo, y supe que era el instante preciso para terminar con una sonrisa de resignación mi cuaderno de viaje.

‘Nos vamos ya, Señora de los Verdes. Atrás quedan tus frondosos valles, tus casitas de colores salpicadas por la montaña, enclavadas en la tierra como flores norteñas nacidas de tu vientre fértil de raíz y mineral, tus muros de piedra gris peinando la yerba que aplasta las vías del tren, tus playas de arena rubia, tu sidra, tus carbayedos, el latir verde de tu sonrisa, tu brisa con melodía atlántica. De los borreguitos de tu Cantábrico aún tengo salitre en los labios. Qué pronto te acabas, Asturias. ¡Ye lo qu’hai!’.



Volveremos siempre.




RAV

jueves, 1 de agosto de 2019

¡Mu-se, madre, Mu-se! (Crónica mínima de un concierto máximo).




Hay algunas cosas que prefiero hacer en caliente, como comer lasaña, darme un baño con sales o escribir. Calculo que debo sentir las cosas más o menos a unos treinta y ocho grados y medio –temperatura  normal para un perro, pero fiebre para un humano, sea invierno o verano, o verano largo, y con esos niveles de estrés térmico (que lo llaman ahora) si no las saco afuera puedo estallar en mil pedazos de adrenalina y confeti. No soy crítica ni entendida de nada de lo que voy a hablar, pero voy a hacerlo porque soy de la parte que siente y respira sin estar versada en ninguna materia –ni siquiera en esas últimas dos–, así que sintiéndolo mucho no me queda otra que escribirlo (permitidme este maravilloso juego de palabras).

Fue una noche memorable la de ayer, la de anoche. El cielo de Madrid quiso liberar nuestras gargantas, por un día, de la asfixiante soga de fuego interminable que veníamos arrastrando más de una semana atrás. Oleadas de agradecida brisa despeinaban a la reina de las banderas rojiblancas haciendo las delicias de miles de aficionados –al fútbol, a las banderas, o a los conciertos, que yo también eché mi foto de rigor, por supuesto que se arremolinaban en las inmediaciones del Wanda Metropolitano, impacientes y motivados, entre trozos de sombra y un último golpe de sol, todos con las cuatro letras obligadas en el pecho, la barriga o la espalda: MUSE. Le dije a mi madre, cuando me preguntó, que íbamos a ver a ‘mu-se’ porque al mentarle a ‘mius’, entre su inglés y mi acento, parecía una onomatopeya ininteligible de alguna nueva especie. Un grupo muy bueno, madre –resumí–, un grupo muy muy bueno. Eso pensaba yo, que sólo había escuchado sus canciones en mi cacharro moderno con auriculares y en youtube. La verdad es que, después de vivirlos en directo, ahora cualquier triste disco se me queda corto.

No recuerdo quiénes eran los teloneros, pero tocaban de puta madre, al menos las dos o tres últimas canciones, que fue lo que nos dio tiempo a escuchar cuando llegamos. ¡Menudo templo tienen allí montado! Al principio reconozco que no me pareció un estadio tan grande, pero 68.000 personas no son pocas y resulta que es una cuestión de perspectiva, desde más allá de nuestra media grada se ampliaban espacio y sensaciones. Sí que era grande, sí. Por esa suerte de tragaluz central que tiene se empezaron a colar las estrellas antes de que nos quisiéramos dar cuenta y, aunque con su retraso protocolario, el show no se hizo esperar demasiado. ‘¿Ves esos dos puntos brillantes rosas que se mueven por el escenario? Pues ese es Matt Bellamy’ –me gritó al oído mi contrario, en adelante también conocido como Ojo de Halcón, para guiarme por los tortuosos caminos de los miopes con las lentillas secas. Ahí estábamos, después de nueve meses con las entradas perdidas en un correo electrónico. ¡Viendo por fin a los jodidos Muse!

Las inmensas pantallas que cerraban el escenario nos servían de guía estelar para poder disfrutar del espectáculo desde cualquier punto del graderío. Luces hipnóticas, efectos alienígenas y colores imposibles se derramaban por doquier al ritmo del más puro y poseído rock interplanetario. Con los vellos de punta y sobredosis de adrenalina asistíamos insaciables al movimiento sísmico que los tres elementos sagrados provocaban en derredor, cuerda, tecla y percusión ardían en directo electrificando nuestras válvulas cardiacas. El puto Matt tocando rodilla, flipándose mientras le metía caña a la guitarra de mil maneras distintas; el batería dándolo todo con la camiseta del Atleti; trajes espaciales, ritmos robóticos, improvisaciones, magia y trinitrotolueno. Era imposible no alucinar ante tal despliegue de dinamita y pasión. Me sabía Simulation Theory de punta a cabo, pero siempre te esperas y se agradece que toquen algunas míticas. Casi me caigo saltando como si tuviera azogue cuando escuché los primeros acordes de Psycho, con Supermassive Black Hole me transporté a otra dimensión, y con mi ansiada Starlight me volví a enamorar. No podía dejar de moverme, el cuerpo se iba solo, hechizado, embriagado, extasiado. Un breve impás, Dig Down, miles de linternas de miles de personas entregadas meciéndose en marea digital, dando calor y voz a una letra sembrada de lucha y resistencia, de esperanza y desobediencia, de fe, de valor, de valores. Luego fuego otra vez, alto voltaje, tormenta, revolución, más Muse. Y de repente Knights of Cydonia –apoteósica y demoledora–, y de repente... el final.

No me explico cómo llegó, ¿alguien lo vio venir? Dos horas oí decir por ahí que había durado el concierto. Lo cierto es que mi reloj se paró, metafórica y literalmente, el de la muñeca no quiso seguir andando y el otro dijo que no podía ser, que no habían pasado 120 minutos ni de coña. Aquello no podía terminar, pero terminó. Como un día libre, como la mejor fiesta, como esa tarde de cervezas que no quieres que acabe, como un polvo insuperable. Terminó y salimos con la muchedumbre, pero yo me permití el lujo de seguir en mi nube, en la misma anfetamínica atmósfera en la que me había sumido el brutal directo.

No han pasado ni 24 horas y estoy escribiendo esto con nostálgica resaca. Y sí, estáis esperando que lo diga y lo voy a decir, la acústica del Wanda es claramente mejorable, pero eso no nos impidió lo más mínimo disfrutar como nunca de la experiencia extrasensorial que supone un concierto de Muse. Uno que, para mí y sinceramente, espero que sea el primero de muchos. Volvería a pagar gustosa cada céntimo que gasté en estas entradas. ¡Y lo volveré a hacer! La música en vivo es heroína en vena.

Larga vida y mucho Muse.       


                                       

Nota: Estos párrafos fueron escritos un día después del glorioso 26 de julio de 2019, pero los repasos y edición hacen que lo estéis leyendo ahora.


Nota 2: En serio, id a un concierto de Muse. Aunque sea una vez en la vida. Todavía tengo agujetas de aplaudir.




RAV


domingo, 14 de julio de 2019

VII: Prosa de lunes.




Esa sensación de haber vivido ya algo, ¿sabéis a lo que me refiero? Una situación concreta, una escena cotidiana sin mayor relevancia, un olor, una frase, una imagen… Cualquier cosa, circunstancia o persona puede provocar esa reacción en el cerebro, probablemente. Pero no él. Eso que llamamos déjà vu son, por lo visto, paramnesias del reconocimiento, y yo lo reconocí al momento pero no lo había visto nunca hasta entonces. No hay guiones ni tomas repetidas en este rodaje espontáneo, no hay nada escrito pues, todo está por descubrir. Eso me hace pensar que, indudablemente, de todas las posibilidades físicas y no estudiadas, mundos paralelos, líneas temporales y fantasías alternativas varias, él es el principio y final sobre el que nace, se desarrolla y vuelve a cerrar el bucle de mi vida. Es posible que lo que digo no tenga ningún sentido, ya me dijeron por ahí que el amor no se puede definir. Qué le vamos a hacer, hoy me he levantado con el capricho de escribir.

Resulta increíblemente difícil expresar con palabras algo que no se te atraviesa en la garganta. Si no quema, si no duele, si no desgarra, si no te hace daño no es fácil de describir. Las cavernas propias suelen ser una buena fuente de inspiración, y la tentación del desahogo, demasiado grande casi siempre. Las iras, los fracasos, los anhelos y rechazos, algún platonismo casi olvidado, frustraciones estacionales y dolor de huesos, todo eso. Si provoca oscuridad, permite defenderse con todos los versos y con la prosa más contumaz que pueda iluminar mínimamente el camino. Pero él no. Él provoca todo lo contrario, y ¿cómo hablar sin caer en la mermelada, ni en los tópicos, ni en la diabetes de tipo II? Máxime cuando, aun después de tantos años, sigues tan hasta las trancas como el primer día. No, fácil no es.

El mar estaba relativamente en calma cuando llegó para quedarse. Y eso que en el epicentro de mis sinapsis hay siempre una posibilidad de absurda tormenta existencialista perfectamente calibrada y configurada para desatarse sin previo aviso, devastando y tragando a su paso como un agujero negro en mitad del océano, pero su barco, con bandera blanca, fue extrañamente respetado. Vino para traerme la paz, con ruido de revolución, sin prisas pautadas, sin diplomacia barata, sin alergias, maletas ni estafas. Puso las cartas sobre la mesa, tenía las ideas claras, y yo, con todos mis miedos y un billete de ida y vuelta, dije ¿por qué no? En los polos opuestos no tengo mucha fe, yo soy más de los complementarios. Y ahora sé que somos piezas forjadas para completar nuestro propio puzzle. Puede que lo haya sabido siempre pues, algo insólito en mí, nunca he estado más segura de nada en mi vida.

Es mi kilómetro cero. Todo lo demás cuenta, pero no importa, toma sentido solamente porque de alguna u otra forma ha terminado contribuyendo a que mis pasos lleguen hasta él. No hay fracasos ni dudas ni lamentaciones, en las buenas somos felices, y en las malas, mejores. Es mi escudo contra la oscuridad, sonrisa para mis miedos, esponja de mi locura. Es abrazo al final del día, tabla de salvación y eléctrica descarga que activa mis sentidos. Me serena en la confusión, baila bajo el huracán y lucha siempre conmigo cuando mi batalla es contra mí. Y piensa a veces, con inocencia fingida y descarada osadía, que no me inspira a escribir. Quizás aún no se han inventado palabras que endulcen tanto el papel como para hablar de él, quizás tenga que aprender otros idiomas para decirle te quiero con alguna expresión más exótica. Quizás, si le da por leer esto, sienta un puntito de vergüenza porque esta vez la carta no es para él sino para todo el que la quiera leer.

Si alguien necesita pincharse insulina, lo entenderé. Si alguien vomita un poco, me parecerá exagerado. Si alguien se ha quedado hasta el final, es posible que también esté enamorado.



RAV