Casi todo está mejor fuera que dentro. Aquí escribo cosas, achico el agua para no hundirme tan deprisa. Todo depende del día y de las ganas.
sábado, 18 de mayo de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
Eh, amigo, tranquilo
Escuchando a mi madre parlamentar diplomáticamente con
nuestro querido agaporni “Yupi”, se me vienen algunas historias a la mente que
no merecen menos que ser plasmadas en papel para perdurar en la posteridad.
Sobre el tema este que os digo. Lo de hablar pacíficamente con una psitácida
psicópata con brotes psicóticos. ¿Trabalenguas? No. Empirismo.
No me gustaría aburrir con los detalles (tan escabrosos
como verídicos) resultantes de mi estudio intensivo sobre este “inseparable”
fenómeno. Así que para que os hagáis una idea de lo que se ha avanzado en el
proceso de entendimiento para con los animales tengo que poneros en
antecedentes. Esto viene a ser, los años de experiencia en este campo de mi
señora madre.
Hubo un tiempo en el que se podía dar largos paseos por el
campo (al menos en mi pueblo y siempre
que no estuviera abierta la veda) con toda la tranquilidad del mundo. Así que,
cambiando el respetable deporte del silloning por un poquito de contacto con la
naturaleza , nos fuimos un buen día, hará un año o poco más, mi madre, mi
hermana y yo, a bajar el almuerzo saludablemente por esas lindes de la campiña
cordobesa.
Cuando llevábamos cerca de una hora de caminata, y a falta
de alternativas geográficas por las que continuar la expedición, a una servidora
aquí presente se le ocurrió la feliz idea de volver a casa y por el mismo
camino. Tanto más feliz sería la idea que, casi al mismo tiempo, aterrizó en la
azotea de mi madre.”¡No! ¡Atajemos por ahí!” (Necesitaría un capítulo entero,
probablemente de quince folios, para explicar la inmemorial e insana afición de
mi madre por meterse en sitios que no conoce con tal de acortar el camino).
Así que, puesto que una vez que se le pela el cable y decide
tirar por ahí o por allá todos los intentos por hacerla entrar en razón y
lógica son inútiles, allí que fue Antonia de la jungla (y nosotras detrás) a
adentrarse por un caminito aparentemente tranquilo y pacífico. En ello
estábamos cuando mi ojo avizor, a la par que miope pero siempre sollispado en
terreno desconocido y por lo tanto hostil, creyó ver un movimiento lateral en
la distancia. Sin pararme todavía me giré hacia el punto donde se hallaba mi
avistamiento y, frunciendo el ceño al estilo del tito Clint, solté la típica
pregunta retórica y osada del que ve menos que un gato de yeso pero tiene que
mantener la dignidad: ¿eso de allí qué es lo que es?
La contundencia de la respuesta no se hizo esperar.”Parece
un perro”. Debo aclarar aquí un pequeño detalle insignificante. A un lado del
camino había una alambrada que rodeaba una parcela de dimensiones importantes,
en cuyo centro se encontraba la correspondiente casa/casita/casilla, más o
menos a unos doscientos metros de la linde y de nosotras. Pues bien, vuelvo a
los acontecimientos. Parece ser que en el momento pregunta-respuesta, sin que
nos percatásemos de ello, se estableció una mágica conexión entre el objeto de
mi visualización y los objetos de la visualización del susodicho, o sea,
nosotras.
Más o menos a esa altura yo, que tengo un especial olfato
para las situaciones peliagudas, ya había activado el protocolo de alarma y
huida y quise, solidariamente, compartirlo con mi familia, para que
sigilosamente…saliéramos de allí cagando leches. A lo que mi madre, muy en su
línea de la jungla, alegó “Anda, ¿qué nos va a pasar?¿no ves lo lejos que está
el perro? Además, está vallado, ¿qué va a hacer saltárselo?”.
¿Conocéis esa situación tensa en la que estás pensando con
todas tus fuerzas “no lo digas, no lo digas, no lo digas”, y va y lo dice? Pues
fue así exactamente. Todo lo que vino después de eso lo recuerdo nítidamente a
lo matrix. Me paré en seco, y
robóticamente enfilé al bicho con la mirada desde la distancia. En milésimas de
segundo me percaté de que el bicho también me miraba a mí, y si hubiéramos
tenido espuelas y revólver aquello hubiera sido la muerte tenía un precio. No se trataba de un simple perro, así a
ojímetro calculé que era un basto cruce de mastín de Mordor con pastor morlaco
del averno, quizás con algo de bóxer verraco de las cavernas. ¡Miedo es decir
poco! Lo vi cuadrarse allí, en la otra punta, a tantísimos metros. Y yo ya
había dado la vuelta con mi hermana cuando el endemoniado bicharraco echó a
correr, cual caballo de Atila, quemando la tierra bajo sus pulpejos de hierro,
hacia nosotras.
Mi madre, fiel creyente y practicante de la fé hippie de la
diplomacia animal, se quedó clavada delante de la alambrada, desoyendo nuestros
razonables e insistentes consejos de “vamos, cojones, que verás tú si nunca ha
pasado nada en el pueblo y vamos a ser nosotras las protagonistas de la muerte
más tonta de la historia”. Cualquiera puede pensar que la buena mujer,
atenazada por el pánico e incapaz de mover un músculo, no podía salir corriendo
de allí. Pero no, fue mucho mejor. La señora tuvo otra feliz idea, en este
caso, la de esperar del otro lado al orco de Moria enfurecido, ladrando como un
descosido, y soltando unos cuajarones de babas a diestro y siniestro con el
galope tendido, para decirle cariñosamente (y cito literalmente): eh, amigo,
tranquilo.
Después de decírselo dos veces y gesticular con las manos
en un intento de conseguir que la bestia dejara de saltar asomando medio cuerpo
por encima de la valla, alargué mi mano
maravillosa y le pegué un tirón del brazo a mi madre. Y en ese momento ya sí,
salimos de allí a la velocidad de las cagaleras.
Fue un verdadero milagro de los Dioses que el sicario de
Satanás no nos hiciera trizas. Llevábamos un buen trecho recorrido y lo
seguíamos escuchando ladrar (el cancerberos al lado de eso era un castrati).
Tiempo después, comentando la historia, nos enteramos de que no era la primera
vez que tenían problemas con ese animal. Y que más de una vez se había saltado
la alambrada… ¿Moraleja? Atajos de mi madre no, por favor. Y la diplomacia,
si no funciona en el congreso de los
diputados, no va a funcionar en mitad del “campo pelao”.
Teniendo en cuenta todo esto no es difícil entender por qué
le dice al pollo, suave y conciliadoramente, “no seas malito eh” cuando le pega
unos picotazos que le abre un boquete en la oreja. Ante todo, diplomacia
animal. Y mucha fé hippie. A ver con qué amorosa filosofía contraataca cuando
le pique un ojo. Desde luego podéis estar seguros de que os lo contaré (si no
me mata antes el plumífero para no dejar testigos).
Raquel Alcaide
jueves, 29 de marzo de 2012
De autobuses urbanos y otras movidas
No sé quién inventó la sauna pero, desde luego, el autobús urbano es la forma más moderna y menos elegante que conozco de perder tres kilos en medio minuto. Pura deshidratación corporal y, por qué no decirlo, social. Porque entre tanta masa humana y sudor obligado no sólo se respira lo que queda de oxígeno, sino también lo que sobra de estupidez. Que podría llamarlo ignorancia y quedar tan bien, pero sería una falta de honestidad por mi parte y, las cosas claras y el chocolate espeso, esa chica era estúpida.
De tantos comentarios, cuanto menos curiosos, de personajes anónimos y en situaciones cotidianas que puedo escuchar a lo largo del día hay algunos que, inevitablemente, me hacen sonreír. Otros, fruncir el entrecejo o torcer el gesto. Los mejores me sacan una mirada furtiva y cómplice incluso, y los peores casi me indignan, cuando no lo consiguen por completo. Éste que voy a referir fue, hablando coloquialmente, un auténtico puntazo (nótese la ironía).
En la lata de sardinas en que se había convertido el autobús había un grupo de chicas que, por lo que pude deducir, estudiaban Historia (me aventuro a pensar que no tendrían más de dieciocho años, porque de otra forma la cosa me hubiera parecido bastante más grave). Charlaban sobre los trabajos que tenían que hacer en Semana Santa y los exámenes que les esperaban a la vuelta misma (indignadas cual estudiante de veterinaria de septiembre a septiembre, me vais a permitir la patadita). Y entonces escuché el chiste más bueno de la historia, valgan todas las redundancias que se os puedan ocurrir, cuando una de ellas dijo “Pues yo estoy apañá, a ver cómo lo hago, que me han mandado un trabajo de espías, no lo entiendo”. A lo que, comprensible y campechanamente, con férreo autoconvencimiento, respondió su compañera “Ya ves tú, ¿qué tendrán que ver los espías con la Historia?”. Que cada cual saque sus propias conclusiones. A mí, personalmente, se me cayeron todos los palos del sombrajo.
Pero las anécdotas humorísticas (entiéndase del reír por no llorar) no iban a quedar ahí. Aunque la pintoresca situación que vino después me tocó bastante más la moral, por no decir que me despertó los más nobles y primitivos instintos del “como me líe a palos me quedo solo”, y ya lo he dicho.
Al bajar humeante de la incubadora de pollos tuve que sortear por la acera a un grupito de felices adolescentes franceses que caminaban zigzagueantes con coronas de cartón del Burguer King en la cabeza y el pavo habitual de la edad. Ya en ese momento algún resorte en mi cabeza hizo “clic” pero, optimista de mí, no quise darle mayor importancia hasta que, cómo no, sentí el retumbar de su eco cuando al ponerme en la cola para comprar el ticket escuché la avalancha de guiris que se cernía sobre mí. Lo suyo hubiera sido detrás de mí, pero no, nada de detrás. Sobre, encima y tal que así. Veinte niñatos de pies grandes y ese acento que parece que te van a escupir de un momento a otro me flanqueaban y empujaban sin vergüenza ni decoro. Y ahí sí que empecé a resoplar y a taladrar con la mirada, creyendo yo en mi inocencia que ciertas cosas son universales y que a buen entendedor pocas palabras bastan. Craso error el mío.
Aguantando tropezones con mi maleta y atropellos a mi mochila hurgaba yo en la memoria buscando algún improperio en francés, y en esas estaba cuando conseguí llegar a la taquilla y comprar mi billete. Lo bueno venía ahora. Si no eran veinte, eran diecinueve, pero de ser ser, eran. Y unos cuantos, además. Eché mano para coger la vuelta y el papelito y, como si les fuera la vida en ello, de repente los tenía encima, literalmente. Dos a la derecha, tres a la izquierda, y el resto apiñados detrás. Que de haberlo visto yo desde fuera hubiera pensado que un crispado “Mon Dieu!” venía al pelo pero, muy lejos de aquello, la ira negra corría por mis palpitantes venas españolas y lo único que podía pensar era que la del 2 de Mayo iba a ser aguardiente dulce al lado de la que iba a liar yo allí como me diera por destapar la caja de las galletas.
¡Putos gabachos! Y lo digo con el ánimo de ofender justo y necesario, que lo era de seguro. Tuve que abrirme paso a empujones, y con toda la compostura y educación que pude reunir solté un “¡cojones, con el ansia puta!” que se escuchó en media estación. Me habría quedado más a gusto que un rucho si en vez de eso me hubiera cagado en Dios con todos los respetos, pero me temo que habría rebotado exactamente igual en los pabellones auriculares de los puñeteros enfants de la patrie. No así en los oídos de la gente decente de este país, que me miraba con claro reproche ante mi conducta tan poco ética ni civilizada. Hay que joderse.
Recuerdo yo una vez que pisé el país vecino y me habían repetido tropecientas veces que en Francia eran muy educados y teníamos que comportarnos debidamente y decir “merci” a todo. Y así lo hice y lo hicimos. Aunque el “de nada” también es gratis y yo nunca lo escuché. Ni desde luego un solo “pardonne moi” por los atropellos varios en la cola de los tickets. ¡Tuvo bemoles la cosa! Y más que los había de tener cuando llegó el autobús que se los llevaba a Fernán-Núñez y empezaron a gritar como cosacos y a jalear al conductor. Una excursión de parvularios hubiera pasado desapercibida al lado de aquello. Por supuesto me pasé el viaje a mi pueblo intentando que la música del mp3 sonara más alta que mis propios pensamientos de indignación y agresividad contenidas. Autocontrol, autocontrol. Si ya había pasado lo peor.
Y me entró la risa mientras cavilaba en monólogo interno, al recordar al chaval que acababa de bajarse en Aldea Quintana y venía sentado a mi lado. El pobre tuvo que pensar con qué clase de loca se habría topado al escucharme hablar por teléfono con mi madre relatando la historia y soltando el antes reprimido “me cago en Dios”. Pegó un respingo en el asiento y me miró asustado. Pero todavía mi risa debía verse frustrada por un último toque de pelotillas al llegar a mi destino y, no terminada de desahogar aún, volver a repetir en persona lo que había espurreado por el móvil.
No puedo llamarlo improperio, pues no me parece políticamente correcto, ya que no es un insulto. En todo caso es la máxima expresión del arte de la violencia verbal ibérica, desatada por diversas situaciones estresantes e indignantes a las que nuestra persona se ve sometida de manera relativamente frecuente en el ir y venir diario. O eso humildemente me parece a mí. Sea como sea es una necesidad humana la pura y sana acción del despotrique ante eventos como el que me ocupo en relatar. Y para tales ocasiones se precisan palabras que llenen la boca e insuflen el espíritu. Como siempre ha sido en estas latitudes el castizo y reverencial “me cago en Dios” (y a mi señal ira y fuego, que diría Máximo Décimo Meridio).
El caso es que volví a exclamar, con toda la potencia y saña de mis arterias, las tres benditas palabras de camino a mi casa. Con tal suerte que un vecino oportuno como un embarazo de penalti en una familia gitana se nos fue a cruzar por la calle, y aunque el susodicho estaba entrando a su coche no pudo reprimir el noble impulso de chistar como le chistaría a su hijo de tres años por decir mierda en lugar de caca. Cosa que, como es comprensible, me terminó de bloquear las sinapsis, me rompió los pocos chacras que me quedaban, y me cabreó sobremanera. Le quedó gracioso, o eso pensaría él mientras mi señora y cortés madre le sonreía y decía “niiiiiña…”, pero yo volví a activar las miradas taladradoras y en la vena de mi frente se leía claramente: esto es lo que me quedaba por ver hoy ¡cipote!.
Algo me ha quedado claro y meridiano entre tanta tontería, y es que está muy mal visto en esta España nuestra que una mujer suelte palabras que de toda la vida los hombres vocean en el bar y en su casa. Que si no es por el fútbol es por las fanegas de tierra y si no, por un vino aguado o un ajuste de cuentas. Pero aquí hay cosas que son de los hombres, y no me las toque usted. Una señorita, dónde se ha visto eso. Modales e hipocresía. Pero de eso, creo, ya hablaré otro día.
Raquel Alcaide
sábado, 8 de octubre de 2011
Una para los Catorces de Abril
Rojo destello que alumbra la noche,
tenue en los ojos el reflejo de una luz
que ya se apaga...
A lo lejos, el sonido de una cruz,
entre las manos, el alma crispada,
a veces, el chasquido de una culata.
Perfiles surcados de arena y sangre,
retazos de luna entre olivos arden,
el valor muere pronto, y el cobarde... antes.
Aúlla el silencio, maldita madrugada,
se agotan las horas, miseria...
el viento baila una danza macabra.
Un temblor que susurra, miedo...
¿el perdón de quién?
Cuerpos usurpados por la escoria...
¿confesar? ¿el qué?
El fuego corta el último aliento,
miradas sin vida en la oscuridad, desterradas,
la mañana que llega,
el gallo que canta,
y en la cuneta, la Libertad, pisoteada.
RAV
lunes, 3 de octubre de 2011
¿¿¿Qué por qué soy vegetariana???
Que levante la mano aquél que no se haya quedado sopa en su más tierna infancia bajo el frío yugo de una de tantas nanas maternas.
Que bonito ¿verdad? ¡Qué tiempos aquellos! ¿Alguien recuerda esa de Cocoguagua? Sí, sí, la de la gallinita, que decía “…cuando era pequeña su mamá se fue, y ella muy solita se quedó, y esta cancioncita no pudo aprender, y de tristeza llora en su rincón…” ¿No? (Bueno esa, según mis fuentes, nació en 1969, así que las probabilidades de que la hayáis escuchado son directamente proporcionales a la edad de vuestras madres). Pero seguro que os suena la de “…ya se murió el burro, el que acarreaba vinagre, Dios se lo llevó de esta vida miserable, que turu ruru rú que turu ruru rú…” ¿Tampoco? Vamos, esa es mítica, incluso tenía otra versión que hablaba de una tal “Tía Vinagre”, también con más años que Matusalén. La favorita de mi madre era una canción de Lole y Manuel que empezaba “Érase una vez una mariposa blanca, que era la reina de todas las mariposas del alba…”, no recuerdo cómo seguía la letra pero el caso es que al final la mariposa acababa en un museo o en manos de algún coleccionista, tan mona era ella.
Qué nostalgia ¡Oh, bella época de Peter Pan! ¿Para qué crecer? Es mejor dormir al arrullo de dulces historias… sobre gallinitas huérfanas, burritos que mueren explotados y maripositas que acaban pinchadas en un alfiler…!!!!! ¡Pero por Dios! ¡Por Tutatis! ¡Por Isis, Osiris y Apis! ¡Por el sagrado Fruco, y el truco del almendruco!... ¿Qué depravada y maníaca mente inventa esas sádicas estrofas y se las dedica a los niños? ¡Madre del amor hermoso y el espíritu santo! Qué vil manera de destrozar una infancia. La mía.
Y ahora os preguntareis ¿qué cojones tienen que ver tus traumas de cuna con que seas vegetariana? (Sí, cojones, ahora vienen los tacos, modo indignación ON) Pues muy sencillo, se va a entender perfectamente: ahí, a esa temprana edad de las nanas, comenzaron las muertes (si prestáis atención escucharéis la musiquita de psicosis, o en su defecto tiburón blanco).
Pero sigamos en el pasado, un poco más adelante, cuando ya correteabais además de berrear. Hurgad en vuestra memoria, un pequeño esfuerzo, desempolvad esos jueves de mercadillo (en mi pueblo siempre ha sido el jueves, en el vuestro no lo sé)…¿Qué era lo que más os gustaba del mercadillo aparte del puesto de las chuches? ¿No sería tal vez otro puesto, no menos llamativo, en el que había unas cajas llenas de bolitas suaves de colorines más conocidas como “pollito de mercadillo común”? ¿Ése que a veces también traía patitos, que eran de todo menos feos, y pececitos de colores que parecían hasta felices? No diréis que no os pirrabais por ese puesto, porque yo me pirraba (y vosotros también). Entonces es cuando tirabas del abuelo, la abuela, la tita, la mama, o la tata, o el pringao de turno que te tuviera que aguantar en ese momento crucial de tu vida, y pronunciabas las palabras mágicas: “yo quiero un pollito”.
Independientemente de todas las barbaridades que puede hacer un niño, en su supuesta inocencia, con un pollito hasta conseguir que muera entre terribles sufrimientos…¡Yo a mis pollitos los quería como a mis propios hijos! Reconozco que algunos se morían (la verdad, los rosas más que los verdes, a lo mejor me viene de ahí la aversión a ese color), y que mal rato pasaba yo cuando iba a buscar a mi pollito a su cajita de cartón y me lo encontraba tieso como la mojama y llenito de hormigas infinitesimales dándose el banquete a su costa…¡Qué cruel es la ley de la naturaleza! Pero más cruel es “la ley de la olla”…(cuántas rimas macabras y ordinarias se me ocurren a estas alturas de la vida). Si no la conocéis a lo mejor tendría que patentarla. Es muy sencillo, existe algo mucho peor que las hormigas infinitesimales: tu madre y tu abuela. Si el pollito no se te muere a temprana edad ¡no te preocupes! Allí estarán ellas. Recuerdo que se llamaba “Plumitas de Oro” (sí, a mí, a originalidad en los nombres no me ha ganado nunca nadie). No llegué a saber si era gallina o gallino…pero como el nombre que le puse era unisex, así creció, un tanto hermafrodita, que tiraba para todas partes y para ninguna. Toda una vida comiendo miajón mojao, más feliz que una perdiz, hasta que su felicidad alcanzó cotas de peso insospechadas y pasó a ocupar un lugar importante en la casa…el corral. Yo iba todos los días a verlo, no ponía huevos, pero tampoco tenía pinta de ser el macho-man de los pollitos. Lo miraba y pensaba…qué feliz debe ser, lo sé, lo intuyo, algo dentro me lo dice, llámalo equis… ¡Era feliz! ¡Yo lo sabía! En qué momento dejó de serlo…no lo sé, no podía saberlo, un día llegué a buscarlo y ya no estaba. Me habían arrebatado a mi pollito, mi pollo, mi superpollo, mi Plumitas de Oro, con lo gordito y lustroso que estaba, que era él el que se comía a las hormiguitas infinitesimales. ¡Qué orgullosa estaba yo de mi pollo! Había sobrevivido como ninguno, y me habría dado nietos si lo hubiera casado, lo sé. Esas cosas, una madre las sabe. Pero cuando pregunté a las autoridades competentes, véase mi madre y mi abuela, me dijeron que estaba malito y se había ido al cielo. Si en ese momento hubiera sabido despotricar como sé ahora, probablemente habría soltado…¡¡¡una polla como una olla!!!...Y por cierto, hablando de ollas, cómo olía el cocido de aquel lunes… ¡Ay, bendita inocencia!
Tiempo después vino mi patito Alfred J. Quack, más conocido como mi patito Alfred. Ése, ése era un máquina, un crak, un figura, un fenómeno…la envidia del barrio. Qué noches veraniegas nos pegábamos en la calle, yo buscándole grillos y él tragándoselos sin masticar… Me seguía como a su madre que era. Con esos andares de pato…mareao, con ese cuak que más que cuák parecía el mec mec del correcaminos…Si es que era un pato grande, con grandes aspiraciones en la vida…Era mi patito Alfred ¡mi pato! La triste (que rutinaria venía siendo) ley de la olla se cumplió de nuevo, y esta vez ni siquiera se había ido al cielo…sinceramente, fue mucho más creíble. Se fue a por tabaco. Ese día no me comí el cocido.
Que cada uno saque sus propias conclusiones, la mía desde luego es… ¿cómo se puede jugar así con las ilusiones de un niño? ¿ no venden los pollos ya hechos en la carnicería? (Dios mío, esta situación me plantea nuevas dudas…¿estaría mi familia en tan precaria necesidad que tuviera que matar a mis hijos para sobrevivir?) De cualquier forma…las muertes continuaban, creo que voy respondiendo a la pregunta del título. Primero te cantan canciones de animalitos muertos, después, para que veas que todo tiene su fundamento en esta vida y las canciones no salen de la nada, te los matan cuando ya tienen su propio nombre e identidad. La maldad y sadismo de los adultos no conoce límites. Allí donde haya un pollo veré a un Plumitas de Oro, y allí donde haya un pato veré a un Alfred J. Quack especialista en zampar grillos. Es duro, con esos pocos añitos, empezar a entender cuánta crueldad hay en el mundo.
Lo gracioso es que ahí no termina la cosa. Después de haber perdido a tu pollo y a tu pato, cuando aprendes a repudiar el cocido de tu abuela y las croquetas de tu madre (croquetas de Alfred… qué salvajismo, ¡cuánta impunidad!), en ese fatídico momento en el que asumes que han destrozado tu infancia, tu mundo de la piruleta en la calle gominola… es cuando deprimido buscas un remanso de paz y enciendes la tele.
“Soy un gnomo, y aquí en el bosque soy feliz, bajo un árbol vivo yo, junto a su raíz…” Oh, el pequeño gran David, ídolo de masas, siempre pingando por el bosque sin hacerle daño a nadie, cuidando de los animales… sin comérselos, ejem. Ese día seguro que le salva la vida a una cabra, mañana será a un tejón, y pasado a un pollo o a un pato… ¡seguro! Casi no ha terminado el capítulo y ya le viene pisando los talones…”Delfi es tu fiel amigo, Delfi es sensacional, Delfi estará contigo…”, y te das cuenta que ese delfín y su episodio duran más que el último pececito de colores que te compraron en el dichoso mercadillo (manda huevos). Momento triste, tantos recuerdos… Pero ¡eh! Aún queda lo mejor. Todavía hay tiempo para uno de los fruitis antes de comer…” Somos blancos, somos verdes, somos negros y amarillos, somos todos diferentes y estamos muy unidos”. Qué felices esa piña con sombrero, ese plátano con mochila y ese pro-higochumbo que se reía hasta de su sombra. Cuánta paz y armonía entre todos. Salvo cuando llegaban los jabalíes, que todo el mundo sabe que se alimentan de fruta y vegetales, ¿habéis visto algo más adorable? ¿no? Yo tampoco. Solamente me preguntaba… ¿y qué coño comerán los fruitis? Porque yo los veo a todos muy flamencos, siempre al pie del cañón, y pa vivir del aire no veas si tienen energía los jodíos…porque…vivían del aire, ¿no? Ahí es cuando piensas…coño, si David el gnomo es vegetariano y los fruitis viven del aire… ¿por qué no voy a hacer yo lo mismo? Espera, le preguntaré a mi madre…¡¡¡¡Mámaaaaaaaaaaaa!!!! (Sí, en mi pueblo es máma, nada de mariconadas y pijadas, el acento donde debe ponerse).
No recuerdo lo que contestó mi madre, pero ahí fue anidando un pensamiento y por aquel entonces no tendría yo mucho más de 4 o 5 años. Claro que todo esto es un resumen muy resumido (aunque parezca mentira) de las ideas que iban formándose en mi pequeña cabeza de bombilla (sí, qué pasa, es que cuando nací era mucha cabeza y poco pelo, al menos el médico no dijo eso de “si no llora es un tumor”). Dejaré para otra parrafada interminable la historia del diamante perdido, la de los gatitos abandonados y la del gorrión que alguien había pegado con un chicle a la pared, la del colorín muerto con el que me acosté a dormir la siesta para resucitarlo, y la de los ciervos volantes salvados de una muerte segura en mitad de la calle. El caso es que un día, estando ya un poco más crecida, fui a la carnicería con mi madre y me pareció que nunca me había fijado en los sesos, las orejas y las patas de cerdo, las liebres despellejadas y los pollos sin cabeza…y hallábame yo en esas profundidades cuando pensé en voz alta “pues qué pena me dan los animalitos”, y una voz en off (probablemente la de la carnicera) me respondió “pues si te dan pena no te los comas”…
¡Qué tontería! ¿No? Pues se ve que con la tontería se me accionó algún resorte que estaba por ahí a puntito de caramelo y me dije “pues va a tener razón”. Y como siempre he pensado que uno debe ser consecuente con sus ideas y principios, aquí sigo, después de siete años, luchando contra mis instintos.
domingo, 2 de octubre de 2011
El Yonketa Común (también conocido como yonki poeta)
Cerveza. Ambrosía líquida, placer terrenal…cómo huir de lo que no se quiere escapar. El amor de mi vida y mi eterna debilidad. Así empieza el día y quién sabe cómo acabará.
Creo que voy a dejar las rimas o terminaré escribiendo algún tipo de poesía en lugar de lo que tenía en mente (aunque siempre hay que hacerle un hueco a lo imprevisto, bienvenidas sean las musas a cualquier hora). Así que todo empezó como empiezan las grandes historias…con cerveza. En realidad me acababa de comer un trozo de chocolate con almendras habiendo desechado ya la idea de bajarme al bar sola, pero las pasiones nos persiguen para que no las olvidemos y una oportuna, más que invitación, incitación vía sms a la que no podía negarme me llevó de nuevo al redil de la cebada (última y concretamente el bar de la esquina, Fleming, mi remanso de paz y alcohol en grados ostensiblemente decentes).
Yendo a lo esencial, en algún momento del espacio y el tiempo entre la primera y la segunda cerveza, cuyas coordenadas exactas no recuerdo, se acercó un chaval a dejar un papel sobre la mesa. Era joven, y afeitado seguro que hasta guapo, pero de aspecto dejado y desaliñado, tenía careto de resaca y/o colocón del quince, con su guitarra al hombro y unos papelillos en la mano que iba soltando a los que estábamos por allí. Nos dejó tres más y se fue a la mesa de al lado, muy tranquilamente, muy despacito, sin prisa, a su ritmo. Eran poesías, en el lateral había escrito un título y un nombre de un supuesto autor, y eran buenas (al menos según mi humilde criterio de aficionada).
Creyésemos o no que era él quién las escribía el chico se merecía unas perrillas, al fin y al cabo amenizó el momento con aquella ocurrencia, y ¿quién va por ahí hoy día regalando poesías?...No sé, es arte, qué cojones, se merecía una cerveza, por original. Le soltamos algunos euros y los recogió sorprendido, pero sin bajarse de su parra, sin prisa, como antes, en la inopia de su colocón o lo que fuera que llevaba encima. Dio las gracias, sonrió y se fue.
Yo también me quedé con una sonrisa, más en los ojos que en los labios, mientras releía tranquilamente las cuatro poesías. Había una que hablaba de una sirena, y esa me gustó especialmente. Con tal inesperado tinte bohemio de la situación se me hacía inevitable volar un poco con la mente…
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Me pregunto si este chaval se estrelló en pleno vuelo, o si sólo era un poeta de bragueta y revolcón como dice la canción de Marea. Me pregunto qué hacía allí y por qué estaba así, y si eso será bueno o malo, y si buscará o esperará algo. Me recuerda a Oliverio Girondo en El Lado Oscuro del Corazón. De alguna manera el argentino también regalaba su poesía, intentaba sacarse unos pesos, pero asaltaba a la gente en la calle, en sus coches, en el tranvía…para recitarles versos y estrofas con toda la contundencia y la locura del que sólo vive por y para las emociones.
En un momento de absoluta paja mental hasta se me pasó por la cabeza devolverle el papel con Táctica y Estrategia detrás y mi número de teléfono. No lo negaré. Esa fibra soñadora y perroflaútica, que tengo a veces a flor de piel, saltó automáticamente. Sea como sea, el caso es que fue algo nuevo, curioso, y original. Y parar de pensar…ya se convirtió en misión imposible. Cabeza loca.
Cuando llegué a mi piso, aún en mi nube de situaciones extrañas pero cautivadoras, me dediqué a buscar por internet las poesías, el título y el autor supuestos. Al principio encontré un libro con ese título y ese nombre, así que lo primero que pensé fue que no eran de él, pero bueno, seguía siendo algo bonito, es como si yo fuera por ahí repartiendo poesías de Pablo Neruda, no sé, estás regalando cultura, desinteresadamente (aunque sin despreciar una cervecita). Luego descubrí algo más, un video como de un recital de poesía, el chaval que salía le daba un aire al que acabábamos de ver, pero se veía con poca nitidez y no podía estar segura. Sólo quedaba algo que no había probado, buscar imágenes directamente. Y...¡equilicuá! Era él, el mismo, tenía un libro publicado y, por lo visto, también tuvo una cara más fresca y lozana…Lo cual me volvió a dejar pensando, pero esta vez aún más.
A saber si el chaval iba así por la vida o sólo había sido un día de resaca y quería seguir bebiendo. A saber si le dio todo lo que tenía a la poesía y la poesía, puta desagradecida, le pagó de aquella manera, o simplemente quería hacer algo distinto y alimentar la cultura del populacho. A saber… tantas cosas. No sé…Aún no he dejado de pensar. Lo único que tengo claro es que el hecho en sí me caló, y guardaré el recuerdo de un momento volátil pero trascendental.
Tal vez la situación no tuviera chicha como para darle más vueltas. Pero me da a mí que las únicas cosas importantes son aquellas que nos hacen pensar.
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