miércoles, 30 de enero de 2019

Oscura y pura


Hoy toca poesía. No es algo que yo decida o elija, es algo que sale cuando quiere y puede, como un virus contagioso o una tos alérgica, que te hace polvo la garganta y es irreprimible en cualquier circunstancia. A veces tienes una imagen, una idea que te ronda, un capítulo de tu vida o de la de otros, fantasía y ciencia ficción, o cólera, o traumas en la mochila, dolor de espalda y congestión. Lo que sea, un mal día o uno estupendo o uno mediocre y aburrido, todo puede hacer que escribas. Porque todo es, y con eso basta. Escribes porque respiras. Y no puedes -ni debes- explicar nada más.


"Oscura y pura"

Oscura y pura,
como un ataque de ira,
como el chocolate negro,
como las tardes en que no te veo.
Vestida de raso y de rabia,
la chaqueta de cuero
y las pupilas dilatadas.

Avisto miradas furtivas
que viajan en silencio,
tanteo el terreno,
calculo situaciones y salidas.
Quizás he venido a buscarte,
pero no salgo a tu encuentro.

Las aceras
son arenas movedizas.
Tú estás lejos.
Correré una vez más el riesgo,
fingiendo una seguridad
que no siento.

Hay sonrisas en los cristales
y sangre en los bolsillos.
Maletas olvidadas,
desgana,
veneno y maldades
acechando tras los visillos,
de gente podrida
de miedo y deriva,
de perros abandonados
a su perra suerte y su perra vida.

Una nube negra engulle todo,
turba espesa de sumisos y desesperados.
Ansiosos por el futuro,
cruzando -semáforo en rojo-
como autómatas desorientados.
Queriendo salir ilesos
en la huida del pasado.

Retrocede la furia
con el té caliente del desayuno.
Respira un minuto.
Los demonios no duermen
ni descansa el huracán,
el tiempo será siempre tu verdugo.

Oscura y pura,
mientras resisto y vivo.
Oscura y pura,
mientras lo escribo.



RAV

jueves, 24 de enero de 2019

Crónicas de viaje: "Teneriffa, agüita mi niño".





Tenerife es una isla del océano Atlántico perteneciente a la Comunidad Autónoma de Canarias (España). Junto a La Palma, La Gomera y El Hierro conforma la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Eso y algunas cosas más dice si le preguntas a la Wikipedia, si me preguntas a mí te diré que soy una gran ignorante de la vida y que, no obstante, después de dos días y medio en sus tierras puedo definirla como un paraíso para los sentidos. Soy bastante mala con la geografía desde siempre –no voy a reconocer hasta qué punto, pero en mi defensa alegaré que me vuelco en investigaciones cuando visito ciudades nuevas y también a la vuelta del viaje–, por lo que mantengo la sana costumbre de pillar un mapa en cuanto aterrizo. Me gusta marcar los sitios por los que pasamos y tener la consciencia e imagen mental de dónde estoy ubicada en cada momento sobre el planeta Tierra, y así de paso relleno esos huecos que hay en mi cabeza, capitales, provincias y demás. Siendo más sincera todavía tengo que añadir que nunca me había llamado especialmente la atención esta isla (ninguna, en general, manías tontas de persona poco viajada), pero de eso también me han curado allí.

¡La de cosas que he aprendido! Aparte de las fotos, los momentos y todos los recuerdos que eso conlleva, lo que más me gusta es lo que aprendes en cada parte del mundo. Para empezar, que la historia cambia por completo si vas de la mano de guías autóctonos, y si estos son amigos no podrás pedir más ni comer mejor. Que todo el mundo conoce las papas arrugás y el mojo, pero yo ahora puedo decir que el gofio, el almogrote, y el barraquito especial están de vicio también. Y la carne de cabra, y la mermelada de guayaba, y los juguitos de naranja y papaya. ¡Y los vinos! Entran que da gusto y no sabes cuándo parar. Huelga decir que el gastroturismo es una parte muy importante de nuestros viajes. Para hacer frente al bucle interminable de curvas y revueltas que te llevan al Teide hay que llenar bien el buche y engrasar la maquinaria. Especial buen recuerdo guardo del restaurante “Aguamansa” –en La Orotava, ojito con Miguelito y su espirituoso casero de romero que se te mete en el alma y te tersa la piel, citando sus mismas palabras–, la tasca de “Tocuyo” –donde las paredes están llenas de frases, versos y chistes varios, y es costumbre tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo–, y el guachinche “El Paraíso” –en San Cristóbal de la Laguna, igual que el anterior, donde pudimos degustar no pocos platos y bebidas típicas que hicieron las delicias de nuestro paladar. Rincones que ya tengo apuntados en mi agenda para la próxima incursión, además de todos los que nos quedaron por visitar.

También he aprendido palabras y expresiones, riqueza cultural que no sé si todo el mundo valora, pero que a mí me encanta. Los guachinches son bares o restaurantes donde te sirven comidas y vinos típicos de la zona, que se originaron en los mercadillos que hacían los ganaderos y agricultores antaño con sus productos, algunos se hicieron legales y otros…ahí están. A lo que nosotros llamamos chirimiri o chispear (harineando en mi pueblo), ellos lo conocen como chipi chipi. Luego están los magos, que he visto que tiene varias acepciones, pero la que a mí me explicaron consistía en gente de pueblo, muy de campo, tosca y con la cara roja, de trabajar bajo el sol y también de cerrar algún que otro bar al terminar la jornada. Agüita es una de mis favoritas, es para mostrar sorpresa ante algo, aunque tiene mucha versatilidad, por los contextos en los que yo la he escuchado podría ser para los canarios lo que “no ve” para los malagueños, “sipote” para los cordobeses, “ahí va la hostia” para los vascos, o “vaya tela” para el resto de la población. Se me quedan muchas en el tintero, pero como pienso ir más veces ya haré un glosario en condiciones.
De los paisajes qué puedo decir. Contraste de temperaturas y accidentes geográficos en cuestión de pocos kilómetros. Tengo fotos que recuerdan a isla Nublar, otras que te transportan a algún capítulo de Doctor Who en las tierras de Marte, y otras en las que puedes revivir más de una escena de Perdidos. Cada imagen acompañando a silencios y exclamaciones que se suceden y apelotonan en un vórtice constante con el Síndrome de Stendhal como protagonista. Es mi manera enrevesada y romántica de decir que lo flipé bastante, que me encantó, que allí se puede respirar y desconectar. ¡Que volveremos! Con menos lluvia, espero, para poder subir en condiciones al padre Teide, y con más tiempo, para todo lo que se nos ha quedado a medias. Desde luego, dos días y medio en Teneriffa, como dicen los guiris, es como dejarte con la miel en los labios.

Tenía la intención de escribir unos párrafos en orden cronólogico, con listas de lugares visitados y restaurantes que valorar en tripadvisor, pero luego me he dado cuenta de que esto no es un blog de viajes ni yo soy una trotamundos profesional, así que me quedo tan a gusto con mi reseña tinerfeña a modo de diario personal. Justo ahora, releyendo desde el principio, me percato también de que no he contado la aventura con el coche para llegar a la T4, que casi nos hace perder el vuelo a la ida, y luego la hora de retraso por el cambio de avión que nos hicieron, ya que el nuestro había dado no sé qué problema en la revisión de seguridad. Gajes de los viajes y de los vuelos, aventurillas éstas rematadas por otra hora de espera en Tenerife Norte al llegar, por no sé qué cambio de la ruta en el autobús que traía a nuestro anfitrión desde Tacoronte para recogernos. Debo decir que las seis horas largas de ayuno que casi sumen a mi estómago y mi espíritu en depresión profunda, se vieron gratamente compensadas por el “faro especial” que nos metimos entre pecho y espalda con un juguito de naranja y papaya en cuanto estuvimos en manos del guía local (godo de nacimiento, guanche en funciones).

Todo eso puede dar para otro post, otro día quizás. Hoy lo dejo aquí. Me llevo momentos, lugares, risas, fotos, vino con vino, leche y leche, postales y souvenirs, recuerdos geniales y la firme promesa de volver pronto para no dejar nada sin ver y sin hacer.


RAV

jueves, 17 de enero de 2019

Sobre sueños y pesadillas





En los últimos tiempos leo muchos titulares y artículos sobre las mujeres que no quieren ser madres. La presión social pesa como una losa, esa que te juzga y machaca por no querer lo que se supone que todas quieren: tener familia, procrear, reproducirte. ¡Que se te pasa el arroz, moza! ¿Tú para cuándo? Tu madre, tus tías y primas, la vecina del quinto que se sabe tu vida en verso, y tus amigas, ese grupo que cada vez que es más pequeño, al menos si cuentas las solteras o libres de “cargas familiares”. Si pasas de los treinta y estás asintiendo mientras lees esto probablemente estás harta de vivir situaciones de ese tipo, aburrida de que tus amigas sólo sepan hablar de pañales y del estrés de la maternidad, y cansada de que a pesar de eso te intenten convencer para que sigas su mismo camino y pronto, que ya tenemos una edad. A lo mejor quieres viajar y conocer mundo, o no te apetece sacrificar tu cuerpo de reina ni estar nueve meses sin poder beberte un gin tonic, o a lo mejor, simplemente, no te gustan los niños. No quieres y punto. Es tu decisión, y es tan respetable como cualquier otra. O debería serlo. Eso, como siempre, será evaluado, juzgado y llevado al patíbulo para escarnio público por esta maravillosa sociedad.

También he leído otras tantas páginas sobre las mujeres que han elegido ser madres. Cuentan su experiencia y cómo la han disfrutado y lo siguen haciendo a medida que sus retoños van creciendo. Sus vivencias, sus sentimientos, la lactancia, el contacto, esos lazos irrompibles que se han forjado para no romperse jamás. Un instinto y una necesidad mutuos que han llegado a sus vidas para complementarse y para quedarse. No por eso dejan de hablarte de las noches sin dormir y del terremoto de 6.9 en la escala Richter que supone esta nueva aventura, pero lo hacen desde la pasión por el momento que viven, asumiendo con naturalidad y resignación el pago de esa cuota los primeros meses y de las que vendrán en los siguientes años. Opción igual de respetable aunque, a veces, leyendo ambos tipos de artículos, diera la sensación de una absurda guerra abierta entre las dos “facciones” del mismo sexo. Luego estoy yo, que tengo treintaiún años y no voy a hablar de las unas ni de las otras, sino de mí, y de las muchas como una servidora que imagino habrá por el mundo.

Todavía no he leído una sola parrafada -igual es que no leo tanto como parece, puede ser- que hable sobre las mujeres que queremos ser madres y no nos dejan. Estamos ahí. Existimos. No hay problema físico ni enfermedad alguna que no los impida, incluso tenemos pareja estable y unos bonitos sueños de futuro; precisamente digo sueños en lugar de planes por eso, porque no nos dejan, ni tener hijos, ni tener planes. Esto va a ser triste, aviso. Intentaré no caer en lo cursi, pero también de eso hay, a qué negarlo.

La primera vez que vi sus ojos supe que mis hijos tendrían esas pestañas. Tenía que ser así. En aquel momento no lo sabía, pero ya había tomado una decisión. Luego vinieron más pensamientos al hilo de ese viejo instinto que, por genética o azar, también me había tocado la frente con su varita. Recuerdos de la infancia para compartir con ellos; libros, cuadernos y juegos que enseñarles; las historias de la familia y las croquetas de mi madre; el amor por la naturaleza y los animales; películas y viajes por hacer; rincones por descubrir y aventuras por vivir. Pues eso que dije antes. Sueños. ¿Por qué no soñar? Durante muchos años renegué de todo. He ido de rapera, de gótica y de chándal. De rebelde, de vegetariana y de anti. Los niños son el demonio - ¡Ponedles bozal y microchip antes de sacarlos a la calle, por Dios! - , no me gustan, no sé de qué hablarles, son raros, hacen ruido y cuando se cagan encima huele a estiércol de poni. ¡Y virus! Tienen porquerías a montones, con capacidad destructiva de bomba nuclear, contra la que tu triste sistema inmune de persona adulta no tiene una mierda que hacer más que huir y esconderse cruzando los linfocitos tras la espalda deseando que sea una muerte rápida e indolora. ¡Putos niños! ¡Quiero uno! En realidad quiero varios. No por las ayudas esas que había antes para las familias numerosas (desconozco si siguen existiendo, y las ayudas también), ni por crear un ejército de superhéroes súper bien educados que combatan con sus modales, ideas y respetos la nueva era de podredumbre que se nos viene encima. Tampoco es por sus abuelos, ni por deseo expreso de nadie que no sea una misma y su amante esposo. Es mi deseo, mi preferencia, mi elección. Es una decisión - egoísta por supuesto, no puede ser de otra manera, pues nadie pide nacer -, y es mía. Nadie me lo pide, ni me lo impone. En todo caso, y esto me parece importante, me lo impiden.

Mi historia no tiene nada de especial, es tan común como la tos. Media vida estudiando, la otra media buscando trabajo. Formo parte de esa generación que lo ha tenido prácticamente todo gracias al esfuerzo de unos padres que no tenían mucho pero querían darte un futuro mejor del que tuvieron ellos, con oportunidades, con posibles y posibilidades. Recuerdo cuando mi hermana y yo solicitábamos becas y ayudas para el colegio o el instituto, y en la casilla de profesión del padre y de la madre marcábamos otros y escribíamos trabajadores del campo. La otra opción era marcar agricultores, ¡qué más quisiéramos nosotros que tener tierras! Anda que si a mi padre le llegan a decir lo que me iba a dar de comer la veterinaria… Cuánto dinero, tiempo, sudor y lágrimas invertidos (lágrimas menos, la verdad, yo he sido siempre más de ira y fuego). Y como yo, tantos. Soñando con una vida tranquila, con un trabajo estable, sin lujos, algo humilde pero digno. La realidad es bien distinta a todo lo que hubiera podido imaginar.

Tres años en paro de preliminares, luego vino el sexo duro. Seis o siete trabajos distintos llevo ya en la capital del reino, todos temporales o en condiciones muy criticables, y con frecuencia ambas cosas. Alquileres desorbitados en pisos zulo, semisótanos o interiores con vistas a ninguna parte. Eso si tienes suerte y te conceden el honor, primero tienes que pasar más de un casting y superar una yincana a la que se le queda corta Humor Amarillo. Y si consigues llegar sano y salvo a la Copa de los Tres Magos, como no lleves la sangre de una virgen, un pelo de unicornio, el Santo Grial y la misma Excálibur para respaldar tu aval, te puedes ir por donde has venido con el rabo entre las piernas (importante que sea tuyo y no de tu perro, porque animales ni mijita, oye, a ver si te vas a creer que esto es un puto zoológico). Paga luz, paga gas y agua, la comunidad, la cuota del Colegio -que si no no puedes ejercer- , la factura del móvil, o del fijo, o de internet, o las tres cosas, y el IVA trimestral - si tienes la desgracia de ser autónomo-, paga trampas, tapa agujeros, repara el calentador y compra el pan. Y si no ahí te quedas, con tus padres o con tus suegros. Ya os digo yo que ninguna de las dos alternativas es buena.

Si llegado a este punto has conseguido una estabilidad sentimental te puedes dar con un canto en los dientes. Yo tengo esa suerte pero, por triste que sea la verdad, vida personal y trabajo bien remunerado - o mínimamente bien pagado como para poder vivir sin estar con la soga al cuello - son altamente incompatibles, inversamente proporcionales o como lo queráis llamar. Tengo amigas y amigos que están triunfando dentro de su profesión, y otros que están casados y o tienen hijos. Puedo contar con los dedos de una mano los que se encuentran en ambos grupos. De hecho miento, no puedo. Y tener que elegir, cosa que antes o después acabas haciendo sin darte cuenta, es todo menos fácil. Ahí es cuando te das cuenta de lo ambiciosa y egoísta que eres, lo quieres todo para ti: un pisito, un marido, unos hijos y un trabajo. Y todo estable. ¡Claro que sí! ¡A seguir soñando, guapa!

Ciertamente yo ya he escogido mi camino, el de pagar facturas y guardar los bordes del pan de molde para hacer migas a final de mes. Pero sigo alimentando, como a ese gatito que rescatas de la calle y escondes en tu cuarto para que tu madre no lo encuentre, la pequeña esperanza de poder tener mi propia familia antes de que mis ovarios y la maquinaria imperfecta de mis entrañas se cansen de esperar. No pocas veces me ha dicho mi madre eso de “lo de los niños no es cuestión de pensarlo, si lo piensas no los tienes nunca”, y mi suegra - otra que no tiene ganas de nietos, no ni ná- aquello otro de “tú no tienes de qué preocuparte, que a tus hijos no les va a faltar de nada”. Amables palabras, sinceras por supuesto, pero egoístas también, de otra época y corte moral - como dice la canción -, incapaces de apreciar la realidad. Antes tener prole se hacía por inercia, ya ni siquiera por presión social, es que ni se lo planteaban, era lo que tocaba y punto. Vivían en la misma casa abuelos, padres y nietos, y algún bisabuelo que quedara por allí. Y no lo critico, eran otros tiempos. Los míos son estos, y si pienso en la mierda de mundo que tenemos y alimentamos se me quitan las ganas de traer más criaturas a que sufran en él, pero tampoco me parece mala idea procrear para dejarle a éste mejores personas (que a todas luces hace falta como agua de mayo). Y si no puedo asegurarles un techo y unos cuidados básicos… ¿Para qué? ¿Tener hijos para apretujarnos en veinte metros cuadrados? ¿Para que los mantengan mis padres o mis suegros? ¿Con un sueldo, mileurista raspado con suerte, temporal y tan inestable como la dinamita? ¡No pasa nada! “Ahora se pare más tarde, fulanita hasta los treinta y siete no se quedó embarazada, y menganita a los treinta y nueve tuvo el último y ni tan mal”. No puedo esperar a los cuarenta (cuarenta y cinco de mi novio, ojo) para arriesgar mi vida y la del que venga, o para tropezar con algún cáncer a los sesenta y pocos y dejar a los churumbeles a medio cocer. No funciona así, al menos en mi cabeza. En mi cabeza ya voy tarde, no por la sociedad (la sociedad me la trae bastante al pairo), sino por lo que yo quiero. Y sin embargo no soy yo, es ella la que decide.

Y este pensamiento me atiza y me atenaza. La mente es maravillosa y deja huecos y hace su propia magia para ocuparte los sentidos en otras mil cosas, pero hay días en que quema como este jodido sol de invierno y dejo que me consuma como se consumen esas velas aromáticas que venden en los chinos, que huelen de puta madre pero que no sirven para nada, cuando se derriten se apagan y se acabó la historia. No hay moraleja, ni resumen ni conclusión, ni sentencia final para cerrar decorosamente estos párrafos. Es una jodienda, como tantas otras, pero es lo que hay. El tiempo siempre corre en nuestra contra. Habrá qué decidir qué cojones hacemos mientras, sin desestimar qué nos dejan hacer.


RAV

sábado, 20 de octubre de 2018

Hoy tenía que escribirte


No soy amiga de homenajes póstumos, detesto ese tipo de hipocresía. Los honores en vida. Pero tú te fuiste demasiado pronto, y sin despedirte. No dejabas más opción y te debo esto desde hace mil.

Te habría gustado. A principios de este año que ya mismo termina me hicieron un encarguito fino. Recuerdo que cuando Potter me escribió estábamos en casa de Barbosa preparando una cena rica, posiblemente la de Nochevieja ahora que lo pienso. Me parece que fue un clip de audio por whatsapp. Hace ya tanto que cogiste aquel oscuro tren, que ya no estoy segura de que conocieras este nuevo brazo de la tecnología que nos tiene a todos anulados como seres con entendimiento. Si nos vieras, nos comemos farolas, provocamos accidentes, olvidamos a quien tenemos al lado, nos han terminado de sorber el seso. Si no te hubieras cansado tan rápido de la fiesta podríamos haber estado más en contacto con ese rollo de aplicación. Mala excusa, a quién quiero engañar. Pero acerca mucho a la gente que esta lejos, eso es bien cierto, qué duda cabe. No sé cómo pillaréis el wifi por aquellos lares.

Bueno, el caso, a lo que iba. Que la propuesta que me hicieron te habría flipado. La idea era hacer una réplica del "Libro de las Sombras" de Charmed. ¡Embrujadas! ¿Te acuerdas? Cómo no te vas a acordar. Yo creo que soñabas con eso y todo. A diario pasabas por mi casa para ver si estábamos por allí mi hermana y yo, y venías con tus movidas de la serie, con los hechizos apuntados en un papel. Si hasta te brillaban los ojillos. Estabas tan flipado con ellas como yo con El Señor de los Anillos. Tan impúberes y ya éramos una panda de frikis.

Ahora siento una punzada de culpa cuando recuerdo cómo te rompía el corazón al decirte que dejaras ya esas tonterías de las Embrujadas, que era sólo una serie. ¡Mira quién fue a hablar! Está tan jodido todo que a mis treinta y algo sigo prefiriendo vivir de fantasías, en mis puñeteras series de ciencia ficción. He escuchado por ahí que van a sacar pronto un remake o algo así de las Embrujadas. Seguro que es un mojón. Seguro que tú lo verías. A lo mejor lo veo yo también. Se te echa de menos, amigo. Se te echa mucho de menos.

No pude rechazar esa propuesta loquísima, como comprenderás. Sabía que era meterme en un embolado de los buenos, que me iba a llevar meses y sudores fríos, y que me cabrearía una y mil veces y tiraría cosas a la basura y volvería a empezar otras tantas. Que no pararía hasta que estuviera perfecto, o todo lo perfecto que podría estar sabiendo que no soy más que una aficionada a la encuadernación. Y me acordé de ti, claro que me acordé de ti. A ver, ¡no me jodas!, me acuerdo tela de ti, pero esto parecía que lo habías preparado tú desde las nubes. El puto Libro de las Sombras. ¡No veas! ¿Que era sólo una serie? Pues toma, en toda la boca.

Al final lo hice. Gustó mucho, no te voy a mentir, y yo que me alegraré siempre, pero no terminaba de estar perfecto. ¿Soy demasiado exquisita? Creo que el lomo era mejorable, la curvatura. Tengo que aprender cómo se hace eso. Para la próxima vez. Para el próximo. Si lo vuelvo a intentar tengo que mejorarlo, y te lo contaré, claro. Como te estoy contando esto, o de esa otra manera tan rara con la que todos creemos hablar con los que estáis de viaje espiritual por los nublados cósmicos. Ya sabes, la conexión mental.

No te he contado que me pasé semanas bañando en café las páginas, una a una. Menudo pestazo tenía la casa entera (yo es que soy más de nesquik, ya sabes). Mi buen amigo Potter hizo un estupendo trabajo reeditando los hechizos que ya teníamos y añadiendo otros con una traducción más fiel al castellano que las versiones que habíamos encontrado por las redes. No sé si salían unos doscientos y pico folios o algo más. Una pasada. La portada, la mismita que en la serie, lo que te digo. El primer hechizo con el que descubren sus poderes: El poder de tres nos hará libres. La mano de Fátima, la Fuente, Sax, el que acabó matando a Prue (perdóname, pero para mí ahí fue cuando la serie pegó el bajón supremo, o eso o yo no pude superarlo), los Luces Blancas, Belthazor...toda esa gente y todos los hechizos y más. Y con cada una de esas páginas me acordaba de ti, y pensaba, "cómo le gustaría esto, lo iba a flipar". Y quieras que no, se me mezclaba una sonrisa con un pellizco en el estómago. ¡A ver! ¡Qué quieres que te diga!

En la portada le puse una triqueta exageradamente molona que me hizo mi amigo el gallego del cuero. Un máquina el tío, quedó fenomenal, un broche de lujo para un libro más que mítico. En serio, cómo te habría gustado. Me habrías hecho que te hiciera uno al final. Digo yo, no sé, a lo mejor con los años se te habría pasado la fiebre de las Embrujadas. Ahora tendrías unos veintiséis, que se dice pronto. Pero yo creo que te seguiría gustando la dichosa serie. Seguro que sí.

No es nada espectacular todo esto. No sabía muy bien por dónde iba a salir la cosa, y al final parece que es una carta o algo así. La verdad es que te echo y te echamos de menos, y esta tontería del libro revivió con fuerza tu recuerdo, no podía dejarlo pasar. Tenía que escribirte. Siempre hiciste de mensajero entre tu hermano y yo, ibas y venías de tu casa a la mía con esas cartas de adolescentes en ebullición llenas de pájaros y primaveras que tan en serio nos tomábamos. Y aunque llega muy tarde, esta vez te toca a ti, hoy tenía que escribirte.

Ríete tú, lo que iba a ser una crónica de un trabajo de cartonaje y encuadernación. No voy a seguir con el rollo ese de que espero que estés donde estés bla bla bla y todo eso. Tú creías de verdad en la magia. Y esa magia te mantendrá siempre vivo para nosotros. Siempre, amigo. 





RAV



miércoles, 29 de agosto de 2018

Primera cita (microrrelato).


Hemos vuelto a quedar en ese bar de la esquina que siempre está abierto.

A decir verdad fingimos que nos encontramos allí por casualidad, y con la excusa de la barra libre y la falta de espacio nos ponemos a charlar como si nos acabáramos de conocer. Alrededor hay barullo, gente de toda clase charla, o debate, o discute. Yo no oigo nada, estoy escogiendo las palabras. Me faltan un par de copas y música de fondo, pero ya está decidido, me la juego, voy a tirarme a la piscina. Cojo aire, me acerco un poco más y le digo...

503 Service Unavailable

Mierda. ¡Que alguien reinicie el wifi!


RAV


lunes, 27 de agosto de 2018

Alta traición (microrrelato).


- La herida no es profunda, sobreviviré, pero duele -pienso, mientras me esfuerzo por recobrar el sentido y reconstruir los hechos.

Punzadas agudas y traicioneras me crispan los nervios, martillea la sien al respirar complicando cualquier movimiento, y la pesadez de los párpados me sume en un sopor insufrible. Tengo la boca seca, y cada suspiro exhala una queja de mi maltrecho cuerpo. Intento librar esta batalla con honor, me pregunto si estaré a la altura.

Alguien ha puesto la radio y suena Quique González. Va a ser un día duro, maldita resaca.



RAV

martes, 17 de abril de 2018

Libros que me gustan


"Me detuve, alzando una pata para echar una última meada: mi marca, por si no volvía. Negro estuvo aquí. Y mientras lo hacía, por un momento pensé en todos los que ladraban. En aquellos compañeros de infortunio sentenciados a un final infame: perros que, como había dicho el dogo, tal vez algún día fueron cachorrillos mimados, felices, arrancados de su sueño confortable por la estupidez y la crueldad humanas, y que ahora, en aquellas sucias jaulas, esperaban su destino como sparrings o como luchadores. Como carne fácil de coso y arena; o, en el mejor de los casos, abocados a un destino de decadencia, miseria, enfermedad y locura. Perros sin dueño, abandonados, robados, secuestrados, perdidos en un mundo sin piedad. Y mientras recorría el breve trecho entre la jaula y la furgoneta, oyéndolos ladrar su desesperación y su tragedia, recordé una de las historias a las que solía referirse Agilulfo cuando Teo y yo dábamos lengüetazos al agua anisada del Abrevadero: algo sobre un tal Espartaco, un gladiador romano; un luchador que se había rebelado contra sus amos y echado al monte con sus camaradas. Un esclavo que había sabido ser libre antes de morir vendiendo cara su piel y de acabar crucificado, o algo parecido.

Entonces me hicieron entrar en la furgoneta y puse rumbo a mi destino".

(Los perros duros no bailan. Arturo Pérez-Reverte)