jueves, 16 de febrero de 2023

Cartas azules 2023

 



Madrid, 15 de febrero de 2023

 

¡Hola, tronk!

 

     Ya sé que «un mago nunca llega tarde, ni pronto, sino exactamente cuando se lo propone», pero esto no es un encuentro feliz en La Comarca por el centésimo decimoprimer cumpleaños de Bilbo Bolsón. Esto soy yo —más bien haciendo del conejo de Alicia en el País de las Maravillas— escribiéndote una carta con mucho retraso, bastante cargo de conciencia y una introducción friki muy socorrida para salvar un poco las formas e intentar que mi despiste pase un poco desapercibido. ¿Lo he conseguido? Espero que sí.

     Cierto es que el primero de febrero me pilló con algunos frentes importantes abiertos (aunque eso no hizo que olvidara el aniversario de tu nacimiento, ni el de mi abuelo materno, que cayó este último por la época del Titanic más bien. ¡Oh, el Titanic! ¿Te acuerdas de aquella exposición a la que fuimos con Luis? Todavía tengo esa foto en blanco y negro que nos hicimos a la entrada del barco. ¡Qué buen rato echamos aquella tarde! También era 1 de febrero, y acabamos con una rica merendola en el Okashi Sanda. Verdaderamente rico ese calpis. ¡Vaya! ¡Perdón por la dispersión! Que empiezo a reactivar recuerdos y me voy por las ramas sin darme cuenta…). Y perdón también por el paréntesis más largo que se haya escrito en una carta. Te decía que el día 1 operaron a Gastón de un tumorcillo infecto en un dedo del pie izquierdo, así que ese día lo tuve un poco crudo para sentarme tranquilamente a escribir, sabía que tendría que posponer un poco estas líneas. Pero, de repente, es 15 ya, estamos en el ecuador del mes y no sé cómo ha pasado ni cómo hemos llegado hasta aquí. El tiempo —igual que la gravedad y como diría nuestro amigo Sheldon Cooper—, es otra ramera despiadada.

     Espero que sepas disculpar mi tardanza así como mis chistes malos. La verdad es que escribirte me sigue poniendo un poco nerviosa, a quién vamos a engañar, y ya sabes que yo soy muy Chandler Bing (mira, lo estoy haciendo otra vez). ¡No tengo remedio!

     Estoy intentando echar la vista atrás para hacer repaso mental de las cosas que han pasado desde la última vez que hablamos (para mí esto es una manera de hablar contigo, sobra decirlo). El mundo sigue girando, quizás un poco más acelerado en su inevitable camino hacia el apocalipsis zombie, coqueteando aquí y allá con nuevas formas de autodestrucción. Bueno, quizás no tan nuevas ahora que lo pienso. Justo hoy he leído un titular en el que decía que un alto porcentaje de la población desconoce por completo la relación entre las enfermedades de los animales y las nuestras. Han pasado ya casi tres años desde lo del corona y la gente sigue sin tener idea ni consciencia de lo que es una zoonosis. Así nos va.

     No recuerdo a qué altura del año pasado saltó por los aires lo de la viruela del mono. Cundió un poco el caos informativo (desinformativo diría yo, como siempre), pero nada que ver con lo de 2020, y nosotros, como buenos españoles, llevándolo todo con sentido del humor, memes y filosofía barata. Esto hubo forzosamente de unirse en el espacio tiempo a las quince mil variantes del bicho —de las cuales la última que se me viene a la cabeza es una tal ómicron, que a su vez me recuerda a Omicron Persei 8, de Futurama—, así que no dejábamos de tener frentes zoonóticos abiertos. La gripe aviar danzando y expandiéndose a su antojo; la viruela humana regresando del averno por la estúpida tendencia antivacunas; susurros desde África donde el ébola nunca termina… y en mitad de nuestra encarnizada lucha por salir a flote, Rusia decide invadir Ucrania porque la interminable pandemia le parece poco entretenimiento.

     Para mear y no echar gota. Guerra, otra vez. Otra más. Es terrible, y cobardemente (y también por salud mental) dejas de encender la tele para mantenerte lo más entero posible, para no terminar de reventar. Qué tenebrosa se está poniendo esta carta, no culpes al mensajero. De hecho te doy pinceladas de noticias porque esa es la verdad, me entero de ciertas cosas por las redes sociales o por la gente, pero la caja tonta hace mil años que no la enciendo y, cuando paso por el salón y la está viendo mi suegra, para lo bueno y para lo malo sólo veo de refilón las estampas de las telenovelas turcas que se han puesto de moda ahora, así que podría contarte cualquier cosa de los últimos libros que me he leído o de los pájaros que veo en el parque y sería incapaz de responder a la más sencilla pregunta de actualidad. Seguro que me entiendes. Me entenderías, seguro.

     ¡Hubo manifestación veterinaria en abril! Y a ésta sí que pude ir, al fin. Me acordé mucho de ti, como tantas otras veces. Fue bonito ver a tantos compañeros unidos por un bien común; y aunque no será suficiente con esto, al menos ya empezamos a pelear un poco (que, conociendo a nuestro gremio, ya es decir mucho). Qué raro me resulta ahora decir «nuestro»… Hace ya más de un año que no piso una clínica y sigo teniendo sentimientos encontrados (¿el veterinario nace o se hace?), y los tendré toda la vida, supongo, pero ese tema te lo intentaré resumir porque si no esta carta va a tener que ir por fascículos.

     Después de mi última aventura y de unos cuantos meses de paro (cien por cien empleados en entregarme por completo a mis manualidades), acabé currando en una tienda de material de papelería y bellas artes. «¡Ese trabajo es para ti!», estarás pensando, con toda la razón del mundo. Sí, amiga, yo también lo pensé, pero no hubo tanta suerte. Era demasiado pedir, una vez más. Muy largo de explicar. Sólo diré que no me terminó de gustar; yo esperaba otra cosa (cuánto misterio) y resultó demasiado estresante para lo que parecía en un primer momento. Me fui bastante jodida de aquel sitio, no te voy a mentir, me dejó un poquito con la moral por los suelos, y eso yo se lo solía perdonar a la veterinaria, pero al resto de gremios no les voy a permitir tener tanto poder sobre mí, ¿no crees? Eso me repito para infundirme valor. Valor. Yo. Venga, te doy permiso para reírte.

     Me he dado cuenta de lo que se parecen mis cartas de un año para otro. Ésta, al igual que la última, ha empezado con una alusión a El Señor de los Anillos; luego vienen las parrafadas de negrura y noticias y anécdotas deprimentes; y, ahora, por supuesto, toca rebuscar por dónde sea la manera de dejar esto en todo lo alto, porque así no lo puedo dejar, ¡qué vergüenza! Prometo que no tengo una plantilla ni sigo ningún plan, es mi cabeza la que se impone el orden cronológico y de mayor a menor intensidad para ir relatando las cosas. ¿Sabes si pagan por ese superpoder en algún puesto de trabajo? ¡Porras! ¡Qué complicado es todo!

     Ando «como geisha por arrozal» (grandísima frase del Barea que nunca olvidaré, ¿¿¿te acuerdas??? Madre mía, que golpe de memoria así de repente, esas clases horribles de bioquímica, qué mal se me daba... ¿Qué habrá sido de aquel hombre?), o como pollo sin cabeza, lo que prefieras. Me gusta todo y a la vez nada; para cualquier cosa necesito más estudios y más dinero; las grandes preguntas de siempre me siguen machacando el cráneo por dentro como si todos estos años no hubieran servido para desvelar ninguna incógnita; y al final sólo quiero un trabajo medio qué, con un sueldo medio qué, que me permita llevar dinero a casa y dormir tranquila por las noches. No parece tan difícil ¿verdad? Voy a intentar enfocarme en el mundillo de las letras, los libros, las editoriales y las bibliotecas. ¡Ya te contaré si consigo algo! ¡Deséame suerte!

     ¡Ahhhh! ¡Me enteré de que Inés trabajó en una película! Qué tía, eh. Le he dicho que me avise cuando se pueda ver, seguro que lo hace genial. ¿Te has dado cuenta de que la mayoría de compañeros de profesión que conocemos tienen un tremendo lado creativo? Hay un chaval que lleva un podcast de veterinaria que también es actor, y en Viana conocí a otro que también era artesano; tú siempre has dibujado como si hubieras estudiado bellas artes, y Jesús hasta toca el piano. A lo mejor no son cosas de las que resulte fácil vivir, pero oye, siempre está bien tener planes B y C a mano, por si la cosa no sale como pensábamos. Espero que Inés pueda meter la cabeza en ese mundillo artístico y recuperar toda la motivación e ilusión que los sitios oscuros en los que no has tocado currar nos quitaron.

     Estoy escuchando pájaros mientras te escribo. No son de verdad (ojalá), están dentro de un vídeo de YouTube de «sonidos de la naturaleza», que es lo que más echo de menos desde que vivo en Madrid. Últimamente —no sabría decirte cuándo empezó— me he aficionado mucho a la ornitología, a buscar, observar y aprender a identificar pajarillos. En mis salidas al parque, o cuando vamos a dar una vuelta por las afueras, me empleo a fondo para distinguirlos y disfrutarlos. Son una absoluta maravilla (me pregunto cómo no me he dado cuenta antes, en qué tonterías estaría pensando, los pájaros son geniales). Y tampoco sé cuándo ocurrió, pero empecé a compartir esta afición —¿naturalista?— con Anne y ahora nos enviamos material de cada una de nuestras humildes excursiones y de todo lo que averiguamos sobre las especies que encontramos. Es muy entretenido, y divertido, y me encanta que sigamos compartiendo estos lazos a pesar de la distancia geográfica entre nosotras y de la que el tiempo y nuestras respectivas circunstancias nos han impuesto con la carrera que juntas estudiamos.

     ¡Acabo de acordarme! ¡Otra vez vi una cigüeña por tu cumpleaños! Bueno, ya sé que «por San Blas, a la cigüeña verás» (algo me dice que ya he repetido este refrán demasiadas veces), pero a mí me sigue haciendo ilusión coincidir con ellas ese día, rompiendo con su envergadura blanquinegra el límpido azul del cielo invernal de febrerillo el loco. Siempre las he asociado a algo feliz, desde que era chica y mi madre me leía los libros de Celia, de Elena Fortún. Las veo y me sonrío sin darme cuenta y, pase lo que pase, ese día ya es genial sólo por eso. Ya ha merecido la pena. Salúdalas de mi parte cuando las veas por allí arriba.

     No quiero terminar esta carta con mermelada, ya me conoces (ya nos conocemos), por eso me he guardado para el final una noticia de mierda para equilibrar, que sé que no te va a gustar, pero que te tengo que contar igual. ¿Te acuerdas de Los Anillos de Poder? La serie aquella de la que te hablé que tanto prometía. Creo que contigo puedo ser concisa y me vas a entender a la perfección: No tienen los derechos de El Silmarillion. Nada más que añadir, señoría. Bueno, sí. Que, como comprenderás, me he negado a verla. Tengo mucho material audiovisual pendiente de consumir, no puedo entretenerme con estas mierdas, que el 1 de marzo vuelve El Mandaloriano y estamos a puntito de terminar (ya, por fin, contra todo pronóstico) la última temporada de Supernatural. ¡Supernatural! Nunca hablamos de los Winchester tú y yo, no me dio tiempo a preguntarte si te gustaban, llegué tarde, como siempre, como esta carta tardona y dispersa… Seguro que te molaba, te pega un montón, serías del equipo Dean, lo tengo claro.

     El caso es que me voy tornando espesa y triste llegando a esta parte, como cuando intuyes que te vas a quedar sin wifi y se te va a caer el Messenger de golpe y porrazo en mitad de la conversación. Qué jodido, amiga. Perdona que no esté muy inspirada, igual debería escribirte más. ¿No digo siempre lo mismo?

     Feliz feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo? Sueña con cosas bonitas. Vuela alto. Te seguiré escribiendo.

 

 

 

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

                                                                                         

Raquel

 

 

P.D.: Luis me regaló una sudadera en la que ponía «No hugs, no kisses, just beer». Si cambiamos la cerveza por Coca-Cola habría sido ideal para ti también.

P.D.D.: No te preocupes por Gastón, sigue siendo el tronquito peludo marrón que conociste, tan lametones y pesado como siempre. Lo del dedo es benigno y todavía tiene que darnos guerra un tiempo más. Te manda lengüetazos de metro y medio, ponte a cubierto.

martes, 26 de abril de 2022

SAVING PEOPLE, HUNTING THINGS O HISTORIA DE UN CUADERNO

Tengo la horrible costumbre de meterme en berenjenales sin pretenderlo y de complicarme la vida diciendo "sí a todo" con la boca, deprisa y corriendo, cuando mi cabeza está gritando "wait a moment, fucking crazy!". Pero yo no escucho, bajo la dura carcasa de fontanelas férreamente selladas tiempo ha sólo hay un mono tocando los platillos. Es un mono muy divertido, la verdad.

Así que cuando el bueno de mi amigo Willy me preguntó si podría hacerle una especie de réplica del cuaderno de John Winchester, de la serie Supernatural, pues le dije que sí. ¿Qué le iba a decir? Hago cuadernos, habría estado feo no intentarlo. ¿Qué podría salir mal? No sé. El mono empezó con su función y estuvo con su musiquita durante bastante más de un año (varias temporadas, en cómputo de serie). Y aquí estamos, después de todo, pegando ese resoplido de satisfacción cuya brisa te levanta el flequillo, con el espinazo recostado en el espaldar de la silla de despacho -brazos cruzados tras la cabeza-, mientras pienso: ¡Misión cumplida!


Igual que en su momento dediqué unos párrafos al Libro de las Sombras de Embrujadas, la envergadura de este proyecto no merece menos que una entrada en este mi humilde blog, por eso voy a describir por aquí los pasos a seguir de esta receta maravillosa que es la locura del friki del handmade.

Todo comenzó con la forja de los grandes anillos... Perdón, ésa es otra película. Doble perdón, creo que esta frase la he utilizado hasta el infinito. El caso es que yo de Supernatural no sabía nada de nada, había escuchado rumores y sabía de qué iba -como también sabía que las probabilidades de que mi extrema aprensión por la temática paranormal me impidiera poder disfrutar de esta serie eran altísimas-, pero mis conocimientos acababan ahí. Me puse el delantal y ¡a cocinar!


Primer paso: 

- Trabajo de campo, investigación. Ponte a ver la puñetera serie. 

Ingrediente principal:

- Échale huevos.

Había que echárselos. La primera temporada casi entera la tuve que ver de día. Sí, sí, por la mañana y con un par de huevos, como decía. Cometí el error de ver el primer capítulo -como hacemos en esta santa casa con todas las series y películas- por la noche, de postre, al acostarnos. Menuda madrugada toledana maravillosa que me dio la niña de la curva. Podéis probarlo cuando queráis, es muy terapéutico (si te va la terapia de choque).

Al final me acabé acostumbrando y pudimos avanzar en el estudio. Tal vez -y sólo tal vez- el hecho de que los protagonistas sean dos hermanos torneados, testosterónicos y ternascos facilitó mucho la rápida adaptación al ambiente sobrenatural y, sobre todo, al argumento... a los argumentos, vaya.

¡Genial! ¡Ya estamos enganchados!


Segundo paso:

- Idea, diseña, organiza, estructura. ¡Listas y croquis de todo!

Ingrediente principal:

- Ten amigos. Amigos que trabajen el cuero, amigos que manejen programas de edición, amigos que tengan papelerías e impresoras a color, amigos que sepan inglés, amigos que te deban algún favor o amigos que sean más buena gente que el copón.

Esta fase fue bastante larga. Por querer ajustarme lo máximo posible al cuaderno utilizado en la serie me volví loca buscando el formato concreto de agenda, de archivador y de páginas interiores que se trabaja sólo en EEUU, y lo que yo creía que sería coser y cantar se alargó más que las obras de El Escorial. 


Pruebas de varios papeles para ver texturas y acabados, pruebas de tintas, bocetos, mediciones e historias varias, etc. Por fin decidí cuáles serían las tripas del cuaderno, y aquí entró en juego la magia de nuestro amigo Montaña, el hacedor del cuero. Mandamos para tierras gallegas el material elegido y sobre esa estructura hizo su arte el chamán de Baleira, creando la maravilla de tapas que podéis ver en las imágenes, con los bolsillos, cosidos y marcas que se pueden apreciar en el original de la serie. Una auténtica pasada. ¡Gracias Don José! A sus enormes pies de gigante pongo mis más sinceras alabanzas. 

Con la tontería pasó casi un año hasta que pude tener mis tapas y mis tripas listas -parece que es tela de tiempo, y en realidad lo es, pero no perdamos de vista que yo en esos meses también compaginaba con trabajo y con otros proyectos que tenía en cola, y no podía dedicarme en cuerpo y alma, qué mas quisiera, al proyecto-, pero contra todo pronóstico llegó ese bendito momento. Ahora sí. ¡Manos a la obra!


Tercer paso:

- Los dibujos, las historias, la mandanga. ¡A la vida del escriba!

Ingrediente principal:

- Tinta y tiempo. Mucho tiempo.

Concretamente la Perle Noire de J. Herbin, otro de los elementos vitales facilitados por nuestro amigo Alvarado -el que tengo aquí colgado-, leal surtidor de impresiones de calidad y materiales de papelería variados que siempre necesito para mis trabajos. ¡Gracias, querido! Ya te invitaré a alguna cerveza cuando me deje caer por Getafe. Un siglo de estos.


Cierto es que el papel de calco (ese que te deja los dedos negros, el papel carbón de toda la vida) me ha servido de base para mantener alto el nivel de fidelidad a gran parte de los dibujos, pero muchos otros están hechos a mano alzada desde la primera línea y tengo que decir que me ha ayudado bastante que los bichos fueran feos de narices, el margen de error se estrecha tela si lo pensáis. 

Largas horas de lápiz, bolígrafo y pluma he pasado bajo el flexo, emborronando, desgastando, definiendo y dando forma a más de cien páginas de oscura fantasía con bordes quemados, enmohecidos, amarillentos, salpicados de café -¿o de sangre?-, ininteligibles quizás en algunas partes, en fin, lo que se puede esperar del diario de un cazador de monstruos, información variada y muchos tiros pegados.

Una parte del cuaderno está basada en la única copia oficial que hay en el mercado, pero el resto (que suma un grueso bastante importante) está hecho a partir de los apuntes de los verdaderos y absolutos fanáticos de la serie, que durante todos estos años (quince temporadas, que se dice pronto) han ido acumulando material y publicándolo en redes precisamente para facilitar la creación de su propio cuaderno de John Winchester a todos aquellos que quisieran intentarlo. ¡Como una servidora! Infinitas gracias desde aquí. 



Por supuesto, yo también cogí mis propios apuntes (si nunca habéis visto una serie o una película modo estudiante, es otro mundo) y tuve la oportunidad de aportar mi propio material. Como si el cuaderno fuese de Balay, puede decirse que tiene "un poquito de mí". Y un poquito de todos los que me han facilitado la aventura y la tarea, como mi buen amigo Luis. Crear las hojas de agenda, de la misma jodida agenda de John Winchester de 1990 -entre otras cosas-, a la medida exacta y con el diseño idéntico no habría sido posible sin él. A mí me sacas del paquete de Office y me explota el cerebro. Grazie mille, Luigi! ¡Más cervezas para ti!

Gracias, también, a mi amiga Helen, que me solucionó varias dudas sobre ortografía y gramática en un idioma que estoy muy lejos de dominar; a mi hermana, que sin saberlo me dio ideas geniales con el podcast de la Biblioteca Nacional de España, y a mi señor marido que también me ayudó con las traducciones y que ha soportado la carga psicológica que conlleva aguantarme las veinticuatro horas del día esté estresada, contenta o comicolérica. 

Parezco un actor famoso dando su discurso mientras recoge el Oscar que le acaban de dar, pero es de bien nacido ser agradecido y detrás de este proyecto no está sólo mi mano ejecutora, ha habido mucho apoyo externo y os debo birras a pares, chavales. 

Lo he disfrutado como una enana, también lo he sufrido como la estresable ansiosa que soy, pero lo he trabajado con cariño, esfuerzo y pura ilusión, y a punto estuve de hacerme un Frodo y, en el último momento, decir aquello de "el cuaderno es mío, el vino a mí, yo lo encontré" y... ¡Hasta luego, Mari Carmen! Pero me porté bien al final, no creáis, mi trabajo me costó. ¡Gracias, Willy, a ti también! Por meterme en esta historia y engancharme a una droga más.

Inclínome en graciosa reverencia y sombrero en mano me despido. Tened por si acaso mechero y sal -y un poquito de agua bendita- siempre a mano. Larga vida a Dean Winchester y mucho Bobby Singer. ¡Ha sido un placer!






RAV





martes, 1 de febrero de 2022

Cartas azules 2022

 




Madrid, 1 de febrero de 2022


¡Hola, tronk!


         Está saliendo el sol mientras te escribo y, aunque no es la primera vez en la última semana -llevamos ya unos días luminosos después de otra rachita de feos nublados-, siempre me hace ilusión ver cómo se mantienen las nubes a raya el día de tu cumpleaños. Supongo que algún año lloverá pero, parafraseando a nuestro buen Aragorn, hoy no es ese día.

         Sé que prometí escribirte más, pero no te creas que es fácil. ¿Te llegan mis pensamientos? No molan tanto como una carta, lo sé, pero es mucho más fácil pensar en ti que sentarse a poner en palabras la puñetera realidad. Tú me entiendes mejor que muchos, la mermelada nunca fue con nosotras aunque por dentro estemos hechas de gominola con purpurina (¿a quién vamos a engañar, Princesa Croqueta?), pero hay que hacer un pequeño esfuerzo y seguir con la performance para que no decaiga mucho la moral. Qué jodido es esto de no poderte preguntar cómo estás.

         ¿Qué te cuento, amiga? ¿Cómo te resumo el último año? Da para mucho o para poco, según la perspectiva. Seguimos inmersos en la estupidez y la locura, el bicho ayuda mucho a eso, pero la gente ayuda más. Yo creo que las siete plagas de Egipto se han quedado como aguardiente dulce a la vera de las quince olas del corona (perdona mi falta de concreción, es que he perdido la cuenta ya). Al menos tenemos vacunas, ¡vacunas! Tú, como yo, llevarías ya tres dosis por ser sanitaria, y serías Súper-Jenny, tendrías anticuerpos para disparar en bláster a caño y pasearías por la calle mirando con ascopena a los cromañones terraplanistas, antivacunas y grupis de Miguel Bosé (que por lo visto ahora nos quieren controlar con microchips que nos inyectan con las vacunas, flipa, ¿no te has enterado? Yo creo que con las tres que llevo ya, si me concentro un poco pillo wifi gratis en mitad del monte).

         La imaginación de la gente sigue siendo poderosa, pero no te preocupes, no llega al nivelazo del tirón de series que seguimos teniendo para consolar un poco el espíritu. Me he negado a ver El juego del calamar, porque tenía muchos frentes abiertos y he visto tantos memes spoileantes que ya me aburre; no sé si a ti te habría gustado, pero desde luego te habrías reído con la muñeca pepona gigante que dispara a traición como una Dora la exploradora creepy y encocada tamaño atracción dantesca de feria. Ahora estamos viendo El libro de Bobba Fett y ésta sí que te molaría. ¡Cómo se lo curran los de Disney+! ¿Te acuerdas de cuando queríamos ser paleoveterinarias? Pues dale una pensada a lo de veterinarias galácticas (seguro que a ti se te ocurre un nombre mejor), que todavía no he visto a ningún profesional haciéndose cargo del mantenimiento de los banthas ni de los rancors... ¡Qué falta de previsión!

         Bueno, del tema del apotema es que no te puedo contar nada que no supieras ya... Un año no ha hecho ninguna diferencia en mi futuro ni en mis arcas. Sigo esperando que me toque la lotería, aunque la realidad es que sólo tiento a la suerte el 22 de diciembre (debería estirarme más ¿no?). Encontré un curro cerca de casa a media jornada pocos meses después de escribirte, y allí estuve varada hasta final del año pasado; al principio con la esperanza de encontrar un pequeño rincón donde quedarme y hacerme fuerte para conseguir esa estabilidad tan anhelada, poco después -como siempre, como se veía venir, como no podía ser de otra forma- por mantener un mínimo y mísero ingreso pero deseando escapar de esa cueva infecta de maltrato psicológico y horas extras jamás remuneradas. Otro fiasco del que por supuesto me fui sin paro. El paro es para la gente que sabe hacer las cosas bien, no como yo.

         Para fiasco bueno el del curso de redacción digital que te conté, ¿te acuerdas? Casi tres mil euros que costaba el curso online de tres meses en el que supuestamente te preparaban para desempeñar esta profesión. Tres mil pavacos a tocateja sin un título oficial ni prácticas ni nada, sólo una flipada vendiéndote por un vídeo de YouTube las ventajas de trabajar escribiendo por cifras desorbitadas para empresas megapijas desde tu casa de Las Bahamas que habrías conseguido, por supuesto, con tus súper ingresos derivados de esta oportunidad única que te brindaba con su súper curso. Igual me he liado con los "súper" y los "mega", pero es que era todo súper-mega-chachiquetecagas-¿vale?

      Perdona por contarte cosas tan deprimentes, aunque tú y yo somos del equipo de reírnos oscuramente de todo, así que mantengamos el reír por no llorar por bandera y pensemos en gatos. Método infalible para cualquier situación en la vida. ¿Estás triste? Piensa en gatos. ¿Estás feliz? Piensa en gatos. Los gatos son la solución a todo, no sé por qué al mundo le cuesta tanto llegar a esa conclusión. En esto también te he fallado, tía. Todavía no he adoptado un gato. Aunque Vero dice que un gato sólo necesita cajas para ser feliz, y razón no le falta (será que no tengo yo cajas, toda mi vida son cajas llenas de trastos), pero pobre gato, necesito sitio para poner sus cajas de gato y mis cajas de trastos... De momento me tengo que conformar con La Gatoteca, que volvió a abrir hace unos meses. ¡No todo son malas noticias! ¿Ves?

         ¡Ah! ¡Y se nos casa Potter! Qué vídeo más bonito de pedida nos enseñó, una performance que montó para declararse a Javi... desde luego se lo curró tela, como para decirle que no. ¡Y Anne se mudó a Dinamarca! Me dio mucha pena no poder despedirme de ella, al final con la pandemia y lo que ya llevábamos acumulado contamos años sin vernos, pero me consuela pensar que nos seguiremos escribiendo y que para la boda vendrá a España. Fui en septiembre a una exposición chulísima de van Gogh y me acordé mucho de vosotras, habría sigo genial poder cumplir ese plan que unos meses antes del apocalipsis propuso Anne para las tres. ¡Y me llegó un crisma precioso de Inés! Qué mano tiene con el dibujo, si no me dice que es hecho a mano me creo que el muñeco de nieve venía ya pintado. En las próximas fiestas tengo que sacar hueco para currarme más las postales navideñas, que este año pasado no me ha dado tiempo de nada.

         Me hizo mucha ilusión encontrarme con tus crismas y me dio una pena tremenda, y otra vez ilusión, y pena, así todo el rato. Un bucle chungo de esos que tú sabes. Pero recordarte, aunque duela, también es bonito, así que al final siempre sonrío. Me gusta pensar que te has ido de viaje y que algún día, no sé cuándo, volverás. No te voy a hacer promesas para el año que viene, porque ya ves que soy un desastre, pero siempre que pueda habrá una carta azul en tu buzón un día como éste. Feliz, feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo?


Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.


Raquel



P.D.: Si ves por ahí arriba a mi Sodoma dale un buen abrazo de mi parte. No la cojas en brazos, que se siente rara, porque ella siempre ha sido mucho de ir a ras del suelo, pero ráscale un poquito las orejas, que le gusta mucho que la soben.


P.D.D.: El 2 de septiembre se estrena la serie que estaba haciendo Amazon sobre El señor de los anillos. Ya te contaré, pero si nos ves por un agujerito no te la pierdas. A ver qué han hecho con esa obra sagrada... ¡Cruzaremos los dedos!


viernes, 23 de abril de 2021

Apuntes por el Día del Libro

Da igual si el día ha sido corto o largo, intenso, pasajero o rutinario, si al final puedo caer en la cama como un ladrillo, a todo lo largo, y abrir un libro, y leer un rato. Ése será mi premio, y será mi bálsamo.

Hace dos noches empecé un título nuevo, de tapa blanda y edición casi de bolsillo —no importa, no soy prejuiciosa ni talibana, puedo quererlo igual—; sin pensarlo en modo alguno, de manera totalmente automática, hice lo que hago siempre: saludé, presenté mis respetos y mis nobles intenciones, y, sin pedir permiso, hundí mi nariz chata entre sus páginas. Inspiré, aspiré y respiré varias veces, y me dejé llevar un rato. Era mi premio y era mi bálsamo. No había ninguna prisa.

Esto no es nuevo para mí —soy vieja (y pelleja) oledora de libros—, y aun así me pilló ciertamente a desmano, a contrapelo y desenfocada, la imprevista tromba de nostalgias comprimidas que mi bulbo olfatorio descargó impunemente sobre una parte de mi cerebro cuyas insondables conexiones desconozco pero que es, claramente, la hacedora de magia.

¿Cómo se explica si no? ¿Cómo puede ser que un papel tan nuevo, tan recién sacado del horno, tan tibio, tan sin tocar, pueda oler así?

Olía al Carabás 1 y al Micho 2, a la editorial Anaya y a Vacaciones Santillana.

Olía a la mesita de noche de mi cuarto de cuando tenía doce años, al altillo del armario empotrado, al rincón donde mi madre escondía las revistas del Círculo de Lectores.

Olía al polvillo de las estanterías metálicas de la biblioteca del pueblo y a todos los libros que Ana Cabello dejaba que me llevara a casa, sabiendo de sobra que se me pasaría la fecha del préstamo antes de que pudiera leérmelos todos.

Olía a Alfaguara, a las ediciones con el lomo de color mostaza y al Pequeño Vampiro.

Olía a las aventuras de la Celia de Elena Fortún que mi madre nos leía por las noches.


Olía a estaciones enteras en la campiña.

Olía a norte y a sur y a los mapas físicos y políticos del libro de Sociales de primero de la ESO.

Olía a diarios con candado, a collares de macarrones y a cajas con gusanos de seda. Al verano del 92.

Olía a Nesquik con galletas, a guerras de globos de agua, a medias noches con nocilla y polos Flash de la marca Kelia. A cumpleaños de tres días.

Olía a paseos por el campo, con perros gigantes que parecían molinos y molinos enormes que se convertían en castillos.

Olía a la historia del melonero que nos contaba mi padre; a mi abuela chillándole a mi abuelo porque le daba el pan con la boca a los pichones; a mi perro D’Artacán, al que todos se empeñaban en llamar Sandokán.

Olía a macetas en las puertas, a alfombras de juncia y a peroles de arroz el domingo de las cruces de mayo en la Sendilla.

Olía a cuentos que no recuerdo que escribí, a doña Amparo y a la señorita Josefina.


Olía a teatro y a piscina.

Olía a nervios de la Selectividad.

Olía a jazmín y a naranjas, al bullir de los gorriones y verderones por la mañana temprano en el corral.

Olía a toda la vida leyendo y viviendo.

Olía a calma y a libertad.

Y todo eso en un segundo. Como para no marearse con tanto olor ¿verdad? ¡Maldita celulosa y sus intríngulis químicos con aroma a viajes en el tiempo!

Por supuesto, después de todo esto, me puse, por fin, a leer.



¡Feliz Día del Libro!


RAV
23/04/2021

martes, 9 de febrero de 2021

La vida, el universo y todo lo demás

 

 


“Dijo que una noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban. Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el firmamento.

Tribus primitivas que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.

En las altas torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.

Y entre ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con desesperación.

Sabían que cuando llegaran las lluvias, habría una señal.

Cuando las lluvias terminaran, habría una señal.

Cuando el viento se levantara, habría una señal.

Cuando el viento cesara, habría una señal.

Cuando en aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de luna llena, habría una señal.

Cuando a alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.

De modo que no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un tipo particularmente espectacular.

Y cada nueva señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.

Eso no sería tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.

Y a veces, después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.

Y el jefe, cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.

Y lo terrible residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y paradojas que había que aceptar si se vivía en él.

¿Comprendes ahora? decía el jefe.

El mensajero asentía en silencio.

¿Y entiendes que estas batallas debían librarse?

Otra seña muda.

¿Y por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de todos, incluso de los Habitantes del Bosque?

Pues…

A la larga.

Pues sí.

El mensajero comprendía la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba en absoluto de qué trataba.

Lo que, por supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se presentaban a su paso.”


Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.


lunes, 1 de febrero de 2021

Cartas azules


 



Madrid, 1 de febrero de 2021

 

¡Hola, tronk!

 

Perdona por no haberte escrito antes, supongo que se me hacía bola —justo como está pasando ahora—, pero es uno de febrero y ya no podía dejarlo pasar más. Intentaré no ponerme muy mermelada, que sé que a ti ese rollo pasteloso no te gusta nada (ya empiezo con las rimas, prepárate).

Este mes es súper cuadriculado, empieza en lunes y acaba en domingo. En la agenda queda bastante guay, porque no tengo que hacer el pino con las orejas para que me cuadren los espacios, pero molaría que fuese bisiesto aunque sólo fuera por joder. No te preocupes, que estoy de buen humor. ¡Para un día que sale el sol no me voy a quejar! Un Lorenzo que pega hoy, tía… He ido a dar una vuelta por el parque y he pasado hasta calor. Estaba el cielo impresionante de limpio y de azul, azul potente, azul del tuyo, ya sabes. Y he tenido que pararme y sacar el móvil para echar fotos porque ha pasado una bandada inmensa de cigüeñas y me he tronchado el pescuezo como una monguer mirando p’arriba. Tú habrías hecho lo mismo. Las dos como dos pavas pegando saltitos, porque parece ser que no hemos visto un puñetero pájaro en la vida.

Que dice el refrán que por San Blas a la cigüeña verás, pero con el cambio climático las tenemos ya todo el año, y aun así a mí me sigue flipando verlas. Que, bueno, ¡no te lo he contado! ¡Lo de la Filomena, tía! Una movida con la nieve que esto ha sido más grande que el Día de la Juncia en mi pueblo, no te digo ná y te lo digo to. Una capa de mierda blanca que nos ha cubierto…que vaya tela, y luego un zambombazo en La Latina por un problema con el gas, y un meteorito raspando la estratosfera, y terremotos en Granada, y otro trozo de meteorito por allí… ¡Qué puta locura! Vamos, yo estoy deseando ya que lleguen los alienígenas. Sé que no va a ser el Doctor con la tardis, pero por pedir que no quede ¿no?

Y yo sigo en el paro, podría ponerme a fabricar mi propia nave espacial, que algo de tiempo libre tengo. Veo de vez en cuando las ofertas del Colegio y me pongo a resoplar, y ahí sigo echando balones fuera e intentando buscarme la vida por otro lado. A lo de Correos le pegué al final la patada, los apuntes más aburridos del Universo, nena. Y ahora estoy viendo unas clases gratuitas como de iniciación a la redacción digital; tienen buena pinta, no sé en qué acabarán pero estoy segura de que te encantarían. ¿Te acuerdas de aquella historia que me enviaste por Facebook de la compañera que había conseguido salirse del gremio y dedicarse al diseño gráfico o algo así? Pues ayer vi otra de una chavala que también lo había dejado para convertirse en redactora digital y le iba súper bien. Hay que conseguirlo como sea, colega. ¡Como sea!

Lo que no sé es cuándo voy a terminar todas las cosas que tengo pendientes, todos los proyectos y manualidades que tengo en la lista… ¡El que no se estresa es porque no quiere! Un álbum súper guapo quería hacer con la excursión que hicimos hace cuatro o cinco años ya, la ruta de los cascos de Star Wars ¿te acuerdas? Vaya día más de puta madre que echamos. Yo quería hacer un álbum con las páginas en forma de casco de Stoormtrooper, y poner dentro las fotos más chulas (que si no nos echamos quinientas aquel día, no nos echamos ninguna); y luego quería hacer no uno, sino varios, para regalaros una copia a ti y otra a la Vero para que la tuvierais de recuerdo. Ahora sí que voy tarde ¿eh?

¡Bueno! Y me acabo de leer un libro que te habría encantado. Me lo regaló Viveka, que está llena de amor y de flipamiento cósmico, y es que te lo habrías leído en una tarde. A mí me partió en dos la cabeza, pero como Tokyo Blues, tronk. Que el arte japonés a mí se me escapa, to mu bonito pero to mu triste; ahora, eso sí, yo lo respeto mucho y sobre todo el sushi me lo como con amor y admiración y con hambre insaciable —tengo que aprender a hacerlo en casa con aquella receta que me diste—. Seguramente ya sabes de qué va la historia, porque desde la primera página estuve pensando en ti, así que de alguna manera te lo has leído conmigo. Y la Vero me regaló un cuadro con una lámina muy cuqui y muy azulona que pone “corazón de veterinaria” encima de una ilustración que parece un esquema del Joaquín Vivo en la pizarra del aula grande de Sanidad Animal. Y mola un montón, y es azul, y también me recuerda mucho a ti.

Tengo que ir terminando la carta, guapa, o esto se va a poner acuoso irremediablemente, y ni tú ni yo queremos eso. Que nosotras somos de acero inoxidable, y todo el mundo lo sabe, hay que mantener la moral alta y la cabeza también. Dientes dientes, que es lo que jode. Como la putada de no poder decirte hoy, como otras veces, feliz feliz no cumpleaños, porque esta vez es amargamente cierto. Y a pesar de eso sé que desde algún lugar te asomarás a través del espejo y un poquito sonreirás.

Sigues muy viva en nuestras patatas, y en todos los azules de la Tierra. Prometo escribirte más, y adoptar un gato cuando pueda.

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

 

Raquel

lunes, 25 de enero de 2021

Por un kilo de brevas

 

Arsacio y Flora vivían en el campo, allí en el valle, casi al fondo del todo, entre dos laderas plagadas de pitas y olivos. En una casita baja y ancha con un par de puertas, tres ventanas y tejado y medio, se recogían del sol y de la lluvia cuando encartaba, amanecían y anochecían con su rutina de lechugas, cabras y pan duro, y con los tres hijos que les habían tocado en suerte. Tenían unas cuantas gallinas también, y un granado y un ciruelo, y alguna higuera. No era una gran hacienda —ni  siquiera se distinguía dónde terminaba la casa y dónde empezaban las zahúrdas y el corral—, pero les daba para sobrevivir, y después de una guerra no se hacían preguntas; se daban las gracias sin hablar y seguían adelante.

Muy lejos de la romántica idea que de la naturaleza tenemos en los tiempos modernos, la vida extramuros despierta todos los días antes que los propios gallos y se acuesta mucho después de que encandile la luna. Así se encallecían, también entonces, las manos y se curvaban poco a poco la cerviz de los padres y el lomo de los hijos. Desde temprana edad se aplicaban estos en las faenas del hogar, luego —si querían Dios y la vaca negra— aprendían a leer, a escribir y las cuatro reglas, y con siete u ocho años estaban ya listos para recoger aceitunas, cortar ajos, limpiar cuadras o lo que falta hiciera para arrimar el hombro y ganarse el sustento diario.

La hermana mayor y el desgarbado zagal de en medio conocían de sobra sus deberes y, con más o menos entusiasmo, asumían su parte de carga; pero Adela, la pequeña, iba todavía a la escuela y andaba justo en esa edad en que pronto se decidiría para ella el mismo destino que para sus hermanos. ‹‹Mucho trabajo, señor maestro, no están los tiempos para soñar. La esperanza y el futuro son cosa de los intelectuales…››, le decía el bueno de Arsacio a don Martín varias tardes a la semana y cierto domingo esporádico, cuando el viejo profesor se dejaba caer por la casilla para intentar conducir al hortelano por el camino de la razón. Que no gastaba mollera dura Arsacio, y de noble como era no le había levantado la voz ni soltado un alpargatazo a ninguno de sus vástagos en sus cortas vidas, pero no estaba la cosa para pagar estudios y encima dejar en barbecho unos brazos frescos y lozanos que siempre venían bien para mantener a flote la economía.

El maestro, por su parte, no perdía la fe, los estribos ni la paciencia. De todo eso tenía bastante y, con su boina calada y su chivata de avellano, se acercaba a darle la charla cada vez que veía ocasión. Gran empeño y dialéctica ponía en convencer al padre de familia para que diera la oportunidad a su benjamina de medrar en los estudios, y agotados ya todos sus argumentos los repetía sin desanimarse, confiando para sus adentros en aquello de que no liga el burro por guapo sino por insistente.

Una tarde de primeros de junio, con la excusa de catar las primeras brevas de la temporada, se pasó don Martín por la huerta de Arsacio, y allí que lo encontró sembrando unos calabacines y rumiando cosas que él sabría entre dientes. Mientras preparaba éste la romana para pesar la fruta, aprovechó el maestro como quien no quiere la cosa y volvió sobre el tema:

—¿Y no se ha pensado usted lo que le dije el otro día, Arsacio?

—Si es que no hay nada que pensar, don Martín. Yo se lo agradezco de veras, pero son   muchas bocas que alimentar.

—Mire que se le dan bien las matemáticas a la niña, y es aplicada y despierta —seguía relatando el maestro con calma.

—Eso está bien. Así no me la engañarán con la paga a final de mes, que ya está crecidita y ha empezado a servir por las tardes en una buena casa.

—Vaya por Dios. Así que ya la han puesto a trabajar… Pero la dejarán volver al colegio el curso que viene ¿verdad?

—¿Le pongo algo más aparte del kilo de brevas? —Arsacio no quería ser descortés, pero había que ir abreviando con el palique, que se deshilachaba el día.

El maestro siguió a lo suyo y pareció iluminársele de pronto la frente. Con una media sonrisa se jugó una pequeña carta.

—Bueno, y digo yo… ¿Qué le parecería que Adelita viniese a limpiar mi casa? Mi señora no da abasto entre tanto quehacer y cuidar de su madre, que está ahora pachucha. Así podría ganarse unas perrillas y yo le seguiría dando clases con su permiso.

Arsacio suspiró tan profundamente que un gato que le andaba alrededor puso el rabo gordo y se alejó receloso.

Unas semanas más tarde acabó dando su brazo a torcer y dejó a la cría seguir recibiendo instrucción básica de don Martín. Le tenía aprecio al hombre y, si tanto interés había mostrado éste en la niña, quizás merecía la pena darle una oportunidad. Si la cosa salía mal, trabajo no le iba a faltar; la metería en otra casa de gente pudiente o la mandaría por las mañanas a subir al pueblo a vender leche y huevos.

Estaba bien tenerlo todo pensado, por si acaso, pero con los años acabó descubriendo que aquellas alternativas nunca le harían falta. Adela se aplicaba con energía y tesón a sus libros, y pronto hubo de despedirse de don Martín para seguir recibiendo formación de otros profesores. Gracias a las recomendaciones de éste y a las buenas notas que se esforzaba en sacar, consiguió varias becas que le permitieron mudarse a la ciudad para continuar con sus estudios.

El bueno de don Martín vivió para ver cómo su pupila se convertía en médico. El primer médico que tuvo aquel valle, por un kilo de brevas.


#MiMejorMaestro


RAV