jueves, 22 de octubre de 2020

La del abuelo Torito y el cabrero beato

 






Esta anécdota se la contaba Cachito a mi madre cada vez que encartaba, porque siempre andaba el hombre alegre y achispado como si todos los días fueran Viernes Santo, y cuando te cogía por banda te repetía sus batallitas como buen veterano de los fermentados que era. Vivía enfrente de la Ularia, en la calle de San Antonio, y solía ayudar a Don Francisco, el cura, en las cosas que hacen los curas, supongo. Debía de andarle cerca a menudo porque fue el recadero que envió éste a meterle prisa a mi madre el día que se casaba –que una se puede hacer de rogar por protocolo pero con un límite, y a lo mejor la criatura tenía un bautizo o un entierro luego y tenía bulla, a saber–, pero ése no es el asunto, que me voy por los cerros. Niña, una vez tu abuelo fue a comprar unas cabras y cucha lo que le pasó… –así empezaba siempre la historia.


El abuelo Torito nació cien años antes que yo, allá por 1887. Se llamaba Antonio, Antonio Toro, y su apellido daba y sigue dando hasta nuestros días enseña y reseña a una familia entera: la rama de los Toritos. Hombre de su época, para lo bueno y para lo malo, empinaba el codo que daba gusto –cualidad ésta de intenso carácter hereditario sin distinción de género– y, cuenta la leyenda, que este rasgo definitorio le hacía llevarse bien con todo el mundo, con rojos y con azules, que a principios del siglo pasado no era cuestión baladí. Dotado así de tan altas aptitudes sociales, no era de extrañar que le pasaran cosas como las que le pasaban. Dicen que arregló con un montarbeño la compra o la venta de un burro –no sé cuál de los dos era el dueño original del rucho–, y cuando se juntaban en el bar para cerrar la transacción se ponían tan hasta arriba de medios de vino que se les iba el santo al cielo y se despedían sin haberse pagado el animal (mientras se fuera cada uno para su casa contento, ni tan mal). También dicen que gustaba mucho de piropear a las mozuelas, menos una vez que –por lo que sea– se le antojó decirle a una ¡Fea!, a lo que la chavala respondió no sin cierto criterio ¡Borracho!, y el desempate lo cerró el primero sentenciando con un ¡Sí, pero lo mío mañana se me ha pasao!


El caso es que, aparte de llevar para adelante una carnicería, mi bisabuelo era tratante de ganado, y en una ocasión se encontraba en no sé dónde, intentando comprarle a no sé quién unas cabras (los datos concretos están sobrevalorados). En este tipo de negocios, como en casi todos, el regateo era todo un justo y necesario arte que podía llevar un determinado tiempo, y hay que decir aquí que el abuelo Torito, además de buen beber, también tenía vivo genio, poca paciencia y presto blasfemar. En ese tira y afloja de perrillas gordas y chicas andaban pues –y  llevaban ya un buen rato– cuando Torito, viendo que no se llegaba a ningún acuerdo, empezó a resoplar y bramó un sonoro ¡Me cago en Dios! que tuvo que resonar en la cabeza del cabrero como el badajo de una campana. A lo que parece este buen hombre, de fervientes creencias cristianas, católicas y apostólicas, santiguose y todo del respingo que dio al escuchar tamaña falta al altísimo, y le dijo al otro, con toda su firme convicción: Torito, ya me puedes ofrecer todo el oro del mundo que no te llevas ni una cabra.


Y ¿qué iba a hacer? Pues sin cabras se quedó el hombre, muy a gusto, pero sin cabras. O eso era lo que contaba Cachito.

 


Notas varias:


  • Se dice que una cosa encarta cuando se da la circunstancia o el momento oportuno. Ya iré a verte cuando encarte   
  • El Viernes Santo es tradicionalmente un día muy espirituoso (que no tanto espiritual, aunque también) en mi pueblo, y se bebe más que se mea, literalmente, de ahí la alegría y  el achispamiento a los que hago alusión.
  •  Coger por banda creo que no precisa aclaración pero, por si acaso, expresa la acción de pillar, enganchar o parar a alguien para hablarle, reñirle o contarle cualquier cosa que normalmente entretiene más de la cuenta.
  •  Ularia es la deformación cómoda y ancestral de Eulalia.
  • Cucha es el acortamiento de “escucha”. Si bien hay que decir que en andaluz genérico y en frecuente cordobés cuando se dice cucha de escucha se te insta a que mires, a que atiendas con los ojos, mientras que cuando se dice mira, normalmente se te pide que abras bien las orejas. Cucha ése, qué pintas lleva. Mira, una cosa te voy a decir.
  • Montarbeño es montalbeño en cordobés de la campiña. Espalda/esparda; golpe/gorpe; y así con casi todas las que se te ocurran. Montalbeño es el gentilicio de Montalbán de Córdoba.
  • Rucho es una de las muchas maneras de llamar a un asno.
  • Las perras gordas y las perras chicas eran las monedas de 10 y de 5 céntimos de peseta que circularon en España de 1870 a 1953.

 

 

 RAV

lunes, 12 de octubre de 2020

Historias del pueblo (II)


Por la calle de Manuel López Ruiz se llega a la calle del Rosal, y allí, un poquito más adelante, justo antes de que ésta se abra a la Ronda de Andalucía, estuvo la casa de “Charrasca”. Se llamaba Juan Aniceto Álvarez y yo no le conocí familia, pero estos son datos modernos que recién descubro ahora gracias a la magia de la tecnología. La época de la que rescato su memoria es apenas un girón de nube a contraviento que se mueve impreciso en el recuerdo de una mente infantil.

Dicen que adquirimos cierta consciencia a partir de los tres años, así que supongo que no tendría más de cuatro cuando fui la primera vez con mi madre a arreglar unos zapatos ancá Charrasca. La casa era bajita y estrecha, y estaba tan llena de cosas que parecía un agujero grande en la pared, un armario empotrado toda ella, porque era casa y era taller, y no había ninguna línea que separara la una del otro. Desde la calle sólo veías una ventanita con barrotes de hierro y una puerta que se abría a un pequeño zaguán. Mi madre –supongo que como todo el mundo– tocaba con los nudillos a la vez que pegaba una voz llamando a Juan, porque ésta solía estar abierta o encajada, y al poco asomaba por allí el bueno de Charrasca. Un señor mayor con el pelo ralo y blanquiznao y la nariz y las orejas grandes y redondas como las de un duende del bosque. Lo recuerdo de poca estatura, con una chepa curiosa y manos de dedos callosos y recortados. Siempre con su mandil azul lleno de polvo, su cara bonachona y su vieja sonrisa cansada.

Dentro olía a tabaco, a cuero y a pegamento, a casa de hombre solo. Nada más entrar, a mano derecha, estaba la habitación donde se obraba la magia, llena hasta los topes de trastos, herramientas, zapatos, restos de muchas cosas, una máquina de coser antigua como el mundo, otra para afilar, ceniceros, suelas, tapas, cajones sueltos, cordones, una mesa ataquiná de pies derechos sin pareja de todas las tallas y, en un rincón, sobre un bombo chiquitillo y una caja llena de hilos, un porrón de barro blanco ennegrecido por los años y por los elementos.

Arreglaba zapatos –ése era su oficio, su función en la vida– y trabajaba al contado –lo ponía en un cartel de cartón que colgaba de una alcayata en la pared–. Tardábamos poco en hacerle un encargo, mi madre le llevaba el material defectuoso y Juan nos decía cuándo más o menos podíamos pasar a recoger el arreglo. En el bolsillo del pantalón tenía caramelos Pictolín y algunos de esos sin marca que te daban en el banco, solía darme dos o tres cada vez que nos pasábamos por allí. Cuando echábamos más rato de la cuenta era en el viaje de vuelta, al ir a recoger los zapatos, porque nunca sabía dónde los había dejado. Por ahí tienen que estar, busca por ahí –le  decía a mi madre mientras se rascaba la oreja con la que sujetaba un lápiz con dos puntas, y nos poníamos a trastear por la mesa un buen rato hasta que, con suerte, encontrábamos uno o los dos zapatos. A mí me parecía divertido.

Un día me dio por pedirle agua, viendo el botijo que tenía por allí. A mi pobre madre casi le da un tabardillo cuando vio la mugre que tenía el vaso de cristal en el que me iba a dar el agua. Ya no recuerdo si bebí al final o no, pero con el poco filtro de la infancia nos aseguré a todos un rato más tenso que una alúa en una costilla. Todos con fatiga y yo con el berrinche porque quería mi vasito de agua. Por eso y porque no me salía un truco que hacía él con los dedos. Juntaba los pulgares de las dos manos y giraba muy rápido los índices, y luego los pulgares, y luego uno de una mano y otro de la otra, pero en direcciones opuestas. ¿A que no eres capaz de hacer esto? –me decía, y yo lo intentaba una y otra vez, y todavía no sé cómo lo hacía, como tampoco sé por qué lo llamaban así ni muchas otras cosas.

Me sigo acordando cuando paso por la calle del Rosal, aunque para mí siempre será la “calleja de Charrasca”.


RAV

 

Notas varias:

-          Ancá es la manera abreviada y deformada que tenemos en muchos pueblos de Andalucía de decir “en casa de” (voy un momento ancá la abuela).

-          La expresión “pegar una voz” quiere decir llamar a alguien a voces (pegar un telefonazo es lo mismo, pero llamando por teléfono, no hay que descalabrar a nadie).

-          Ataquiná, de ataquinada/o, se refiere a algo que está lleno hasta arriba de cosas o personas, un armario, una habitación, una casa. Al menos en mi pueblo.

-          Un bombo, en mi pueblo, es una mesa camilla redonda.

-          Blanquiznao hace referencia al pelo cano.

-          Tabardillo: Un apechusque, un chungo, un jamacuco, un algo.

-          Para entender la expresión “más pillao que una alúa en una costilla” (yo me he permitido la variante “más tenso”) hay que saber que una alúa es una hormiga con alas –una aluda–, y que una costilla, además de lo evidente, es una especie de cepo rudimentario para atrapar pequeños animales que, al menos en mis tiempos, se usaba de manera frecuente en las zonas rurales para librarse de ratas y ratones. También se utilizaba para cazar pajarillos, y en estos casos el cebo solía ser una alúa, de ahí la expresión.


jueves, 8 de octubre de 2020

Historias del pueblo (I)

 

La llamaban Malasangre, y ya no queda nadie vivo que pueda contarnos por qué. Vivía en la acera de enfrente, tres casas más arriba de la nuestra, y su historia es triste y oscura como la España de la posguerra.

Tenía una hija, y esta hija tenía un novio, y este novio tenía otra novia (y quién sabe si alguna más), y a las dos chavalas dejó preñadas. En otras culturas, o en otra familia, o en otra época, quizás habría caído cercenado algún miembro en nombre del honor y el decoro. En esta ocasión, a la pobre Malasangre no se le ocurrió otra cosa que planear su propia muerte para inspirar la lástima del buen mozo por su inocente hija al quedar ésta huérfana.

El final de la historia lo desconozco, pero mi abuela contaba que, antes de suicidarse, la Malasangre le dijo a su hermano Manuel: Me voy a ahorcar para que mi hija pueda casarse, y tú serás el que me venga a descolgar. Mi chacho Manuel tampoco vive ya para contarnos si la tuvo que bajar él o no, pero esa casa estuvo abandonada y maldita durante años.

Recuerdo la puerta oscura y el ventanuco del piso de arriba, tenía un pequeño balcón por donde se colaban los balones que embarcábamos de niños y que nadie se atrevía a subir a buscar, y un trozo de cortina raída que se movía con el viento por las noches y daba escalofríos mirar. En algún momento las ruinas se convirtieron en solar, y el solar en un cocherón. Nadie ha vuelto a habitar ese lugar.

 

Nota: “Embarcar” es un término que, al menos en mi pueblo, se utilizaba cuando éramos pequeños para referirnos a esa pelota que lanzábamos y se nos colaba por alguna ventana alta o balcón difícilmente accesible. ¡Ea! ¡Ya has embarcao la pelota!

 

RAV


lunes, 5 de octubre de 2020

Sonidos de fase para inviernos de interior

 


De todos los sonidos de fase que conozco, el de secador de pelo es mi segundo favorito. El primero es el ruido que hace el calefactor, al menos el que tengo yo ahora mismo bajo la mesa, calentándome los pies. Me acuna y me arrulla como a un bebé, podría quedarme dormida encima del teclado y no me daría cuenta, es acogedor como el abrazo de mama osa debe serlo para los oseznos. Esta cosa tan tonta es un símbolo para mí, una señal a todas luces que marca un regreso, una vuelta, un reinicio a esa época del año, a ese momento del espacio y del tiempo. Llega el otoño y, –entreverado de aires, lluvias, constipados y humedad en las paredes– casi indistinguible y del todo inseparable, pronto también el invierno. Y eso me encanta.

Aquí ando pues, al suave y mantenido ronronear de la máquina, entornando ciertamente los ojos por el efecto sedante que me produce, y porque así enfoco mejor los recuerdos y anhelos que su cálido susurro me evoca. Una chimenea, dentro de una habitación llena de libros con un sofá o un sillón enorme y mullidito, y con un gato –no  puede faltar un gato– o varios, quizás en una ventana, vigilando la calle, o en un cojín, muy digno y enroscado, en una de sus dieciocho horas de sueño reparador. No importa si es de día o de noche, pero hay estanterías, y árboles en las inmediaciones, árboles con gorriones y petirrojos, y un escritorio de madera desordenado con los cajones llenos de cartas, y una mesita, una vieja mesita con un tapete de ganchillo y una bandeja para el té. Y el té –por  supuesto y siempre el té– negro con aroma a canela y a naranja, y con un toque de avellana tostada. También podría ser un chocolate –no  hay porqué ser tan exquisita– humeante en su tazón sin asa de color amarillo, con un par de galletas de jengibre por si acaso. Sin música, ni siquiera un jazz oportuno ni la banda sonora de El señor de los anillos, sin música, porque para leer sólo necesito un buen libro.

Éstas son las escenas que dibuja mi mente al crujir del último equinoccio del año, pero también me acuerdo de las tardes de noviembre –por  mencionar un mes ocre y anaranjado por el calendario–, sentada al brasero con mi madre, haciendo punto del derecho, o manualidades, o mirando revistas de punto de cruz, o repasando fotos antiguas guardadas en latas de carne de membrillo de una Virgen de Puente Genil. O algún domingo de diciembre, jugando al parchís con mi hermana, las tres preguntándole a mi padre que si quiere jugar, y él diciendo que no pero controlando la partida desde su esquina del sofá haciendo el comentario oportuno cuando ya no te puedes comer esa ficha porque ha pasado tu turno y escogiste sacar una nueva de casa en lugar de contarte cinco con la otra. Ahora pondríamos el aire calentito y cerraríamos la puerta del comedor, pero en aquellos tiempos –para nada lejanos– nos habríamos peleado por el mejor hueco bajo las enagüillas de aterciopelado verde del bombo (una mesa camilla que lo llaman), eso sí, siempre pendientes de no pisar a mi Sodoma que, como tonta no es, estaría la primera sentadita en la tarima, chamuscándose los pelillos del plumero que tiene por cola. Un nesquik templadito, algún café con leche y unas tortas de Inés Rosales cerrarían el bodegón.

El otoño es miel –me  encanta la miel, y más si lleva almendras ahora que lo pienso–. Cuanta fantasía, en fin. Y todo esto por un calefactor.


RAV

sábado, 23 de mayo de 2020

David, mira que la luna se va, acuéstate ya...





Tocar cualquier tema se ha convertido en los últimos tiempos en meterte en un jardín. Hables de lo que hables, escribas sobre lo que escribas, la ira y la ofensa campan por doquier, brotan y crecen en todas direcciones, contaminándolo todo a su paso, sin freno, sin filtro, sin más cortafuegos que volverte, voluntariamente, sordo y ciego. Estoy un poco cansada de tanta tontería, así que aquí va mi ración de locura y de insensatez. Me cojo los aperos de labranza y me tiro al monte, mantened la distancia de seguridad por si acaso se me escapa algún escardillazo. El que avisa no es traidor.

¡Qué de vídeos se están moviendo estos días por las redes! Osos por la carretera, lobos en las calles, marranos hozando en la puerta de casa… El ser humano se ha visto obligado a quitarse de en medio y los animales inundan las aceras aprovechando su ausencia. Parafraseando al Dr. Ian Malcolm: la vida se abre camino. Es una realidad, un escenario previsible en la situación actual, no hay más. Que esto nos lleve a ciertas reflexiones está bien, es inevitable, se deja fluir y ya está, y se sigue viviendo y sobreviviendo. Pero no, no es tan fácil, no podemos parar ahí, tenemos que fliparlo y pintarlo todo de color Disney, porque somos así, nos puede el romanticismo, el siglo XXI, el enfermizo primermundismo que llevamos mamando desde que nacimos y el musical de El Rey León. “Este virus le está haciendo un favor a la naturaleza, deberíamos extinguirnos como especie”; oye, mira, pues extínguete tú si quieres, majo (o maja, cuidao), los voluntarios para el suicidio colectivo que levanten la mano, y luego que se tiren todos por donde les parezca, pero a mí que me dejen tranquilita, que yo ya he nacido, y yo me quedo aquí hasta que me piquen billete en el tren de la bruja.

El conejo excava sus madrigueras en terraplenes y cunetas, el oso se procura buen cobijo dentro una cueva, el guarro retoza y hoza y bien que soba por el monte, y nosotros tenemos nuestras casas desde que sabemos construirlas. Respeto máximo a la naturaleza, pero naturaleza somos todos. Si nos olvidamos de ese pequeño detalle nos olvidamos de lo esencial. Quedan muchas cosas por cambiar, mucho camino que recorrer, vaya eso por delante; no hay conciencia medioambiental, estamos llenos de recursos y vacíos de intención, y vamos tarde, muy tarde, pero eso es una cosa y otra muy distinta es que nos condenemos a la estupidez eterna como especie.

El telón de fondo de este brutal problema que tenemos como sociedad es la carencia más absoluta de una sólida educación ambiental desde los cimientos, desde la raíz del sistema educativo. Que yo también me he criado con el puñetero trauma de la muerte de la madre de Bambi (¡cabrones!), pero por si acaso no te empiezas a coscar tú solito de las cosas al crecer, qué menos que tener una asignatura en el colegio que te vaya orientando en ciertas cosas, que te enseñe a respetar el campo y los animales desde la comprensión de sus mecanismos, desde una visión de conjunto, que no somos unos asesinos ni unos invasores, que hay una cadena alimentaria, que todos tenemos nuestro papel, nuestro sitio y nuestra función. Y una vez que tengas los conocimientos elige tu propio camino, eres libre, faltaría más, pero ya tendrás una base para juzgar mucho más estable y realista que una fiesta de osos amorosos que comen gominolas y cagan purpurina.

No nos ha faltado nada nunca, nos hemos criado entre algodones, somos esa generación, y eso, como todo, tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. Y uno de los reversos oscuros es éste, el daño que hacemos con nuestra ignorancia, con nuestra soberbia, con el exacerbado despotismo con el que afirmamos y condenamos cualquier cosa. Creo que nunca es tarde para abrir la mente, sólo hace falta un pequeño esfuerzo y la compensación es grande. Todo este jardín es mucho más denso de lo que yo he expuesto aquí, se ramifica hasta el infinito, podría añadir datos, anécdotas propias y ajenas, bibliografía, historias varias, pero las tesis ya las escriben otros, yo sólo doy mi humilde opinión cuando me entran los picores, los que me conocéis ya lo sabéis. Y ya llevaba tiempo deseando rascarme. Quizás es que me he criado en el pueblo, quizás es que soy de genética rústica, pero el daño a la tierra me duele y hay muchos frentes abiertos, algunos de ellos por la inconsciencia de los que más sabios y nobles con el medio se creen.

Igual otro día estoy más inspirada. Ahí lo dejo por hoy.



RAV

jueves, 23 de abril de 2020

23 LIBROS PARA EL 23 DE ABRIL




1.    El primer libro que recuerdo: El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, de Werner Holzwarth. Uno de mis favoritos de la biblioteca, templo en el que me inició mi madre.

2.    El último libro que he leído: Memorias de África, de Isak Dinesen. Tengo curiosidad por ver la película.

3.    Aquel libro que me regalaron que fue todo un acierto: El pintor de batallas, de Pérez-Reverte. Digamos que fue un accidente, querían regalarme otro título pero al final fue éste, y tengo verdadera devoción por sus páginas.

4.    Un libro que me leí por cabezonería: La carretera, de Cormac McCarthy. Me lo regaló mi madre porque en la portada salía Viggo Mortensen… ¡Otra infumable historia post-apocalíptica!

5.    Un libro que dejé a medias: Rayuela, de Julio Cortázar. Volveré a intentarlo, ya por el romanticismo, pero es más trabajoso de lo que yo esperaba.

6.    Un libro que no podría volver a leer: Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. No por el espesor, que a mí los retos me motivan, pero demasiadas maldades muy bien descritas, acabé un poco hasta el flequillo.

7.    Un libro que leería mil veces: Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Me transporta la épica de la época, la espada y el honor, la lealtad, la amistad…Me flipa.

8.    Un libro que aún no he leído y que estoy deseando: La Historiadora, de Elizabeth Kostova. Uno de mi larga lista de pendientes. Mmmm, vampiros.

9.    Un libro que parecía que no y al final me encantó: Don Pelayo, de José Luis Olaizola. Me dio un viaje en tren maravilloso hasta Gijón.

10. Un libro que parecía que sí y al final fue un chasco: Tokio Blues, de Haruki Murakami. Este hombre escribe estupendamente, pero no es mi rollo, no va conmigo, me hace polvo la cabeza, igual es que yo no estoy a la altura, pero este título no me gustó nada.

11. Un libro de mi escritor/a favorito: El club Dumas, de Pérez-Reverte. Y aquí no tengo más remedio que repetirme, aunque tengo más escritores favoritos eh, pero este libro es una absoluta pasada. Me cagaba de miedo cuando me lo leía por las noches.

12. Un libro que me transporte a mi infancia: Elmer, de David McKee. Me reblandezco como galletas María en una leche con nesquik.

13. Un libro que encontré en el trastero o en el altillo: El techo de lona, de Mariano Tudela. Tapa blanda, edición de bolsillo, viejas páginas de color amarillo rancio, olor a polvo, creo que era una de las novelas que leía mi abuelo. Una historia de gente de circo, lo recuerdo con mucho cariño.

14. Un libro que me recomendaron y aún no he leído: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Y el motivo es porque como dijo Porthos en su momento “pesa demasiado”…Hago bíceps con ese tochezno en la cama, tendré que encontrar la manera.

15. Un libro que me leí en otro idioma: Ésta no la voy a poder responder…de momento. Aún no se ha dado el caso, pero imagino que algún día será en italiano o en inglés.

16. Un libro que marcó alguna etapa de mi vida: El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Mi biblia desde “los albores de la tempestad”. En mi casa es religión.

17. Un libro que presté y nunca volvió: Esto ha estado a punto de pasarme varias veces, pero soy una perseguidora incansable, no lo consiento, remuevo Roma con Santiago, me granjeo enemigos y salgo en los  periódicos, pero si cometo el error de prestar un libro, siempre vuelve a casa, es una cuestión de principios.

18. Un libro que me hizo soltar alguna lagrimita: Un pingüino en el desierto, de Carlos Puerto. Era de la colección “Barco de Vapor”, de esos con el fondo naranja, algo pasaba al final de la historia que me dio mucha mucha pena (con animalitos de por medio es muy fácil).

19. Un libro con el que me reí a carcajadas: California 83 y Chorromoco 91, de Pepe Colubi. Pepe Colubi es Dios. Amo profundamente a ese hombre.

20. Un libro que siempre recomiendo: El camino, de Miguel Delibes. Me parece un básico necesario en cualquier estantería. Es una experiencia deliciosa leerlo.

21. Un libro que devoré en menos de una semana: El código Da Vinci, de Dan Brown. He ido a lo fácil, pero es que lo recuerdo con nitidez. Me lo recomendó mi profe de matemáticas de primero de bachillerato, le llamábamos “tito Rai”, nos caía genial.

22. Un libro que me leí cuando ya tenía empezado otro: Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman. Aunque reconozco que he puesto los cuernos en este sentido muchas veces… ¡El ansia viva!

23. Un libro que guarda en su interior una dedicatoria especial: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Me lo regaló un amigo por el que siempre he tenido verdadera pasión y del que ahora hace demasiado tiempo que no sé nada. Cosas de la vida.

¡         ¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

viernes, 10 de abril de 2020

La ensaladilla de mi madre




Con quince años eres una volátil. Con treinta y pico ya te vas dando cuenta de que hay gama de grises, luces y sombras, y contradicciones con patas. Hoy es Viernes Santo y echo de menos mi casa. Siempre he dicho que la Semana Santa de mi pueblo no es nada especial, pero desde luego que distinta sí, poco protocolaria diría yo; si nunca te has dejado caer por allí te puedo asegurar que no la ves venir. Y eso ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Lo puedes criticar o lo puedes disfrutar, o ambas cosas, como una servidora.

A cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros no me llega el olor de las torrijas de mi madre, así que anoche estuve preparando la ensaladilla de rigor para el día de hoy en honor a las costumbres de mi familia y a la densa morriña que me acompaña. La líe bastante porque en el último momento me di cuenta de que no tenía mayonesa. Busqué recetas en internet, miré tutoriales en youtube, llamé a mi madre por teléfono –que se había acostado ya, la buena mujer, porque eran horas intempestivas– (“pero qué chocho más gordo tienes”, dime algo que no sepa, mama) e inasequible al desaliento intenté la faena con aceite de oliva virgen extra de una cooperativa de Montalbán de Córdoba (a ver qué le hago yo si sólo tengo en la cocina material de calidad). Un fracaso total y absoluto, el mundo se desmoronaba bajo mis pies ¡Qué deshonra para mi casta! En fin, dramas primermundistas. Esta mañana he comprado aceite de girasol en la panadería y asunto arreglado. Otro recuerdo pintoresco más para asociar a esta época en años venideros.

El caso es que para darle salida al picorcito de la melancolía tengo que remontarme a mis diarios de pre-adolescente. Yo qué sé, pongamos que hablo del 97 o del 98, por ejemplo. Por aquel entonces, ensaladillas aparte, tengo en la memoria que estuve escribiendo mi estrategia para aquel año: mi estrategia para sobrevivir a la Semana Santa ¡Ojo! Que no, que no había ningún campo de minas, que no era un videojuego de nazarenos zombies que mataban a la gente ni alrevés, que no soltaban al demogorgon en la Salida de Jesús. Si es que para el grueso de la gente no era ni es para tanto; pero aquí una, que es delicadita de oído de toda la vida de Dios, incomprendida por sistema, y de tímpano sensible, por desgracia. Mi gran problema con este evento ha venido siempre por la intensa afición a la pirotecnia que gastan mis convecinos desde tiempos inmemoriales. Cohetes, petardos, tracas, zambombazos a diestro y siniestro, sin tregua, ríete tú de la mascletá valenciana. Y ya, si mencionamos que mi barrio está en todo el meollo del asunto, igual así es más fácil de entender que cuando era la pequeña Sheldon Cooper elaborara estrategias personales para aislarme de esa maravillosa sensación del corazón en la boca y la cabeza explotando en miles de trocitos con cada inesperado traquido en las inmediaciones. Porque no se solucionaban las cosas quedándote en casa, como ahora. Yo necesitaba un puñetero búnker. ¡Eso sí que habría estado bien!

Y aun así, ese pequeño –grande para mí– detalle no puede echar por tierra otras muchas cosas. Si pudiese quitar toda esa pólvora de enmedio, no me perdería la Semana Santa de mi pueblo ni un año. Porque me gusta, desde siempre, todo lo que conlleva, todo lo que representa, al margen de creencias y de religiones, todo lo que es. No puedo ser tan simplista, ya no, será que me hago vieja y me la traen al pairo las etiquetas y los manuales, y lo que piensen los demás. Para mí el Viernes Santo, desde que tengo recuerdos, ha sido un día de alegría, de risas, de cachondeo, de reencontrarse con amigos y con primos. También de cansancio, porque al vivir en El Perchel o te vas de vacaciones o te quedas al pie del cañón sabiendo que vas a ser anfitrión de mucha gente durante toda una densa y larga jornada, pero es un día al año. Un día que se espera con ganas por muchos. Un día que deja regustillo en los labios a bacalao fresco, a cervecita rica, a picadillo de naranja o a la ensaladilla de mi casa, a magdalenas y torrijas, a los bocatas de atún y tomate de los grupos, a un Montilla-Moriles decantado directamente en el gañote desde el porrón del nazareno más cercano que te lo pasa sin preguntarte siquiera. Hazme el favor de sujetarme un momento el palo; ¡Cucha, que te dejo aquí el capirote, vigílamelo una chispa!; ¡Mama, las primas de La Montiela, asómate! ¡Coño, que entren! ¡No quedarse ahí!; Niña, alavé al patio y saca la garrafa de vino; ¿Sin alcohol? Sin alcohol me parece que no tengo… ¡Madreeeee! ¿Tenemos cerveza sin alcohol?; ¡Espérate un momento, que van a tocar el San Juan, San Juan! ¡Ara vengo!  Y te vas, y sales a pegar botes y a cantar el “San Juan, San Juan”. Vayas de paisano o de hermano, al final te unes a los lagartos en su danza ancestral y el ritmo embriagador de su canto te atrapa vengas de donde vengas. Unos se emborrachan más, otros menos; unos desfasan y se pasan tres pueblos, otros controlan y se divierten sin volverse majaretas; unos reniegan y otros resoplan; mi padre se sale a fumar, socializa un rato, luego se mete pa’ dentro y se pone a ver Quo Vadis y que no hable ni Dios, que se quiere enterar; mi madre, mi hermana y yo nos vamos a ver encerrar a Jesús Nazareno, o no, depende, que me he puesto púa de ensaladilla y boquerones en vinagre, pero yo creo que otra torrija de postre no me sentará mal.

Qué párrafo más intenso, eh. Todo eso ahí, apelotonado en el lóbulo temporal de mi cerebro. No es ni más ni menos que echar de menos tu casa, tus raíces, tus buenas o malas costumbres, tu memoria, tus recuerdos, tu gente. Tus cosas.

Siempre quise vestirme de San Juan, alguna vez. De momento me conformo con seguir haciendo la ensaladilla de mi madre cada Viernes Santo, esté o no esté en el punto de partida, mi tierra bonita y chica. Voy a meterle mano, que ya va siendo hora. Sólo espero que no esté sosa.

¡Feliz día desde el exilio!


RAV

Madrid, 10 de abril de 2020. Viernes Santo.