viernes, 23 de abril de 2021

Apuntes por el Día del Libro

Da igual si el día ha sido corto o largo, intenso, pasajero o rutinario, si al final puedo caer en la cama como un ladrillo, a todo lo largo, y abrir un libro, y leer un rato. Ése será mi premio, y será mi bálsamo.

Hace dos noches empecé un título nuevo, de tapa blanda y edición casi de bolsillo —no importa, no soy prejuiciosa ni talibana, puedo quererlo igual—; sin pensarlo en modo alguno, de manera totalmente automática, hice lo que hago siempre: saludé, presenté mis respetos y mis nobles intenciones, y, sin pedir permiso, hundí mi nariz chata entre sus páginas. Inspiré, aspiré y respiré varias veces, y me dejé llevar un rato. Era mi premio y era mi bálsamo. No había ninguna prisa.

Esto no es nuevo para mí —soy vieja (y pelleja) oledora de libros—, y aun así me pilló ciertamente a desmano, a contrapelo y desenfocada, la imprevista tromba de nostalgias comprimidas que mi bulbo olfatorio descargó impunemente sobre una parte de mi cerebro cuyas insondables conexiones desconozco pero que es, claramente, la hacedora de magia.

¿Cómo se explica si no? ¿Cómo puede ser que un papel tan nuevo, tan recién sacado del horno, tan tibio, tan sin tocar, pueda oler así?

Olía al Carabás 1 y al Micho 2, a la editorial Anaya y a Vacaciones Santillana.

Olía a la mesita de noche de mi cuarto de cuando tenía doce años, al altillo del armario empotrado, al rincón donde mi madre escondía las revistas del Círculo de Lectores.

Olía al polvillo de las estanterías metálicas de la biblioteca del pueblo y a todos los libros que Ana Cabello dejaba que me llevara a casa, sabiendo de sobra que se me pasaría la fecha del préstamo antes de que pudiera leérmelos todos.

Olía a Alfaguara, a las ediciones con el lomo de color mostaza y al Pequeño Vampiro.

Olía a las aventuras de la Celia de Elena Fortún que mi madre nos leía por las noches.


Olía a estaciones enteras en la campiña.

Olía a norte y a sur y a los mapas físicos y políticos del libro de Sociales de primero de la ESO.

Olía a diarios con candado, a collares de macarrones y a cajas con gusanos de seda. Al verano del 92.

Olía a Nesquik con galletas, a guerras de globos de agua, a medias noches con nocilla y polos Flash de la marca Kelia. A cumpleaños de tres días.

Olía a paseos por el campo, con perros gigantes que parecían molinos y molinos enormes que se convertían en castillos.

Olía a la historia del melonero que nos contaba mi padre; a mi abuela chillándole a mi abuelo porque le daba el pan con la boca a los pichones; a mi perro D’Artacán, al que todos se empeñaban en llamar Sandokán.

Olía a macetas en las puertas, a alfombras de juncia y a peroles de arroz el domingo de las cruces de mayo en la Sendilla.

Olía a cuentos que no recuerdo que escribí, a doña Amparo y a la señorita Josefina.


Olía a teatro y a piscina.

Olía a nervios de la Selectividad.

Olía a jazmín y a naranjas, al bullir de los gorriones y verderones por la mañana temprano en el corral.

Olía a toda la vida leyendo y viviendo.

Olía a calma y a libertad.

Y todo eso en un segundo. Como para no marearse con tanto olor ¿verdad? ¡Maldita celulosa y sus intríngulis químicos con aroma a viajes en el tiempo!

Por supuesto, después de todo esto, me puse, por fin, a leer.



¡Feliz Día del Libro!


RAV
23/04/2021

martes, 9 de febrero de 2021

La vida, el universo y todo lo demás

 

 


“Dijo que una noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban. Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el firmamento.

Tribus primitivas que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.

En las altas torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.

Y entre ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con desesperación.

Sabían que cuando llegaran las lluvias, habría una señal.

Cuando las lluvias terminaran, habría una señal.

Cuando el viento se levantara, habría una señal.

Cuando el viento cesara, habría una señal.

Cuando en aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de luna llena, habría una señal.

Cuando a alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.

De modo que no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un tipo particularmente espectacular.

Y cada nueva señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.

Eso no sería tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.

Y a veces, después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.

Y el jefe, cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.

Y lo terrible residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y paradojas que había que aceptar si se vivía en él.

¿Comprendes ahora? decía el jefe.

El mensajero asentía en silencio.

¿Y entiendes que estas batallas debían librarse?

Otra seña muda.

¿Y por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de todos, incluso de los Habitantes del Bosque?

Pues…

A la larga.

Pues sí.

El mensajero comprendía la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba en absoluto de qué trataba.

Lo que, por supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se presentaban a su paso.”


Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.


lunes, 1 de febrero de 2021

Cartas azules


 



Madrid, 1 de febrero de 2021

 

¡Hola, tronk!

 

Perdona por no haberte escrito antes, supongo que se me hacía bola —justo como está pasando ahora—, pero es uno de febrero y ya no podía dejarlo pasar más. Intentaré no ponerme muy mermelada, que sé que a ti ese rollo pasteloso no te gusta nada (ya empiezo con las rimas, prepárate).

Este mes es súper cuadriculado, empieza en lunes y acaba en domingo. En la agenda queda bastante guay, porque no tengo que hacer el pino con las orejas para que me cuadren los espacios, pero molaría que fuese bisiesto aunque sólo fuera por joder. No te preocupes, que estoy de buen humor. ¡Para un día que sale el sol no me voy a quejar! Un Lorenzo que pega hoy, tía… He ido a dar una vuelta por el parque y he pasado hasta calor. Estaba el cielo impresionante de limpio y de azul, azul potente, azul del tuyo, ya sabes. Y he tenido que pararme y sacar el móvil para echar fotos porque ha pasado una bandada inmensa de cigüeñas y me he tronchado el pescuezo como una monguer mirando p’arriba. Tú habrías hecho lo mismo. Las dos como dos pavas pegando saltitos, porque parece ser que no hemos visto un puñetero pájaro en la vida.

Que dice el refrán que por San Blas a la cigüeña verás, pero con el cambio climático las tenemos ya todo el año, y aun así a mí me sigue flipando verlas. Que, bueno, ¡no te lo he contado! ¡Lo de la Filomena, tía! Una movida con la nieve que esto ha sido más grande que el Día de la Juncia en mi pueblo, no te digo ná y te lo digo to. Una capa de mierda blanca que nos ha cubierto…que vaya tela, y luego un zambombazo en La Latina por un problema con el gas, y un meteorito raspando la estratosfera, y terremotos en Granada, y otro trozo de meteorito por allí… ¡Qué puta locura! Vamos, yo estoy deseando ya que lleguen los alienígenas. Sé que no va a ser el Doctor con la tardis, pero por pedir que no quede ¿no?

Y yo sigo en el paro, podría ponerme a fabricar mi propia nave espacial, que algo de tiempo libre tengo. Veo de vez en cuando las ofertas del Colegio y me pongo a resoplar, y ahí sigo echando balones fuera e intentando buscarme la vida por otro lado. A lo de Correos le pegué al final la patada, los apuntes más aburridos del Universo, nena. Y ahora estoy viendo unas clases gratuitas como de iniciación a la redacción digital; tienen buena pinta, no sé en qué acabarán pero estoy segura de que te encantarían. ¿Te acuerdas de aquella historia que me enviaste por Facebook de la compañera que había conseguido salirse del gremio y dedicarse al diseño gráfico o algo así? Pues ayer vi otra de una chavala que también lo había dejado para convertirse en redactora digital y le iba súper bien. Hay que conseguirlo como sea, colega. ¡Como sea!

Lo que no sé es cuándo voy a terminar todas las cosas que tengo pendientes, todos los proyectos y manualidades que tengo en la lista… ¡El que no se estresa es porque no quiere! Un álbum súper guapo quería hacer con la excursión que hicimos hace cuatro o cinco años ya, la ruta de los cascos de Star Wars ¿te acuerdas? Vaya día más de puta madre que echamos. Yo quería hacer un álbum con las páginas en forma de casco de Stoormtrooper, y poner dentro las fotos más chulas (que si no nos echamos quinientas aquel día, no nos echamos ninguna); y luego quería hacer no uno, sino varios, para regalaros una copia a ti y otra a la Vero para que la tuvierais de recuerdo. Ahora sí que voy tarde ¿eh?

¡Bueno! Y me acabo de leer un libro que te habría encantado. Me lo regaló Viveka, que está llena de amor y de flipamiento cósmico, y es que te lo habrías leído en una tarde. A mí me partió en dos la cabeza, pero como Tokyo Blues, tronk. Que el arte japonés a mí se me escapa, to mu bonito pero to mu triste; ahora, eso sí, yo lo respeto mucho y sobre todo el sushi me lo como con amor y admiración y con hambre insaciable —tengo que aprender a hacerlo en casa con aquella receta que me diste—. Seguramente ya sabes de qué va la historia, porque desde la primera página estuve pensando en ti, así que de alguna manera te lo has leído conmigo. Y la Vero me regaló un cuadro con una lámina muy cuqui y muy azulona que pone “corazón de veterinaria” encima de una ilustración que parece un esquema del Joaquín Vivo en la pizarra del aula grande de Sanidad Animal. Y mola un montón, y es azul, y también me recuerda mucho a ti.

Tengo que ir terminando la carta, guapa, o esto se va a poner acuoso irremediablemente, y ni tú ni yo queremos eso. Que nosotras somos de acero inoxidable, y todo el mundo lo sabe, hay que mantener la moral alta y la cabeza también. Dientes dientes, que es lo que jode. Como la putada de no poder decirte hoy, como otras veces, feliz feliz no cumpleaños, porque esta vez es amargamente cierto. Y a pesar de eso sé que desde algún lugar te asomarás a través del espejo y un poquito sonreirás.

Sigues muy viva en nuestras patatas, y en todos los azules de la Tierra. Prometo escribirte más, y adoptar un gato cuando pueda.

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

 

Raquel

lunes, 25 de enero de 2021

Por un kilo de brevas

 

Arsacio y Flora vivían en el campo, allí en el valle, casi al fondo del todo, entre dos laderas plagadas de pitas y olivos. En una casita baja y ancha con un par de puertas, tres ventanas y tejado y medio, se recogían del sol y de la lluvia cuando encartaba, amanecían y anochecían con su rutina de lechugas, cabras y pan duro, y con los tres hijos que les habían tocado en suerte. Tenían unas cuantas gallinas también, y un granado y un ciruelo, y alguna higuera. No era una gran hacienda —ni  siquiera se distinguía dónde terminaba la casa y dónde empezaban las zahúrdas y el corral—, pero les daba para sobrevivir, y después de una guerra no se hacían preguntas; se daban las gracias sin hablar y seguían adelante.

Muy lejos de la romántica idea que de la naturaleza tenemos en los tiempos modernos, la vida extramuros despierta todos los días antes que los propios gallos y se acuesta mucho después de que encandile la luna. Así se encallecían, también entonces, las manos y se curvaban poco a poco la cerviz de los padres y el lomo de los hijos. Desde temprana edad se aplicaban estos en las faenas del hogar, luego —si querían Dios y la vaca negra— aprendían a leer, a escribir y las cuatro reglas, y con siete u ocho años estaban ya listos para recoger aceitunas, cortar ajos, limpiar cuadras o lo que falta hiciera para arrimar el hombro y ganarse el sustento diario.

La hermana mayor y el desgarbado zagal de en medio conocían de sobra sus deberes y, con más o menos entusiasmo, asumían su parte de carga; pero Adela, la pequeña, iba todavía a la escuela y andaba justo en esa edad en que pronto se decidiría para ella el mismo destino que para sus hermanos. ‹‹Mucho trabajo, señor maestro, no están los tiempos para soñar. La esperanza y el futuro son cosa de los intelectuales…››, le decía el bueno de Arsacio a don Martín varias tardes a la semana y cierto domingo esporádico, cuando el viejo profesor se dejaba caer por la casilla para intentar conducir al hortelano por el camino de la razón. Que no gastaba mollera dura Arsacio, y de noble como era no le había levantado la voz ni soltado un alpargatazo a ninguno de sus vástagos en sus cortas vidas, pero no estaba la cosa para pagar estudios y encima dejar en barbecho unos brazos frescos y lozanos que siempre venían bien para mantener a flote la economía.

El maestro, por su parte, no perdía la fe, los estribos ni la paciencia. De todo eso tenía bastante y, con su boina calada y su chivata de avellano, se acercaba a darle la charla cada vez que veía ocasión. Gran empeño y dialéctica ponía en convencer al padre de familia para que diera la oportunidad a su benjamina de medrar en los estudios, y agotados ya todos sus argumentos los repetía sin desanimarse, confiando para sus adentros en aquello de que no liga el burro por guapo sino por insistente.

Una tarde de primeros de junio, con la excusa de catar las primeras brevas de la temporada, se pasó don Martín por la huerta de Arsacio, y allí que lo encontró sembrando unos calabacines y rumiando cosas que él sabría entre dientes. Mientras preparaba éste la romana para pesar la fruta, aprovechó el maestro como quien no quiere la cosa y volvió sobre el tema:

—¿Y no se ha pensado usted lo que le dije el otro día, Arsacio?

—Si es que no hay nada que pensar, don Martín. Yo se lo agradezco de veras, pero son   muchas bocas que alimentar.

—Mire que se le dan bien las matemáticas a la niña, y es aplicada y despierta —seguía relatando el maestro con calma.

—Eso está bien. Así no me la engañarán con la paga a final de mes, que ya está crecidita y ha empezado a servir por las tardes en una buena casa.

—Vaya por Dios. Así que ya la han puesto a trabajar… Pero la dejarán volver al colegio el curso que viene ¿verdad?

—¿Le pongo algo más aparte del kilo de brevas? —Arsacio no quería ser descortés, pero había que ir abreviando con el palique, que se deshilachaba el día.

El maestro siguió a lo suyo y pareció iluminársele de pronto la frente. Con una media sonrisa se jugó una pequeña carta.

—Bueno, y digo yo… ¿Qué le parecería que Adelita viniese a limpiar mi casa? Mi señora no da abasto entre tanto quehacer y cuidar de su madre, que está ahora pachucha. Así podría ganarse unas perrillas y yo le seguiría dando clases con su permiso.

Arsacio suspiró tan profundamente que un gato que le andaba alrededor puso el rabo gordo y se alejó receloso.

Unas semanas más tarde acabó dando su brazo a torcer y dejó a la cría seguir recibiendo instrucción básica de don Martín. Le tenía aprecio al hombre y, si tanto interés había mostrado éste en la niña, quizás merecía la pena darle una oportunidad. Si la cosa salía mal, trabajo no le iba a faltar; la metería en otra casa de gente pudiente o la mandaría por las mañanas a subir al pueblo a vender leche y huevos.

Estaba bien tenerlo todo pensado, por si acaso, pero con los años acabó descubriendo que aquellas alternativas nunca le harían falta. Adela se aplicaba con energía y tesón a sus libros, y pronto hubo de despedirse de don Martín para seguir recibiendo formación de otros profesores. Gracias a las recomendaciones de éste y a las buenas notas que se esforzaba en sacar, consiguió varias becas que le permitieron mudarse a la ciudad para continuar con sus estudios.

El bueno de don Martín vivió para ver cómo su pupila se convertía en médico. El primer médico que tuvo aquel valle, por un kilo de brevas.


#MiMejorMaestro


RAV


viernes, 1 de enero de 2021

"Cayeron torres, pero Spiderman no pudo estar..."

 

Hace unos doce meses trabajaba en la portada de mi agenda, en el mes de enero, intentando copiar dignamente la cabeza de un león aristoso, afilado y desafiante, que había encontrado en internet. Me pareció buena idea, pues las circunstancias del momento me habían llevado a ese camino brumoso que une la casita campestre y feliz con el castillo del ser oscuro, y la niebla no me dejaba ver en qué dirección se movían mis pies, así que lo único que se me ocurrió hacer fue lo que hago siempre, presentar batalla y que salga el sol por Antequera. La frase que reza nada más abrir el cuaderno podía haber sido ésa –ahora  que lo pienso, pero quedaba más romántica aquella letra de Héroes: La derrota no es una opción, y no hay excusa. Está claro que de haber tenido poderes predictivos habría seguido cantando parasiempre me parece mucho tiempo…

Estaba dudando si meter esa última oración entre paréntesis, pero se me han jodido las teclas de la segunda fila del portátil. Tendrá que quedar así, espero que pueda soportar los embates de la crítica moderna del lector riguroso. La cuestión es que, sin darme cuenta, ése ha sido mi mantra desde entonces. Si puedo elegir, elijo no rendirme. Y me voy a poner ese pin, porque me apetece, la verdad. No es que me haya levantado hoy con el discurso pensado, ni con mariposas en el estómago o subidones hormonales de purpurina con fresa, muy al contrario, tengo contracturas hasta en las cejas y he dormido como si hubiera estado descargando sacos de harina toda la noche, arreando a mi contrario para que dejara de roncar y dando más vueltas que un manco remando, pero me ha entrado el calambrazo de hacer inventario y aquí estoy, poniéndome mi pin. Ea.

¿Quedará muy Mermelada Coelho si hago repaso y ensalzamiento de cosas buenas? No sé muy bien por dónde meterle mano a esto, mi reputación de Grinch podría verse gravemente afectada, aunque, por otra parte, mi calendario de Adviento y las galletas de canela y jengibre con sabor a Navidad –y a canela y jengibre me salen cada vez mejor, y eso es muy contradictorio, claramente. En cualquier caso, lo que es impepinable es que he llegado hasta aquí, y eso mola bastante. Porque, a ver, cuando una empieza temporada nueva con trabajo nuevo, lo último que piensa es que va a llegar hasta el final y a sobrevivir para contarlo, pero mira, lo que yo decía, un pin pa’ mí.

Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos…Perdón, mi vida no es tan épica, pero yo sí, qué le vamos a hacer. Pues eso, que los nuevos capítulos empezaron con curro a destajo en la otra punta del reino. Conocí a gente muy caramelo y a gente muy última loncha de choped de táper de una semana; también a criaturas insidiosas y corrosivas, con veneno en la sangre, surgidas de algún abismo negro y antiguo como el mundo y como el cagar. De todo tiene que haber en la viña del Señor. Aprendí muchas cosas –algunas  incluso de mi profesión y aguanté como una jabata hasta final de trayecto, o de contrato en este caso. Y estoy orgullosa. Y cagada de miedo, que también lo estuve, y lo estoy, y lo estaré, pero oye, ahí lo llevamos, el miedo y yo, la mierda y yo, el cable de la cabeza y el culo, ya sabéis, la vida, los autobuses enlatados, equilibrismo en el metro, vapores de alcohol como densas nubes a nuestro alrededor, como si fueras a ser Rocío Jurado, esa noche, en Lluvia de estrellas. ¡Ahora sí que estoy resumiendo! Joder, ya era hora.

Entre toda esa aventura perdí sin querer un puñado de kilos, algún teléfono y una buena amiga. Cosas que pasan. En los tres casos la lucha continúa. En abril me acordé de que la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás es 42, así que me tatué el Don’t panic! en el cerebro y mi costumbre se encargó de recordármelo cada vez que volvía del baño con cara de chino con diarrea –ser friki ayuda mucho a motivarse, tener un compañero de viaje que sabe cuándo hay que soltar un par de hostias figuradas, también–. Mayo fue asqueroso, en junio me imaginé que cada día era un capítulo de Doctor Who, de julio no me acuerdo, pero en agosto vi a mi familia cuatro días y a la bella Galicia otros tantos, y en A Costa da Morte no eché de menos la tardis. Luego aproveché el paro para pasarme la ITV, y volví a pasar miedo, y luego alivio, y luego miedo otra vez, y luego suspiré, y resoplé, y al final cagué duro. Una montaña rusa de emociones y texturas. Y aquí estoy, al final de tantas cosas, enrollándome como siempre, descontenta con la estructura y la forma de estos párrafos, descubriendo una vez más por qué no suelo hacer esta clase de remember flipado de anuario. Tan flipado que empecé escribiéndolo ayer y lo estoy acabando hoy. Pausa para rellenarme el té –rojo con chocolate, algarroba y arroz inflado, y una cucharadita de miel de espliego, deberíais probarlo, templa el espíritu y amodorra las tensiones sociales–.

El caso es que, a pesar de haber tenido que renunciar como todo el mundo a tantas cosas, no me parece justo menospreciar otros tantos méritos conseguidos, cosas bonitas y hasta útiles que he encontrado por el camino, y metas nuevas que en otro momento nunca se me habría ocurrido siquiera proponerme. Adaptarse no significa someterse, significa rediseñar el método de lucha para seguir sobreviviendo, y eso es todo lo que estoy –y lo que estamos– haciendo. Empieza a sonar de fondo esa maravillosa canción de Bowie, ¿la oís? Ch ch ch ch changes…

Por cierto, aproveché que se me escacharró el móvil y tuve que cambiarlo para salirme de unos cuantos grupos. Me da una pereza tremenda arrastrar esos lastres inútiles, si alguien se quiere ofender le recomendaría un vasito de agua, pero para no ser tan borde matizaré simplemente que detestar los grupos de WhatsApp no implica necesariamente una falta de aprecio por las personas que los componen. También aprovecho este párrafo de miscelánea que me estoy sacando de la manga para recordar a aquellos pobres de espíritu que si no me van a decir “qué guapa estás, se te ha quedado un cuerpo de escándalo”, que mantengan el boquino en mute, pues mi visible, aunque no prevista ni buscada, pero a su vez de sobra salubre delgadez se va a quedar conmigo bastante tiempo, y los rancios comentarios acompañados de hiperbólicas muecas de sobreenfatizada preocupación empiezan a cansarme. Me está quedando bien este popurrí prácticamente inconexo de cosas. Espero que no se me vaya de las manos.

Es posible que lo mejor, para evitar esto último, sea ir encajando ya la puerta. ¡Última ronda! ¡No saquéis las copas a la calle! Como se suele decir, os voy a dejar que sigáis con vuestra faena, que os cunda y todo eso. Yo, por mi parte, tengo montañas de papeles y proyectos que organizar, trabajo decentemente remunerado que buscar, y posturas nuevas de yoga que intentar, que no es poco. 

Tengo unas amigas geniales, una amorosa familia de otra época y corte moral, y un hombre que mata dragones por mí. Si desear sirve de algo, os deseo algo tan bueno como lo que yo tengo, y que se extienda en vuestra línea de vida desde hoy mismo hasta el infinito. Salud, rock and roll y buenos caldos. ¡Feliz 2021!


¡JUMANJI!


R.A.V.


lunes, 14 de diciembre de 2020

Opinión sobre el Anteproyecto de Ley de Bienestar Animal, al hilo de la consulta pública.

Esta parrafada de dimensiones ciertamente gruesas es la opinión que he querido remitir al correo electrónico que ha facilitado el gobierno a los ciudadanos para la consulta pública de la Ley de Bienestar Animal. Son unos doce minutos de lectura, así que imagino que no mucha gente va a pararse a meterse en estas lides, pero por si acaso a alguien le interesa por aquí dejo mi perorata. Pido perdón de antemano por si, a pesar de haberlo repasado mil veces, se hubiera colado alguna errata o el copia y pega desde el formato de origen hubiera hecho algún destrozo similar. 

"Mi nombre es Raquel Alcaide y mi DNI XXXXXXXXX. Soy veterinaria clínica de pequeños animales y, aunque laboralmente me desarrolle en ese campo, estoy desde siempre en amplio contacto con el mundo rural, tanto a nivel de producción animal como de explotación agrícola, ya que me he criado en un pueblo pequeño, lo que con frecuencia trae aparejado un estrecho vínculo con la naturaleza y con las muchas formas de interaccionar con ésta que existen. Añado todos estos datos –aparentemente superfluos–, a modo de introducción y con objeto de crear un contexto en el que se pueda entender correctamente mi más sincera opinión respecto al anteproyecto de ley en cuestión (en este caso, con carácter previo a su elaboración).

Pensar en la posibilidad de una Ley de Bienestar Animal me genera inevitablemente una sensación de triunfo, por la clara necesidad de ella que tenemos desde hace años, y a la vez un tremendo pavor ante lo titánico de su envergadura y lo denso de su magnitud. Hay tantos aspectos a tener en cuenta, tanto sobre lo que trabajar, que el riesgo de fracasar –aunque sea con la mejor intención del mundo– si se hacen las cosas demasiado rápido o a la ligera es altísimo.  Con esto quiero pedir que, ante todo, esta futura ley se enfoque desde el sentido común, la lógica y un profundo conocimiento del medio y de todas las especies que lo habitamos. Y para ello me parece absolutamente necesario que en la valoración de opciones y toma de decisiones importantes en todas las áreas que pueden integrar una ley de este calibre siempre forme parte del equipo alguna persona –un porcentaje representativo, aunque sea pequeño– que tenga experiencia en el campo concreto, un agricultor, un ganadero, un veterinario, un ingeniero de montes, o tantos otros ejemplos como se me ocurren. Que no juguemos con los elementos desde la frialdad de un despacho prefabricado guiados sólo por intereses concretos o por románticas teorías desviadas de la realidad, que trabajemos codo con codo con la gente que sostiene las bases de la vida y de nuestra sociedad para poder seguir manteniendo el equilibrio de la manera más justa y sostenible.

Dicho esto, reitero que estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de crear en este país una serie de normas que regulen en la mayor medida posible la consecución y la conservación de un bienestar animal que abarque animales de compañía, animales de abasto y animales silvestres. Todos los puntos mencionados como objetivos en el documento de consulta pública me parecen muy correctos, y en cada uno de ellos caben un sinfín de matices a desarrollar. Quizás la primera parada en esta ruta, desde mi punto de vista, sea forzosamente la educación. Hay una flagrante carencia de educación ambiental en nuestra sociedad actual y en nuestro país en concreto. Necesitamos inculcar en los niños, desde su más temprana edad, esos valores y conceptos que queremos ver reflejados en el futuro de todos: amor por los animales y su entorno, respeto a toda forma de vida, empatía, humanidad…Y debemos hacer todo esto sin perder el norte, sin rayar en lo absurdo, sin desnaturalizar nuestra propia existencia en pro de un idílico mundo paralelo en el que todos los seres vivos somos iguales y convivimos en paz y armonía multiplicándonos exponencialmente hasta el fin de nuestros días.

Intentaré matizar bien esto, a fin de que no se lleve uno las manos a la cabeza y deje de leerme negándose sin más la posibilidad de entender mis razonamientos. Respetar la vida es indispensable, y la propia muerte forma parte de la vida, con lo que asumir este revés es tan importante como la premisa de la que partimos. Convivimos en este planeta con el resto de especies, ocupamos un espacio y tenemos unas necesidades; esto implica que para mantener esa supervivencia tenemos que encontrar el equilibrio con el resto de seres vivos, sean animales o vegetales. Pondré un ejemplo sencillo: yo vivo en una casa; mi casa está forzosamente ocupando un terreno; al estar mi casa ocupando ese terreno le está quitando espacio a un árbol o a varios que podrían ocupar su lugar, quizás con huecos estos en los que podría anidar un herrerillo común o similar; es decir, mi existencia en este punto implica la no existencia de otras especies en dicho lugar. Esto es la naturaleza misma con las reglas y mecanismos que los seres que la habitamos y compartimos precisamos para sobrevivir en ella.

Sí, estoy describiendo algo bastante básico y lógico, y el motivo no es otro que la preocupación sincera que siento por la deriva que en los últimos tiempos está tomando una parte de la sociedad hacia la fantasía y lo irreal. Podemos y debemos querer, cuidar y proteger a los animales, pero no en detrimento del ser humano, sino en favor siempre de un cuerdo equilibrio. Y equilibrio no significa igualdad. Estamos cayendo en el craso error de antropomorfizar a los animales. Puedo hablar aquí desde el corazón y desde la propia experiencia con la cantidad de casos que veo a diario en la clínica, donde perros y gatos son tratados a todos los niveles como personas, resultando muchísimas veces en problemas de conducta e incluso en el desarrollo de enfermedades físicas para los propios animales. Exactamente lo mismo pasa con vacas, cabras o cerdos, por seguir poniendo ejemplos. Por supuesto que hay que respetarlos, por supuesto que sienten y padecen, no son cosas, son seres vivos, pero no son seres humanos, no podemos perder el oremus. Yo me alimento de otros seres vivos para seguir viviendo, al igual que hacen otras especies con otras que la naturaleza ha puesto en el camino de su supervivencia. Y la muerte de esa vaca o de ese cerdo para que yo me alimente es el ciclo natural de la vida, no es una falta de respeto a su existencia –muy  al contrario–, igual que no lo es para la hierba que esa vaca se la haya comido antes.

Insisto, este romanticismo que se está generalizando en los últimos tiempos, este despegar los pies de la realidad, quizás parezca irrisorio, pero a mí me resulta más que preocupante, pues si este tipo de corrientes llegan a influenciar sobremanera algo tan serio, pionero y decisivo como podría ser esta futura Ley de Bienestar Animal, estaríamos sembrando la semilla del error en nuestros brotes verdes, inculcando en generaciones venideras conceptos “sobreromantizados” que tendrían nefastas consecuencias ambientales a no muy largo plazo en las que, por supuesto, nos veríamos implicados y salpicados de mala manera. Si educamos al niño, no tendremos que castigar al hombre. Pero eduquémoslo bien. Ardua tarea, y por eso justamente debemos esforzarnos más que nunca en llevarla a cabo de la mejor forma.

Siguiendo con este hilo de pensamiento, a modo de propuesta algo más concreta, creo que debería construirse poco a poco una asignatura (o varias) que empiece a asentar las bases de esa educación ambiental, y que lo haga a nivel nacional, con orden y concierto, y con mucho sentido común. Hay que enseñar en los colegios, desde los primeros cursos, valores tan básicos como la empatía, como por qué no se debe maltratar a otro ser vivo (podría mencionar infinitos ejemplos de barbaridades que por desgracia he visto a lo largo de mi vida en mi pueblo y de otras tantas que he vivido también en la gran ciudad), o como por qué no se debe abandonar. Pero también hay que enseñar a esos niños a convivir con la realidad, a crear sus propias opiniones teniendo como base la propia contradicción que es el concepto de la vida y la muerte, alejándolos de la insensatez de los extremos y totalitarismos con la razón y con sus propias experiencias con el medio.

Vuelvo a mi propio ejemplo para seguir ilustrando. Yo me he criado en el campo, conviviendo de cerca con matanzas de cerdo por San Martín, y nunca las he soportado. Recuerdo taparme los oídos cuando era pequeña y salía a la calle en aquellas fechas, porque en cierta zona de valle la acústica era desgarradora y el sonido de los últimos chillidos del animal me ponía los vellos de punta, era ensordecedor. Solía preguntar en mi casa si no había otra manera de matar al animal, pero cuando llegaba el chorizo a la cocina y mi padre lo churruscaba con alcohol y un mechero y lo metía entre dos trozos de pan, me faltaba tiempo para pedir mi parte del pastel. No estoy diciendo que haya que meter a un niño en este tipo de lides para enfrentarlo a la realidad –yo misma no lo haría nunca–, pero me parece más correcto y más útil para su desarrollo personal enseñarle a entender y respetar la realidad del medio en el que vive que intentar inculcarle una visión endulzada y distorsionada del mundo sencillamente porque esto nos parece más bonito, más tierno o más idílico.

Sin ir más lejos, he leído recientemente una noticia que no hace sino confirmar y agravar la preocupación de la que vengo hablando. Versa ésta sobre un libro de texto de Primaria, de la asignatura de Lengua Castellana, en el que se plantea a los alumnos el típico ejercicio de completar con sinónimos, en este caso partiendo de la frase “el lobo no come terneros”. En las imágenes que se adjuntan –y que pueden encontrarse en varios medios digitales a poco que se introduzca esa oración en cualquier buscador de Internet– pueden apreciarse también, al final de la página, unos breves párrafos que hablan del lobo a modo descriptivo refiriéndose a él en los siguientes términos: Este lobo bueno no consume carne de aves o terneros. Se me ocurren millones de ejemplos que podría usar en un libro de texto de Lengua para enseñar a los niños a leer, a escribir o a utilizar los sinónimos, antes que éste. Hay una clara intencionalidad detrás de este contenido, y me parece un problema realmente serio, no sólo por la falsedad manifiesta que se está imponiendo en la mente de esos niños sobre la alimentación del lobo, sino porque se les está enseñando que ese lobo es bueno porque no consume carne, es decir que si el lobo come carne es malo. El lobo no come carne porque sea malo, el lobo come carne porque es lobo. Los animales no son buenos ni son malos, son animales, y muchas especies –entre ellas la nuestra– se alimentan de otras, porque ésta es su naturaleza. No se les puede demonizar por esto, es un absurdo desproporcionado. Ésa, en todo caso, es la enseñanza que debería recibir el niño, en la asignatura correspondiente, en el momento adecuado, y en el contexto correcto.

Siento verdadero miedo cuando pienso en la educación a la que van a tener que enfrentarse mis hijos cuando pueda tenerlos. Noticias como ésta me aterran, porque poquito a poco el sinsentido va enraizando y haciéndose fuerte, y vamos abandonando la cordura y el sentido común, sin darnos cuenta de que nos alejamos cada vez más de aquello que tanto necesitamos y que nos mantiene con todos nuestros caprichos y trivialidades primermundistas en la comodidad de nuestras casas y nuestros móviles de última generación: el campo, su explotación sostenible y su riqueza sobria y siempre maltratada. Es complicado mantener los pies en el suelo, pero si va a haber una ley con unas expectativas tan altas como el bienestar animal, lo mínimo que le pido a los que vayan a trabajar en ella es eso. Los pies en el suelo, por favor.

Hay muchísimas cosas de las que me gustaría hablar, redactar una opinión para aportar a un anteproyecto de ley como ésta es una tarea infinitamente densa, se ramifica y se abre en montones de vertientes y apuntes, pero cuanto más me extienda probablemente más se disperse la atención del lector que espero al menos tengan estos párrafos, por lo que voy a intentar condensar en breves puntos los diversos temas que creo que sería importante tratar a la hora de elaborar un proyecto así:

-          Creo sinceramente que no todas las personas deberían poder tener animales, maltratar a un perro no es sólo pegarle una paliza, también lo es negarle tratamientos médicos o hacerle arrastrar un tumor de medio kilo hasta que se muera por la ulceración y la infección. O tener quince perros en un piso de treinta metros cuadrados sin poderles dar una buena alimentación ni la cobertura veterinaria adecuada, eso también es maltrato. Hay que implementar medidas para seguir persiguiendo esto, recrudecer las penas, facilitar herramientas de denuncia anónima de estos casos y seguir educando, por supuesto, educar, informar, fomentar las esterilizaciones y las adopciones.

 

-          No creemos una Ley de Bienestar Animal basada en las prohibiciones y el prefijo anti- desde la ceguera de un sol de fantasía. La gestión del medio a través de la caza es necesaria. Esto no se puede resumir en tres líneas ni en tres folios, pero es importante que no se tome por cuestión baladí, el medio tenemos que gestionarlo nosotros que vivimos en él, y no al revés. Y si hay voluntarios, que den un paso al frente los que prefieran dejar su sitio a otro individuo de cualquier especie. A mí, personalmente, me gusta seguir viva y seguir viviendo aquí. Hace apenas unos días que se ha prohibido cazar en los Parques Nacionales, pero no se explica de ninguna forma cómo se va a proceder para gestionar la sobrepoblación de las especies silvestres, por no entrar en otras áreas de dilema como la despoblación de las zonas rurales por la pérdida de trabajo o las enfermedades que empezarán a aparecer con el sobrecrecimiento animal y el más que posible riesgo para la salud pública derivado de éstas. Lo hemos visto durante el confinamiento, no hace tanto, accidentes de tráfico provocados por jabalíes. ¿Es ésa la idea de bienestar, de protección animal que creemos correcta? Hay mucho que trabajar y muy duro. Hay que regular más, hay que perseguir a los que lo hacen mal, que hacerlo mal salga mucho más caro. Salvajes, por desgracia, hay en todos los gremios, incluido el mío, pero eso no es óbice para no intentar hacer las cosas bien. Vuelvo a insistir, esto da para una extensión amplísima, pero creo necesario dejar por lo menos un párrafo a modo de pincelada, puesto que con total seguridad esta cuestión va a constituir un punto caliente en el desarrollo de este anteproyecto.

 

-          En referencia a los animales de producción, existen guías de buenas prácticas de higiene, de manejo y de bienestar animal en los distintos tipos de explotaciones, y existen expertos en este campo. Creo que, aunque sea a pasitos pequeños y lentos, estamos avanzando en ese aspecto, pero aún queda muchísimo trabajo por hacer. Me parece más oportuno que nunca, si se va a gestar una ley como ésta, sacar a relucir y hacer hincapié en la necesidad de crear más puestos de trabajo que regulen y constaten el cumplimiento de estas directrices. Establecer normas y velar por su cumplimiento. Si no queremos, por ejemplo, que se utilice el arreador eléctrico (también conocido como “pila” o “empujador eléctrico”) para introducir a las reses en la manga en las diferentes labores –normalmente de saneamiento– en las que puede esto ser preciso, no sólo tenemos que proporcionar al ganadero o a sus operarios las herramientas alternativas oportunas, sino que tenemos que controlar con firmeza y con la suficiente frecuencia que se está produciendo la aplicación de estas últimas. Si no, no sirve de nada, no se consigue concienciar de la necesidad de ese cambio a nivel de manejo. Hay que inspeccionar y controlar, estar encima y regular, y enseñar a obrar correctamente, para beneficio de todos, del animal y nuestro. Por norma general, el sentimiento más común entre la población omnívora en los últimos tiempos, viene siendo el de conseguir una alimentación más sana basada sobre todo en la salud y el cuidado de esos animales cuyos productos vamos a consumir: queremos huevos de gallinas criadas en amplios espacios y en el suelo; queremos productos ecológicos o con la menor influencia posible de químicos en su cultivo y crecimiento; queremos carne de animales que se críen en extensivo, sin sufrir hacinamiento ni otros factores estresantes. Hay un cambio de mentalidad gestándose en el consumidor que parece que va llegando a la gente del campo, a esos ganaderos y productores que, poco a poco, se van concienciando también. Y esto, en calidad de bienestar animal, es muy positivo, pero es un camino muy largo que apenas estamos empezando a recorrer. Hay que conocer los problemas a los que se enfrentan estos hombres y mujeres; adaptarse al cambio, mejorar las condiciones de estos animales, tanto a nivel de manejo como a nivel de infraestructuras, no es sólo una cuestión de que los dueños y trabajadores de estas explotaciones abran la mente, también necesitan empuje y ayuda, y ayudas, por supuesto, en lugar de trabas, como ocurre a menudo. Y, exactamente igual que en el anterior párrafo, reitero la importancia de perseguir la corrupción y las falsedades, de castigar al que lo hace mal y no poner la zancadilla al que lo hace bien.

 

-          El bienestar proporcionado a los animales a la hora de transportarlos hasta el matadero y en todo el manejo que se precisa una vez están en el mismo, también me parece un punto importante a tratar. Importantísimo. En este caso quisiera, directamente, recomendar la lectura de un artículo reciente con el que estoy bastante de acuerdo y cuyo titular reza “La mayor amenaza para el bienestar animal en los mataderos son las condiciones de trabajo”. Adjunto el enlace correspondiente: https://www.diarioveterinario.com/t/2192807/

 

-          La tauromaquia, el eterno dilema. Como amante de los animales que me considero, más allá de mi profesión, tengo que decir que me desagrada enormemente la práctica del toreo. Estoy firmemente en desacuerdo, creo que el animal sufre, creo que es una tortura, y creo que es a todas luces innecesaria. De la misma forma, pienso que esta tradición está abocada a su extinción, que irá desapareciendo con los años por lo rancio de su idiosincrasia misma y porque las generaciones futuras probablemente no encontrarán interés alguno en ella. Ahora bien, hay que sopesar concienzudamente las consecuencias de prohibirla, pues si es verdad que resulta tentador al pensar en el bienestar del animal, no es menos cierto que habría que dar una salida no sólo a esos animales individualmente, sino a todo un negocio, a esas ganaderías, a sus propietarios, etc. ¿Qué hacemos con esos toros? ¿Un santuario en un Parque Nacional? ¿Los soltamos en el campo a su libre albedrío? Una vez más estamos ante un tema bastante serio en el que no podemos dejarnos llevar sólo por los buenos sentimientos hacia los animales. Hay muchos factores a tener en cuenta. Quizás haya alternativas, quizás podría reconducirse el final del animal, que no fuera tan innecesariamente dramático, o simplemente dejar de financiarla, pues a fin de cuentas no reviste una mayor utilidad para la población general. Es una piedra muy afilada del camino, saberla sortear con mano izquierda puede ser todo un reto. Y no es que esto valga para todo ni valga siempre, pero la virtud del término medio no es virtud por nada.

 

-          Tenemos actualmente un problema serio con el lobo en el noroeste de España, y hay que hablar del tema, y hay que encontrar soluciones desde el conocimiento y la sensatez. Es un trabajo de campo –literalmente–, no de oficina; pero obviamente, ya que se dirige y se gestiona a fin de cuentas a través de un despacho, desde éste se debe tener claro que para la toma de decisiones hace falta ponerse el mono, las botas y meterse en el fango. No se trata, ni muchísimo menos, de erradicar una especie, sino de encontrar un equilibrio, de posibilitar una correcta convivencia entre el lobo y las explotaciones ganaderas. No existe la misma población de este animal en todas las zonas, hay que juzgar cada caso según sus propias circunstancias. Hacer oídos sordos a esta problemática propicia, entre otras cosas, que algunos se tomen la justicia por su mano cometiendo actos aberrantes que ellos creen correctos, con las nefastas consecuencias posteriores y con su correspondiente eco en los medios (medios que con frecuencia olvidan estudiar y dar voz a la otra parte del verdadero conflicto, porque Disney sigue siendo más fácil de asimilar que la cruda realidad), cuyo último coletazo y final suele ser que acaban pagando justos por pecadores. El lobo tiene que sobrevivir, pero las vacas, las ovejas o los caballos que sostienen nuestra alimentación y nuestra economía, también. Si en pleno siglo XXI no somos capaces de solventar esto con inteligencia, habrá que plantearse si estamos verdaderamente capacitados para acometer ciertas empresas.

 

-          Otro punto que no puedo dejar de mencionar es el de la gestión de las especies invasoras. ¿Qué va a pasar finalmente con las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus)? Digo finalmente puesto que, por lo que tengo entendido, es un tema que lleva dando vueltas un tiempo sin que se haya llegado a ninguna conclusión. Entiendo que, con una pandemia de por medio, éste como muchos otros asuntos haya quedado forzosamente relegado a un segundo plano, pero en caso de ponerse en marcha la ley de la que estamos hablando habría que tomárselo muy en serio. El impacto sobre el ecosistema que provoca su descontrolado número es muy grande: contaminación acústica, destrucción de árboles por las enormes y pesadas nidificaciones que construyen en ellos, desplazamiento de especies autóctonas por la voracidad con la que ingieren y compiten por el alimento…Es evidente que  no es culpa de estos animales el estar invadiendo y sobrepoblando nuestros parques, esto abre dos vertientes a este problema, a las que habrá que dar sendas soluciones. Por un lado, hay que tomar decisiones claras para reducir estas poblaciones, o bien se sacrifican todas, o bien se sacrifica un elevado porcentaje y el resto se controla en cautividad, de otra manera creo que volveríamos a tener el mismo problema en cuestión de meses. Sinceramente, no creo que atraparlas, esterilizarlas y volver a soltarlas o alternativas similares que he estado leyendo en distintos artículos sean viables ni prácticas. La otra parte del problema es, evidentemente, el ser humano. Hay que dar más visibilidad a esto para intentar concienciar a la población, y por supuesto incrementar, endurecer las penas aplicables a la tenencia de este tipo de especies, regular, controlar más y más fehacientemente, perseguir el contrabando de animales exóticos…Otra dura batalla en la que podremos contar con la mejor baza si nos empleamos a fondo –aparte de con normas y leyes– con la educación.

Me quedan muchísimas cosas en el tintero, muchísimos temas, detalles, matices, ideas, propuestas que plantear, pero en algún momento hay que poner el punto y el límite. Así que, para cerrar estos párrafos interminables, si hay que centrar la atención solamente en una cosa, quisiera recordar que ésta es la educación. Creo sinceramente que es la base infalible para todo. Centrémonos en eso y hagamos algo que no se ha hecho hasta ahora. Hagámoslo bien."



RAV

jueves, 22 de octubre de 2020

La del abuelo Torito y el cabrero beato

 






Esta anécdota se la contaba Cachito a mi madre cada vez que encartaba, porque siempre andaba el hombre alegre y achispado como si todos los días fueran Viernes Santo, y cuando te cogía por banda te repetía sus batallitas como buen veterano de los fermentados que era. Vivía enfrente de la Ularia, en la calle de San Antonio, y solía ayudar a Don Francisco, el cura, en las cosas que hacen los curas, supongo. Debía de andarle cerca a menudo porque fue el recadero que envió éste a meterle prisa a mi madre el día que se casaba –que una se puede hacer de rogar por protocolo pero con un límite, y a lo mejor la criatura tenía un bautizo o un entierro luego y tenía bulla, a saber–, pero ése no es el asunto, que me voy por los cerros. Niña, una vez tu abuelo fue a comprar unas cabras y cucha lo que le pasó… –así empezaba siempre la historia.


El abuelo Torito nació cien años antes que yo, allá por 1887. Se llamaba Antonio, Antonio Toro, y su apellido daba y sigue dando hasta nuestros días enseña y reseña a una familia entera: la rama de los Toritos. Hombre de su época, para lo bueno y para lo malo, empinaba el codo que daba gusto –cualidad ésta de intenso carácter hereditario sin distinción de género– y, cuenta la leyenda, que este rasgo definitorio le hacía llevarse bien con todo el mundo, con rojos y con azules, que a principios del siglo pasado no era cuestión baladí. Dotado así de tan altas aptitudes sociales, no era de extrañar que le pasaran cosas como las que le pasaban. Dicen que arregló con un montarbeño la compra o la venta de un burro –no sé cuál de los dos era el dueño original del rucho–, y cuando se juntaban en el bar para cerrar la transacción se ponían tan hasta arriba de medios de vino que se les iba el santo al cielo y se despedían sin haberse pagado el animal (mientras se fuera cada uno para su casa contento, ni tan mal). También dicen que gustaba mucho de piropear a las mozuelas, menos una vez que –por lo que sea– se le antojó decirle a una ¡Fea!, a lo que la chavala respondió no sin cierto criterio ¡Borracho!, y el desempate lo cerró el primero sentenciando con un ¡Sí, pero lo mío mañana se me ha pasao!


El caso es que, aparte de llevar para adelante una carnicería, mi bisabuelo era tratante de ganado, y en una ocasión se encontraba en no sé dónde, intentando comprarle a no sé quién unas cabras (los datos concretos están sobrevalorados). En este tipo de negocios, como en casi todos, el regateo era todo un justo y necesario arte que podía llevar un determinado tiempo, y hay que decir aquí que el abuelo Torito, además de buen beber, también tenía vivo genio, poca paciencia y presto blasfemar. En ese tira y afloja de perrillas gordas y chicas andaban pues –y  llevaban ya un buen rato– cuando Torito, viendo que no se llegaba a ningún acuerdo, empezó a resoplar y bramó un sonoro ¡Me cago en Dios! que tuvo que resonar en la cabeza del cabrero como el badajo de una campana. A lo que parece este buen hombre, de fervientes creencias cristianas, católicas y apostólicas, santiguose y todo del respingo que dio al escuchar tamaña falta al altísimo, y le dijo al otro, con toda su firme convicción: Torito, ya me puedes ofrecer todo el oro del mundo que no te llevas ni una cabra.


Y ¿qué iba a hacer? Pues sin cabras se quedó el hombre, muy a gusto, pero sin cabras. O eso era lo que contaba Cachito.

 


Notas varias:


  • Se dice que una cosa encarta cuando se da la circunstancia o el momento oportuno. Ya iré a verte cuando encarte   
  • El Viernes Santo es tradicionalmente un día muy espirituoso (que no tanto espiritual, aunque también) en mi pueblo, y se bebe más que se mea, literalmente, de ahí la alegría y  el achispamiento a los que hago alusión.
  •  Coger por banda creo que no precisa aclaración pero, por si acaso, expresa la acción de pillar, enganchar o parar a alguien para hablarle, reñirle o contarle cualquier cosa que normalmente entretiene más de la cuenta.
  •  Ularia es la deformación cómoda y ancestral de Eulalia.
  • Cucha es el acortamiento de “escucha”. Si bien hay que decir que en andaluz genérico y en frecuente cordobés cuando se dice cucha de escucha se te insta a que mires, a que atiendas con los ojos, mientras que cuando se dice mira, normalmente se te pide que abras bien las orejas. Cucha ése, qué pintas lleva. Mira, una cosa te voy a decir.
  • Montarbeño es montalbeño en cordobés de la campiña. Espalda/esparda; golpe/gorpe; y así con casi todas las que se te ocurran. Montalbeño es el gentilicio de Montalbán de Córdoba.
  • Rucho es una de las muchas maneras de llamar a un asno.
  • Las perras gordas y las perras chicas eran las monedas de 10 y de 5 céntimos de peseta que circularon en España de 1870 a 1953.

 

 

 RAV