La de aquel veintitrés
de diciembre había sido una jornada entretenida. Llegamos al pueblo por la
mañana –madrugón del quince, tren y autobús a La Comarca–; nos pusimos hasta las cejas de migas con chocolate
en mi casa (sí, con chocolate, deberíais probarlas antes de poner esa mueca de
asco) y, sin darnos tiempo a pensar siquiera en una posible digestión, nos
fuimos a la calle a merendar con la facción dura de la familia: las “toritas”
(no digo que no tengamos raíces vikingas, pero en este caso viene por el
apellido). Todo genial, la verdad. Nos juntamos poco, pero cuando nos juntamos,
nos juntamos. Al principio mucha infusión y protocolo británico, pero cuando se
acabó el té nos pasamos a los pelotazos
con ginebra que, para qué engañarnos, era la oscura intención de la mayoría
desde el minuto uno. ¡Alegría! Cachondeo, risas, chascarrillos, fotos posando
con los ojos cerrados, lo normal. Pues eso, buen ambiente en general. Viaje con nosotros…y disfrute.
Con esta introducción
podéis pensar cualquier cosa pero, creedme, ni os acercáis al tema. Me gustaría
enrollarme algo más, describirlo con nitidez para que lo podáis visualizar como
a cámara lenta, darle más pompa y más bombo a la narración, pero sería tan
absurdo como rápido fue lo que sucedió. Coged ese contexto, ese fondo festivo
de reencuentros y diversión, y sentaos tranquilamente a leer la foto de este
frío pasaje de Navidad –tampoco tengáis las expectativas muy altas, quizás me
he venido arriba con el título, ya es lo que hay–. La cuestión es que,
entre pitos, flautas y vapores anisados, la
compañía regresó a casa. Mi casa, ese remanso de paz que tan pocas veces ha
sido, con sus viejas paredes y sus viejas historias. Narnia en invierno, Mordor
en verano. Antigua y herrumbrosa, como un castillo encantado; limpia, por
supuesto, pues mi madre es muy hacendosa; con naturaleza salvaje y partes en
bruto, fauna invitada y un naranjo impoluto; piedras, macetas y algunos
trastos; cocina pequeña, improperios y un sólo cuarto de baño. Hogar, no
obstante, al que volver siempre, bien sea sobrio o algo lacasito -ligeramente–. Muchos diréis,
después de leer esto, que los acontecimientos no podían haberse desencadenado
como efectivamente hicieron de no ser por haberme hallado yo en este último
estado. ¡Qué fácil es juzgar a toro pasado! ¡Ahí os quería haber visto yo, en
mi situación! ¡Bellacos!
Bien podría decir, como
El sastrecillo valiente, que abatí a
siete de un sólo golpe, y no andaría muy lejos de la verdad. El caso es que,
modestia aparte, mi enemigo era menor en número pero bastante más hermoso de
cuerpo que las moscas de aquel libro infantil. Lo avisté nada más entrar a mi
habitación, tal era su tamaño –allí estaba él, inmenso, espléndido, elegante y
asqueroso; parafraseando a Broncano: ¡Vaya
bicho!–. ¡No sufráis! No os voy a enredar con misterios ni florituras
innecesarias cuando todos sabemos que me refiero a un mosquito. Un maldito
mosquito de esos que se pueden echar perfectamente a la ensalada de marisco y
que pasarían desapercibidos en un cóctel de gambas. Uno de esos, sí. ¡Casi le
pido la hora!
¡Piensa, Raquel! ¡Piensa! –así
funciona mi cabeza por dentro en bretes de este calibre y bajo presión– ¡Piensa
rápido! Tengo una perra con leishmaniosis y muy pocas ganas de que me la
reinfecten (menudo cargamento debe llevar aquí mi amigo en su maquinaria de
chupóptero); no me apetece ni remotamente pasarme la noche con la banda sonora
que el hijoputa este me va a cantar
al oído, ni levantarme por la mañana con las piernas a parches como si llevara
unas medias de lunares; y…bueno, no encuentro una tercera razón ni me hace
falta. Vas a morir, querido. Se siente. Este cuarto es demasiado pequeño para
los dos. O tú o yo. Sólo puede quedar uno. It’s the final countdown tinonino
tinoninoni… Vale, vale. Ya corto. No penséis que me recreé tanto. En momentos
así el tiempo juega en contra y, mientras mi cerebro generaba estas frases para
una futura entrada de blog, mi cuerpo tomaba el mando de la situación desde el
instante uno, realizando la primera acción preventiva para garantizar una
ofensiva eficaz: abrir los brazos en cruz esgrimiendo un tajante ¡atrás! para impedir el avance de ningún
otro ser viviente que pudiera entorpecer las maniobras que iban a tener lugar y
efecto en breve –a saber, mi pareja de análoga afectividad que, como ya me
conoce, prefirió sabiamente retroceder y coger palomitas para ver desde una
distancia prudencial el espectáculo–.
Describo escenario: cortinas burdeos,
visillo blanco, gran ventanal con tres partes y vistas al campo, a la
nocturnidad y alevosía silvestre. En medio de la translúcida tela central, como
si descansara inmortalizado en un pegote de ámbar, el Señor Don Mosquito grácilmente
posado, con todos sus miembros extendidos manteniendo el equilibrio y dando
volumen a su cuerpo desmesurado. Suficiente. Hallándome en éstas, y habiendo
sentenciado ya al acusado, paseé mi vista por la habitación valorando las
distintas posibilidades a mi alcance para ejecutar la pena capital: muerte por
aplastamiento. Descarté varias opciones. Libros no –ya los he usado para tal
fin en el pasado y dejé de hacerlo porque me parecía una falta de respeto–; mi
propia manaza, tampoco –poco higiénico y sensato, ¿y si en el último segundo se
vuelve, me pica y me pasa la malaria por despecho?–; cajas reutilizadas de
sujetadores en las que mi madre guarda las muestras de crochet, negativo –pesan
poco y necesitarían mucha velocidad para provocar un impacto medio decente–.
Cuando casi había perdido la esperanza de ganar esta batalla y empezaba a
resignarme a que mi objetivo, aburrido de tantos prolegómenos, decidiera salir
volando y convertir una tarea difícil en imposible, reparé en el arma perfecta.
Allí, encima del escritorio, había un
objeto que podría servir. Era una caja de medicamentos, concretamente tenía
dentro dos de esos sobres de medio kilo de polvitos para vaciarte las tripas y
el alma el día previo a una buena lavativa (no para mi uso y disfrute
particularmente, pero eso no viene al caso). Como estaba bastante cerca de la
ventana y de mi amigo, me acerqué sigilosamente para cogerla y sopesar en mano
si de verdad podía servirme. Calculé que tenía un peso adecuado, con lo que
quizás produciría el efecto de “estampación” que yo estaba buscando, uno sin
fisuras ni cabos sueltos, que no dejara testigos. Satisfecha con mi elección,
terminé de cercar rápidamente al intruso y apoyé con firmeza la caja de laxante
para caballos sobre el cristal, acompañando este movimiento –a lo que se ve–
con una inusitada fuerza hulkaniana nunca antes experimentada por mi persona,
pues lo que siguió me sigue pareciendo bastante inexplicable incluso así. No
creáis que cogí carrerilla para hacer tiro de jabalina ni que jugué a la
petanca contra la ventana, tampoco iba mecedora
como para darle al mismo la mano dos veces, muy sobria estaba y bien que me
acuerdo de lo que pasó. Por razones físicas, cósmicas y de la madre naturaleza
que desconozco, el cristal cedió en el mismísimo instante en que abatí al
invasor desprevenido con la cajita de polvo de hadas. Pero así, tal cual, sin
preámbulos, sin avisar, sin un quejido, sin decir ni pío. Se rompió con un
“crack” como los de los cómics y me vi con la mano, la caja, y el paté de hematófago,
bailando en el aire y fresquito de la noche. Como no iba con impulso, no salí
volando por el agujero (habría sido súper divertido cargarme también la
mosquitera del exterior –mosquitera, sí, para morirse–), y como tuve más suerte
que un quebrao, el visillo impidió
que me dejara el brazo como el pie de Kunta
Kinte. La ventana tuvo el detalle de partirse en trozos grandes y de
quedarse los más enormes de estos colgados de la parte superior para poder
dejarme a mí seguir haciendo uso de la diestra durante un precioso tiempo más.
¡Pues vaya mierda de ventana! –solté
sin pestañear, aunque lo estaba flipando bastante. De hecho, mi primer
pensamiento fue ¿He sido yo?, pero
cuando vas de Blade por la vida no puedes soltar frases de Steve Urkel. Mi
madre y mi hermana aparecieron al poco con aquello de “¿Qué ha pasado? Parecía
un estornudo fuerte” –resfriado hulkaniano también, para mí el burro grande
ande o no ande, siempre–, y mi novio se quedó con cara de liebre cuando le das
las largas en mitad de la carretera comarcal. Pausa para los aplausos. No llegó
a cundir el pánico, la situación estaba controlada, aunque no deja de ser
curioso que aquello coincidiera con un terremoto con tsunami en no sé qué país
lejano. Se llegó a hablar de onda expansiva. Que se lo digan al mosquito. Se
quedó con cara de haber pasado mala noche.
¿Y ya está? ¡Pues sí! Ya dije yo al
principio que no había mucha chicha que cortar, y con esa cara nos quedamos
todos. Divertido, absurdo, surrealista e inesperado. Tapamos la ventana
picassianamente con una caja de cartón duro despiezada –mi madre, en su
infinita sabiduría y algo de nerviosismo, nos ofreció en un primer momento un
cartón de cereales muy cuqui pero nada funcional para cubrir metro y medio de
butrón–. Metros de cinta aislante estratégicamente colocados culminaron un
cuadro imperfecto pero seguro para que pudiéramos dormir medio tranquilos en
las previas a Nochebuena. ¡Travesura
realizada! Mosquito muerto, perra a salvo, mi padre viendo el fútbol en el
salón –podría haberme cercenado un antebrazo, que ni enteró–, el mundo seguía
girando. Borracha o no, el caso es que los salvé a todos de vete tú a saber
cuántas enfermedades infecciosas, y todavía estoy esperando que me lo
agradezcan. ¡Qué dura es la vida de los héroes mundanos!
RAV




