miércoles, 27 de marzo de 2019

La de los pelotis, Hulk y el riesgo de leishmania


La de aquel veintitrés de diciembre había sido una jornada entretenida. Llegamos al pueblo por la mañana –madrugón del quince, tren y autobús a La Comarca; nos pusimos hasta las cejas de migas con chocolate en mi casa (sí, con chocolate, deberíais probarlas antes de poner esa mueca de asco) y, sin darnos tiempo a pensar siquiera en una posible digestión, nos fuimos a la calle a merendar con la facción dura de la familia: las “toritas” (no digo que no tengamos raíces vikingas, pero en este caso viene por el apellido). Todo genial, la verdad. Nos juntamos poco, pero cuando nos juntamos, nos juntamos. Al principio mucha infusión y protocolo británico, pero cuando se acabó el té nos pasamos a los pelotazos con ginebra que, para qué engañarnos, era la oscura intención de la mayoría desde el minuto uno. ¡Alegría! Cachondeo, risas, chascarrillos, fotos posando con los ojos cerrados, lo normal. Pues eso, buen ambiente en general. Viaje con nosotros…y disfrute.

Con esta introducción podéis pensar cualquier cosa pero, creedme, ni os acercáis al tema. Me gustaría enrollarme algo más, describirlo con nitidez para que lo podáis visualizar como a cámara lenta, darle más pompa y más bombo a la narración, pero sería tan absurdo como rápido fue lo que sucedió. Coged ese contexto, ese fondo festivo de reencuentros y diversión, y sentaos tranquilamente a leer la foto de este frío pasaje de Navidad –tampoco tengáis las expectativas muy altas, quizás me he venido arriba con el título, ya es lo que hay. La cuestión es que, entre pitos, flautas y vapores anisados, la compañía regresó a casa. Mi casa, ese remanso de paz que tan pocas veces ha sido, con sus viejas paredes y sus viejas historias. Narnia en invierno, Mordor en verano. Antigua y herrumbrosa, como un castillo encantado; limpia, por supuesto, pues mi madre es muy hacendosa; con naturaleza salvaje y partes en bruto, fauna invitada y un naranjo impoluto; piedras, macetas y algunos trastos; cocina pequeña, improperios y un sólo cuarto de baño. Hogar, no obstante, al que volver siempre, bien sea sobrio o algo lacasito -ligeramente. Muchos diréis, después de leer esto, que los acontecimientos no podían haberse desencadenado como efectivamente hicieron de no ser por haberme hallado yo en este último estado. ¡Qué fácil es juzgar a toro pasado! ¡Ahí os quería haber visto yo, en mi situación! ¡Bellacos!

Bien podría decir, como El sastrecillo valiente, que abatí a siete de un sólo golpe, y no andaría muy lejos de la verdad. El caso es que, modestia aparte, mi enemigo era menor en número pero bastante más hermoso de cuerpo que las moscas de aquel libro infantil. Lo avisté nada más entrar a mi habitación, tal era su tamaño –allí estaba él, inmenso, espléndido, elegante y asqueroso; parafraseando a Broncano: ¡Vaya bicho!–. ¡No sufráis! No os voy a enredar con misterios ni florituras innecesarias cuando todos sabemos que me refiero a un mosquito. Un maldito mosquito de esos que se pueden echar perfectamente a la ensalada de marisco y que pasarían desapercibidos en un cóctel de gambas. Uno de esos, sí. ¡Casi le pido la hora!

¡Piensa, Raquel! ¡Piensa! –así funciona mi cabeza por dentro en bretes de este calibre y bajo presión– ¡Piensa rápido! Tengo una perra con leishmaniosis y muy pocas ganas de que me la reinfecten (menudo cargamento debe llevar aquí mi amigo en su maquinaria de chupóptero); no me apetece ni remotamente pasarme la noche con la banda sonora que el hijoputa este me va a cantar al oído, ni levantarme por la mañana con las piernas a parches como si llevara unas medias de lunares; y…bueno, no encuentro una tercera razón ni me hace falta. Vas a morir, querido. Se siente. Este cuarto es demasiado pequeño para los dos. O tú o yo. Sólo puede quedar uno. It’s the final countdown tinonino tinoninoni… Vale, vale. Ya corto. No penséis que me recreé tanto. En momentos así el tiempo juega en contra y, mientras mi cerebro generaba estas frases para una futura entrada de blog, mi cuerpo tomaba el mando de la situación desde el instante uno, realizando la primera acción preventiva para garantizar una ofensiva eficaz: abrir los brazos en cruz esgrimiendo un tajante ¡atrás! para impedir el avance de ningún otro ser viviente que pudiera entorpecer las maniobras que iban a tener lugar y efecto en breve –a saber, mi pareja de análoga afectividad que, como ya me conoce, prefirió sabiamente retroceder y coger palomitas para ver desde una distancia prudencial el espectáculo–.

Describo escenario: cortinas burdeos, visillo blanco, gran ventanal con tres partes y vistas al campo, a la nocturnidad y alevosía silvestre. En medio de la translúcida tela central, como si descansara inmortalizado en un pegote de ámbar, el Señor Don Mosquito grácilmente posado, con todos sus miembros extendidos manteniendo el equilibrio y dando volumen a su cuerpo desmesurado. Suficiente. Hallándome en éstas, y habiendo sentenciado ya al acusado, paseé mi vista por la habitación valorando las distintas posibilidades a mi alcance para ejecutar la pena capital: muerte por aplastamiento. Descarté varias opciones. Libros no –ya los he usado para tal fin en el pasado y dejé de hacerlo porque me parecía una falta de respeto–; mi propia manaza, tampoco –poco higiénico y sensato, ¿y si en el último segundo se vuelve, me pica y me pasa la malaria por despecho?–; cajas reutilizadas de sujetadores en las que mi madre guarda las muestras de crochet, negativo –pesan poco y necesitarían mucha velocidad para provocar un impacto medio decente–. Cuando casi había perdido la esperanza de ganar esta batalla y empezaba a resignarme a que mi objetivo, aburrido de tantos prolegómenos, decidiera salir volando y convertir una tarea difícil en imposible, reparé en el arma perfecta.

Allí, encima del escritorio, había un objeto que podría servir. Era una caja de medicamentos, concretamente tenía dentro dos de esos sobres de medio kilo de polvitos para vaciarte las tripas y el alma el día previo a una buena lavativa (no para mi uso y disfrute particularmente, pero eso no viene al caso). Como estaba bastante cerca de la ventana y de mi amigo, me acerqué sigilosamente para cogerla y sopesar en mano si de verdad podía servirme. Calculé que tenía un peso adecuado, con lo que quizás produciría el efecto de “estampación” que yo estaba buscando, uno sin fisuras ni cabos sueltos, que no dejara testigos. Satisfecha con mi elección, terminé de cercar rápidamente al intruso y apoyé con firmeza la caja de laxante para caballos sobre el cristal, acompañando este movimiento –a lo que se ve– con una inusitada fuerza hulkaniana nunca antes experimentada por mi persona, pues lo que siguió me sigue pareciendo bastante inexplicable incluso así. No creáis que cogí carrerilla para hacer tiro de jabalina ni que jugué a la petanca contra la ventana, tampoco iba mecedora como para darle al mismo la mano dos veces, muy sobria estaba y bien que me acuerdo de lo que pasó. Por razones físicas, cósmicas y de la madre naturaleza que desconozco, el cristal cedió en el mismísimo instante en que abatí al invasor desprevenido con la cajita de polvo de hadas. Pero así, tal cual, sin preámbulos, sin avisar, sin un quejido, sin decir ni pío. Se rompió con un “crack” como los de los cómics y me vi con la mano, la caja, y el paté de hematófago, bailando en el aire y fresquito de la noche. Como no iba con impulso, no salí volando por el agujero (habría sido súper divertido cargarme también la mosquitera del exterior –mosquitera, sí, para morirse–), y como tuve más suerte que un quebrao, el visillo impidió que me dejara el brazo como el pie de Kunta Kinte. La ventana tuvo el detalle de partirse en trozos grandes y de quedarse los más enormes de estos colgados de la parte superior para poder dejarme a mí seguir haciendo uso de la diestra durante un precioso tiempo más.

¡Pues vaya mierda de ventana! –solté sin pestañear, aunque lo estaba flipando bastante. De hecho, mi primer pensamiento fue ¿He sido yo?, pero cuando vas de Blade por la vida no puedes soltar frases de Steve Urkel. Mi madre y mi hermana aparecieron al poco con aquello de “¿Qué ha pasado? Parecía un estornudo fuerte” –resfriado hulkaniano también, para mí el burro grande ande o no ande, siempre–, y mi novio se quedó con cara de liebre cuando le das las largas en mitad de la carretera comarcal. Pausa para los aplausos. No llegó a cundir el pánico, la situación estaba controlada, aunque no deja de ser curioso que aquello coincidiera con un terremoto con tsunami en no sé qué país lejano. Se llegó a hablar de onda expansiva. Que se lo digan al mosquito. Se quedó con cara de haber pasado mala noche.

¿Y ya está? ¡Pues sí! Ya dije yo al principio que no había mucha chicha que cortar, y con esa cara nos quedamos todos. Divertido, absurdo, surrealista e inesperado. Tapamos la ventana picassianamente con una caja de cartón duro despiezada –mi madre, en su infinita sabiduría y algo de nerviosismo, nos ofreció en un primer momento un cartón de cereales muy cuqui pero nada funcional para cubrir metro y medio de butrón–. Metros de cinta aislante estratégicamente colocados culminaron un cuadro imperfecto pero seguro para que pudiéramos dormir medio tranquilos en las previas a Nochebuena. ¡Travesura realizada! Mosquito muerto, perra a salvo, mi padre viendo el fútbol en el salón –podría haberme cercenado un antebrazo, que ni enteró–, el mundo seguía girando. Borracha o no, el caso es que los salvé a todos de vete tú a saber cuántas enfermedades infecciosas, y todavía estoy esperando que me lo agradezcan. ¡Qué dura es la vida de los héroes mundanos!



Nota: Adjunto imagen para aportar veracidad a los hechos.







RAV










jueves, 7 de marzo de 2019

MUJERES


En el pueblo te crías así, con el lomo ancho. Durante toda tu vida has visto a tu madre echándoselo todo a la espalda; la casa, los niños, los abuelos, el marido y -si lo hubo- también el perro. Buen dorso, costillas recias, esa mujer está hecha de madera de roble y ramón de olivo. Le gusta leer y aprendió sola a hacer ganchillo. Dejó pronto los estudios y no tiene carnet de conducir, pero no hay lámpara, enchufe ni persiana que se le resista. A veces grita y nadie la entiende, despotrica, patalea y vuelve al punto de partida. La has visto tragar carros y carretas, mordiéndose la lengua; padecer lo propio y lo ajeno, perdonando sus errores y los de todos; la has visto comerse los retoños del cocido que tú no querías, aguantando sin rechistar tantísima tontería. Y ahí está perenne y jodida, como una mula de carga. Desde las seis de la mañana, cuando se levanta para ir al campo o a jalbegar casas, hasta las doce de la noche, cuando apaga el brasero y la luz del comedor y se va por fin a dormir -la última- con la inquietud de que en la cocina queda algún plato sin fregar y que tu padre -mira las horas que son- no ha llegado aún del bar. No se permite el lujo de soñar demasiado. Pronto sonará el despertador y tendrá que poner en marcha los engranajes oxidados de una casa de tantas, de un pueblo de muchos, de un país que bosteza a diario.

En el colegio y en el instituto tuve algunas buenas maestras. A una de ellas la maltrataba su marido; a otra, los alumnos de trece años. Las dos hacían borrón y cuenta nueva, ponían el marcador a cero y sonreían cada lunes. No sé cómo podían, pero lo hacían. Supongo que apretando puños y dientes, y resignándose cada jornada a una batalla perdida con siglos de polvo y solera. Con todos sus estudios y la luz de un nuevo milenio, soñando con que sus hijas pudieran escapar de otro destino impuesto y obsoleto. Con su sacrificio invisible y su lucha silenciosa. Por los demás pero sin ellos. A menudo solas.

Una chica, que sólo conocía de vista, dejó la universidad durante el primer año porque su novio de toda la vida le dijo que era él o los estudios. No se lo pensó. Ahora parece feliz con sus tres hijos y su marido. Él siempre tiene mala cara, pero ella sonríe por los dos y da los buenos días. Una familia sin tacha, una madre y esposa como Dios manda.

En ocho años tuve tiempo para conocer a mucha gente. Hice amigos pero, sobre todo, amigas (en mi Facultad es lo que había). Chavalería insensata -que no imberbe-, la mayoría con sus locuras, sus intereses y sus historias. Muchas de ellas levantan ahora, día a día, un trocito de esta península, con sudor y lágrimas y el hierro de su sangre. Otras hacen frente a la vida en el extranjero, se juegan los cuartos vendiendo cara la piel en un idioma que aprendieron por cojones, porque a la fuerza ahorcan. Algunas consiguieron, no sin pagar un alto precio y errar mil veces el tiro, un puesto estable que les acabó permitiendo vivir con dignidad, solteras o con sus respectivas parejas, y poder hacer planes de futuro. No pocas lo llevan algo peor, y ahí andan, tragando mierda a espuertas, con horarios y atribuciones incompatibles con la vida propia y con la familiar, luchando por no perder el norte ante tanta decepción. Y aún quedan las que contra y viento y marea siguen guerreando por alcanzar la cima de un sueño, su sueño, por el que quizás han renunciado a enamorarse, a viajar o a tener los hijos y gatos que siempre quisieron. Porque todo -bien sabido es- no se puede tener. O eso dicen. A todas ellas las admiro, y a todas las quiero.

Estos párrafos sin hilo ni conexión son historias sin más. Perfiles, sombras, rostros de mujeres. Hembras que vienen al mundo -como todos, sin pedirlo- a curtirse en verdades, a bramar, llorar, sonreír y batallar. A querer y a odiar, a madrugar, a parir, a callar y gritar y sangrar, a apagar la luz y a encender hogueras. A levantar con su santo coño la vida y el pan sobre los cimientos de la tierra. Mujeres defectuosas, con cuerpos imperfectos, contradicciones y mochila al hombro. Mujeres con frecuencia en el olvido, pero siempre, y todas a su manera, en la lucha y en el camino.




RAV

miércoles, 27 de febrero de 2019

Carta a mi madre


Madrid, 28 de febrero de 2019


Querida madre:


      Amanece un nuevo día y no estás a mi lado. Fui yo quien decidió macharse, y eso no hace que te extrañe menos. Tu alegría; tus vientos mañaneros y tus cambios de humor; tu pan con aceite para el desayuno, las magdalenas de la panadería de abajo y las tortas de Inés Rosales; tu olor a campo, a azahar y a romero, a ajos y a quema de rastrojos, según la temporada; tu leal sonrisa al final de cada jornada. Pasan los meses y no te veo, aquí encerrada entre asfalto y prisas, y paisajes de hormigón. Que no estamos tan lejos, dice la gente, y tampoco les falta razón. En apenas dos horas ya puedo abrazarte y, por unos días –cortos como nuestro invierno, disfrutar de tu refrescante y sana compañía. ¡Que no daría por poder visitarte más a menudo!


Pero bueno, cuéntame. ¿Tú cómo estás? ¿Qué tal va todo por allí abajo? Las últimas noticias que me llegan son un poco desalentadoras; parece que otra vez vamos para atrás, como los cangrejos ¿no? Quizás tendríamos que hablar hoy sobre política y esas cosas, autonomía e historia. No sé yo qué decirte, madre, no tengo la pluma muy inspirada últimamente. Aunque no negaré que me produce tristeza, desazón y pesadumbre (y todos los sinónimos que se te ocurran), este andar desorientado de la multitud, esta huida hacia delante por conocidas escombreras, esta desmemoria general. Con tanto como se ha luchado por vivir dignamente. Me dan pena y rabia muchas cosas, también algo de miedo –para qué mentir, pero no quiero llenar esta carta de quejas y frustración. Ya voy bien servida de eso con mi trabajo, y bien sabes que tengo que dar gracias por tenerlo (aquí también se lucha, pero en mi gremio todo va más despacio).


Yo no tengo grandes novedades que contarte. Aquí sigo con mi batalla diaria. Por amor me vine y por amor me quedé, y aunque alimenta bastante no llega para pagar las facturas a final de mes. Voy de trabajo en trabajo, intentando no pasar mucho por el aro, aguantando lo razonable y manteniendo el equilibrio. Hay días más jodidos y otros más llevaderos, no todo es malo, aunque si respirara tu aire seguro que los berrinches me durarían menos. Me he adaptado bien, no te preocupes por eso, aprendo cosas nuevas a cada rato sin perder tus palabras, tus expresiones ni tu acento. Por estos lares hay de todo, gente que enseguida me mira raro y pone cara de oler estiércol cuando seseo; gente normalita que no siente la necesidad de redundar en la evidencia de mi origen; y gente que se divierte o se maravilla o me cuenta su vida sólo por ser andaluza. “A ver, a ver, di seis, di seis” –esto los fartuscos de turno. Luego están los que juegan a ver si adivinan de qué parte soy, entre Granada y Murcia queda la cosa casi siempre. Y los nostálgicos, los que me cuentan que su padre era malagueño, o su madre cordobesa, o su perrito adoptado de una protectora en Dos Hermanas. Una señora mayor, de Cádiz, que vino a consulta  me tuvo una vez una hora de reloj charlando (más ella que yo) de lo divino y de lo humano, de su vida allí y su vida en Madrid, de sus perros, de su marido, de sus casas, de sus hijas y de una amiga suya que le hacía pasar vergüenza porque cuando se juntaban para tomar café en una terracita hablaba a voces y entre “coños, cojones y chochos” todo el que pasaba se giraba a mirarlas. Entrañable la mujer, me dio dos besos y todo antes de irse. Yo, como siempre he estado bastante esmadrá, me emociono y me alegro cuando me encuentro a un paisano, ya sea en la capital de España o en la Conchinchina.


En fin, va tocando ya despedirse, pues poco más te puedo decir que no sea repetirme. Ríete tú, pero es que es la verdad, madre no hay más que una y hoy, en especial, te echo de menos un poquito más. Tú que me has parido y me has criado.  Tú que recogerás, más tarde o más temprano, mi cuerpo entero para descansar. Madre chiquita y preciosa, tierra sultana y generosa, aquí me ves, escribiendo para recordarte, cantándote desde la sombra espesa de esta boina que me dio cobijo, bronquitis y un hueco en su corazón. Reparte abrazos y joyos con aceite y azúcar para mis hermanos. Y no te olvides nunca de tus hijos, de tus tierras, ni de tus aceituneros altivos.


Siempre tuya,


Raquel.



jueves, 21 de febrero de 2019

Trombo saudade



Este desierto fue antaño todo bullicio.
Aquí hubo gente que yo conocí.
Ahora campa el silencio a su antojo,
cae la bruma y el invierno,
me arañan vientos que nunca sentí.
Ya no hay nadie a quien acudir.

Un árbol tiembla en medio del oasis.
me aferro a su tronco con ansiedad.
Me acaricia el pelo con sus ramas
-también me recuerda, lo sé-,
me besa la frente con piedad.
Susurra un te quiero al despedirse.
Su voz me taladra,
me confunde su olor.
El tacto de su corteza agrietada,
como una bofetada,
me trae de vuelta a la realidad.

Ya he pasado antes por aquí
y este camino no tiene final.
Sólo recodos verdes
con flores de plástico
y estampas de cristal.
Sombras que se alargan al pasar.
Sirenas atracadas,
entre las brechas del tiempo,
en las arenas de mi soledad.

Huele a romero y melancolía,
estoy enferma de pasado.
Demasiados frentes abiertos,
me dejo llevar,
me suelto de tu mano.
Vuelo rasante.
Asciendo y me caigo.
Caída en barrena.
Me estrello y me desangro.

Han pasado muchos años,
y aunque todo está en su sitio
todo ha cambiado.
No estás tú, ni aquellos, ni los otros.
No hay cuerdas que me salven.
Sólo fantasmas y recuerdos
en bolsillos rotos.

Tengo un trombo en la garganta
y me escuece el corazón.
Me hace feliz volver a verte,
sentir tus calles, tu brisa, tu gente.
No es poca dicha, Córdoba mía,
tenerte.
Allí donde todo nace
y donde tanto, también, murió.
Serás siempre, tierra madre,
mi ensueño y mi perdición.


RAV

miércoles, 30 de enero de 2019

Oscura y pura


Hoy toca poesía. No es algo que yo decida o elija, es algo que sale cuando quiere y puede, como un virus contagioso o una tos alérgica, que te hace polvo la garganta y es irreprimible en cualquier circunstancia. A veces tienes una imagen, una idea que te ronda, un capítulo de tu vida o de la de otros, fantasía y ciencia ficción, o cólera, o traumas en la mochila, dolor de espalda y congestión. Lo que sea, un mal día o uno estupendo o uno mediocre y aburrido, todo puede hacer que escribas. Porque todo es, y con eso basta. Escribes porque respiras. Y no puedes -ni debes- explicar nada más.


"Oscura y pura"

Oscura y pura,
como un ataque de ira,
como el chocolate negro,
como las tardes en que no te veo.
Vestida de raso y de rabia,
la chaqueta de cuero
y las pupilas dilatadas.

Avisto miradas furtivas
que viajan en silencio,
tanteo el terreno,
calculo situaciones y salidas.
Quizás he venido a buscarte,
pero no salgo a tu encuentro.

Las aceras
son arenas movedizas.
Tú estás lejos.
Correré una vez más el riesgo,
fingiendo una seguridad
que no siento.

Hay sonrisas en los cristales
y sangre en los bolsillos.
Maletas olvidadas,
desgana,
veneno y maldades
acechando tras los visillos,
de gente podrida
de miedo y deriva,
de perros abandonados
a su perra suerte y su perra vida.

Una nube negra engulle todo,
turba espesa de sumisos y desesperados.
Ansiosos por el futuro,
cruzando -semáforo en rojo-
como autómatas desorientados.
Queriendo salir ilesos
en la huida del pasado.

Retrocede la furia
con el té caliente del desayuno.
Respira un minuto.
Los demonios no duermen
ni descansa el huracán,
el tiempo será siempre tu verdugo.

Oscura y pura,
mientras resisto y vivo.
Oscura y pura,
mientras lo escribo.



RAV

jueves, 24 de enero de 2019

Crónicas de viaje: "Teneriffa, agüita mi niño".





Tenerife es una isla del océano Atlántico perteneciente a la Comunidad Autónoma de Canarias (España). Junto a La Palma, La Gomera y El Hierro conforma la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Eso y algunas cosas más dice si le preguntas a la Wikipedia, si me preguntas a mí te diré que soy una gran ignorante de la vida y que, no obstante, después de dos días y medio en sus tierras puedo definirla como un paraíso para los sentidos. Soy bastante mala con la geografía desde siempre –no voy a reconocer hasta qué punto, pero en mi defensa alegaré que me vuelco en investigaciones cuando visito ciudades nuevas y también a la vuelta del viaje–, por lo que mantengo la sana costumbre de pillar un mapa en cuanto aterrizo. Me gusta marcar los sitios por los que pasamos y tener la consciencia e imagen mental de dónde estoy ubicada en cada momento sobre el planeta Tierra, y así de paso relleno esos huecos que hay en mi cabeza, capitales, provincias y demás. Siendo más sincera todavía tengo que añadir que nunca me había llamado especialmente la atención esta isla (ninguna, en general, manías tontas de persona poco viajada), pero de eso también me han curado allí.

¡La de cosas que he aprendido! Aparte de las fotos, los momentos y todos los recuerdos que eso conlleva, lo que más me gusta es lo que aprendes en cada parte del mundo. Para empezar, que la historia cambia por completo si vas de la mano de guías autóctonos, y si estos son amigos no podrás pedir más ni comer mejor. Que todo el mundo conoce las papas arrugás y el mojo, pero yo ahora puedo decir que el gofio, el almogrote, y el barraquito especial están de vicio también. Y la carne de cabra, y la mermelada de guayaba, y los juguitos de naranja y papaya. ¡Y los vinos! Entran que da gusto y no sabes cuándo parar. Huelga decir que el gastroturismo es una parte muy importante de nuestros viajes. Para hacer frente al bucle interminable de curvas y revueltas que te llevan al Teide hay que llenar bien el buche y engrasar la maquinaria. Especial buen recuerdo guardo del restaurante “Aguamansa” –en La Orotava, ojito con Miguelito y su espirituoso casero de romero que se te mete en el alma y te tersa la piel, citando sus mismas palabras–, la tasca de “Tocuyo” –donde las paredes están llenas de frases, versos y chistes varios, y es costumbre tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo–, y el guachinche “El Paraíso” –en San Cristóbal de la Laguna, igual que el anterior, donde pudimos degustar no pocos platos y bebidas típicas que hicieron las delicias de nuestro paladar. Rincones que ya tengo apuntados en mi agenda para la próxima incursión, además de todos los que nos quedaron por visitar.

También he aprendido palabras y expresiones, riqueza cultural que no sé si todo el mundo valora, pero que a mí me encanta. Los guachinches son bares o restaurantes donde te sirven comidas y vinos típicos de la zona, que se originaron en los mercadillos que hacían los ganaderos y agricultores antaño con sus productos, algunos se hicieron legales y otros…ahí están. A lo que nosotros llamamos chirimiri o chispear (harineando en mi pueblo), ellos lo conocen como chipi chipi. Luego están los magos, que he visto que tiene varias acepciones, pero la que a mí me explicaron consistía en gente de pueblo, muy de campo, tosca y con la cara roja, de trabajar bajo el sol y también de cerrar algún que otro bar al terminar la jornada. Agüita es una de mis favoritas, es para mostrar sorpresa ante algo, aunque tiene mucha versatilidad, por los contextos en los que yo la he escuchado podría ser para los canarios lo que “no ve” para los malagueños, “sipote” para los cordobeses, “ahí va la hostia” para los vascos, o “vaya tela” para el resto de la población. Se me quedan muchas en el tintero, pero como pienso ir más veces ya haré un glosario en condiciones.
De los paisajes qué puedo decir. Contraste de temperaturas y accidentes geográficos en cuestión de pocos kilómetros. Tengo fotos que recuerdan a isla Nublar, otras que te transportan a algún capítulo de Doctor Who en las tierras de Marte, y otras en las que puedes revivir más de una escena de Perdidos. Cada imagen acompañando a silencios y exclamaciones que se suceden y apelotonan en un vórtice constante con el Síndrome de Stendhal como protagonista. Es mi manera enrevesada y romántica de decir que lo flipé bastante, que me encantó, que allí se puede respirar y desconectar. ¡Que volveremos! Con menos lluvia, espero, para poder subir en condiciones al padre Teide, y con más tiempo, para todo lo que se nos ha quedado a medias. Desde luego, dos días y medio en Teneriffa, como dicen los guiris, es como dejarte con la miel en los labios.

Tenía la intención de escribir unos párrafos en orden cronólogico, con listas de lugares visitados y restaurantes que valorar en tripadvisor, pero luego me he dado cuenta de que esto no es un blog de viajes ni yo soy una trotamundos profesional, así que me quedo tan a gusto con mi reseña tinerfeña a modo de diario personal. Justo ahora, releyendo desde el principio, me percato también de que no he contado la aventura con el coche para llegar a la T4, que casi nos hace perder el vuelo a la ida, y luego la hora de retraso por el cambio de avión que nos hicieron, ya que el nuestro había dado no sé qué problema en la revisión de seguridad. Gajes de los viajes y de los vuelos, aventurillas éstas rematadas por otra hora de espera en Tenerife Norte al llegar, por no sé qué cambio de la ruta en el autobús que traía a nuestro anfitrión desde Tacoronte para recogernos. Debo decir que las seis horas largas de ayuno que casi sumen a mi estómago y mi espíritu en depresión profunda, se vieron gratamente compensadas por el “faro especial” que nos metimos entre pecho y espalda con un juguito de naranja y papaya en cuanto estuvimos en manos del guía local (godo de nacimiento, guanche en funciones).

Todo eso puede dar para otro post, otro día quizás. Hoy lo dejo aquí. Me llevo momentos, lugares, risas, fotos, vino con vino, leche y leche, postales y souvenirs, recuerdos geniales y la firme promesa de volver pronto para no dejar nada sin ver y sin hacer.


RAV

jueves, 17 de enero de 2019

Sobre sueños y pesadillas





En los últimos tiempos leo muchos titulares y artículos sobre las mujeres que no quieren ser madres. La presión social pesa como una losa, esa que te juzga y machaca por no querer lo que se supone que todas quieren: tener familia, procrear, reproducirte. ¡Que se te pasa el arroz, moza! ¿Tú para cuándo? Tu madre, tus tías y primas, la vecina del quinto que se sabe tu vida en verso, y tus amigas, ese grupo que cada vez que es más pequeño, al menos si cuentas las solteras o libres de “cargas familiares”. Si pasas de los treinta y estás asintiendo mientras lees esto probablemente estás harta de vivir situaciones de ese tipo, aburrida de que tus amigas sólo sepan hablar de pañales y del estrés de la maternidad, y cansada de que a pesar de eso te intenten convencer para que sigas su mismo camino y pronto, que ya tenemos una edad. A lo mejor quieres viajar y conocer mundo, o no te apetece sacrificar tu cuerpo de reina ni estar nueve meses sin poder beberte un gin tonic, o a lo mejor, simplemente, no te gustan los niños. No quieres y punto. Es tu decisión, y es tan respetable como cualquier otra. O debería serlo. Eso, como siempre, será evaluado, juzgado y llevado al patíbulo para escarnio público por esta maravillosa sociedad.

También he leído otras tantas páginas sobre las mujeres que han elegido ser madres. Cuentan su experiencia y cómo la han disfrutado y lo siguen haciendo a medida que sus retoños van creciendo. Sus vivencias, sus sentimientos, la lactancia, el contacto, esos lazos irrompibles que se han forjado para no romperse jamás. Un instinto y una necesidad mutuos que han llegado a sus vidas para complementarse y para quedarse. No por eso dejan de hablarte de las noches sin dormir y del terremoto de 6.9 en la escala Richter que supone esta nueva aventura, pero lo hacen desde la pasión por el momento que viven, asumiendo con naturalidad y resignación el pago de esa cuota los primeros meses y de las que vendrán en los siguientes años. Opción igual de respetable aunque, a veces, leyendo ambos tipos de artículos, diera la sensación de una absurda guerra abierta entre las dos “facciones” del mismo sexo. Luego estoy yo, que tengo treintaiún años y no voy a hablar de las unas ni de las otras, sino de mí, y de las muchas como una servidora que imagino habrá por el mundo.

Todavía no he leído una sola parrafada -igual es que no leo tanto como parece, puede ser- que hable sobre las mujeres que queremos ser madres y no nos dejan. Estamos ahí. Existimos. No hay problema físico ni enfermedad alguna que no los impida, incluso tenemos pareja estable y unos bonitos sueños de futuro; precisamente digo sueños en lugar de planes por eso, porque no nos dejan, ni tener hijos, ni tener planes. Esto va a ser triste, aviso. Intentaré no caer en lo cursi, pero también de eso hay, a qué negarlo.

La primera vez que vi sus ojos supe que mis hijos tendrían esas pestañas. Tenía que ser así. En aquel momento no lo sabía, pero ya había tomado una decisión. Luego vinieron más pensamientos al hilo de ese viejo instinto que, por genética o azar, también me había tocado la frente con su varita. Recuerdos de la infancia para compartir con ellos; libros, cuadernos y juegos que enseñarles; las historias de la familia y las croquetas de mi madre; el amor por la naturaleza y los animales; películas y viajes por hacer; rincones por descubrir y aventuras por vivir. Pues eso que dije antes. Sueños. ¿Por qué no soñar? Durante muchos años renegué de todo. He ido de rapera, de gótica y de chándal. De rebelde, de vegetariana y de anti. Los niños son el demonio - ¡Ponedles bozal y microchip antes de sacarlos a la calle, por Dios! - , no me gustan, no sé de qué hablarles, son raros, hacen ruido y cuando se cagan encima huele a estiércol de poni. ¡Y virus! Tienen porquerías a montones, con capacidad destructiva de bomba nuclear, contra la que tu triste sistema inmune de persona adulta no tiene una mierda que hacer más que huir y esconderse cruzando los linfocitos tras la espalda deseando que sea una muerte rápida e indolora. ¡Putos niños! ¡Quiero uno! En realidad quiero varios. No por las ayudas esas que había antes para las familias numerosas (desconozco si siguen existiendo, y las ayudas también), ni por crear un ejército de superhéroes súper bien educados que combatan con sus modales, ideas y respetos la nueva era de podredumbre que se nos viene encima. Tampoco es por sus abuelos, ni por deseo expreso de nadie que no sea una misma y su amante esposo. Es mi deseo, mi preferencia, mi elección. Es una decisión - egoísta por supuesto, no puede ser de otra manera, pues nadie pide nacer -, y es mía. Nadie me lo pide, ni me lo impone. En todo caso, y esto me parece importante, me lo impiden.

Mi historia no tiene nada de especial, es tan común como la tos. Media vida estudiando, la otra media buscando trabajo. Formo parte de esa generación que lo ha tenido prácticamente todo gracias al esfuerzo de unos padres que no tenían mucho pero querían darte un futuro mejor del que tuvieron ellos, con oportunidades, con posibles y posibilidades. Recuerdo cuando mi hermana y yo solicitábamos becas y ayudas para el colegio o el instituto, y en la casilla de profesión del padre y de la madre marcábamos otros y escribíamos trabajadores del campo. La otra opción era marcar agricultores, ¡qué más quisiéramos nosotros que tener tierras! Anda que si a mi padre le llegan a decir lo que me iba a dar de comer la veterinaria… Cuánto dinero, tiempo, sudor y lágrimas invertidos (lágrimas menos, la verdad, yo he sido siempre más de ira y fuego). Y como yo, tantos. Soñando con una vida tranquila, con un trabajo estable, sin lujos, algo humilde pero digno. La realidad es bien distinta a todo lo que hubiera podido imaginar.

Tres años en paro de preliminares, luego vino el sexo duro. Seis o siete trabajos distintos llevo ya en la capital del reino, todos temporales o en condiciones muy criticables, y con frecuencia ambas cosas. Alquileres desorbitados en pisos zulo, semisótanos o interiores con vistas a ninguna parte. Eso si tienes suerte y te conceden el honor, primero tienes que pasar más de un casting y superar una yincana a la que se le queda corta Humor Amarillo. Y si consigues llegar sano y salvo a la Copa de los Tres Magos, como no lleves la sangre de una virgen, un pelo de unicornio, el Santo Grial y la misma Excálibur para respaldar tu aval, te puedes ir por donde has venido con el rabo entre las piernas (importante que sea tuyo y no de tu perro, porque animales ni mijita, oye, a ver si te vas a creer que esto es un puto zoológico). Paga luz, paga gas y agua, la comunidad, la cuota del Colegio -que si no no puedes ejercer- , la factura del móvil, o del fijo, o de internet, o las tres cosas, y el IVA trimestral - si tienes la desgracia de ser autónomo-, paga trampas, tapa agujeros, repara el calentador y compra el pan. Y si no ahí te quedas, con tus padres o con tus suegros. Ya os digo yo que ninguna de las dos alternativas es buena.

Si llegado a este punto has conseguido una estabilidad sentimental te puedes dar con un canto en los dientes. Yo tengo esa suerte pero, por triste que sea la verdad, vida personal y trabajo bien remunerado - o mínimamente bien pagado como para poder vivir sin estar con la soga al cuello - son altamente incompatibles, inversamente proporcionales o como lo queráis llamar. Tengo amigas y amigos que están triunfando dentro de su profesión, y otros que están casados y o tienen hijos. Puedo contar con los dedos de una mano los que se encuentran en ambos grupos. De hecho miento, no puedo. Y tener que elegir, cosa que antes o después acabas haciendo sin darte cuenta, es todo menos fácil. Ahí es cuando te das cuenta de lo ambiciosa y egoísta que eres, lo quieres todo para ti: un pisito, un marido, unos hijos y un trabajo. Y todo estable. ¡Claro que sí! ¡A seguir soñando, guapa!

Ciertamente yo ya he escogido mi camino, el de pagar facturas y guardar los bordes del pan de molde para hacer migas a final de mes. Pero sigo alimentando, como a ese gatito que rescatas de la calle y escondes en tu cuarto para que tu madre no lo encuentre, la pequeña esperanza de poder tener mi propia familia antes de que mis ovarios y la maquinaria imperfecta de mis entrañas se cansen de esperar. No pocas veces me ha dicho mi madre eso de “lo de los niños no es cuestión de pensarlo, si lo piensas no los tienes nunca”, y mi suegra - otra que no tiene ganas de nietos, no ni ná- aquello otro de “tú no tienes de qué preocuparte, que a tus hijos no les va a faltar de nada”. Amables palabras, sinceras por supuesto, pero egoístas también, de otra época y corte moral - como dice la canción -, incapaces de apreciar la realidad. Antes tener prole se hacía por inercia, ya ni siquiera por presión social, es que ni se lo planteaban, era lo que tocaba y punto. Vivían en la misma casa abuelos, padres y nietos, y algún bisabuelo que quedara por allí. Y no lo critico, eran otros tiempos. Los míos son estos, y si pienso en la mierda de mundo que tenemos y alimentamos se me quitan las ganas de traer más criaturas a que sufran en él, pero tampoco me parece mala idea procrear para dejarle a éste mejores personas (que a todas luces hace falta como agua de mayo). Y si no puedo asegurarles un techo y unos cuidados básicos… ¿Para qué? ¿Tener hijos para apretujarnos en veinte metros cuadrados? ¿Para que los mantengan mis padres o mis suegros? ¿Con un sueldo, mileurista raspado con suerte, temporal y tan inestable como la dinamita? ¡No pasa nada! “Ahora se pare más tarde, fulanita hasta los treinta y siete no se quedó embarazada, y menganita a los treinta y nueve tuvo el último y ni tan mal”. No puedo esperar a los cuarenta (cuarenta y cinco de mi novio, ojo) para arriesgar mi vida y la del que venga, o para tropezar con algún cáncer a los sesenta y pocos y dejar a los churumbeles a medio cocer. No funciona así, al menos en mi cabeza. En mi cabeza ya voy tarde, no por la sociedad (la sociedad me la trae bastante al pairo), sino por lo que yo quiero. Y sin embargo no soy yo, es ella la que decide.

Y este pensamiento me atiza y me atenaza. La mente es maravillosa y deja huecos y hace su propia magia para ocuparte los sentidos en otras mil cosas, pero hay días en que quema como este jodido sol de invierno y dejo que me consuma como se consumen esas velas aromáticas que venden en los chinos, que huelen de puta madre pero que no sirven para nada, cuando se derriten se apagan y se acabó la historia. No hay moraleja, ni resumen ni conclusión, ni sentencia final para cerrar decorosamente estos párrafos. Es una jodienda, como tantas otras, pero es lo que hay. El tiempo siempre corre en nuestra contra. Habrá qué decidir qué cojones hacemos mientras, sin desestimar qué nos dejan hacer.


RAV