domingo, 14 de julio de 2019

VII: Prosa de lunes.




Esa sensación de haber vivido ya algo, ¿sabéis a lo que me refiero? Una situación concreta, una escena cotidiana sin mayor relevancia, un olor, una frase, una imagen… Cualquier cosa, circunstancia o persona puede provocar esa reacción en el cerebro, probablemente. Pero no él. Eso que llamamos déjà vu son, por lo visto, paramnesias del reconocimiento, y yo lo reconocí al momento pero no lo había visto nunca hasta entonces. No hay guiones ni tomas repetidas en este rodaje espontáneo, no hay nada escrito pues, todo está por descubrir. Eso me hace pensar que, indudablemente, de todas las posibilidades físicas y no estudiadas, mundos paralelos, líneas temporales y fantasías alternativas varias, él es el principio y final sobre el que nace, se desarrolla y vuelve a cerrar el bucle de mi vida. Es posible que lo que digo no tenga ningún sentido, ya me dijeron por ahí que el amor no se puede definir. Qué le vamos a hacer, hoy me he levantado con el capricho de escribir.

Resulta increíblemente difícil expresar con palabras algo que no se te atraviesa en la garganta. Si no quema, si no duele, si no desgarra, si no te hace daño no es fácil de describir. Las cavernas propias suelen ser una buena fuente de inspiración, y la tentación del desahogo, demasiado grande casi siempre. Las iras, los fracasos, los anhelos y rechazos, algún platonismo casi olvidado, frustraciones estacionales y dolor de huesos, todo eso. Si provoca oscuridad, permite defenderse con todos los versos y con la prosa más contumaz que pueda iluminar mínimamente el camino. Pero él no. Él provoca todo lo contrario, y ¿cómo hablar sin caer en la mermelada, ni en los tópicos, ni en la diabetes de tipo II? Máxime cuando, aun después de tantos años, sigues tan hasta las trancas como el primer día. No, fácil no es.

El mar estaba relativamente en calma cuando llegó para quedarse. Y eso que en el epicentro de mis sinapsis hay siempre una posibilidad de absurda tormenta existencialista perfectamente calibrada y configurada para desatarse sin previo aviso, devastando y tragando a su paso como un agujero negro en mitad del océano, pero su barco, con bandera blanca, fue extrañamente respetado. Vino para traerme la paz, con ruido de revolución, sin prisas pautadas, sin diplomacia barata, sin alergias, maletas ni estafas. Puso las cartas sobre la mesa, tenía las ideas claras, y yo, con todos mis miedos y un billete de ida y vuelta, dije ¿por qué no? En los polos opuestos no tengo mucha fe, yo soy más de los complementarios. Y ahora sé que somos piezas forjadas para completar nuestro propio puzzle. Puede que lo haya sabido siempre pues, algo insólito en mí, nunca he estado más segura de nada en mi vida.

Es mi kilómetro cero. Todo lo demás cuenta, pero no importa, toma sentido solamente porque de alguna u otra forma ha terminado contribuyendo a que mis pasos lleguen hasta él. No hay fracasos ni dudas ni lamentaciones, en las buenas somos felices, y en las malas, mejores. Es mi escudo contra la oscuridad, sonrisa para mis miedos, esponja de mi locura. Es abrazo al final del día, tabla de salvación y eléctrica descarga que activa mis sentidos. Me serena en la confusión, baila bajo el huracán y lucha siempre conmigo cuando mi batalla es contra mí. Y piensa a veces, con inocencia fingida y descarada osadía, que no me inspira a escribir. Quizás aún no se han inventado palabras que endulcen tanto el papel como para hablar de él, quizás tenga que aprender otros idiomas para decirle te quiero con alguna expresión más exótica. Quizás, si le da por leer esto, sienta un puntito de vergüenza porque esta vez la carta no es para él sino para todo el que la quiera leer.

Si alguien necesita pincharse insulina, lo entenderé. Si alguien vomita un poco, me parecerá exagerado. Si alguien se ha quedado hasta el final, es posible que también esté enamorado.



RAV

jueves, 27 de junio de 2019

Crónicas de viaje: "Marcho que teño que marchar".





Sabes que has llegado porque atraviesas un portal. No es otra dimensión, pero es otro mundo. Los amarillos y ocres de encrespadas espigas, fiel atrezo y condimento del noble llano, dejan de recortarse sobre un cielo añil tan despejado como inclemente para dar paso a espesos laberintos de verde que se alzan y expanden, con espontánea soberbia, extendiéndose con su hechizo entre las brumas norteñas. Durante unos segundos de confusión podría uno pensar que acaba de descubrir Avalon, y no andaría muy lejos de la verdad, pues cierto es que se trata de Galicia.

Cuando pienso en sus tierras sólo puedo suspirar, siempre las echo de menos. Ésta no ha sido nuestra primera incursión -sobre las bellezas y placeres de A Costa da Morte ya escribiré en otra ocasión, aunque siempre es difícil competir en palabras con las imágenes que sus paisajes te graban en las retinas-, pero el destino de interior no ha dejado de suponer un agradable hallazgo. Si el objetivo es viajar la motivación para madrugar está más que asegurada, así que allí estábamos los dos, maleta en mano -mochila en hombro-, a las 6 de la mañana, prestos y sonámbulos, listos para coger el tren a nuestro próximo destino: Lucus Augusti.

El tedio de horas de viaje sin despegar las posaderas del asiento se vio gratamente aliviado en cuanto pusimos pie en la ciudad. Nuestro amigo Montaña y el indestructible Jimmy fueron cortésmente a recogernos a la estación (aquí aclararé que "el Jimmy" no es una persona al uso, pero sus sentimientos de transformer pueden ser heridos igualmente, así que consideradlo parte del equipo humano) y, después de dejar los bártulos en el hotel del casco antiguo donde nos hospedaríamos, fuimos a dar buena cuenta del churrasco, el raxo y el pulpo que harían de nuestro segundo desayuno una verdadera delicia. Sí, con el estómago a rebosar de condumio y felicidad, por fin sentí que habíamos llegado a nuestro destino. Ya lo dicen por ahí: Para comer, Lugo. ¡Amén a eso, hermano!

Con lo que soy yo haciendo planes, reconozco que esta vez intenté relajarme y dejarme llevar. Y digo bien, "intenté", porque la noche antes de salir me puse a apuntar, deprisa y corriendo, las sugerencias, consejos e indicaciones que una viajera dicharachera recomendaba en su blog tras haber exprimido la ciudad en una sola tarde y en compañía de una autóctona amiga. Nosotros con el amigo local ya contábamos, el resto lo dejamos a la improvisación y la aventura y, como dijo el otro (o la otra), "no me arrepiento de nada". No voy a hacer un listado de sitios, pero os diré que le sacamos mucho rendimiento al barrio antiguo. La imponente muralla romana es una auténtica gozada, tanto para el paseo de rigor a cualquier hora del día sobre sus hombros como para admirarla sencillamente desde abajo. Por las noches, al volver al redil, dan ganas de atravesar alguna de sus puertas a caballo y llegar por la plaza de Santa María hasta la catedral del mismo nombre donde, entre gótico y románico y piedras que laten de historia viva, uno tiene la sensación de hallarse ante un abrumador lance espacio-temporal. Entre sus calles angostas y empedradas se te ocurren paseos, brebajes y poesía. Y si llovizna, te mojas tan a gusto. Y ya te secarás en alguna taberna o mesón mientras anotas tus impresiones en un roído cuaderno de viaje, al suave fluir de las burbujas de una rica Estrella.

No os penséis que nos pasamos los cuatro días flotando entre románticos -y románicos- versos de Rosalía de Castro, es que me pongo bohemia con medio prólogo histórico y un cuarto de hora a la orilla del río Miño -que es precioso, por cierto-. Uno de los días también fuimos a hacer una escape room a la Sala Enigma (muy recomendable), y echamos un rato bastante bueno de risas y ganas de arrancar cabezas -esto último quizás fue un sentimiento más mío que de los demás, suele pasar cuando vas con dos gañanes multidisciplinares que se creen John McClane intentando salvar el Nakatomi Plaza-. Pero, con total seguridad, los mejores recuerdos que me llevo son los que acumulamos otra de las jornadas, campestre como ninguna. ¡Un día legendario!

Recuerdo que Montaña y el Jimmy vinieron a recogernos a eso de las 9 de mañana, y yo con más hambre que el perro de un ciego. "Ya pararemos a desayunar, no te preocupes" -me dijeron-, empecé a preocuparme cuando, por gracia de la fecha (aunque no fuera con nosotros la fiesta, seguía siendo jueves santo en el resto de España), los sitios que íbamos buscando aparecían cerrados. Yo es que si no ingiero alimento en cuanto echo los pies fuera de la cama, no soy persona ni nada que se le parezca. Paramos, al final, en Castroverde, en un bar muy apañado llamado "A lenda" donde pude mantenerme fiel a mis costumbres y entonar el cuerpo con un té negro con una cucharadita de miel (finústica que es una, oiga) y unos cuantos trozos de bizcocho de la casa que no estaban nada mal. Compramos tres señoras empanadas (de atún, de ternera y de manzana, ¡me relamo de recordarlas!, hasta me parece olerlas otra vez) y nos dejamos guiar a la aventura por nuestro buen amigo y chamán de los bosques.

Aquí es donde voy a empezar a buscar palabras para describir los alucinantes paisajes por los que anduvimos, y no las voy a encontrar... ¡Porque no existen! Y si existen no son suficientes. El verde es tan inmenso e interminable que, si no estás acostumbrado, te desborda los sentidos. Verde en cantidades industriales, verde oscuro, verde denso, verde fresco, fragante, degradado, rugoso y elevado. Verde salvaje, verde primario, verde por todas partes, susurrando cuentos entre los árboles, arrastrando con sus vientos llovizna tibia sobre nuestra frente. Verde despierto y osado, heredero de un trono abandonado, verde de conxuro, de meigas y trasgos, verde querido y olvidado. Verde sobre la tierra y sobre los hombres esclavos. El más puro canto de la naturaleza se dejaba oír, acariciando mejillas y pestañas, a cada paso que dábamos. Era imposible no dejarse transportar ante tal despliegue de solitaria calma y vida burbujeante. Disfrutamos como niños en la boca de una antigua mina donde la vegetación había crecido hasta abrazar casi por completo la entrada -garrapatas y arañas de tamaños fantasiosos estaban prestas para dar la bienvenida a quien quisiera adentrarse en su particular y húmeda morada-. En mi afán por sacar la mejor foto, hinqué rodilla en tierra y me fui a topar con una bella ortiga deseosa de compartir sus urticantes virtudes con mi fina piel de plebeya delicada. Aunque no iba a ser suficiente para enturbiar mi éxtasis campestre, tengo que reconocer que el consejo de nuestro amigo Montaña de frotarme yerbabuena en las ronchas me fue de inestimable ayuda en ese momento. ¡Y no sería lo único que aprenderíamos ese día! Nuestro valioso y leal compañero estaba también versado en flora y fauna y, sobre todo de lo primero, acabé haciendo una larga lista para no olvidar ningún nombre: pulmonaria, ranúnculo, prímula, serbal de los cazadores... ¡Una verdadera pasada!

Ya más o menos por el "Bosque de la Marronda", paramos junto a un pilón generoso a recuperar energías y rellenar el buche y sus compartimentos. Dimos buena cuenta de las tres empanadas y de unas latas de Estrella Galicia que habíamos comprado en un puesto ambulante por el camino y, mientras charlábamos y nos hermanábamos entre historias reales y mitología gallega, empezó a llover y nos molestó bien poco. Con toda la calma del mundo guardamos los archiperres, limpiamos las navajas, y volvimos al calorcito manso del Jimmy y a su traqueteo de pedales viejos y caminos silvestres justo antes de que el cielo lanzara un par de blasfemias en forma de chuzos de punta. Me sentía absolutamente feliz, no necesitaba más, y creo que era un sentimiento que se extendía a todos, incluido el Jimmy.

Aún quedaban unos cuantos kilómetros ese día para terminar nuestra ruta, hasta llegamos a dar una vuelta por Taramundi y todo, pero me eternizaría y os aburriría con descripciones repetitivas sobre síndromes de Stendhal recurrentes. Probablemente es el mejor jueves santo que recuerdo; aunque cansados y molidos, se nos hizo verdaderamente corto, y no dudaría en andarlo de nuevo mil veces. Si os parece que exagero, os invito a probar experiencia por el norte. Nunca defrauda.

Por desgracia, todo lo bueno se acaba pronto, y cuatro días pasan en un suspiro. Cuando te quieres dar cuenta ya estás sentada en el autobús con baño para hobbits de camino a casa, con musiquita, vídeos y gran diversidad de entretenimientos, pero viendo tristemente por la ventana cómo vuelve a cambiar el paisaje, dejando atrás ese vórtice de yerbas frías y nubes acogedoras hasta que el golpe de realidad te hace pensar que todo lo que viste y viviste apenas unas horas antes fue una mentira deliciosa de la imaginación. Ahí, simplemente, coges aire con melancolía y resignación y, como para tus adentros, susurras con la cabeza apoyada en el cristal: Marcho que teño que marchar.


RAV

domingo, 31 de marzo de 2019

¡Bienvenido abril!


"El primer lunes del mes de abril de 1625..." Así comienza uno de los libros con puesto de honor en mi estantería, y nunca podría expresar lo que su lectura provoca mejor que este hombre http://arturoperez-reverte.blogspot.com/2009/07/heroes-cansados.html He aquí mi pequeño homenaje con mix media de novata. ¡Uno para todos y todos para uno!


RAV

miércoles, 27 de marzo de 2019

La de los pelotis, Hulk y el riesgo de leishmania


La de aquel veintitrés de diciembre había sido una jornada entretenida. Llegamos al pueblo por la mañana –madrugón del quince, tren y autobús a La Comarca; nos pusimos hasta las cejas de migas con chocolate en mi casa (sí, con chocolate, deberíais probarlas antes de poner esa mueca de asco) y, sin darnos tiempo a pensar siquiera en una posible digestión, nos fuimos a la calle a merendar con la facción dura de la familia: las “toritas” (no digo que no tengamos raíces vikingas, pero en este caso viene por el apellido). Todo genial, la verdad. Nos juntamos poco, pero cuando nos juntamos, nos juntamos. Al principio mucha infusión y protocolo británico, pero cuando se acabó el té nos pasamos a los pelotazos con ginebra que, para qué engañarnos, era la oscura intención de la mayoría desde el minuto uno. ¡Alegría! Cachondeo, risas, chascarrillos, fotos posando con los ojos cerrados, lo normal. Pues eso, buen ambiente en general. Viaje con nosotros…y disfrute.

Con esta introducción podéis pensar cualquier cosa pero, creedme, ni os acercáis al tema. Me gustaría enrollarme algo más, describirlo con nitidez para que lo podáis visualizar como a cámara lenta, darle más pompa y más bombo a la narración, pero sería tan absurdo como rápido fue lo que sucedió. Coged ese contexto, ese fondo festivo de reencuentros y diversión, y sentaos tranquilamente a leer la foto de este frío pasaje de Navidad –tampoco tengáis las expectativas muy altas, quizás me he venido arriba con el título, ya es lo que hay. La cuestión es que, entre pitos, flautas y vapores anisados, la compañía regresó a casa. Mi casa, ese remanso de paz que tan pocas veces ha sido, con sus viejas paredes y sus viejas historias. Narnia en invierno, Mordor en verano. Antigua y herrumbrosa, como un castillo encantado; limpia, por supuesto, pues mi madre es muy hacendosa; con naturaleza salvaje y partes en bruto, fauna invitada y un naranjo impoluto; piedras, macetas y algunos trastos; cocina pequeña, improperios y un sólo cuarto de baño. Hogar, no obstante, al que volver siempre, bien sea sobrio o algo lacasito -ligeramente. Muchos diréis, después de leer esto, que los acontecimientos no podían haberse desencadenado como efectivamente hicieron de no ser por haberme hallado yo en este último estado. ¡Qué fácil es juzgar a toro pasado! ¡Ahí os quería haber visto yo, en mi situación! ¡Bellacos!

Bien podría decir, como El sastrecillo valiente, que abatí a siete de un sólo golpe, y no andaría muy lejos de la verdad. El caso es que, modestia aparte, mi enemigo era menor en número pero bastante más hermoso de cuerpo que las moscas de aquel libro infantil. Lo avisté nada más entrar a mi habitación, tal era su tamaño –allí estaba él, inmenso, espléndido, elegante y asqueroso; parafraseando a Broncano: ¡Vaya bicho!–. ¡No sufráis! No os voy a enredar con misterios ni florituras innecesarias cuando todos sabemos que me refiero a un mosquito. Un maldito mosquito de esos que se pueden echar perfectamente a la ensalada de marisco y que pasarían desapercibidos en un cóctel de gambas. Uno de esos, sí. ¡Casi le pido la hora!

¡Piensa, Raquel! ¡Piensa! –así funciona mi cabeza por dentro en bretes de este calibre y bajo presión– ¡Piensa rápido! Tengo una perra con leishmaniosis y muy pocas ganas de que me la reinfecten (menudo cargamento debe llevar aquí mi amigo en su maquinaria de chupóptero); no me apetece ni remotamente pasarme la noche con la banda sonora que el hijoputa este me va a cantar al oído, ni levantarme por la mañana con las piernas a parches como si llevara unas medias de lunares; y…bueno, no encuentro una tercera razón ni me hace falta. Vas a morir, querido. Se siente. Este cuarto es demasiado pequeño para los dos. O tú o yo. Sólo puede quedar uno. It’s the final countdown tinonino tinoninoni… Vale, vale. Ya corto. No penséis que me recreé tanto. En momentos así el tiempo juega en contra y, mientras mi cerebro generaba estas frases para una futura entrada de blog, mi cuerpo tomaba el mando de la situación desde el instante uno, realizando la primera acción preventiva para garantizar una ofensiva eficaz: abrir los brazos en cruz esgrimiendo un tajante ¡atrás! para impedir el avance de ningún otro ser viviente que pudiera entorpecer las maniobras que iban a tener lugar y efecto en breve –a saber, mi pareja de análoga afectividad que, como ya me conoce, prefirió sabiamente retroceder y coger palomitas para ver desde una distancia prudencial el espectáculo–.

Describo escenario: cortinas burdeos, visillo blanco, gran ventanal con tres partes y vistas al campo, a la nocturnidad y alevosía silvestre. En medio de la translúcida tela central, como si descansara inmortalizado en un pegote de ámbar, el Señor Don Mosquito grácilmente posado, con todos sus miembros extendidos manteniendo el equilibrio y dando volumen a su cuerpo desmesurado. Suficiente. Hallándome en éstas, y habiendo sentenciado ya al acusado, paseé mi vista por la habitación valorando las distintas posibilidades a mi alcance para ejecutar la pena capital: muerte por aplastamiento. Descarté varias opciones. Libros no –ya los he usado para tal fin en el pasado y dejé de hacerlo porque me parecía una falta de respeto–; mi propia manaza, tampoco –poco higiénico y sensato, ¿y si en el último segundo se vuelve, me pica y me pasa la malaria por despecho?–; cajas reutilizadas de sujetadores en las que mi madre guarda las muestras de crochet, negativo –pesan poco y necesitarían mucha velocidad para provocar un impacto medio decente–. Cuando casi había perdido la esperanza de ganar esta batalla y empezaba a resignarme a que mi objetivo, aburrido de tantos prolegómenos, decidiera salir volando y convertir una tarea difícil en imposible, reparé en el arma perfecta.

Allí, encima del escritorio, había un objeto que podría servir. Era una caja de medicamentos, concretamente tenía dentro dos de esos sobres de medio kilo de polvitos para vaciarte las tripas y el alma el día previo a una buena lavativa (no para mi uso y disfrute particularmente, pero eso no viene al caso). Como estaba bastante cerca de la ventana y de mi amigo, me acerqué sigilosamente para cogerla y sopesar en mano si de verdad podía servirme. Calculé que tenía un peso adecuado, con lo que quizás produciría el efecto de “estampación” que yo estaba buscando, uno sin fisuras ni cabos sueltos, que no dejara testigos. Satisfecha con mi elección, terminé de cercar rápidamente al intruso y apoyé con firmeza la caja de laxante para caballos sobre el cristal, acompañando este movimiento –a lo que se ve– con una inusitada fuerza hulkaniana nunca antes experimentada por mi persona, pues lo que siguió me sigue pareciendo bastante inexplicable incluso así. No creáis que cogí carrerilla para hacer tiro de jabalina ni que jugué a la petanca contra la ventana, tampoco iba mecedora como para darle al mismo la mano dos veces, muy sobria estaba y bien que me acuerdo de lo que pasó. Por razones físicas, cósmicas y de la madre naturaleza que desconozco, el cristal cedió en el mismísimo instante en que abatí al invasor desprevenido con la cajita de polvo de hadas. Pero así, tal cual, sin preámbulos, sin avisar, sin un quejido, sin decir ni pío. Se rompió con un “crack” como los de los cómics y me vi con la mano, la caja, y el paté de hematófago, bailando en el aire y fresquito de la noche. Como no iba con impulso, no salí volando por el agujero (habría sido súper divertido cargarme también la mosquitera del exterior –mosquitera, sí, para morirse–), y como tuve más suerte que un quebrao, el visillo impidió que me dejara el brazo como el pie de Kunta Kinte. La ventana tuvo el detalle de partirse en trozos grandes y de quedarse los más enormes de estos colgados de la parte superior para poder dejarme a mí seguir haciendo uso de la diestra durante un precioso tiempo más.

¡Pues vaya mierda de ventana! –solté sin pestañear, aunque lo estaba flipando bastante. De hecho, mi primer pensamiento fue ¿He sido yo?, pero cuando vas de Blade por la vida no puedes soltar frases de Steve Urkel. Mi madre y mi hermana aparecieron al poco con aquello de “¿Qué ha pasado? Parecía un estornudo fuerte” –resfriado hulkaniano también, para mí el burro grande ande o no ande, siempre–, y mi novio se quedó con cara de liebre cuando le das las largas en mitad de la carretera comarcal. Pausa para los aplausos. No llegó a cundir el pánico, la situación estaba controlada, aunque no deja de ser curioso que aquello coincidiera con un terremoto con tsunami en no sé qué país lejano. Se llegó a hablar de onda expansiva. Que se lo digan al mosquito. Se quedó con cara de haber pasado mala noche.

¿Y ya está? ¡Pues sí! Ya dije yo al principio que no había mucha chicha que cortar, y con esa cara nos quedamos todos. Divertido, absurdo, surrealista e inesperado. Tapamos la ventana picassianamente con una caja de cartón duro despiezada –mi madre, en su infinita sabiduría y algo de nerviosismo, nos ofreció en un primer momento un cartón de cereales muy cuqui pero nada funcional para cubrir metro y medio de butrón–. Metros de cinta aislante estratégicamente colocados culminaron un cuadro imperfecto pero seguro para que pudiéramos dormir medio tranquilos en las previas a Nochebuena. ¡Travesura realizada! Mosquito muerto, perra a salvo, mi padre viendo el fútbol en el salón –podría haberme cercenado un antebrazo, que ni enteró–, el mundo seguía girando. Borracha o no, el caso es que los salvé a todos de vete tú a saber cuántas enfermedades infecciosas, y todavía estoy esperando que me lo agradezcan. ¡Qué dura es la vida de los héroes mundanos!



Nota: Adjunto imagen para aportar veracidad a los hechos.







RAV










jueves, 7 de marzo de 2019

MUJERES


En el pueblo te crías así, con el lomo ancho. Durante toda tu vida has visto a tu madre echándoselo todo a la espalda; la casa, los niños, los abuelos, el marido y -si lo hubo- también el perro. Buen dorso, costillas recias, esa mujer está hecha de madera de roble y ramón de olivo. Le gusta leer y aprendió sola a hacer ganchillo. Dejó pronto los estudios y no tiene carnet de conducir, pero no hay lámpara, enchufe ni persiana que se le resista. A veces grita y nadie la entiende, despotrica, patalea y vuelve al punto de partida. La has visto tragar carros y carretas, mordiéndose la lengua; padecer lo propio y lo ajeno, perdonando sus errores y los de todos; la has visto comerse los retoños del cocido que tú no querías, aguantando sin rechistar tantísima tontería. Y ahí está perenne y jodida, como una mula de carga. Desde las seis de la mañana, cuando se levanta para ir al campo o a jalbegar casas, hasta las doce de la noche, cuando apaga el brasero y la luz del comedor y se va por fin a dormir -la última- con la inquietud de que en la cocina queda algún plato sin fregar y que tu padre -mira las horas que son- no ha llegado aún del bar. No se permite el lujo de soñar demasiado. Pronto sonará el despertador y tendrá que poner en marcha los engranajes oxidados de una casa de tantas, de un pueblo de muchos, de un país que bosteza a diario.

En el colegio y en el instituto tuve algunas buenas maestras. A una de ellas la maltrataba su marido; a otra, los alumnos de trece años. Las dos hacían borrón y cuenta nueva, ponían el marcador a cero y sonreían cada lunes. No sé cómo podían, pero lo hacían. Supongo que apretando puños y dientes, y resignándose cada jornada a una batalla perdida con siglos de polvo y solera. Con todos sus estudios y la luz de un nuevo milenio, soñando con que sus hijas pudieran escapar de otro destino impuesto y obsoleto. Con su sacrificio invisible y su lucha silenciosa. Por los demás pero sin ellos. A menudo solas.

Una chica, que sólo conocía de vista, dejó la universidad durante el primer año porque su novio de toda la vida le dijo que era él o los estudios. No se lo pensó. Ahora parece feliz con sus tres hijos y su marido. Él siempre tiene mala cara, pero ella sonríe por los dos y da los buenos días. Una familia sin tacha, una madre y esposa como Dios manda.

En ocho años tuve tiempo para conocer a mucha gente. Hice amigos pero, sobre todo, amigas (en mi Facultad es lo que había). Chavalería insensata -que no imberbe-, la mayoría con sus locuras, sus intereses y sus historias. Muchas de ellas levantan ahora, día a día, un trocito de esta península, con sudor y lágrimas y el hierro de su sangre. Otras hacen frente a la vida en el extranjero, se juegan los cuartos vendiendo cara la piel en un idioma que aprendieron por cojones, porque a la fuerza ahorcan. Algunas consiguieron, no sin pagar un alto precio y errar mil veces el tiro, un puesto estable que les acabó permitiendo vivir con dignidad, solteras o con sus respectivas parejas, y poder hacer planes de futuro. No pocas lo llevan algo peor, y ahí andan, tragando mierda a espuertas, con horarios y atribuciones incompatibles con la vida propia y con la familiar, luchando por no perder el norte ante tanta decepción. Y aún quedan las que contra y viento y marea siguen guerreando por alcanzar la cima de un sueño, su sueño, por el que quizás han renunciado a enamorarse, a viajar o a tener los hijos y gatos que siempre quisieron. Porque todo -bien sabido es- no se puede tener. O eso dicen. A todas ellas las admiro, y a todas las quiero.

Estos párrafos sin hilo ni conexión son historias sin más. Perfiles, sombras, rostros de mujeres. Hembras que vienen al mundo -como todos, sin pedirlo- a curtirse en verdades, a bramar, llorar, sonreír y batallar. A querer y a odiar, a madrugar, a parir, a callar y gritar y sangrar, a apagar la luz y a encender hogueras. A levantar con su santo coño la vida y el pan sobre los cimientos de la tierra. Mujeres defectuosas, con cuerpos imperfectos, contradicciones y mochila al hombro. Mujeres con frecuencia en el olvido, pero siempre, y todas a su manera, en la lucha y en el camino.




RAV

miércoles, 27 de febrero de 2019

Carta a mi madre


Madrid, 28 de febrero de 2019


Querida madre:


      Amanece un nuevo día y no estás a mi lado. Fui yo quien decidió macharse, y eso no hace que te extrañe menos. Tu alegría; tus vientos mañaneros y tus cambios de humor; tu pan con aceite para el desayuno, las magdalenas de la panadería de abajo y las tortas de Inés Rosales; tu olor a campo, a azahar y a romero, a ajos y a quema de rastrojos, según la temporada; tu leal sonrisa al final de cada jornada. Pasan los meses y no te veo, aquí encerrada entre asfalto y prisas, y paisajes de hormigón. Que no estamos tan lejos, dice la gente, y tampoco les falta razón. En apenas dos horas ya puedo abrazarte y, por unos días –cortos como nuestro invierno, disfrutar de tu refrescante y sana compañía. ¡Que no daría por poder visitarte más a menudo!


Pero bueno, cuéntame. ¿Tú cómo estás? ¿Qué tal va todo por allí abajo? Las últimas noticias que me llegan son un poco desalentadoras; parece que otra vez vamos para atrás, como los cangrejos ¿no? Quizás tendríamos que hablar hoy sobre política y esas cosas, autonomía e historia. No sé yo qué decirte, madre, no tengo la pluma muy inspirada últimamente. Aunque no negaré que me produce tristeza, desazón y pesadumbre (y todos los sinónimos que se te ocurran), este andar desorientado de la multitud, esta huida hacia delante por conocidas escombreras, esta desmemoria general. Con tanto como se ha luchado por vivir dignamente. Me dan pena y rabia muchas cosas, también algo de miedo –para qué mentir, pero no quiero llenar esta carta de quejas y frustración. Ya voy bien servida de eso con mi trabajo, y bien sabes que tengo que dar gracias por tenerlo (aquí también se lucha, pero en mi gremio todo va más despacio).


Yo no tengo grandes novedades que contarte. Aquí sigo con mi batalla diaria. Por amor me vine y por amor me quedé, y aunque alimenta bastante no llega para pagar las facturas a final de mes. Voy de trabajo en trabajo, intentando no pasar mucho por el aro, aguantando lo razonable y manteniendo el equilibrio. Hay días más jodidos y otros más llevaderos, no todo es malo, aunque si respirara tu aire seguro que los berrinches me durarían menos. Me he adaptado bien, no te preocupes por eso, aprendo cosas nuevas a cada rato sin perder tus palabras, tus expresiones ni tu acento. Por estos lares hay de todo, gente que enseguida me mira raro y pone cara de oler estiércol cuando seseo; gente normalita que no siente la necesidad de redundar en la evidencia de mi origen; y gente que se divierte o se maravilla o me cuenta su vida sólo por ser andaluza. “A ver, a ver, di seis, di seis” –esto los fartuscos de turno. Luego están los que juegan a ver si adivinan de qué parte soy, entre Granada y Murcia queda la cosa casi siempre. Y los nostálgicos, los que me cuentan que su padre era malagueño, o su madre cordobesa, o su perrito adoptado de una protectora en Dos Hermanas. Una señora mayor, de Cádiz, que vino a consulta  me tuvo una vez una hora de reloj charlando (más ella que yo) de lo divino y de lo humano, de su vida allí y su vida en Madrid, de sus perros, de su marido, de sus casas, de sus hijas y de una amiga suya que le hacía pasar vergüenza porque cuando se juntaban para tomar café en una terracita hablaba a voces y entre “coños, cojones y chochos” todo el que pasaba se giraba a mirarlas. Entrañable la mujer, me dio dos besos y todo antes de irse. Yo, como siempre he estado bastante esmadrá, me emociono y me alegro cuando me encuentro a un paisano, ya sea en la capital de España o en la Conchinchina.


En fin, va tocando ya despedirse, pues poco más te puedo decir que no sea repetirme. Ríete tú, pero es que es la verdad, madre no hay más que una y hoy, en especial, te echo de menos un poquito más. Tú que me has parido y me has criado.  Tú que recogerás, más tarde o más temprano, mi cuerpo entero para descansar. Madre chiquita y preciosa, tierra sultana y generosa, aquí me ves, escribiendo para recordarte, cantándote desde la sombra espesa de esta boina que me dio cobijo, bronquitis y un hueco en su corazón. Reparte abrazos y joyos con aceite y azúcar para mis hermanos. Y no te olvides nunca de tus hijos, de tus tierras, ni de tus aceituneros altivos.


Siempre tuya,


Raquel.



jueves, 21 de febrero de 2019

Trombo saudade



Este desierto fue antaño todo bullicio.
Aquí hubo gente que yo conocí.
Ahora campa el silencio a su antojo,
cae la bruma y el invierno,
me arañan vientos que nunca sentí.
Ya no hay nadie a quien acudir.

Un árbol tiembla en medio del oasis.
me aferro a su tronco con ansiedad.
Me acaricia el pelo con sus ramas
-también me recuerda, lo sé-,
me besa la frente con piedad.
Susurra un te quiero al despedirse.
Su voz me taladra,
me confunde su olor.
El tacto de su corteza agrietada,
como una bofetada,
me trae de vuelta a la realidad.

Ya he pasado antes por aquí
y este camino no tiene final.
Sólo recodos verdes
con flores de plástico
y estampas de cristal.
Sombras que se alargan al pasar.
Sirenas atracadas,
entre las brechas del tiempo,
en las arenas de mi soledad.

Huele a romero y melancolía,
estoy enferma de pasado.
Demasiados frentes abiertos,
me dejo llevar,
me suelto de tu mano.
Vuelo rasante.
Asciendo y me caigo.
Caída en barrena.
Me estrello y me desangro.

Han pasado muchos años,
y aunque todo está en su sitio
todo ha cambiado.
No estás tú, ni aquellos, ni los otros.
No hay cuerdas que me salven.
Sólo fantasmas y recuerdos
en bolsillos rotos.

Tengo un trombo en la garganta
y me escuece el corazón.
Me hace feliz volver a verte,
sentir tus calles, tu brisa, tu gente.
No es poca dicha, Córdoba mía,
tenerte.
Allí donde todo nace
y donde tanto, también, murió.
Serás siempre, tierra madre,
mi ensueño y mi perdición.


RAV