miércoles, 9 de octubre de 2019

Las historias que se pierden






¿Te has enamorado de verdad al menos una vez en tu vida? ¿No te pasa que, si te paras a pensarlo, has perdido la cuenta de tantas veces y que, al echar la vista atrás, a menudo te sonríes pensando que ésta es la definitiva y verdadera? ¿Y qué eran las otras? ¿No eran tan sinceras? ¿Eras una persona inmadura y volátil? ¿O quizás más tonta y confiada? ¿Eran otros tiempos? Quién sabe. Yo me he enamorado miles de veces, de personas, de cosas, de momentos. A diario. Y es apasionante, embriagador y adictivo. Al menos mientras dura, ¿no? ¡Carpe diem! ¡Tempus fugit! Ya sabes…

Ahora mismo estás pensando –y con razón– que voy a soltar una parrafada de padre y muy señor mío sobre el amor, las relaciones de pareja y todo eso. ¡Qué pereza! Algo de poesía me puede salir si necesito desahogarme, pero no tengo yo el cuerpo hoy para novela rosa. Lo que me araña las mientes con denuedo es la intensidad. El devorar la tarta de queso con los ojos antes que con la cuchara –en  unos segundos quizás te arrepientas (o quizás no), pero ¡cómo han disfrutado todos tus sentidos!–. El arrancar con nervios y premura el envoltorio de un regalo –qué más da que pueda no gustarte, ¡es un misterio!– o la ropa a tu contrario, o unos versos a un extraño. El primer trago de la primera cerveza; el abrazo que das a un amigo borracho –o sobrio, u olvidado, al que tal vez llevas sin ver años–; el, de puro gusto, morderte los labios. El vivir, el resbalar, el arriesgarse a respirar. El crudo y desnudo sentir. La pintura fresca en la pared, los montones de hojas secas, la brisa del bar –sí, ¿por qué no?– y el acuciante aroma de la libertad.

¿Has sentido eso? Es como una vibración fugaz. Escribir da un gusto insospechado, leer también. Tuve un amante alemán (¿alguien sigue usando esa palabra?) que solía decirme que leyera despacio, que paladeara cada palabra, cada coma y cada verso sin prisa, que así encontraría incluso un significado distinto al de la primera lectura. Siempre supe que estaba como un cencerro, pero siguiendo su consejo descubrí una nueva gama de sensaciones nada desdeñable. Podía notar el chispazo al leer, al acariciar las letras en mi mente… podía notar la electricidad. Es algo maravilloso, mágico, y nada fácil de conseguir. Yo no sé si transmito tanto, pero intentarlo es verdaderamente delicioso. Y llega a convertirse en un círculo vicioso, una espiral que se retroalimenta constantemente y de la que no te cansas, porque te mantiene vivo. ¿Estoy hablando sola? ¿Me he ido por los cerros? Tal vez. Pero esto es lo que te digo. Si lo siento lo escribo, la intensidad es gloria, y vuelve a ti y a mí y a cada pieza del tablero a través del oxígeno y de los momentos, y si está en el papel no morirá nunca. Será imperecedera, imperturbable, inmarcesible. ¿No te parece alucinante? Es como ese mosquito conservado en ámbar, mirando pasar las nubes y los milenios sin pestañear. Un pequeño tesoro resguardado del avance inexorable del tiempo, que ni siente ni padece y que, sin embargo, ahí está.

Por eso escribo cartas. ¡Clic! ¡Clac! A golpe de tecla las historias se dispersan, la tecnología lo invade todo y un agujero negro de absurdo caos traga y escupe prosa barata en redes sociales y pantanosos rincones que nadie visita. Pero hay una manera de sobrevivir al deshielo y a las plagas, a la caída de la bolsa y a la estupidez humana, hay una manera de seguir viajando aun cuando tus piernas son ya raíces secas que ni insuflan vida ni agarran la tierra, hay una manera de vivir cien vidas y contar cuentos a los niños que nunca conocerás. Escribir una carta. O mejor aún, muchas. Papel testigo y confidente, que viene y va y vuelve a ti con renglones de tinta cargados de paisajes, de nostalgias, de llantos y de risas, de intrigas, de alegrías, de paz y de nervios, de letanías. Cartas de amigos, o de familia, o de un amor… de un amor. ¿Has recibido alguna vez una de esas? Y aun así eso no significa que no puedas escribirla tú. Lo sabes, ¿verdad? Por qué negarse tal dicha. Eso pienso.

¡Ay, la vieja correspondencia escrita a mano! Qué fantástica me pareció siempre. El suave crujir de las hojas al desdoblarlas, su tacto de aventura y celulosa, el ufano latir del corazón desde que encuentras el sobre en el buzón hasta que devoras la última línea. Nadie debería pasar por la vida sin haber experimentado eso. Yo escribo cartas desde que tengo uso de bolígrafo, y me fascina tanto enviarlas como recibirlas. En serio, deberías probarlo, anímate, es algo genial. ¿Qué puede salir mal? ¿Que no llegue? ¿Que se pierda por el camino? ¡Vaya! Pues, ahora que lo dices, sí. Sólo se me ocurre un desagradable riesgo y es ése. ¿Te imaginas que después de todo el tiempo, cariño y esfuerzo empleados, esa misiva nunca llegue a su destino? Da sensación de abismo ¿verdad? Un poquito de vértigo, puede. La de vueltas que vengo dando para llegar a esto. Al pecho del volcán. A las historias perdidas.

Hace años mandaba cartas a Argentina. La primera no llegó jamás –a las manos correspondientes, me refiero, al país imagino que sí–, ni la segunda, ni la tercera. Empecé a mandarlas certificadas y urgentes y, aun así, para conseguir que se hiciera la magia tenía que ponerme en contacto con el destinatario y darle el número de seguimiento para que él mismo fuera a la oficina más cercana y, con su documentación y ese número, preguntara por su correspondencia (y a veces ni por esas). Ciertamente irritante e inexplicable, ¿verdad? En territorio nacional no me había pasado todavía, hasta que me pasó, claro. Y, ya sabes, sólo tienes que darme una excusa para…seguir escribiendo.

¿Te has parado a pensar en todo lo que conlleva? ¿Es una carta que se pierde y ya está? ¿Como papel mojado? Te olvidas y punto, supongo, si tienes esa facilidad. Pues no me ha tocado a mí esa suerte. Muy al contrario, me desazona pensar qué habrá pasado, quién la tendrá o dónde estará, si arrugada y olvidada en un almacén polvoriento o sucia y pisoteada en un charco en cualquier acera. O rota, o raída, o abierta. O ajada, leída y revuelta por retinas y manos ajenas. ¡No hay manera de saberlo! Una incertidumbre malsana me sube por el cardias, me indigno, me da pena y rabia, de las letras huérfanas, de las anécdotas perdidas, de la parte de ti que has puesto en ese papel y que vagará para siempre en la nada, como si nunca hubiera existido…como si nunca se hubiera escrito.

Me pongo intensita, lo sé. De eso vengo hablando todo este rato, sólo por una carta, por unos cuantos versos, por todo lo que para mí significa. Ya ves que no es poco lo que hay detrás. Y te diré que esta última al final apareció –profanada, por supuesto–, y que no hay dinero que pueda pagar eso ni certificados que valgan. Quizás estaría bien poner un poco más de cariño y empatía cuando se llevan trozos de vidas en la mochila –a  lo mejor algún día me toca hacerlo a mí y me echo a los hombros esa bonita responsabilidad–, pero para la crítica y los sarcasmos me dejo otros párrafos y otro momento, hoy me quedo a gusto con esta reflexión. Si algún día te aburres, escribe una carta. Si algún día te enamoras, escribe una carta. Si algún día te echas de menos, escribe una carta.

Y si se pierde, no dejes de hacerlo hasta saturar los buzones.



RAV

martes, 27 de agosto de 2019

Crónicas de viaje: "Asturies, ye lo qu'hai".







‘Tengo los pies fríos desde que pasamos León. El paisaje ha cambiado por completo y no se ve nada que no sea montañas y verde a borbotones, y bancos de niebla derramándose hasta mojar el reflejo de mis gafas en la ventanilla del tren. Había olvidado estas estampas (no sé cómo) y es curiosa la manera en que, con sólo cuatro gotas de lluvia y las primeras elevaciones del terreno, esos parajes con los que me maravillé por primera vez hace cinco años han vuelto a mi cabeza con toda la nitidez de ese momento. Acabamos de parar en Oviedo, llevo a Bowie en los cascos y a Don Pelayo en el e-book. ¡Ya no queda nada, amigo Gijón!’

Así empieza el cuaderno de viaje de nuestra última escapada. Hace unos días que volvimos de tierras astures y aún ando flotando en esa suerte de melancolía que te deja en los párpados la caricia del norte. ¡Aviso! Esta crónica podría convertirse en un empacho de bosque, nostalgia y sidra; intentaré no aburrir demasiado con lo que –según mis intenciones– debería ser la narración amena de otra bonita experiencia.

Tuve la suerte de conocer Gijón hace unos cuantos años (un regalo de aniversario difícil de olvidar) y, por aquello de la sorpresa y la inmediatez, aunque lo disfruté igualmente no me dio tiempo de organizar el viaje como corresponde a mi TOC sheldoniano y ancestral. Esta vez tenía claro que ese aspecto iba a ser distinto y, ya de vuelta y haciendo memoria de todo lo visto y vivido, creo que puedo decir que lo hemos conseguido. No penséis que lo planeo y calculo todo escrupulosamente –la esencia de estas cosas es también desconectar y dejarse llevar– pero me gusta controlar algunos detalles antes de salir, lo básico, estudiar un poco la zona, mirar mapas, revisar recomendaciones, apuntar ideas, lugares, opciones, etc. Y no se me da mal, eh. Manejo tan bien estos preparativos que hasta clavé exactamente la fecha en la que me iba a venir la regla. Sí, correcto, los mismos cuatro días que duraba el viaje. Como dicen en Asturias: ¡Ye lo qu’hai!

Ironías aparte, lo hemos pasado tan estupendamente que la pena de volver ha sido grande y gorda. Si habéis estado por allí sabéis de lo que hablo. Cierto es que para gustos los colores,  y habrá opiniones de todo tipo. Quizás otros pensarán que no es para tanto, pero tengo que decir que, entre otras cosas, yo soy una motivada de la vida, y antes de cada aventura en mi cabeza ya es la repanocha. Cuando vas con esa predisposición natural a que todo te flipe es complicado que no sea así, y a mí el norte de España me flipa. Eso también facilita que los pequeños baches que puedan presentarse en el transcurso de los días no te fastidien más de lo imprescindible; en otras palabras: ‘cuerpo de vacaciones, mente de vacaciones’. Tranquilidad, brisa marina, sidras y, en mi caso y por eventualidades, ibuprofeno de 600 mg.

El caso es que llegamos una tarde nubosa, con chubascos esporádicos y viento bendito, que nos supo a gloria, soltamos las maletas en el hotel y nos fuimos a dar el paseíto de rigor por San Lorenzo. Bajar a la playa a esas horas era ya imposible, estaba la marea bien arriba y llegaba el agua hasta casi derramarse sobre el muro del paseo –imagen que es siempre un espectáculo sensacional para mis ojos de secano–; había tres veteranos autóctonos, flotando distendidos junto a una de las escaleras de bajada, que me dieron mucha envidia. Después de un ratito respirando ese aire tan salubre decidimos seguir disfrutando de las vistas pero con una copa en la mano y tras los ventanales del Varsovia. ¡Qué calma más abrumadora! Qué felicidad.

La única visita guiada que concertamos fue la de la Universidad Laboral, un conjunto arquitectónico verdaderamente impresionante emplazado a unos 3 km del centro de la ciudad, por la zona de Cabueñes (el autobús L1 te deja en la misma puerta, una maravilla si vas por la vida tirando de piececitos). Por lo que nos contaron se empezó a construir a finales de los años cuarenta con idea de ser orfanato y centro de aprendizaje para los hijos de los mineros fallecidos, pero luego fue pasando por varias manos y etapas hasta que el Principado de Asturias comenzó las tareas de rehabilitación y recuperación en 2001. La historia es bastante más larga e interesante, y tiene datos tan jugosos como los 130 metros de altura de la torre (a la que, por supuesto, subimos, 17 pisos, ¡ojo con el vértigo!), la cúpula elíptica de la iglesia, que es la más grande de Europa, o la extensión del edificio que, con sus 270.000 m2 es el más grande de España. Si os pica la curiosidad hay alguna que otra página, además de Wikipedia, que ilustra bastante bien el tema. En resumen: una delicia para la vista. A mí me recordaba, salvando las distancias, al entorno de El Club de los Poetas Muertos, incluso al castillo de Hogwarts (sí, ya os dije que me flipo mucho, pero es que es para verlo, impresiona tela marinera). Me hinché de hacer fotos, huelga decirlo.



Donde verdaderamente fundí la batería y casi la memoria del teléfono fue en el Jardín Botánico Atlántico –abro inciso aquí para decir que compramos la entrada conjunta a la universidad y al botánico, que esta última puede realizarse a lo largo de un año y que el precio es insultantemente barato–, que está justo enfrente, cruzando la carretera. Nos dieron un mapa, una previsión de dos horas de recorrido y una sonrisa. ¡Y a la aventura! Me cuesta mucho hilar frases llegados a este punto –ya sabéis, trombo de verde–, sería más fácil ilustraros directamente con fotos, pero esto intenta ser una crónica, no un catálogo de plantas (aunque ya os digo yo que con todas las que hice tengo para confeccionar mi propio herbario).

Creo que lo más acertado que puedo decir es: fantasía pura. Había una parte de huerto con árboles frutales y otros arbustos de menor talla, estanques, riachuelos, pasarelas de madera y carteles identificativos en todos los rincones, lagartijas, caracoles, pececillos, insectos varios y aves del norte. En algún momento, sin saber cómo, nos dimos cuenta de que nos había tragado el bosque cantábrico. Las copas de los árboles tejían su propio techo sobre nuestras cabezas; una lucecilla tenue y neblinosa se colaba de vez en cuando entre las hojas de hayas y carbayos recordándonos que, aunque lo pareciera, no era de noche; ignorábamos las flechas del camino porque las xanas nos tentaban con sus juegos misteriosos para perdernos por rincones poblados de viejos troncos y enormes raíces; flotaba magia en la atmósfera y nenúfares bajo el puente. Era como perderte en un cuento, un cuento de los bonitos. De verdad. Y cuando llevas mundos paralelos en la azotea y en la mochila, como yo, no te hace falta nada más.

Lo pasamos genial. Disfruté como una enana y casi tienen que sacarme a rastras de la tiendecita de recuerdos, donde todos los souvenirs tenían que ver con la flora y fauna autóctonas (¡qué raro!) y hacían que decidirse fuera una auténtica odisea. Pero ya empezaba a haber hambre y no había discusión posible. ¡Qué comida la de aquel día! Me estoy acordando ahora. Fuimos a un sitio que se llama La Bolera y todavía me relamo al pensar en el platazo de bacalao con pisto que me metí entre pecho y espalda. Y en el arroz con leche, y en los frixuelos rellenos de arroz con leche también. Sí, esa comida fue de las mejores (si es que hubo alguna mala). Y sí, hubo cachopo y sidra –la duda ofende–, todo tuvo su momento. El pulpo, el pastel de cabracho, el bonito, los cachopines, el cabrales, un tataki de atún rojo con garantía de origen y código QR de trazabilidad (no me digáis que esto último no es para fliparlo con fundamento)… Y lo de las sidras lo he dicho ya ¿no? ¡Ay, las sidras! Qué bien entran a cualquier hora del día. Tienes que tener un cuidado… ¡Sobre todo si vas conmigo!

¡Si es que no hay recuerdo malo (quitando los estertores ováricos que combatía a fuerza de voluntad y antiinflamatorios)!. Fuimos otro día al Acuario de Gijón –una chulada en la que también hubo reportaje fotográfico y donde nos divertimos bastante huyendo de las familias con niños e intentando buscar una explicación científica al reventón espontáneo que pegó el cristal de la esfera de mi reloj cuando teníamos la cara pegada al cristal de las mantarrayas–; y otro al Museo del Pueblo Asturiano –varias plantas con exposiciones, antiguos hórreos en los que se detenía el tiempo al entrar y una charca perfecta con su bioma y sus adorables patos (me vuelvo loca con los patos, ya lo sabéis).

No nos dejamos atrás la subida al Cerro de Santa Catalina con su Elogio del Horizonte –al que muchos llaman, muy juiciosamente, el váter de King Kong– y sus imponentes vistas. Gustosa me habría quedado tumbada en la hierba hasta que un rayito perdido de sol me hubiera frito a las tres de la tarde. ¡Qué paz se respira en las alturas!. Es tan distinto de toda mi vida que me llena los pulmones hasta quemarlos de serotonina y sal. ¡Claro que se me va con las metáforas! Como para no. ¡Ay, Asturias! ¡Ay, Gijón!

Iba yo penando por las calles de Cimavilla a escasas horas de la irremediable vuelta al epicentro ibérico, cuando nos topamos con una calle corta pero amplia que sin saberlo contendría una triada maravillosa que pondría la guinda a cuatro días increíbles: una papelería creativa, una librería antigua y una acogedora tiendecita de té. Por el rabillo del ojo intuí una gota de sudor frío resbalar por la frente de mi contrario a la vez que miraba disimuladamente el reloj, buen sabedor de lo que se avecinaba. Yo, por mi parte, parecía que me había tragado una percha, feliz como una perdiz, dichosa y frenética como un niño con sobredosis de azúcar, nerviosa y todo como la buena enferma de los libros y los papeles –y desde hace un tiempo también las yerbas y las teteras– que soy. ¡Qué ilusión más grande! Bueno, ahorro detalles, si subís por la zona ya os daré direcciones y más datos. Pero permitidme al menos que diga que me fui de allí con un canuto de papeles para encuadernar, una caja metálica de postales vintage, un saquito de té irish breakfast, un libro sobre Don Pelayo y otro de Eduardo Galeano. Y casi perdemos el tren, claro. Pero a mí que me quiten lo bailao (y lo comprao).

Al teclear estos párrafos rememoro cada momento hasta casi poder tocarlo de nuevo. Es una sensación tan intensa como fugaz y me encanta saborearla sólo con evocarla en un pensamiento. Ahora tengo la tentación urgente de dejarme llevar por nostalgias, olores y calles estrechas con fachadas azules sobre las que se escribe la historia de un pueblo. Me pasó exactamente lo mismo cuando, sentada en el vagón de turno, me negaba a asumir que ya se había acabado todo, y supe que era el instante preciso para terminar con una sonrisa de resignación mi cuaderno de viaje.

‘Nos vamos ya, Señora de los Verdes. Atrás quedan tus frondosos valles, tus casitas de colores salpicadas por la montaña, enclavadas en la tierra como flores norteñas nacidas de tu vientre fértil de raíz y mineral, tus muros de piedra gris peinando la yerba que aplasta las vías del tren, tus playas de arena rubia, tu sidra, tus carbayedos, el latir verde de tu sonrisa, tu brisa con melodía atlántica. De los borreguitos de tu Cantábrico aún tengo salitre en los labios. Qué pronto te acabas, Asturias. ¡Ye lo qu’hai!’.



Volveremos siempre.




RAV

jueves, 1 de agosto de 2019

¡Mu-se, madre, Mu-se! (Crónica mínima de un concierto máximo).




Hay algunas cosas que prefiero hacer en caliente, como comer lasaña, darme un baño con sales o escribir. Calculo que debo sentir las cosas más o menos a unos treinta y ocho grados y medio –temperatura  normal para un perro, pero fiebre para un humano, sea invierno o verano, o verano largo, y con esos niveles de estrés térmico (que lo llaman ahora) si no las saco afuera puedo estallar en mil pedazos de adrenalina y confeti. No soy crítica ni entendida de nada de lo que voy a hablar, pero voy a hacerlo porque soy de la parte que siente y respira sin estar versada en ninguna materia –ni siquiera en esas últimas dos–, así que sintiéndolo mucho no me queda otra que escribirlo (permitidme este maravilloso juego de palabras).

Fue una noche memorable la de ayer, la de anoche. El cielo de Madrid quiso liberar nuestras gargantas, por un día, de la asfixiante soga de fuego interminable que veníamos arrastrando más de una semana atrás. Oleadas de agradecida brisa despeinaban a la reina de las banderas rojiblancas haciendo las delicias de miles de aficionados –al fútbol, a las banderas, o a los conciertos, que yo también eché mi foto de rigor, por supuesto que se arremolinaban en las inmediaciones del Wanda Metropolitano, impacientes y motivados, entre trozos de sombra y un último golpe de sol, todos con las cuatro letras obligadas en el pecho, la barriga o la espalda: MUSE. Le dije a mi madre, cuando me preguntó, que íbamos a ver a ‘mu-se’ porque al mentarle a ‘mius’, entre su inglés y mi acento, parecía una onomatopeya ininteligible de alguna nueva especie. Un grupo muy bueno, madre –resumí–, un grupo muy muy bueno. Eso pensaba yo, que sólo había escuchado sus canciones en mi cacharro moderno con auriculares y en youtube. La verdad es que, después de vivirlos en directo, ahora cualquier triste disco se me queda corto.

No recuerdo quiénes eran los teloneros, pero tocaban de puta madre, al menos las dos o tres últimas canciones, que fue lo que nos dio tiempo a escuchar cuando llegamos. ¡Menudo templo tienen allí montado! Al principio reconozco que no me pareció un estadio tan grande, pero 68.000 personas no son pocas y resulta que es una cuestión de perspectiva, desde más allá de nuestra media grada se ampliaban espacio y sensaciones. Sí que era grande, sí. Por esa suerte de tragaluz central que tiene se empezaron a colar las estrellas antes de que nos quisiéramos dar cuenta y, aunque con su retraso protocolario, el show no se hizo esperar demasiado. ‘¿Ves esos dos puntos brillantes rosas que se mueven por el escenario? Pues ese es Matt Bellamy’ –me gritó al oído mi contrario, en adelante también conocido como Ojo de Halcón, para guiarme por los tortuosos caminos de los miopes con las lentillas secas. Ahí estábamos, después de nueve meses con las entradas perdidas en un correo electrónico. ¡Viendo por fin a los jodidos Muse!

Las inmensas pantallas que cerraban el escenario nos servían de guía estelar para poder disfrutar del espectáculo desde cualquier punto del graderío. Luces hipnóticas, efectos alienígenas y colores imposibles se derramaban por doquier al ritmo del más puro y poseído rock interplanetario. Con los vellos de punta y sobredosis de adrenalina asistíamos insaciables al movimiento sísmico que los tres elementos sagrados provocaban en derredor, cuerda, tecla y percusión ardían en directo electrificando nuestras válvulas cardiacas. El puto Matt tocando rodilla, flipándose mientras le metía caña a la guitarra de mil maneras distintas; el batería dándolo todo con la camiseta del Atleti; trajes espaciales, ritmos robóticos, improvisaciones, magia y trinitrotolueno. Era imposible no alucinar ante tal despliegue de dinamita y pasión. Me sabía Simulation Theory de punta a cabo, pero siempre te esperas y se agradece que toquen algunas míticas. Casi me caigo saltando como si tuviera azogue cuando escuché los primeros acordes de Psycho, con Supermassive Black Hole me transporté a otra dimensión, y con mi ansiada Starlight me volví a enamorar. No podía dejar de moverme, el cuerpo se iba solo, hechizado, embriagado, extasiado. Un breve impás, Dig Down, miles de linternas de miles de personas entregadas meciéndose en marea digital, dando calor y voz a una letra sembrada de lucha y resistencia, de esperanza y desobediencia, de fe, de valor, de valores. Luego fuego otra vez, alto voltaje, tormenta, revolución, más Muse. Y de repente Knights of Cydonia –apoteósica y demoledora–, y de repente... el final.

No me explico cómo llegó, ¿alguien lo vio venir? Dos horas oí decir por ahí que había durado el concierto. Lo cierto es que mi reloj se paró, metafórica y literalmente, el de la muñeca no quiso seguir andando y el otro dijo que no podía ser, que no habían pasado 120 minutos ni de coña. Aquello no podía terminar, pero terminó. Como un día libre, como la mejor fiesta, como esa tarde de cervezas que no quieres que acabe, como un polvo insuperable. Terminó y salimos con la muchedumbre, pero yo me permití el lujo de seguir en mi nube, en la misma anfetamínica atmósfera en la que me había sumido el brutal directo.

No han pasado ni 24 horas y estoy escribiendo esto con nostálgica resaca. Y sí, estáis esperando que lo diga y lo voy a decir, la acústica del Wanda es claramente mejorable, pero eso no nos impidió lo más mínimo disfrutar como nunca de la experiencia extrasensorial que supone un concierto de Muse. Uno que, para mí y sinceramente, espero que sea el primero de muchos. Volvería a pagar gustosa cada céntimo que gasté en estas entradas. ¡Y lo volveré a hacer! La música en vivo es heroína en vena.

Larga vida y mucho Muse.       


                                       

Nota: Estos párrafos fueron escritos un día después del glorioso 26 de julio de 2019, pero los repasos y edición hacen que lo estéis leyendo ahora.


Nota 2: En serio, id a un concierto de Muse. Aunque sea una vez en la vida. Todavía tengo agujetas de aplaudir.




RAV


domingo, 14 de julio de 2019

VII: Prosa de lunes.




Esa sensación de haber vivido ya algo, ¿sabéis a lo que me refiero? Una situación concreta, una escena cotidiana sin mayor relevancia, un olor, una frase, una imagen… Cualquier cosa, circunstancia o persona puede provocar esa reacción en el cerebro, probablemente. Pero no él. Eso que llamamos déjà vu son, por lo visto, paramnesias del reconocimiento, y yo lo reconocí al momento pero no lo había visto nunca hasta entonces. No hay guiones ni tomas repetidas en este rodaje espontáneo, no hay nada escrito pues, todo está por descubrir. Eso me hace pensar que, indudablemente, de todas las posibilidades físicas y no estudiadas, mundos paralelos, líneas temporales y fantasías alternativas varias, él es el principio y final sobre el que nace, se desarrolla y vuelve a cerrar el bucle de mi vida. Es posible que lo que digo no tenga ningún sentido, ya me dijeron por ahí que el amor no se puede definir. Qué le vamos a hacer, hoy me he levantado con el capricho de escribir.

Resulta increíblemente difícil expresar con palabras algo que no se te atraviesa en la garganta. Si no quema, si no duele, si no desgarra, si no te hace daño no es fácil de describir. Las cavernas propias suelen ser una buena fuente de inspiración, y la tentación del desahogo, demasiado grande casi siempre. Las iras, los fracasos, los anhelos y rechazos, algún platonismo casi olvidado, frustraciones estacionales y dolor de huesos, todo eso. Si provoca oscuridad, permite defenderse con todos los versos y con la prosa más contumaz que pueda iluminar mínimamente el camino. Pero él no. Él provoca todo lo contrario, y ¿cómo hablar sin caer en la mermelada, ni en los tópicos, ni en la diabetes de tipo II? Máxime cuando, aun después de tantos años, sigues tan hasta las trancas como el primer día. No, fácil no es.

El mar estaba relativamente en calma cuando llegó para quedarse. Y eso que en el epicentro de mis sinapsis hay siempre una posibilidad de absurda tormenta existencialista perfectamente calibrada y configurada para desatarse sin previo aviso, devastando y tragando a su paso como un agujero negro en mitad del océano, pero su barco, con bandera blanca, fue extrañamente respetado. Vino para traerme la paz, con ruido de revolución, sin prisas pautadas, sin diplomacia barata, sin alergias, maletas ni estafas. Puso las cartas sobre la mesa, tenía las ideas claras, y yo, con todos mis miedos y un billete de ida y vuelta, dije ¿por qué no? En los polos opuestos no tengo mucha fe, yo soy más de los complementarios. Y ahora sé que somos piezas forjadas para completar nuestro propio puzzle. Puede que lo haya sabido siempre pues, algo insólito en mí, nunca he estado más segura de nada en mi vida.

Es mi kilómetro cero. Todo lo demás cuenta, pero no importa, toma sentido solamente porque de alguna u otra forma ha terminado contribuyendo a que mis pasos lleguen hasta él. No hay fracasos ni dudas ni lamentaciones, en las buenas somos felices, y en las malas, mejores. Es mi escudo contra la oscuridad, sonrisa para mis miedos, esponja de mi locura. Es abrazo al final del día, tabla de salvación y eléctrica descarga que activa mis sentidos. Me serena en la confusión, baila bajo el huracán y lucha siempre conmigo cuando mi batalla es contra mí. Y piensa a veces, con inocencia fingida y descarada osadía, que no me inspira a escribir. Quizás aún no se han inventado palabras que endulcen tanto el papel como para hablar de él, quizás tenga que aprender otros idiomas para decirle te quiero con alguna expresión más exótica. Quizás, si le da por leer esto, sienta un puntito de vergüenza porque esta vez la carta no es para él sino para todo el que la quiera leer.

Si alguien necesita pincharse insulina, lo entenderé. Si alguien vomita un poco, me parecerá exagerado. Si alguien se ha quedado hasta el final, es posible que también esté enamorado.



RAV

jueves, 27 de junio de 2019

Crónicas de viaje: "Marcho que teño que marchar".





Sabes que has llegado porque atraviesas un portal. No es otra dimensión, pero es otro mundo. Los amarillos y ocres de encrespadas espigas, fiel atrezo y condimento del noble llano, dejan de recortarse sobre un cielo añil tan despejado como inclemente para dar paso a espesos laberintos de verde que se alzan y expanden, con espontánea soberbia, extendiéndose con su hechizo entre las brumas norteñas. Durante unos segundos de confusión podría uno pensar que acaba de descubrir Avalon, y no andaría muy lejos de la verdad, pues cierto es que se trata de Galicia.

Cuando pienso en sus tierras sólo puedo suspirar, siempre las echo de menos. Ésta no ha sido nuestra primera incursión -sobre las bellezas y placeres de A Costa da Morte ya escribiré en otra ocasión, aunque siempre es difícil competir en palabras con las imágenes que sus paisajes te graban en las retinas-, pero el destino de interior no ha dejado de suponer un agradable hallazgo. Si el objetivo es viajar la motivación para madrugar está más que asegurada, así que allí estábamos los dos, maleta en mano -mochila en hombro-, a las 6 de la mañana, prestos y sonámbulos, listos para coger el tren a nuestro próximo destino: Lucus Augusti.

El tedio de horas de viaje sin despegar las posaderas del asiento se vio gratamente aliviado en cuanto pusimos pie en la ciudad. Nuestro amigo Montaña y el indestructible Jimmy fueron cortésmente a recogernos a la estación (aquí aclararé que "el Jimmy" no es una persona al uso, pero sus sentimientos de transformer pueden ser heridos igualmente, así que consideradlo parte del equipo humano) y, después de dejar los bártulos en el hotel del casco antiguo donde nos hospedaríamos, fuimos a dar buena cuenta del churrasco, el raxo y el pulpo que harían de nuestro segundo desayuno una verdadera delicia. Sí, con el estómago a rebosar de condumio y felicidad, por fin sentí que habíamos llegado a nuestro destino. Ya lo dicen por ahí: Para comer, Lugo. ¡Amén a eso, hermano!

Con lo que soy yo haciendo planes, reconozco que esta vez intenté relajarme y dejarme llevar. Y digo bien, "intenté", porque la noche antes de salir me puse a apuntar, deprisa y corriendo, las sugerencias, consejos e indicaciones que una viajera dicharachera recomendaba en su blog tras haber exprimido la ciudad en una sola tarde y en compañía de una autóctona amiga. Nosotros con el amigo local ya contábamos, el resto lo dejamos a la improvisación y la aventura y, como dijo el otro (o la otra), "no me arrepiento de nada". No voy a hacer un listado de sitios, pero os diré que le sacamos mucho rendimiento al barrio antiguo. La imponente muralla romana es una auténtica gozada, tanto para el paseo de rigor a cualquier hora del día sobre sus hombros como para admirarla sencillamente desde abajo. Por las noches, al volver al redil, dan ganas de atravesar alguna de sus puertas a caballo y llegar por la plaza de Santa María hasta la catedral del mismo nombre donde, entre gótico y románico y piedras que laten de historia viva, uno tiene la sensación de hallarse ante un abrumador lance espacio-temporal. Entre sus calles angostas y empedradas se te ocurren paseos, brebajes y poesía. Y si llovizna, te mojas tan a gusto. Y ya te secarás en alguna taberna o mesón mientras anotas tus impresiones en un roído cuaderno de viaje, al suave fluir de las burbujas de una rica Estrella.

No os penséis que nos pasamos los cuatro días flotando entre románticos -y románicos- versos de Rosalía de Castro, es que me pongo bohemia con medio prólogo histórico y un cuarto de hora a la orilla del río Miño -que es precioso, por cierto-. Uno de los días también fuimos a hacer una escape room a la Sala Enigma (muy recomendable), y echamos un rato bastante bueno de risas y ganas de arrancar cabezas -esto último quizás fue un sentimiento más mío que de los demás, suele pasar cuando vas con dos gañanes multidisciplinares que se creen John McClane intentando salvar el Nakatomi Plaza-. Pero, con total seguridad, los mejores recuerdos que me llevo son los que acumulamos otra de las jornadas, campestre como ninguna. ¡Un día legendario!

Recuerdo que Montaña y el Jimmy vinieron a recogernos a eso de las 9 de mañana, y yo con más hambre que el perro de un ciego. "Ya pararemos a desayunar, no te preocupes" -me dijeron-, empecé a preocuparme cuando, por gracia de la fecha (aunque no fuera con nosotros la fiesta, seguía siendo jueves santo en el resto de España), los sitios que íbamos buscando aparecían cerrados. Yo es que si no ingiero alimento en cuanto echo los pies fuera de la cama, no soy persona ni nada que se le parezca. Paramos, al final, en Castroverde, en un bar muy apañado llamado "A lenda" donde pude mantenerme fiel a mis costumbres y entonar el cuerpo con un té negro con una cucharadita de miel (finústica que es una, oiga) y unos cuantos trozos de bizcocho de la casa que no estaban nada mal. Compramos tres señoras empanadas (de atún, de ternera y de manzana, ¡me relamo de recordarlas!, hasta me parece olerlas otra vez) y nos dejamos guiar a la aventura por nuestro buen amigo y chamán de los bosques.

Aquí es donde voy a empezar a buscar palabras para describir los alucinantes paisajes por los que anduvimos, y no las voy a encontrar... ¡Porque no existen! Y si existen no son suficientes. El verde es tan inmenso e interminable que, si no estás acostumbrado, te desborda los sentidos. Verde en cantidades industriales, verde oscuro, verde denso, verde fresco, fragante, degradado, rugoso y elevado. Verde salvaje, verde primario, verde por todas partes, susurrando cuentos entre los árboles, arrastrando con sus vientos llovizna tibia sobre nuestra frente. Verde despierto y osado, heredero de un trono abandonado, verde de conxuro, de meigas y trasgos, verde querido y olvidado. Verde sobre la tierra y sobre los hombres esclavos. El más puro canto de la naturaleza se dejaba oír, acariciando mejillas y pestañas, a cada paso que dábamos. Era imposible no dejarse transportar ante tal despliegue de solitaria calma y vida burbujeante. Disfrutamos como niños en la boca de una antigua mina donde la vegetación había crecido hasta abrazar casi por completo la entrada -garrapatas y arañas de tamaños fantasiosos estaban prestas para dar la bienvenida a quien quisiera adentrarse en su particular y húmeda morada-. En mi afán por sacar la mejor foto, hinqué rodilla en tierra y me fui a topar con una bella ortiga deseosa de compartir sus urticantes virtudes con mi fina piel de plebeya delicada. Aunque no iba a ser suficiente para enturbiar mi éxtasis campestre, tengo que reconocer que el consejo de nuestro amigo Montaña de frotarme yerbabuena en las ronchas me fue de inestimable ayuda en ese momento. ¡Y no sería lo único que aprenderíamos ese día! Nuestro valioso y leal compañero estaba también versado en flora y fauna y, sobre todo de lo primero, acabé haciendo una larga lista para no olvidar ningún nombre: pulmonaria, ranúnculo, prímula, serbal de los cazadores... ¡Una verdadera pasada!

Ya más o menos por el "Bosque de la Marronda", paramos junto a un pilón generoso a recuperar energías y rellenar el buche y sus compartimentos. Dimos buena cuenta de las tres empanadas y de unas latas de Estrella Galicia que habíamos comprado en un puesto ambulante por el camino y, mientras charlábamos y nos hermanábamos entre historias reales y mitología gallega, empezó a llover y nos molestó bien poco. Con toda la calma del mundo guardamos los archiperres, limpiamos las navajas, y volvimos al calorcito manso del Jimmy y a su traqueteo de pedales viejos y caminos silvestres justo antes de que el cielo lanzara un par de blasfemias en forma de chuzos de punta. Me sentía absolutamente feliz, no necesitaba más, y creo que era un sentimiento que se extendía a todos, incluido el Jimmy.

Aún quedaban unos cuantos kilómetros ese día para terminar nuestra ruta, hasta llegamos a dar una vuelta por Taramundi y todo, pero me eternizaría y os aburriría con descripciones repetitivas sobre síndromes de Stendhal recurrentes. Probablemente es el mejor jueves santo que recuerdo; aunque cansados y molidos, se nos hizo verdaderamente corto, y no dudaría en andarlo de nuevo mil veces. Si os parece que exagero, os invito a probar experiencia por el norte. Nunca defrauda.

Por desgracia, todo lo bueno se acaba pronto, y cuatro días pasan en un suspiro. Cuando te quieres dar cuenta ya estás sentada en el autobús con baño para hobbits de camino a casa, con musiquita, vídeos y gran diversidad de entretenimientos, pero viendo tristemente por la ventana cómo vuelve a cambiar el paisaje, dejando atrás ese vórtice de yerbas frías y nubes acogedoras hasta que el golpe de realidad te hace pensar que todo lo que viste y viviste apenas unas horas antes fue una mentira deliciosa de la imaginación. Ahí, simplemente, coges aire con melancolía y resignación y, como para tus adentros, susurras con la cabeza apoyada en el cristal: Marcho que teño que marchar.


RAV

domingo, 31 de marzo de 2019

¡Bienvenido abril!


"El primer lunes del mes de abril de 1625..." Así comienza uno de los libros con puesto de honor en mi estantería, y nunca podría expresar lo que su lectura provoca mejor que este hombre http://arturoperez-reverte.blogspot.com/2009/07/heroes-cansados.html He aquí mi pequeño homenaje con mix media de novata. ¡Uno para todos y todos para uno!


RAV

miércoles, 27 de marzo de 2019

La de los pelotis, Hulk y el riesgo de leishmania


La de aquel veintitrés de diciembre había sido una jornada entretenida. Llegamos al pueblo por la mañana –madrugón del quince, tren y autobús a La Comarca; nos pusimos hasta las cejas de migas con chocolate en mi casa (sí, con chocolate, deberíais probarlas antes de poner esa mueca de asco) y, sin darnos tiempo a pensar siquiera en una posible digestión, nos fuimos a la calle a merendar con la facción dura de la familia: las “toritas” (no digo que no tengamos raíces vikingas, pero en este caso viene por el apellido). Todo genial, la verdad. Nos juntamos poco, pero cuando nos juntamos, nos juntamos. Al principio mucha infusión y protocolo británico, pero cuando se acabó el té nos pasamos a los pelotazos con ginebra que, para qué engañarnos, era la oscura intención de la mayoría desde el minuto uno. ¡Alegría! Cachondeo, risas, chascarrillos, fotos posando con los ojos cerrados, lo normal. Pues eso, buen ambiente en general. Viaje con nosotros…y disfrute.

Con esta introducción podéis pensar cualquier cosa pero, creedme, ni os acercáis al tema. Me gustaría enrollarme algo más, describirlo con nitidez para que lo podáis visualizar como a cámara lenta, darle más pompa y más bombo a la narración, pero sería tan absurdo como rápido fue lo que sucedió. Coged ese contexto, ese fondo festivo de reencuentros y diversión, y sentaos tranquilamente a leer la foto de este frío pasaje de Navidad –tampoco tengáis las expectativas muy altas, quizás me he venido arriba con el título, ya es lo que hay. La cuestión es que, entre pitos, flautas y vapores anisados, la compañía regresó a casa. Mi casa, ese remanso de paz que tan pocas veces ha sido, con sus viejas paredes y sus viejas historias. Narnia en invierno, Mordor en verano. Antigua y herrumbrosa, como un castillo encantado; limpia, por supuesto, pues mi madre es muy hacendosa; con naturaleza salvaje y partes en bruto, fauna invitada y un naranjo impoluto; piedras, macetas y algunos trastos; cocina pequeña, improperios y un sólo cuarto de baño. Hogar, no obstante, al que volver siempre, bien sea sobrio o algo lacasito -ligeramente. Muchos diréis, después de leer esto, que los acontecimientos no podían haberse desencadenado como efectivamente hicieron de no ser por haberme hallado yo en este último estado. ¡Qué fácil es juzgar a toro pasado! ¡Ahí os quería haber visto yo, en mi situación! ¡Bellacos!

Bien podría decir, como El sastrecillo valiente, que abatí a siete de un sólo golpe, y no andaría muy lejos de la verdad. El caso es que, modestia aparte, mi enemigo era menor en número pero bastante más hermoso de cuerpo que las moscas de aquel libro infantil. Lo avisté nada más entrar a mi habitación, tal era su tamaño –allí estaba él, inmenso, espléndido, elegante y asqueroso; parafraseando a Broncano: ¡Vaya bicho!–. ¡No sufráis! No os voy a enredar con misterios ni florituras innecesarias cuando todos sabemos que me refiero a un mosquito. Un maldito mosquito de esos que se pueden echar perfectamente a la ensalada de marisco y que pasarían desapercibidos en un cóctel de gambas. Uno de esos, sí. ¡Casi le pido la hora!

¡Piensa, Raquel! ¡Piensa! –así funciona mi cabeza por dentro en bretes de este calibre y bajo presión– ¡Piensa rápido! Tengo una perra con leishmaniosis y muy pocas ganas de que me la reinfecten (menudo cargamento debe llevar aquí mi amigo en su maquinaria de chupóptero); no me apetece ni remotamente pasarme la noche con la banda sonora que el hijoputa este me va a cantar al oído, ni levantarme por la mañana con las piernas a parches como si llevara unas medias de lunares; y…bueno, no encuentro una tercera razón ni me hace falta. Vas a morir, querido. Se siente. Este cuarto es demasiado pequeño para los dos. O tú o yo. Sólo puede quedar uno. It’s the final countdown tinonino tinoninoni… Vale, vale. Ya corto. No penséis que me recreé tanto. En momentos así el tiempo juega en contra y, mientras mi cerebro generaba estas frases para una futura entrada de blog, mi cuerpo tomaba el mando de la situación desde el instante uno, realizando la primera acción preventiva para garantizar una ofensiva eficaz: abrir los brazos en cruz esgrimiendo un tajante ¡atrás! para impedir el avance de ningún otro ser viviente que pudiera entorpecer las maniobras que iban a tener lugar y efecto en breve –a saber, mi pareja de análoga afectividad que, como ya me conoce, prefirió sabiamente retroceder y coger palomitas para ver desde una distancia prudencial el espectáculo–.

Describo escenario: cortinas burdeos, visillo blanco, gran ventanal con tres partes y vistas al campo, a la nocturnidad y alevosía silvestre. En medio de la translúcida tela central, como si descansara inmortalizado en un pegote de ámbar, el Señor Don Mosquito grácilmente posado, con todos sus miembros extendidos manteniendo el equilibrio y dando volumen a su cuerpo desmesurado. Suficiente. Hallándome en éstas, y habiendo sentenciado ya al acusado, paseé mi vista por la habitación valorando las distintas posibilidades a mi alcance para ejecutar la pena capital: muerte por aplastamiento. Descarté varias opciones. Libros no –ya los he usado para tal fin en el pasado y dejé de hacerlo porque me parecía una falta de respeto–; mi propia manaza, tampoco –poco higiénico y sensato, ¿y si en el último segundo se vuelve, me pica y me pasa la malaria por despecho?–; cajas reutilizadas de sujetadores en las que mi madre guarda las muestras de crochet, negativo –pesan poco y necesitarían mucha velocidad para provocar un impacto medio decente–. Cuando casi había perdido la esperanza de ganar esta batalla y empezaba a resignarme a que mi objetivo, aburrido de tantos prolegómenos, decidiera salir volando y convertir una tarea difícil en imposible, reparé en el arma perfecta.

Allí, encima del escritorio, había un objeto que podría servir. Era una caja de medicamentos, concretamente tenía dentro dos de esos sobres de medio kilo de polvitos para vaciarte las tripas y el alma el día previo a una buena lavativa (no para mi uso y disfrute particularmente, pero eso no viene al caso). Como estaba bastante cerca de la ventana y de mi amigo, me acerqué sigilosamente para cogerla y sopesar en mano si de verdad podía servirme. Calculé que tenía un peso adecuado, con lo que quizás produciría el efecto de “estampación” que yo estaba buscando, uno sin fisuras ni cabos sueltos, que no dejara testigos. Satisfecha con mi elección, terminé de cercar rápidamente al intruso y apoyé con firmeza la caja de laxante para caballos sobre el cristal, acompañando este movimiento –a lo que se ve– con una inusitada fuerza hulkaniana nunca antes experimentada por mi persona, pues lo que siguió me sigue pareciendo bastante inexplicable incluso así. No creáis que cogí carrerilla para hacer tiro de jabalina ni que jugué a la petanca contra la ventana, tampoco iba mecedora como para darle al mismo la mano dos veces, muy sobria estaba y bien que me acuerdo de lo que pasó. Por razones físicas, cósmicas y de la madre naturaleza que desconozco, el cristal cedió en el mismísimo instante en que abatí al invasor desprevenido con la cajita de polvo de hadas. Pero así, tal cual, sin preámbulos, sin avisar, sin un quejido, sin decir ni pío. Se rompió con un “crack” como los de los cómics y me vi con la mano, la caja, y el paté de hematófago, bailando en el aire y fresquito de la noche. Como no iba con impulso, no salí volando por el agujero (habría sido súper divertido cargarme también la mosquitera del exterior –mosquitera, sí, para morirse–), y como tuve más suerte que un quebrao, el visillo impidió que me dejara el brazo como el pie de Kunta Kinte. La ventana tuvo el detalle de partirse en trozos grandes y de quedarse los más enormes de estos colgados de la parte superior para poder dejarme a mí seguir haciendo uso de la diestra durante un precioso tiempo más.

¡Pues vaya mierda de ventana! –solté sin pestañear, aunque lo estaba flipando bastante. De hecho, mi primer pensamiento fue ¿He sido yo?, pero cuando vas de Blade por la vida no puedes soltar frases de Steve Urkel. Mi madre y mi hermana aparecieron al poco con aquello de “¿Qué ha pasado? Parecía un estornudo fuerte” –resfriado hulkaniano también, para mí el burro grande ande o no ande, siempre–, y mi novio se quedó con cara de liebre cuando le das las largas en mitad de la carretera comarcal. Pausa para los aplausos. No llegó a cundir el pánico, la situación estaba controlada, aunque no deja de ser curioso que aquello coincidiera con un terremoto con tsunami en no sé qué país lejano. Se llegó a hablar de onda expansiva. Que se lo digan al mosquito. Se quedó con cara de haber pasado mala noche.

¿Y ya está? ¡Pues sí! Ya dije yo al principio que no había mucha chicha que cortar, y con esa cara nos quedamos todos. Divertido, absurdo, surrealista e inesperado. Tapamos la ventana picassianamente con una caja de cartón duro despiezada –mi madre, en su infinita sabiduría y algo de nerviosismo, nos ofreció en un primer momento un cartón de cereales muy cuqui pero nada funcional para cubrir metro y medio de butrón–. Metros de cinta aislante estratégicamente colocados culminaron un cuadro imperfecto pero seguro para que pudiéramos dormir medio tranquilos en las previas a Nochebuena. ¡Travesura realizada! Mosquito muerto, perra a salvo, mi padre viendo el fútbol en el salón –podría haberme cercenado un antebrazo, que ni enteró–, el mundo seguía girando. Borracha o no, el caso es que los salvé a todos de vete tú a saber cuántas enfermedades infecciosas, y todavía estoy esperando que me lo agradezcan. ¡Qué dura es la vida de los héroes mundanos!



Nota: Adjunto imagen para aportar veracidad a los hechos.







RAV