Esta parrafada de dimensiones ciertamente gruesas es la opinión que he querido remitir al correo electrónico que ha facilitado el gobierno a los ciudadanos para la consulta pública de la Ley de Bienestar Animal. Son unos doce minutos de lectura, así que imagino que no mucha gente va a pararse a meterse en estas lides, pero por si acaso a alguien le interesa por aquí dejo mi perorata. Pido perdón de antemano por si, a pesar de haberlo repasado mil veces, se hubiera colado alguna errata o el copia y pega desde el formato de origen hubiera hecho algún destrozo similar.
"Mi nombre es Raquel
Alcaide y mi DNI XXXXXXXXX. Soy veterinaria clínica de pequeños
animales y, aunque laboralmente me desarrolle en ese campo, estoy desde siempre
en amplio contacto con el mundo rural, tanto a nivel de producción animal como
de explotación agrícola, ya que me he criado en un pueblo pequeño, lo que con
frecuencia trae aparejado un estrecho vínculo con la naturaleza y con las
muchas formas de interaccionar con ésta que existen. Añado todos estos datos
–aparentemente superfluos–, a modo de introducción y con objeto de crear un
contexto en el que se pueda entender correctamente mi más sincera opinión respecto
al anteproyecto de ley en cuestión (en este caso, con carácter previo a su elaboración).
Pensar en la posibilidad de
una Ley de Bienestar Animal me genera inevitablemente una sensación de triunfo,
por la clara necesidad de ella que tenemos desde hace años, y a la vez un
tremendo pavor ante lo titánico de su envergadura y lo denso de su magnitud.
Hay tantos aspectos a tener en cuenta, tanto sobre lo que trabajar, que el
riesgo de fracasar –aunque sea con la mejor intención del mundo– si se hacen
las cosas demasiado rápido o a la ligera es altísimo. Con
esto quiero pedir que, ante todo, esta futura ley se enfoque desde el sentido
común, la lógica y un profundo conocimiento del medio y de todas las especies
que lo habitamos. Y para ello me parece absolutamente necesario que en la
valoración de opciones y toma de decisiones importantes en todas las áreas que
pueden integrar una ley de este calibre siempre forme parte del equipo alguna
persona –un porcentaje representativo, aunque sea pequeño– que tenga
experiencia en el campo concreto, un agricultor, un ganadero, un veterinario,
un ingeniero de montes, o tantos otros ejemplos como se me ocurren. Que no
juguemos con los elementos desde la frialdad de un despacho prefabricado
guiados sólo por intereses concretos o por románticas teorías desviadas de la
realidad, que trabajemos codo con codo con la gente que sostiene las bases de
la vida y de nuestra sociedad para poder seguir manteniendo el equilibrio de la
manera más justa y sostenible.
Dicho esto, reitero que
estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de crear en este país una serie de
normas que regulen en la mayor medida posible la consecución y la conservación
de un bienestar animal que abarque animales de compañía, animales de abasto y
animales silvestres. Todos los puntos mencionados como objetivos en el
documento de consulta pública me parecen muy correctos, y en cada uno de ellos
caben un sinfín de matices a desarrollar. Quizás la primera parada en esta
ruta, desde mi punto de vista, sea forzosamente la educación. Hay una flagrante carencia de educación
ambiental en nuestra sociedad actual y en nuestro país en concreto.
Necesitamos inculcar en los niños, desde su más temprana edad, esos valores y
conceptos que queremos ver reflejados en el futuro de todos: amor por los
animales y su entorno, respeto a toda forma de vida, empatía, humanidad…Y
debemos hacer todo esto sin perder el norte, sin rayar en lo absurdo, sin
desnaturalizar nuestra propia existencia en pro de un idílico mundo paralelo en
el que todos los seres vivos somos iguales y convivimos en paz y armonía
multiplicándonos exponencialmente hasta el fin de nuestros días.
Intentaré matizar bien
esto, a fin de que no se lleve uno las manos a la cabeza y deje de leerme
negándose sin más la posibilidad de entender mis razonamientos. Respetar la vida
es indispensable, y la propia muerte forma parte de la vida, con lo que asumir
este revés es tan importante como la premisa de la que partimos. Convivimos en este planeta con el resto de
especies, ocupamos un espacio y tenemos unas necesidades; esto implica que para
mantener esa supervivencia tenemos que encontrar el equilibrio con el resto de
seres vivos, sean animales o vegetales. Pondré un ejemplo sencillo: yo vivo
en una casa; mi casa está forzosamente ocupando un terreno; al estar mi casa
ocupando ese terreno le está quitando espacio a un árbol o a varios que podrían
ocupar su lugar, quizás con huecos estos en los que podría anidar un herrerillo
común o similar; es decir, mi existencia en este punto implica la no existencia
de otras especies en dicho lugar. Esto es la naturaleza misma con las reglas y
mecanismos que los seres que la habitamos y compartimos precisamos para
sobrevivir en ella.
Sí, estoy describiendo
algo bastante básico y lógico, y el motivo no es otro que la preocupación
sincera que siento por la deriva que en los últimos tiempos está tomando una
parte de la sociedad hacia la fantasía y lo irreal. Podemos y debemos querer,
cuidar y proteger a los animales, pero no en detrimento del ser humano, sino en
favor siempre de un cuerdo equilibrio. Y equilibrio no significa igualdad. Estamos cayendo en el craso error de
antropomorfizar a los animales. Puedo hablar aquí desde el corazón y desde
la propia experiencia con la cantidad de casos que veo a diario en la clínica,
donde perros y gatos son tratados a todos los niveles como personas, resultando
muchísimas veces en problemas de conducta e incluso en el desarrollo de
enfermedades físicas para los propios animales. Exactamente lo mismo pasa con
vacas, cabras o cerdos, por seguir poniendo ejemplos. Por supuesto que hay que
respetarlos, por supuesto que sienten y padecen, no son cosas, son seres vivos,
pero no son seres humanos, no podemos perder el oremus. Yo me alimento de otros
seres vivos para seguir viviendo, al igual que hacen otras especies con otras
que la naturaleza ha puesto en el camino de su supervivencia. Y la muerte de
esa vaca o de ese cerdo para que yo me alimente es el ciclo natural de la vida,
no es una falta de respeto a su existencia –muy
al contrario–, igual que no lo es para la hierba que esa vaca se la haya
comido antes.
Insisto, este
romanticismo que se está generalizando en los últimos tiempos, este despegar
los pies de la realidad, quizás parezca irrisorio, pero a mí me resulta más que
preocupante, pues si este tipo de corrientes llegan a influenciar sobremanera
algo tan serio, pionero y decisivo como podría ser esta futura Ley de Bienestar
Animal, estaríamos sembrando la semilla del error en nuestros brotes verdes,
inculcando en generaciones venideras conceptos “sobreromantizados” que tendrían
nefastas consecuencias ambientales a no muy largo plazo en las que, por supuesto,
nos veríamos implicados y salpicados de mala manera. Si educamos al niño, no tendremos
que castigar al hombre. Pero eduquémoslo bien. Ardua tarea, y por eso
justamente debemos esforzarnos más que nunca en llevarla a cabo de la mejor
forma.
Siguiendo con este hilo
de pensamiento, a modo de propuesta algo más concreta, creo que debería
construirse poco a poco una asignatura (o varias) que empiece a asentar las
bases de esa educación ambiental, y
que lo haga a nivel nacional, con
orden y concierto, y con mucho sentido
común. Hay que enseñar en los colegios, desde los primeros cursos, valores
tan básicos como la empatía, como por qué no se debe maltratar a otro ser vivo
(podría mencionar infinitos ejemplos de barbaridades que por desgracia he visto
a lo largo de mi vida en mi pueblo y de otras tantas que he vivido también en
la gran ciudad), o como por qué no se
debe abandonar. Pero también hay que enseñar a esos niños a convivir con la
realidad, a crear sus propias opiniones teniendo como base la propia
contradicción que es el concepto de la vida y la muerte, alejándolos de la
insensatez de los extremos y totalitarismos con la razón y con sus propias
experiencias con el medio.
Vuelvo a mi propio
ejemplo para seguir ilustrando. Yo me he criado en el campo, conviviendo de
cerca con matanzas de cerdo por San Martín, y nunca las he soportado. Recuerdo
taparme los oídos cuando era pequeña y salía a la calle en aquellas fechas,
porque en cierta zona de valle la acústica era desgarradora y el sonido de los
últimos chillidos del animal me ponía los vellos de punta, era ensordecedor.
Solía preguntar en mi casa si no había otra manera de matar al animal, pero
cuando llegaba el chorizo a la cocina y mi padre lo churruscaba con alcohol y
un mechero y lo metía entre dos trozos de pan, me faltaba tiempo para pedir mi
parte del pastel. No estoy diciendo que haya que meter a un niño en este tipo
de lides para enfrentarlo a la realidad –yo misma no lo haría nunca–, pero me
parece más correcto y más útil para su desarrollo personal enseñarle a entender
y respetar la realidad del medio en el que vive que intentar inculcarle una
visión endulzada y distorsionada del mundo sencillamente porque esto nos parece
más bonito, más tierno o más idílico.
Sin ir más lejos, he
leído recientemente una noticia que no hace sino confirmar y agravar la
preocupación de la que vengo hablando. Versa ésta sobre un libro de texto de
Primaria, de la asignatura de Lengua Castellana, en el que se plantea a los
alumnos el típico ejercicio de completar con sinónimos, en este caso partiendo
de la frase “el lobo no come terneros”. En las imágenes que se adjuntan –y que
pueden encontrarse en varios medios digitales a poco que se introduzca esa
oración en cualquier buscador de Internet– pueden apreciarse también, al final
de la página, unos breves párrafos que hablan del lobo a modo descriptivo
refiriéndose a él en los siguientes términos: Este lobo bueno no consume carne
de aves o terneros. Se me ocurren millones de ejemplos que podría usar en un
libro de texto de Lengua para enseñar a los niños a leer, a escribir o a
utilizar los sinónimos, antes que éste. Hay una clara intencionalidad detrás de
este contenido, y me parece un problema realmente serio, no sólo por la
falsedad manifiesta que se está imponiendo en la mente de esos niños sobre la
alimentación del lobo, sino porque se les está enseñando que ese lobo es bueno
porque no consume carne, es decir que si el lobo come carne es malo. El lobo no
come carne porque sea malo, el lobo come carne porque es lobo. Los animales no
son buenos ni son malos, son animales, y muchas especies –entre ellas la
nuestra– se alimentan de otras, porque ésta es su naturaleza. No se les puede
demonizar por esto, es un absurdo desproporcionado. Ésa, en todo caso, es la
enseñanza que debería recibir el niño, en la asignatura correspondiente, en el
momento adecuado, y en el contexto correcto.
Siento verdadero miedo
cuando pienso en la educación a la que van a tener que enfrentarse mis hijos
cuando pueda tenerlos. Noticias como ésta me aterran, porque poquito a poco el
sinsentido va enraizando y haciéndose fuerte, y vamos abandonando la cordura y
el sentido común, sin darnos cuenta de que nos alejamos cada vez más de aquello
que tanto necesitamos y que nos mantiene con todos nuestros caprichos y
trivialidades primermundistas en la comodidad de nuestras casas y nuestros
móviles de última generación: el campo, su explotación sostenible y su riqueza
sobria y siempre maltratada. Es complicado mantener los pies en el suelo, pero
si va a haber una ley con unas expectativas tan altas como el bienestar animal,
lo mínimo que le pido a los que vayan a trabajar en ella es eso. Los pies en el suelo, por favor.
Hay muchísimas cosas de
las que me gustaría hablar, redactar una opinión para aportar a un anteproyecto
de ley como ésta es una tarea infinitamente densa, se ramifica y se abre en
montones de vertientes y apuntes, pero cuanto más me extienda probablemente más
se disperse la atención del lector que espero al menos tengan estos párrafos,
por lo que voy a intentar condensar en breves puntos los diversos temas que
creo que sería importante tratar a la hora de elaborar un proyecto así:
-
Creo sinceramente que no todas las personas deberían poder tener animales, maltratar a un
perro no es sólo pegarle una paliza, también lo es negarle tratamientos médicos
o hacerle arrastrar un tumor de medio kilo hasta que se muera por la ulceración
y la infección. O tener quince perros en un piso de treinta metros cuadrados
sin poderles dar una buena alimentación ni la cobertura veterinaria adecuada,
eso también es maltrato. Hay que implementar medidas para seguir persiguiendo
esto, recrudecer las penas, facilitar herramientas de denuncia anónima de estos
casos y seguir educando, por supuesto, educar, informar, fomentar las
esterilizaciones y las adopciones.
-
No creemos una Ley de Bienestar Animal
basada en las prohibiciones y el prefijo anti-
desde la ceguera de un sol de fantasía. La gestión del medio a través de la caza es necesaria. Esto no se
puede resumir en tres líneas ni en tres folios, pero es importante que no se
tome por cuestión baladí, el medio tenemos que gestionarlo nosotros que vivimos
en él, y no al revés. Y si hay voluntarios, que den un paso al frente los que
prefieran dejar su sitio a otro individuo de cualquier especie. A mí,
personalmente, me gusta seguir viva y seguir viviendo aquí. Hace apenas unos
días que se ha prohibido cazar en los Parques Nacionales, pero no se explica de
ninguna forma cómo se va a proceder para gestionar la sobrepoblación de las especies silvestres, por no entrar en otras
áreas de dilema como la despoblación de
las zonas rurales por la pérdida de trabajo o las enfermedades que empezarán a aparecer con el sobrecrecimiento
animal y el más que posible riesgo para
la salud pública derivado de éstas. Lo hemos visto durante el
confinamiento, no hace tanto, accidentes de tráfico provocados por jabalíes.
¿Es ésa la idea de bienestar, de protección animal que creemos correcta? Hay
mucho que trabajar y muy duro. Hay que regular más, hay que perseguir a los que
lo hacen mal, que hacerlo mal salga mucho más caro. Salvajes, por desgracia,
hay en todos los gremios, incluido el mío, pero eso no es óbice para no intentar
hacer las cosas bien. Vuelvo a insistir, esto da para una extensión amplísima,
pero creo necesario dejar por lo menos un párrafo a modo de pincelada, puesto
que con total seguridad esta cuestión va a constituir un punto caliente en el
desarrollo de este anteproyecto.
-
En referencia a los animales de producción, existen guías de buenas prácticas de higiene, de manejo y de bienestar animal en los
distintos tipos de explotaciones, y existen expertos en este campo. Creo que,
aunque sea a pasitos pequeños y lentos, estamos avanzando en ese aspecto, pero
aún queda muchísimo trabajo por hacer. Me parece más oportuno que nunca, si se
va a gestar una ley como ésta, sacar a relucir y hacer hincapié en la necesidad
de crear más puestos de trabajo que
regulen y constaten el cumplimiento de estas directrices. Establecer normas
y velar por su cumplimiento. Si no queremos, por ejemplo, que se utilice el arreador eléctrico (también conocido
como “pila” o “empujador eléctrico”) para introducir a las reses en la manga en
las diferentes labores –normalmente de saneamiento– en las que puede esto ser
preciso, no sólo tenemos que proporcionar al ganadero o a sus operarios las
herramientas alternativas oportunas, sino que tenemos que controlar con firmeza
y con la suficiente frecuencia que se está produciendo la aplicación de estas
últimas. Si no, no sirve de nada, no se consigue concienciar de la necesidad de
ese cambio a nivel de manejo. Hay que inspeccionar y controlar, estar encima y
regular, y enseñar a obrar correctamente, para beneficio de todos, del animal y
nuestro. Por norma general, el sentimiento más común entre la población
omnívora en los últimos tiempos, viene siendo el de conseguir una alimentación
más sana basada sobre todo en la salud y el cuidado de esos animales cuyos productos
vamos a consumir: queremos huevos de gallinas criadas en amplios espacios y en
el suelo; queremos productos ecológicos o con la menor influencia posible de
químicos en su cultivo y crecimiento; queremos carne de animales que se críen
en extensivo, sin sufrir hacinamiento ni otros factores estresantes. Hay un cambio de mentalidad gestándose en
el consumidor que parece que va llegando a la gente del campo, a esos ganaderos
y productores que, poco a poco, se van concienciando también. Y esto, en
calidad de bienestar animal, es muy positivo, pero es un camino muy largo que
apenas estamos empezando a recorrer. Hay que conocer los problemas a los que se
enfrentan estos hombres y mujeres; adaptarse al cambio, mejorar las condiciones
de estos animales, tanto a nivel de manejo como a nivel de infraestructuras, no
es sólo una cuestión de que los dueños y trabajadores de estas explotaciones
abran la mente, también necesitan empuje y ayuda, y ayudas, por supuesto, en
lugar de trabas, como ocurre a menudo. Y, exactamente igual que en el anterior
párrafo, reitero la importancia de perseguir
la corrupción y las falsedades, de castigar al que lo hace mal y no poner
la zancadilla al que lo hace bien.
-
El bienestar proporcionado a los
animales a la hora de transportarlos hasta el matadero y en todo el manejo que
se precisa una vez están en el mismo, también me parece un punto importante a tratar.
Importantísimo. En este caso quisiera, directamente, recomendar la lectura de
un artículo reciente con el que estoy bastante de acuerdo y cuyo titular reza “La mayor amenaza para el bienestar animal
en los mataderos son las condiciones de trabajo”. Adjunto el enlace
correspondiente: https://www.diarioveterinario.com/t/2192807/
-
La tauromaquia,
el eterno dilema. Como amante de los animales que me considero, más allá de mi
profesión, tengo que decir que me desagrada enormemente la práctica del toreo.
Estoy firmemente en desacuerdo, creo que el animal sufre, creo que es una
tortura, y creo que es a todas luces innecesaria. De la misma forma, pienso que
esta tradición está abocada a su extinción, que irá desapareciendo con los años
por lo rancio de su idiosincrasia misma y porque las generaciones futuras
probablemente no encontrarán interés alguno en ella. Ahora bien, hay que sopesar concienzudamente las consecuencias
de prohibirla, pues si es verdad que resulta tentador al pensar en el
bienestar del animal, no es menos cierto que habría que dar una salida no sólo
a esos animales individualmente, sino a todo un negocio, a esas ganaderías, a
sus propietarios, etc. ¿Qué hacemos con esos toros? ¿Un santuario en un Parque
Nacional? ¿Los soltamos en el campo a su libre albedrío? Una vez más estamos
ante un tema bastante serio en el que no podemos dejarnos llevar sólo por los
buenos sentimientos hacia los animales. Hay muchos factores a tener en cuenta.
Quizás haya alternativas, quizás podría reconducirse el final del animal, que
no fuera tan innecesariamente dramático, o simplemente dejar de financiarla,
pues a fin de cuentas no reviste una mayor utilidad para la población general. Es
una piedra muy afilada del camino, saberla sortear con mano izquierda puede ser
todo un reto. Y no es que esto valga para todo ni valga siempre, pero la virtud
del término medio no es virtud por nada.
-
Tenemos actualmente un problema serio con el lobo en el noroeste
de España, y hay que hablar del tema, y hay que encontrar soluciones desde
el conocimiento y la sensatez. Es un trabajo de campo –literalmente–, no de
oficina; pero obviamente, ya que se dirige y se gestiona a fin de cuentas a
través de un despacho, desde éste se debe tener claro que para la toma de
decisiones hace falta ponerse el mono, las botas y meterse en el fango. No se
trata, ni muchísimo menos, de erradicar una especie, sino de encontrar un
equilibrio, de posibilitar una correcta
convivencia entre el lobo y las explotaciones ganaderas. No existe la misma
población de este animal en todas las zonas, hay que juzgar cada caso según sus
propias circunstancias. Hacer oídos sordos a esta problemática propicia, entre
otras cosas, que algunos se tomen la justicia por su mano cometiendo actos aberrantes
que ellos creen correctos, con las nefastas consecuencias posteriores y con su
correspondiente eco en los medios (medios que con frecuencia olvidan estudiar y
dar voz a la otra parte del verdadero conflicto, porque Disney sigue siendo más
fácil de asimilar que la cruda realidad), cuyo último coletazo y final suele
ser que acaban pagando justos por pecadores. El lobo tiene que sobrevivir, pero
las vacas, las ovejas o los caballos que sostienen nuestra alimentación y
nuestra economía, también. Si en pleno siglo XXI no somos capaces de solventar
esto con inteligencia, habrá que plantearse si estamos verdaderamente
capacitados para acometer ciertas empresas.
-
Otro punto que no puedo dejar de mencionar
es el de la gestión de las especies
invasoras. ¿Qué va a pasar finalmente con las cotorras argentinas (Myiopsitta
monachus)? Digo finalmente puesto
que, por lo que tengo entendido, es un tema que lleva dando vueltas un tiempo
sin que se haya llegado a ninguna conclusión. Entiendo que, con una pandemia de
por medio, éste como muchos otros asuntos haya quedado forzosamente relegado a
un segundo plano, pero en caso de ponerse en marcha la ley de la que estamos
hablando habría que tomárselo muy en serio. El impacto sobre el ecosistema que provoca su descontrolado número es
muy grande: contaminación acústica, destrucción de árboles por las enormes
y pesadas nidificaciones que construyen en ellos, desplazamiento de especies
autóctonas por la voracidad con la que ingieren y compiten por el alimento…Es
evidente que no es culpa de estos
animales el estar invadiendo y sobrepoblando nuestros parques, esto abre dos
vertientes a este problema, a las que habrá que dar sendas soluciones. Por un
lado, hay que tomar decisiones claras
para reducir estas poblaciones, o bien se sacrifican todas, o bien se
sacrifica un elevado porcentaje y el resto se controla en cautividad, de otra
manera creo que volveríamos a tener el mismo problema en cuestión de meses.
Sinceramente, no creo que atraparlas, esterilizarlas y volver a soltarlas o
alternativas similares que he estado leyendo en distintos artículos sean
viables ni prácticas. La otra parte del problema es, evidentemente, el ser
humano. Hay que dar más visibilidad a esto para intentar concienciar a la población, y por supuesto incrementar, endurecer
las penas aplicables a la tenencia de este tipo de especies, regular, controlar
más y más fehacientemente, perseguir el
contrabando de animales exóticos…Otra dura batalla en la que podremos
contar con la mejor baza si nos empleamos a fondo –aparte de con normas y
leyes– con la educación.
Me quedan muchísimas
cosas en el tintero, muchísimos temas, detalles, matices, ideas, propuestas que
plantear, pero en algún momento hay que poner el punto y el límite. Así que,
para cerrar estos párrafos interminables, si hay que centrar la atención
solamente en una cosa, quisiera recordar que ésta es la educación. Creo sinceramente que es la base infalible para todo.
Centrémonos en eso y hagamos algo que no se ha hecho hasta ahora. Hagámoslo
bien."
RAV